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La aventura es la aventura

A diferencia de los padres de pueblo pudimos ser asiduos, y a diferencia de hijos y nietos, lo hicimos con el cine-cine, o sea antes de la maldita televisión
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 4-9-2008 | 385 lecturas | 2 comentarios
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Mal estábamos, pero el cine marcaba una diferencia. A diferencia de los padres de pueblo pudimos ser asiduos, y a diferencia de hijos y nietos, lo hicimos con el cine-cine, o sea antes de la maldita televisión. 

No hay la menor duda que en nuestra educación sentimental, a a los chicos lo que realmente nos arrebataba era el de aventuras, en el que entraba claro está, el del Oeste.

              Era pues el cine de acción, de tiros, de "puñitazo", el de vaqueros, el de romanos, el de piratas, de espadachines, y un largo etcétera, películas que los dueños del cine montaban a veces con material de deshecho o de mero reestreno, pero también con el pase de la misma que luego se pasaba por las noches, aunque fuera haciendo un apaño para calmar las presiones sobre los criterios de "tolerada" para mayores de 18", ritual que se cumplía cortando alguna que otra escena, no tanto por violenta o terrorífica sino por la posible lujuria de los protagonistas.  Si hubiera que establecer en todo este listado un criterio de preferencias, lo haría subrayando la prioridad por las que más nos identificábamos que eran, creo yo, primero las que estaban protagonizadas por un niño travieso y espabilado que se convertía en nuestro "alter ego", incluso por delante del "chico".

          Por entonces ya quedaban lejanos los tiempos que nos contaban con aquella peli con Jackie Coogan llamada El chico (The Kid, USA, 1920), de la que tanto se hablaba (y se habló cuando un día apareció la foto de Coogan ya mayor, no se parecía en nada al que rompía los cristales para que Charlot los reparara, y acabó trágicamente), así como las ñoñas monerías de Shirley Temple de la que tanto hablaban los mayores y que no había tenido suerte de mayor (y que acabó todavía más dolorosamente que Coogan, como una horrible congresista que quería tirar más bombas sobre el pueblo del Vietnam). Jackie Cooper ya era un hombre asimilado a su papeles de secundario (el más recordado quizás sería el de director del periódico en el ciclo de Superman-Christopher Reeves), lo mismo que aquel mocito victoriano Freddie Bartholomew, antes de la Segunda Guerra Mundial, que navegó por los procelosos mares al lado de Spencer Tracy como un marinero portugués en Capitanes intrépidos, y al que, como los anteriores,  descubríamos años después en clásicos, por ejemplo como David Copperfield, de George Cukor con el genial W. C. Field o El pequeño Lord (USA, 1936), de john Cromwell, con el olvidado C. Aubrey Smith, uno de los viejos más entrañables del cine “de antes, y posiblemente su mejor papel. 

          La trama de esta última, fue copiada hasta la saciedad, por ejemplo en la primera de Marisol, Un rayo de luz.(!960), y en la que el clásico papel de abuelo cascarrabias que bordaba C. Aubrey Smith, lo ocupaba Julio San Juan, que repetiría con la marisabidilla Marisol y después con la finoli de Rocío Durcal.

          Antes había sido la hora de Joselito, cuya voz atravesó las fronteras, fue celebrada en toda América Latina, y también en el sur de Europa, incluso Pasolini le rinde homenaje en su Mamma Roma (1962) en la que canta en italiano, y en cuya protagonista era nada menos que Anna Magnani cuyas manera de hablar con la gente a mi me recordaba tal o cual mujer del pueblo, incluso a mi mamá cuando pasaba por el mercado y discutía dale que te dale con gracejos sobre los precios. Sin embargo, el trío de niños cantantes que en aquellos días fueron la delicia de niños y niñas de todas las edades, ajenos de que con tanto éxito, no se les dejaba ser lo que querían ser, niños como los demás. Lo de los malestares y traumas saldrían después, acabaría manifestándose más tarde (Joselito y Marisol fueron además “castristas”, sobre todo ella), lo que, claro está, no quita que en su momento nos parecieran algo sublime y extraordinario, y que más tarde, esta devoción nos hiciera sentir un tanto ridículo ya que, al contrario que las películas con niños en los clásicos de aventuras norteamericanos, nos siguieron encantando.

