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Joxe Arregi Vs. Gil Rubiales: El Estado español al desnudo.

Canarias-Semanal | 10-7-2008 | 658 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/joxe-arregi-vs-gil-rubiales-estado-espanol-desnudo
Un peculiar libro de memorias fue publicado  bajo el título "Yo maté a un etarra". El escrito, firmado por un comisario de Policía, que oculta su nombre tras el seudónimo de «Daniel Abad», narra aquellos hechos con fragmentos como este: «Los policías se comportaron en aquella ocasión como una genuina manada de lobos rivalizando por un trofeo. Finalmente concluyeron su disputa descuartizando a su víctima».

(*) Reseña del libro

YO MATE A UN ETARRA: SECRETOS DE UN COMISARIO DE LA LUCHA ANTITERRORISTA

EDITORIAL PLANETA, S.A.

http://www.casadellibro.com/fichas/fichabiblio/0,3060,2900000894351,00.html?codigo=2900000894351&ca=105

"Un comisario de la lucha antiterrorista, que mantiene el anonimato por motivos de seguridad, nos cuenta la verdad de la lucha contra ETA. En el libro nos revela las operaciones policiales en las que ha participado, detalles nunca conocidos sobre confidentes, interrogatorios, espionaje, detenciones, éxitos y fracasos policiales. Entre otras muchas cosas, veremos como la policia usó a Arias Navarro como cebo para capturar a un comando, la verdad sobre la liberación del padre de Julio Iglesias o como cayó el comando Donosti durante la última tregura.

Este libro, escrito por Jorge Cabezas, abarca toda una vida dedicada a la lucha antiterrorista por parte de un policía al que por seguridad solo se le identifica con un ficticio nombre de Daniel Abad.

Desde su etapa como subinspector de la Brigada Politico-Social en los sesenta, hasta su retirada de la Brigada Central ya como Comisario, pasando por el tiroteo donde una bala suya, o al menos así lo cree él, mató al sanguinario José María Lara Txepe alias "Kepa" serán cerca de cuarenta años de experiencias, situaciones, investigaciones y en definitiva un sin fin de detalles y datos de lo que fue la lucha de un Estado contra los asesinos y maestros del verdadero terror, los que nos narre en primera persona, Daniel Abad, a lo largo de la obra."


Ahora que ha muerto el señor policía,    es un buen momento para rescatar el  trabajo de  Canarias-Semanal

http://www.canarias-semanal.com/EXTERNAS/E1157/E11570.HTML

Cuando los lobos cuidan a las ovejas

UN COMISARIO CONDENADO POR TORTURAS DECLARA QUE LA POLICÍA YA NO ES REPRESORA

El Comisario Provincial de Tenerife, Juan Antonio Gil Rubiales,  en unas declaraciones hechas para los medios de comunicación de las Islas, ha manifestado que "la policía ha dejado de ser represora". El comisario añadió que "la represión se utiliza contra aquellos que no respetan los valores democráticos y constitucionales". El Sr. Gil Rubiales manifestó su pesar por el hecho  de que todavía existan sectores de ciudadanos que ven con desconfianza a la policía. Nuestro colaborador Armando Quiñones, apoyando sus argumentaciones en una amplia referencia bibliografía, desvela en este artículo la auténtica biografía de quien hoy dirige el Cuerpo nacional de Policía de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, y pone al descubierto la superchería del presunto  demócrata.

      En unas sonadas declaraciones a los medios de comunicación del Archipiélago canario, el Comisario Provincial de Santa cruz de Tenerife, Antonio Gil Rubiales, declaró que "la policía se ha adaptado para dejar de ser represora".  El jefe de la policía tinerfeña aseguró con aparente convicción, que "la represión quedó hace tiempo atrás"  y que "ahora la policía es un engranaje más de la sociedad democrática". Por si todavía estas afirmaciones pudieran suscitar alguna duda acerca de su vocación democrática,  el Comisario Provincial trató de ilustrar aun más la profundidad de sus ideas liberales afirmando que  en su opinión, "la labor preventiva  para evitar que se cometan hechos delictivos es fundamental",  aunque - matizo el policía - "la represiva también es necesaria  por cuanto se aplica a quienes violan la ley y no respetan los valores democráticos y constitucionales".

