Pero en política, calificando la profesión y el talante del político actual, se le agotan a uno los adjetivos. Que no se me responda que la excepción son los filisteos en esa actividad. La excepción son los honestos, y precisamente más entre los que ni gobiernan ni esperan gobernar jamás. Porque todos, salvo ya digo, esos profesos sin expectativas, tarde o temprano muestran su frenopatía. Todos, antes o después de gobernar o de ejercer sus influencias, prueban que lo último que persiguen en su profesión es servir a la colectividad.
  Pero eso sí, el político actual, sea cual sea sea su ideología, se ha provisto de coartada. Su coartada es: “mal puedo prestar servicio al pueblo si no sé mirar por mi interés personal”. ¡Qué descomunal bajeza! ¿Acaso sólo el egoísmo inusitado es garantía de eficacia? ¿De verdad sólo es capaz de desplegar su inteligencia un hombre o una mujer si su quehacer revierte sobre sí obteniendo comisión, cuantiosos pagos o promesa de enriquecimiento?
  En último término esa miserable visión de la política, esas rastreras miras podrían aceptarse como fundamento y motor del desvelo si el tejido social tuviese una elevada renta y no estuviese sometido a la espada de Damocles de la precariedad. Pero cuando un 20 por ciento de los españoles vive en el umbral de la pobreza y un tanto por ciento no precisado pero suficientemente expresivo vive a salto de mata, el que un político se crea con derecho a ganar un millón de euros al año porque estuvo “mal pagada su función”, es una infamia.
  Los políticos en general y los gobernantes centrales, autonómicos y locales en particular, antes de ser incluidos en las listas electorales tendrían que hacer no un estúpido juramento como hacen, sino la confesión de que su ambición es sólo moral, que ofrecen su servicio a la colectividad y que no les mueve la ambición personal...
  Montesquieu, al que sólo suele citarse para justificar la urdimbre de la democracia moderna y la separación de poderes, cita como ejemplo de político útil a la democracia al senador de la antigua Grecia que salió dando saltos de alegría del Senado porque en su lugar había sido elegido otro ciudadano con mayores merecimientos que él. ¿A dónde fue a parar esa grandeza de alma, esa inteligencia de políticos que, por sus propias declaraciones, sólo han estado y están pendientes de enriquecerse?
  Perra vida ésta. Perros sarnosos los políticos que nos hacen maldecir una democracia falsa, en España, sólo preocupada de mantener a una monarquía y de facilitar a unos puñados de arribistas que se hagan de oro. Maldita democracia que sólo sirve para eso. Pues en lo demás, en materia de libertades, sólo siguen contando los patricios. Al final no se sabe qué es mejor: si, como en la antigua Grecia, tenernos la mayoría como ilotas oficiales, es decir esclavos sin derechos ciudadanos, o declararnos esclavos oficiosos que ni siquiera pueden aspirar a gobernarse por sí mismos como es el caso de los abertzales vascos que acaban en prisión. En efecto, miles de personas claman al cielo por el encarcelamiento de la alcaldesa de Arrasate. Millones clamamos en casa contra los jueces bellacos y la clase política aliada. Todos, tal para cual. Sin vender 650.000 pisos, pero consentido por los políticos el despilfarro que supone su construcción. Consentida, en aras, aquí sí, de la libertad que sólo sirve para que los agraciados por ella hagan su agosto mientras la libertad de los demás es perseguida con saña.
  Al infierno  esos jueces, esos políticos, la política y quienes dicen servir al pueblo cuando no tienen en la cabeza otra cosa que amasar fortuna, servirse de él  invocándole a toda hora al tiempo que lo desprecian...
  No se me agradezca esta reflexión pues ¿quién a menos que sea un malvado, un mezquino, un ruin, un miserable moral, es decir, un político en funciones no se pone al lado de David frente a Goliath, de Espartaco frente al Imperio Romano, del Che frente a la CIA, del débil frente al depravado poderoso?