        De los "grandes" de los años treinta-cuarenta solo nos llegaron, y de refilón, Sabu (descubierto por Robert Flaherty a los once años mientras trabajaba como aprendiz de conductor de elefantes para un maharajá, aunque otras leyendas lo hacen mozo de caballerizas, y que a pesar de ser un pésimo actor, se convirtió en un mito que todavía sonaba) del que servidor recuerda haber visto de niño en El libro de la selva (The jungle book, 1942) en un tono de cuento oriental filmado en mágico technicolor. También hubo una ocasión con el "hijo" de Tarzan, encontrado en medio de la jungla, y además caído del cielo, Johnny Sheffield, no fuese que los de la parroquia vieran alo malo, y una comisión de beatas fuese a ver a doña Carmencito Polo que lo podía todo,

          Pero por nuestras calles, Johnny ni llegó a presentarse ya que la luz se fue antes de que tuviera tiempo para aparecer en Tarzan y las amazonas, tampoco me consta que nos llegaran algunos de la serie que protagonizó "Bomba" ya casi como un hombrecito… Pero del que más hablaban los mayores era Mickey Rooney (1920), niño durante casi dos décadas, y que, como hijo de actores, lo sabía hacer de todo. Rooney llegó a estar en la cabeza del box-office, pero en los cincuenta ya era más que eso, y claro está, un recuerdo. Igualmente quedaban lejos las aventuras de Lassie, con Roddy McDowell, un soberbio actor que tuvo sus mayores momentos de gloria al principio (!Qué verde era mi valle¡), y final  (Cleopatra) de su carrera. Rooney y MacDowell habían trabajado con la niña Elizabeth Taylor, pero esta ya era uno de los "sex simbols" de la época, y sus ojos brillaron especialmente con el rostro cubierto como Rebeca, la bellísima judía enamorada de Ivanhoe.

          Tampoco tuvimos muchas oportunidades de ver a Dean Stockwell, descubierto por Joseph Losey en El muchacho de los cabellos verdes (1948), un alegato contra la guerra, más tarde un sólido actor, con una biografía  "hippie" e inconformista muy activa, que intervino al menos en dos títulos importantes, El demonio del mar (Down in the shea, USA, 1949), una de las mejores de Henry Hathaway y Kim de la India  (Kim, USA, 1950), de Victor Saville.  Alguien me habló en su día con entusiasmo en la primera (salían grandes actores como Richard Widmark y Lionel Barrymore), así que cuando llegó la  segunda, las expectativas eran muchas, recuerdo que el cine Victoria de verano, con sus lagartijas en la pared incluidas, rebosaba de niños inquietos en sus incómodas sillas de madera. A los cinco minutos poco más o menos, justo cuando el travieso ladronzuelo Kim se escapaba de los hindúes que le perseguían nos cayó una de aquellas averías eléctricas que nos amargó la tarde-noche porque la luz no volvió como había hecho tras veces, y nos dejó con una mala uva de cuidado que estallaría cundo lo de Tarzan, en una reacción que los maestros llamarían sin duda "vandálica" porque destrozamos sillas y toda clase de carteles porque "el Sale", el taquillero, recibió la orden de no devolvernos nuestros dos reales. 

          Otro niño prodigio fue Bobby Driscoll, en verdad un magnífico Jim Hawkins en la versión bastante libre de la inmortal novela de Robert Luis Stevenson, La isla del tesoro (Treasure Island, USA, 1950), que la Disney produjo en Gran Bretaña. Se trataba de una trama fascinante, rica en intrigas, peripecias y misterio, rodada en escenarios exóticos, que comportaba una evidente reflexión moral, y que, como Raíces profundas, estaba vista desde el punto de vista de Bobby, con  el que todo nos identificamos plenamente hasta el fervor. También nos encantó aquel día el turbio pirata cojo, John Silver el Largo (Robert Newton, que también sería El pirata Barbanegra, de la mano de Raoul Walhs), con su inseparable loro, un mal bicho pero con un código de lealtad y honor, y desde luego mucho más atractivos argumentalmente hablando que los "buenos", algo que, por lo demás, era bastante habitual. Los estereotipos tenían tanta fuerza que cuando se cambiaban, nos dejaban boquiabiertos.