Finalmente, el Sr. Gil Rubiales terminó lamentándose del hecho de  que todavía existan sectores de ciudadanos que ven con desconfianza a los agentes  de la policía.  Si las declaraciones del Comisario no chocaran frontalmente con la brutal realidad que domina hoy en  muchas  dependencias policiales del Estado español y con su propia biografía, hasta podría pensarse que sus  afirmaciones las había pronunciado un libérrimo funcionario ingenuo, pero con  vocación  de cumplir  correcta y profesionalmente con sus deberes.

        Y es que en la España de nuestros días son muy pocos los políticos y los altos funcionarios que están dispuestos a cargar con el fardo de su propia historia. Existe el propósito deliberado de que nuestra sociedad se vea sumida en una suerte de amnesia colectiva. Sucede, además, que la desmemoria retrospectiva va acortando vertiginosamente  los plazos. No solo se nos induce a "olvidar" lo que sucedió hace 60 ó 40 años. En la actualidad, una suerte de alzheimer borra sistemáticamente los sucesos mediatos. Nuestros medios de comunicación han perdido la dimensión de la historia. No se trata, desde luego, de un hecho casual. Responde a objetivos muy bien definidos. En la medida en que se logre que carezcamos  de memoria, se anula nuestra capacidad para enjuiciar los acontecimientos o a las personas.

        Es por ello por lo que pensamos que seria útil  hacer aquí un ejercicio de memoria y darle hacia atrás a la moviola del tiempo. Fundamentalmente por tres razones. Una, para que nadie se llame a engaño. Dos, porque hacer  una valoración de la biografía  de este  funcionario y presunto demócrata  y las circunstancias históricas  que han acompañado su trayectoria profesional, puede ser una ilustrativa lección acerca de la España de los últimos 30 años. Y, finalmente, porque recuperar el recuerdo del tiempo presente - es decir, del conjunto de sucesos y personajes coetáneos con nuestras propias vivencias - nos salvaguarda del engaño y de la falsificación. No es una casualidad que los dos partidos políticos hegemónicos no estén interesados en que la sociedad recobre su enlace con el  pasado. Uno reclama que este sea, simplemente, borrado. El otro, que la recuperación  quede sujeta a los aspectos más formales.

        ¿Quién es, pues,  el hoy comisario Juan Antonio Gil Rubiales? ¿Cuáles son las credenciales biográficas de este servidor del Estado que tan valientemente se ha pronunciado  por los valores democráticos y el respeto a las exigencias del Estado de Derecho?

EL CRIMEN

        Cuando el día 13 de Febrero de 1981, José Arregui Izaguirre fue conducido a la prisión de Carabanchel, después de permanecer 9 días en los locales de la Dirección General de la policía en Puerta del Sol, su estado era tal que, posiblemente, lo menos que le preocupaba en aquellos instantes era recordar los rostros de los torturadores que con tanta crueldad lo  habían dejado en aquel estado.  Su aspecto, según los que tuvieron oportunidad de verlo a su llegada a la Prisión, era lastimoso. Una enorme mancha compuesta por cardenales, llagas descarnadas y quemaduras ocupaba todo su cuerpo.  La apariencia lamentable que presentaba alarmó de tal manera a la Dirección de la prisión que para liberarse de responsabilidades, ordenó el inmediato traslado del detenido a la sección hospitalaria de la misma.  Según el relato de un preso político que acompañó junto a su cama al torturado, un funcionario que prestaba servicio como practicante intentó aliviar con sedantes los intensos dolores del recién ingresado.  El sanitario, desconcertado por la gran profusión de moretones que cubrían el cuerpo de Arregui exclamó con gesto de impotencia: '¡Yo aquí no tengo lugar por donde pinchar!  El estado de José Arregui fue agravándose progresivamente hasta que por fin, el día 13, fue enviado urgentemente a la ciudad sanitaria provincial, donde ya  ingresó cadáver. (1)

        Tres presos políticos que se encontraban por aquellos días recluidos también en el hospital de la prisión, conmocionados por el aspecto de Joseba Arregui, se atrevieron a preguntarle por el tipo de tortura que había sufrido.  Arregui, balbuceando, musitó: "Ha sido muy duro.  Me colgaron en la barra varias veces dándome golpes en los pies, llegando a quemármelos no sé con qué… Saltaron encima de mi pecho; los porrazos, puñetazos y patadas fueron por todas partes".

