Durante los últimos días hemos visto como los medios de comunicación convencionales mostraban su alborozo por el aniversario de la caída del muro de Berlín y el posterior derrumbe del régimen soviético. Había en la mayoría los reportajes audiovisuales, de los artículos de fondo y de opinión de las diversas empresas de comunicación una alegría, una euforia poco contenida, una ausencia de análisis crítico que, además de mostrar el encefalograma plano que se deduce de todo pensamiento único, intentaban crear la atmósfera precisa para que todos nos sintiésemos muy contentos por un acontecimiento que tiene bastantes más lecturas que las que esos medios han ofrecido a la ciudadanía con la mayor de las desvergüenzas: Aquellos hechos permitieron que muchos habitantes de la Europa del Este se liberasen del opresor sistema soviético, que pudieran comer hamburguesas, beber coca-cola, llevar pantalones vaqueros y convertirse en potenciales consumidores compulsivos, pero también que ingresasen en un sistema económico inhumano y alienante que ahora comienzan a conocer en toda su crueldad, que el capitalismo tuviese nuevos mercados y pudiese obtener mano de obra más barata, que las condiciones de vida y las libertades democráticas hayan sufrido un deterioro tan enorme como difícil de recuperar.
La revolución de 1917, perdón por el tópico, fue ideada por unos intelectuales marxistas no para que ocurriera en Rusia, sino en Alemania, el país más industrializado de Europa en aquellos años. No fue así y la revolución sucedió en el país más grande de la tierra, el país de las almas muertas, el país con más palacios del mundo y con más pobres. Pese a los tremendos obstáculos que hubo de superar, la revolución triunfó y durante décadas sembró de esperanzas los corazones de millones de trabajadores de todo el mundo que pensaron que era posible un mundo mejor, que la era de la libertad, la igualdad, la justicia social y la solidaridad estaba próxima, que la desaparición del hombre dedicado a explotar a sus semejantes era cuestión de días, que el sacrificio de siglos no había caído en saco roto. Sin embargo, el capitalismo, como era de preveer, no iba a consentir que nadie les arrebatase un territorio tan extenso y, mucho menos, que fuese el punto de partida para un cambio de sistema económico a escala planetaria. En 1918, los reaccionarios rusos y las grandes potencias mundiales declararon la guerra al nuevo régimen, una guerra que cercenó muchas vidas, que obligó al régimen soviético a cerrarse sobre sí mismo y que forzó a los revolucionarios a crear un potente ejército y una nueva policía para controlar dentro de sus fronteras las acciones de los quintacolumnistas. Comenzó de este modo a desvirtuarse por la presión bélica exterior la esencia de la revolución, pues los bolcheviques tuvieron que destinar cantidades ingentes de dinero para defenderse del exterior y cuidarse de la amenaza interior. Empezaba de ese modo y en fecha tan temprana, la guerra fría, que desde 1918 no tuvo más finalidad que eliminar cualquier tipo de alternativa al capitalismo mediante la asfixia económica propiciada por una carrera armamentística suicida, por el bloqueo económico y por la puesta en marcha de un gigantesco aparato de propaganda dedicado a ocultar todos los logros de los soviéticos, a engrandecer sus errores y a hacer lo contrario cuando se trataba de informar del sistema capitalista vigente en Occidente.
Entre tanto, mientras los revolucionarios rusos no podían llevar a cabo sus planes debido al cerco exterior, los trabajadores de los países más desarrollados vieron como sus gobiernos y sus empresarios admitían derechos económicos, sociales y culturales que hasta entonces habían rechazado con la contundencia que permite el uso indiscriminado y salvaje de la fuerza bruta. Los ataques hacia el régimen soviético, tuvieron uno de sus puntos culminantes con el triunfo del nazi-fascismo en Europa, triunfo que comenzó en España y al que nadie más que los españoles hicieron frente hasta que las grandes democracias vieron que el horror entraba por las puertas de sus casas. Fueron de nuevo los soviéticos, con veinticinco millones de muertos, quienes pusieron la carne en el asador, quienes detuvieron a la bestia para permitir que en buena parte de Europa siguiesen vigentes las democracias liberales. Acabada la II Guerra Mundial, comenzó la segunda fase de la guerra fría. La URSS se había convertido en una potencia mundial y ya no era posible mantener la discordia interior, por lo que la otra gran potencia, Estados Unidos, y sus aliados, decidieron inventar guerras periféricas e iniciar la más peligrosa competición que ha conocido el mundo: La lucha por la hegemonía nuclear. Al final, el régimen soviético, acuciado desde su nacimiento por el acoso de las grandes potencias occidentales, terminó anquilosándose y burocratizándose. La caída de muro de Berlín en 1989 fue la señal inequívoca de que el experimento ruso había llegado a su fin. El capitalismo quedaba como único sistema económico viable y su máximo exponente, Estados Unidos, se convertía en la única potencia mundial, dispuesta a hacer valer su victoria imponiendo su forma de vida, sus métodos y su manera de entender la democracia al resto de la Humanidad.
Desde la crisis económica de 1973, las democracias burguesas habían comenzado a laminar tímidamente las conquistas sociales que las luchas obreras y el triunfo de la revolución rusa habían deparado a las clases trabajadoras de Occidente. Fue el primer aviso. A finales de los setenta, Reagan y Tacher mostraron el verdadero rostro del capitalismo a una sociedad que se creía que lo conseguido hasta la fecha era intocable. Comenzaron las reconversiones masivas, las privatizaciones de los servicios públicos, la disminución de las prestaciones sociales, la liquidación por acoso, derribo y pasividad de las organizaciones obreras, el recorte de las libertades democráticas esenciales, el fomento del individualismo y el regreso a las políticas económicas más retrógradas. La caída del muro de Berlín y la posterior desaparición de la URSS marcarían el cénit de esa tendencia que desde los años noventa hasta la fecha ha conseguido paralizar cualquier proyecto de progreso social amplio y convertir un mundo injusto pero con esperanzas en otro mucho más injusto y sin esperanza a medio plazo.





#2
pangosto|18-11-2009 14:59
Gracias, Gramsciez por tu generosidad.
Valoración: -1
| Avisar provocación