      Su realizador fue Byron Haskin, autor de al menos algunos títulos míticos como Cuando ruge la marabunta (Naked Jungle, USA, 1953), un título de "los de toda la vida",  con un tórrido romance entre Charlton Heston y Eleanor Parker que argumenta que los mejores pianos son los que ya se han probado (una metáfora sexual de órdago para nuestro ambiente puritano), pero sobre con ellas hormigas que devastaban territorios enteros, y cuyo nombre, la marabunta, quedaría definitivamente incorporado al lenguaje popular, y finalmente, Su majestad de los mares del Sur (His Majesty O´Keefe, USA, 1953), con un Burt Lancaster pletórico y unos deslumbrantes paisajes hawaianos que nos deslumbrarían también en títulos como Ave del paraíso (1950), el "remake" en magnifico technicolor que Delmer Daves hizo de la famosa versión con Dolores del Río cuyo papel correspondió a la no menos bella y exótica Debra Paget, sacrificada en el argumento por romper un tabú, o también la más anodina pero no exenta de interés: Retorno al paraíso (USA, 1952), con un Gary Cooper enfrentado a un pastor puritano (Barry Jones) que amargaba la vida a los inocentes nativos, un retrato que se amplia con mayor crudeza en Hawai (1966), de George Roy Hill, y es que entre los pastores protestantes y los comerciantes acabaron corrompiendo los lugares donde se había forjado el mito del buen salvaje…

          En un tiempo tan parcial, la perspectiva resultaba muy limitada, de forma que, si bien nos llegó poca cosa de grandes como Ford, Hawks o Hitchcock, si disfrutamos varias de cineastas más menores como el citado Haskins o como John Farrow (1904-1963), hoy más recordado por su vida familiar (marido de "Jane"-Mauren O´Sullivan, padre de Mia y Lisa Farrow), pero del que entonces yo recuerdo vivamente tres "westerns" de los cincuenta (El desfiladero del cobre, Una vida por otra,  y Hondo), amén de una de aventuras marítimas, La nave de los condenados (Botany Bay/USA, 1953), una historia con grandes semejanzas con la mítica Rebelión a bordo, y que un crítico tan agudo como José Mª Latorre considera mejor al menos en parte, sobre todo en la interpretación de James Mason como el capitán-dictador que hace la vida imposible al preso honrado compuesto por Alan Ladd, con el que disputa los favores de Patricia Medina en un viaje que acaba en una Australia con extraños maoríes que se limitan a matar al capitán autoritario y de bellos koalas, y dicho sea de paso, Australia era un continente del que yo lo ignoraba todo, y del que supe algo  gracias a películas como esta o como la más olvidable, La ley del látigo  (Kangaroo/USA, 1952), que a pesar de sus buenos actores (Maureen O´Hara, Peter Lawford, Richard Boone), tengo un recuerdo limitado a la escenas de los bailes nativos y cuyo tono aburrido quedó confirmado en su revisión televisiva.

          La lista es muy variada, y conforma un conjunto de títulos que pasan a ser inolvidables aunque solamente sea porque en el momento en lo que los vimos por primera (o segunda vez, porque según como volvíamos), quedarían como algo maravilloso, una alegría muy especial que nos incentivaba el imaginario y nos sacaban de una mediocridad y una rutina tan repulsiva como la del franquismo   

 
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Comentarios (2)

#1.- DE FINOLIS Y MARISABIDILLAS

David|05-09-2008 09:07

Creo que la opinión es libre, siempre que se haga de manera respetuosa. Descalificar a dos actrices impecables de ese modo me parece un despropósito. En el caso de Rocío Dúrcal, denota además una falta de conocimiento de su personalidad y trayectoria aberrante. Ya les gustaría a todas las finolis alcanzar la cuarta parte del tallaje moral de Marieta.

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#2.- Entretenido e informativo

Manugorri|05-09-2008 11:04

    Hombre, Pepe no va con ninguana mala intención con Rocío Durcal, sus reseñas de cine como esta, son muy amenas, las sigo muy atentamente y se las recomiendo a todos.

    Aunque ni venga al caso, al autor es sabido que le critico tal o cual opinión suya política o ideológica, pero en el caso de sus amenas reseñas cinefilas le digo: gracias.

    Agur

Valoración: 2      |  Avisar provocación

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