        José Ignacio Arregui Izaguirre era un fornido camionero vasco, de treinta años de edad, que había sido detenido por la policía española a principios del mes de febrero de 1981.  Según el ministro del Interior de entonces se trataba de un presunto miembro de la organización armada Euskadi ta Askatasuna (ETA).  Si en realidad José Ignacio Arregui era o no miembro de ETA, no lo sabemos, porque  nunca tuvo la oportunidad de defenderse ni de comparecer ante ningún tribunal. 

        Según un comisario de policía, que oculta su nombre tras el seudónimo de "Daniel Abad", autor de un peculiar libro de memorias que tituló "Yo maté a un etarra", Arregui Izaguirre había sido tratado por la policía de entonces "como una presa cotizada, tras la cual se escondía el celo supuestamente "profesional" de gente sin escrúpulos".  "Los policías - escribió el polémico comisario en sus memorias - se comportaron en aquella ocasión como una genuina manada de lobos rivalizando por un trofeo.  Finalmente concluyeron su disputa descuartizando a su víctima".

        Joseba Arregui murió a las pocas horas de haber ingresado en el hospital penitenciario.  Su asesinato desencadenó una ola de protestas dentro y fuera de España.  Multitudinarias manifestaciones y huelgas generales se multiplicaron a lo largo y a lo ancho de todo el Estado, particularmente en Euskadi.  El asesinato de Arregui sirvió para poner al descubierto que en el aparato  represivo del Estado español nada había cambiado después de los seis años transcurridos desde la muerte del dictador.

El comisario Juan Antonio Gil Rubiales

EL TORTURADOR

        Uno de los rostros que Joseba Arregui no quiso recordar aquella fría mañana del viernes trece de febrero, mientras maltrecho y con el cuerpo destrozado era trasladado a la prisión de Carabanchel, correspondía al de Juan Antonio Gil Rubiales. El joven inspector de la brigada político social  Gil Rubiales  había ingresado en el Cuerpo en el turbulento año de 1971. Diez años después, Gil Rubiales no era ya un policía cualquiera.  Pertenecía a la conocida  Brigada Central de Información, una sección de elite,  en la que los neodemócratas del franquismo, los ministros Martín Villa y Rosón, habían agrupado  a lo más florido de la antigua brigada político social. La Brigada Central estaba encabezada por el temido comisario Ballesteros. Manuel Ballesteros, jefe de Rubiales, era un celebérrimo  policía conocido en las filas del antifranquismo por los expeditivos métodos que utilizaba con todos aquellos que tenían la desgracia de caer en sus manos. Antonio Palomares, por ejemplo, dirigente comunista valenciano y enlace entre

UNA "BRILLANTE" CARRERA POLICIAL

        A finales de los setenta Juan Antonio Gil Rubiales  había ganado ya  no pocos  méritos en su lucha contra los "enemigos de la Patria". Entonces  era fácil entender a quienes se bautizaba con ese tipo de calificativos.  Se trataba, generalmente, de jóvenes obreros y estudiantes  adscritos a la clandestinidad de  las organizaciones de la izquierda comunista. Y Juan Antonio Gil, a juzgar por los méritos que ya  en aquel año colmaban su cargada hoja de servicios, se empleó a fondo en combatirlos.

        Pero después de las primeras elecciones del 77 las cosas en el Estado Español empezaron a cambiar, aunque el objetivo final de esos cambios fuera, justamente,  que nada cambiara. Los "enemigos" a combatir también empezaron a ser otros. Se habían  firmado los Pactos de la Moncloa y los partidos más connotados de la izquierda incorporaron a la monarquía  heredada del franquismo al glosario de las cosas que ahora había que defender. Fue esa la época en la que paradójicamente, la policía política de la dictadura se esmeraba en explicar a quienes querían escucharlos - y en las esferas oficiales no eran pocos - que ellos en realidad eran "apolíticos", y que su papel consistía exclusivamente en defender los "intereses del Estado", como si estos nada  tuvieran que ver con el "estado de los intereses".

TENSIONES  EN EL CURSO DE LA TRANSACCIÓN "DEMOCRÁTICA"

        De acuerdo con la nueva  orientación de los vientos que empezaban a soplar en la  España monárquica y "democrática"  recién inaugurada, al inspector Gil Rubiales parecía esperarle  todo un carrerón.  Y posiblemente hubiera sido así si la muerte no suscitara tanta indiscreción, sobre todo cuando está acompañada por la aplicación brutal y cobarde de la tortura. Seguramente, de haber sucedido las cosas de otra manera, Juan Antonio Gil no hubiera tenido que esperar tantos  años para ver  coronada su carrera con el flamante nombramiento de Comisario Provincial de Santa Cruz de Tenerife. Pero la muerte de Joseba Arregui había sido un autentico escándalo. Las fotos de su cuerpo destrozado recorrieron las redacciones de la prensa nacional y extranjera. Ya no se podía enmascarar  con tanta  facilidad como en  el pasado las muertes "fortuitas" acaecidas en las dependencias policiales. Ya no resultaba  tampoco creíble, si alguna vez lo fue,  anunciar con impunidad en los medios de comunicación aquello de que "según informa la Dirección General de Seguridad el detenido, en un descuido de los funcionarios que  le custodiaban, se arrojó desde uno de los balcones de la comisaría, perdiendo la vida".

        Los ministros, algunas jerarquías eclesiásticas, los directores de periódicos y la oposición domesticada tomaron  distancias de la  responsabilidad del crimen. Fingieron sentirse horrorizados por  lo que, de una forma o de otra, fuera y dentro de las comisarías, había sucedido en más de cien ocasiones desde la muerte del dictador. "El País", - portavoz de los sectores de la burguesía española que apuraban la incorporación de España al tren europeo-,  estremecido ante la posibilidad de que casos como este acabaran haciendo malograr el modelo de  transición que con tanto esmero el periódico estaba apadrinando, llegó a solicitar la cabeza del ministro del interior. "De confirmarse que la muerte de José Arregui,  -  decía una editorial del periódico por  aquellas fechas - cuyo cuerpo agonizante fue entregado por el Ministerio del Interior al Ministerio de Justicia, se ha producido como consecuencia de torturas o de tratos inhumanos comportamientos penados, por lo demás, en el artículo 204 bis del Código Penal-, nos encontraríamos ante un delito cuya responsabilidad puede afectar al propio titular del Ministerio del Interior y otros altos cargos del departamento, en el caso de que los presuntos culpables no sean detenidos y puestos a disposición del juez".

        Gil Rubiales fue detenido. No había actuado solo, pero él era el principal responsable de la degollina que se había producido con  la víctima.  Su detención y la de otros compañeros suyos, desplegó un imponente movimiento de solidaridad en la vieja estructura policial franquista.  El ultraderechista  comisario Ballesteros presentó su dimisión, que fue acompañada por la de  todos los altos mandos  que tenían entre sus funciones  la represión  política.

        El asesinato de Arregui se había producido, en efecto, en el centro mismo del vórtice que enfrentaba a las dos fracciones del poder político del antiguo aparato del Estado. Una de ellas deseaba mantener intacto el edificio de la dictadura. La otra estaba por su maquillaje, pero garantizando la intangibilidad de los poderes económicos y el control del Estado a través de la figura del monarca. Días después de la muerte de Arregui esa confrontación se materializó en el golpe del 23 F.  En aquel  efímero y todavía enigmático duelo vencieron los partidarios de  hacer un lifting al grotesco rostro del aparato del Estado franquista. Pero aquellos días de finales de febrero del 81, marcaron también con mucha claridad los limites de hasta donde estaba dispuesto el poder real - y, también, el Real- a que llegara el proceso democratizador que la sociedad española estaba reclamando.  Los tanques que se pasearon por unas horas por las calles de Valencia terminaron por poner en posición de firmes a una dirigencia de izquierdas que ya había pactado cual iba a ser el modelo de democracia que se impondría en el país. El escenario después de aquellos acontecimientos no pudo ser más desolador. Salvo contadas excepciones, la izquierda, - es decir, el conjunto de fuerzas políticas y sociales con voluntad realmente transformadora - fue barrida de la faz del Estado español. 

BAJO EL AMPARO DE LA  DEMOCRACIA "CONSOLIDADA"

        Políticamente, los veintiséis años que siguieron a aquel 23 de febrero han sido una secuela del mismo acontecimiento. En las comisarías continuó torturándose a  los enemigos políticos, y el crimen de estado tomó carta de naturaleza bajo los gobiernos  de Felipe González. "El Estado de derecho también se defiende en las cloacas", acuñó al respecto el dirigente socialdemócrata. Ahora la práctica del crimen de estado era asumida  por un gobierno que había sido elegido, justamente, para que la aboliera.  Por esas rocambolescas  paradojas que se dan en la historia, iba a ser un gabinete presuntamente socialista el que con más eficacia defendiera los intereses de las enormes fortunas que se acumularon en complicidad con la dictadura. La gran Banca se apropió del país, y el Estado fue privatizado.

        La vida de Juan Antonio Gil Rubiales no cambió excesivamente a lo largo de la década de los ochenta. El hecho de estar procesado por el caso Arregui, no le afectó especialmente en su vida profesional. En el año 1985, pese a sus antecedentes - o quizás precisamente por ellos - fue destinado a un punto socialmente  convulso de la geografía  peninsular, la comisaría de Pamplona. Allí inauguró su nuevo destino propinando palizas con cadenas a quienes  manifestaban su protesta por la sospechosa muerte de Mikel Zabalza. (3) Junto con otros inspectores de policía de aquella comisaría,  recorría las calles de la ciudad, metiéndose en los portales y arrastrando a golpes hacia la calle  a aquellos que intentaban protegerse en los mismos. El hecho tuvo un amplísimo eco en la comunidad Navarra, y la Delegación del Gobierno, que entonces ostentaba el conocido delincuente Luís Roldan, sofocó el escándalo con una leve sanción a sus protagonistas. (4) 

        Durante aquella década, Gil Rubiales fue juzgado y absuelto por la Audiencia Provincial de Madrid en dos ocasiones por su implicación en el caso de las torturas a Joseba Arregui.  Pero el Tribunal Supremo sensible, sin duda, al escándalo que provocaron tales absoluciones, anuló las sentencias, y lo condenó a la ínfima pena de  tres meses de arresto y dos años de suspensión  de empleo y sueldo.    En una de esas irónicas paradojas de la Justicia, la sentencia del  Tribunal Supremo reconocía la gravedad de las torturas infligidas en comisaría a José Arregui, pero  no entraba a juzgar la relación existente entre estas y la posterior e inmediata muerte del detenido. Pero aun más sorprendente  resultó que ni el fiscal ni la acusación, ejercida por el socialista José María Mohedano en nombre de una "Asociación de derechos humanos", que él mismo presidía, habían solicitado que tal relación fuera establecida. De manera que por arte de la magia judicial, el  vínculo entre la causa y el efecto se esfumó en el curso del proceso.  Una vez más quedaba de manifiesto el status especial del que disfrutan en España los centuriones del poder político.
           
        Ignoramos si Gil Rubiales cumplió los dos años de suspensión de empleo y sueldo. Pero no pocos compañeros suyos, condenados por delitos similares y protegidos por el ministro del Interior de turno, ni siquiera se vieron obligados a abandonar  la actividad profesional  por el tiempo determinado en la condena.*

        Dieciséis años después de que el Tribunal Supremo pronunciara la inapelable sentencia, sus superiores lo nombraron Jefe del Cuerpo Nacional de Policía  de la Provincia de Santa Cruz de Tenerife. "Juan Antonio Gil Rubiales - dijeron para justificar la atrocidad - como cualquier otro, merece una oportunidad". Justamente la oportunidad de la que Joseba Arregui nunca pudo disfrutar.

EPÍLOGO
       
        Cuando hace dos años, la revista digital Canarias Semanal desveló en sus páginas  la biografía del nuevo Comisario Provincial,  la proyección que tuvo la denuncia en todo el Estado español fue considerable, particularmente en la prensa digital. El PNV e Izquierda Unida hablaron de una interpelación parlamentaria contra el nombramiento de Gil Rubiales, que terminó perdiéndose en los pasillos del Congreso de los diputados. En las Islas Canarias, en cambio, la repulsa quedó limitada a los pronunciamientos emitidos  por el movimiento ciudadano "Asamblea por Tenerife" y el de Los Verdes de la misma isla. El resto fue silencio, un letal silencio.  Y como siempre ocurre cuando la verdad renuncia a ser contada,  la falsificación y la mentira  ocupa rápidamente su lugar. Andrés Chávez, un abyecto periodista, muñidor mediático de los intereses de la burguesía tinerfeña, lo ha expresado estos días        en las páginas del rotativo de mayor tirada de la Isla: "Juan Antonio Gil Rubiales,- decía el plumífero en su columna - es un excelente policía, enamorado de su profesión y sin aspiraciones a erigirse en comisario político. Un dossier suyo con datos absolutamente manidos, caducados, prescritos y burdos es alimentado en determinados cenáculos". La “otra” historia del comisario Juan Antonio Gil Rubiales ha empezado ya a escribirse.

Notas y referencias bibliográficas:

(1) En archivo adjunto reproducimos una abundante recopilación de notas y artículos de prensa alusivos al caso, publicados en el periódico “El País”.

(2) Juan Antonio Gil Rubiales ingresó en la Escuela General de Policía en el año 1971. En 1977 ya había recibido por sus “servicios” la Cruz al Mérito Policial con Distintivo Rojo, así como múltiples felicitaciones públicas por la “eficacia” de su trabajo. En el año 1982, apenas un año después de haber sido imputado por torturar a José Arregui, fue premiado por sus superiores con la Cruz al Mérito Policial. El currículo que el propio Gil Rubiales entrega a la prensa se asemeja más a la hoja de servicios de Rambo que a una referencia biográfica de la trayectoria de un funcionario. En él nuestro Comisario Provincial    se jacta de su participación en la desarticulación de o­nce comandos autónomos anticapitalistas, 32 comandos de información de la banda terrorista ETA, otros siete comandos armados de la rama político-militar de ETA y 18 comandos armados militares de ETA. Como resultado de estas operaciones - relata el mismo comisario -  detuvo a 271 personas, intervino 71 pistolas automáticas, 17 revólveres, 21 subfusiles, tres rifles, doscientas escopetas, 7.500 cartuchos, 400 kilos de explosivos, 32 granadas y 280 detonadores. (Periódico El Día, 12 marzo 2005, Tenerife).

(3) Diario de Navarra 20-12-85

(4) El denominado «caso Zabalza» ocupó las primeras páginas de los periódicos durante varios meses a partir del mes de  noviembre de 1985 -fecha en la que  Mikel Zabalza fue detenido por miembros de la Guardia Civil. Según la versión policial, Mikel Zabalza era un colaborador de la organización ETA que se había fugado  mientras era conducido, de noche, por el túnel de Endarlaza, acompañado por varios guardias civiles del tristemente célebre cuartel  Intxaurrondo a la localización de un supuesto «zulo», perteneciente a la organización armada. Esta versión fue cuestionada desde el primer momento por casi todo el mundo ya que presentaba serias fisuras. Zabalza había sido detenido a la vez que su primo, con el que convivía. Esa misma noche fue apresada su novia, una donostiarra estudiante de Magisterio que residía en el barrio de la Paz junto a su familia. Todos ellos fueron trasladados al cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo y tras la desaparición de Zabalza puestos en libertad sin cargos, aunque la novia, Idoia Aierdi, denunció torturas. La versión oficial presentaba considerables  fisuras que motivaron que durante más de dos años, el caso fuera investigado por un juzgado de instrucción de San Sebastián que, finalmente, en julio de 1988, acordó sobreseer las diligencias abiertas.

 
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