Pepe Gutiérrez-Álvarez              John Garfield, un actor comprometido 
Sí hay un paradigma de actor comprometido en la época dorada de Hollywood, ese es John Garfield, representante de una “generación maldita”. Apenas lo habríamos conocido de no ser por los viejos ciclos de la TV, y al que ahora podemos recuperar gracias al DVD. 
En los años treinta y cuarenta, la izquierda tuvo una influencia enorme en Hollywood. Tanto es así que el “gran dinero” consideró que, dada la influencia que la industria del cine tenía, había que cortarles las alas que era también hacer a  toda la izquierda del partido demócrata en cuyo seno acabó integrándose lo que quedaba de la vieja socialdemocracia, muy lejos de los tiempos de Eugene V. Debs, Jack London y Upton Sinclair, por mencionar algunos nombres que suenan por aquí.
Entre los actores, sin duda el más representativo de esta izquierda fue John Garfield, un verdadero “outsider” a cuyo entierro –en triste día de mayo de 1952, asistieron 100.000 personas. Los presentes no eran “fans” al uso, sino hombres y mujeres del espectáculo que sabían que aquel gesto no les iba a beneficiar para nada. El control policíaco era tal que, según contaría Douglas Sirk, al día siguiente de haber comprado un libro de Brecht, recibió la visita de un inspector.                 
John no era admirado por su apostura como otros profesionales con sensibilidad crítica como Gregory Peck  sino exclusivamente por su talento ampliamente demostrado hasta en películas mediocres. Formaba parte de una élite de grandes intérpretes provenientes de las tablas, y había demostrado su capacidad película tras películas. Aunque Hollywood significa mucho dinero, Garfield sentía la necesidad de encontrar de tarde en tarde, los focos del teatro, el contacto con un público verdadero. Cuando, en plena gloria cinematográfica, le ofrecieron interpretar “Skipper Next to God”, aceptó con rapidez. El dinero que percibía sería insignificante para un actor de su clase: 80 dólares semanales. Según, como esta era una mala señal para los que desconfiaban de los idealistas.   
Su integridad y apasionamiento profesional era admirado por muchos otros profesionales en Hollywood. No obstante, el enrarecido ambiente que reinaba en los medios artísticos norteamericanos a principios de los años 50, le valió una desgracia que nadie esperaba. Estuvo entre los primeros considerados simpatzante comunista, y a causa de esto, lo llamaron para dar explicaciones ante el Comité de Actividades anti-americanas. Hizo declaraciones anticomunistas pero no denunció a nadie. Muchas otras gentes del cine y del teatro se encontraron en un caso parecido, entre ellos, Arthur Miller, a quien estas circunstancias le inspiraron su obra más famosa, Las brujas de Salem, cuya adaptación cinematográfica tuvo que hacerse en Francia (Raymond Rouleau, 1956) de la mano de Ives Montand y Simone Signoret, entonces los actores más ligados al comunismo francés. Finalmente, aclaradas todas las sospechas, Garfield conoce durante dos años un periodo difícil, será una y otra vez rechazado en todas las tentativas de trabajo que persigue. Este hecho le afectó tanto en su moral, que le perjudicó en su parte artística. Dos días más tarde a lo que equivalía a una absolución por los inquisidores, tuvo una crisis cardiaca. Sufría del corazón desde hacía algunos años y en 1949.
Garfield provenía como muchos otros actores que obtendrían renombre    —baste anotar a Susan Hayward, Tony Curtis y Jeff Chandler—, en Brooklyn, uno de los barrios más miserables de Nueva York. Su padre, un pobre sastre judío, apenas lograba mantener a su familia, y desde que fue un muchacho, Johnny, se puso a vender periódicos, una faena muy dura ya que la competencia era enorme. Los muchachos luchaban desenfrenadamente para acaparar los rincones buenos de las calles, y trataban de hacerse respetar con argumentos convincentes. John aprendió rápidamente en la escuela esta realidad cotidiana para ser respetado; pegaba golpes de puño con tanta determinación que sus compañeros veían en él un futuro boxeador. Bordeó la delincuencia que le llevaron –como al protagonista de Los olvidados, de Buñuel- a una escuela de inadaptados. La escuela estaba dirigida por el Dr. Angelo Patri, psiquiatra que trabajaba con la policía, intentando de hacer hombres a los jóvenes rebeldes de “cabeza dura” que los guardianes de la ley le llevaban. Este Dr. Patri, era un hombre inteligente, bueno y humano y la primera cosa que hacía era encontrar en cada uno de los pensionistas, muchas veces recalcitrantes, lo que por naturaleza les interesaba. A partir de aquí, empezaba, como decía él: ‘a hacer los fundamentos de un edificio”.
Es desde esta experiencia que John Julius Garfinkel se convertirá en John Garfield. Gracias al Dr. Patri, ganó el primer premio de un popular concurso de elocuencia, dado por un diario de Nueva York, el paso siguiente fue convertirse en actor dramático. El Dr. Patri será nuevamente su angel guardián, obteniendo para él una entrevista con el célebre autor ruso, radicado en Nueva York, Jacob Ben-Ami, el cual le recomendó seguir los cursos de la “Fondation Heckscher”.  
Era necesario dinero para esto y John era pobre de solemnidad. Lo que ganaba, lo entregaba a sus padres que lo necesitaban. Su firme voluntad le llevó a solicitar una beca, gracias a la picaresca de hacerse pasar por un recomendado de Ben-Ami. Contra todo pronóstico consiguió obtener una de las becas que concedía el estado, lo que le permitió, continuar trabajando en pequeños empleos, entrar en la “Fondation” y distinguirse rápidamente por sus grandes cualidades de actor.
Una vez concluido sus estudios, John no dudó en alistarse en la compañía de Eva Le Gallienne, lo que era ya una referencia, pero como trabajaba sin cobrar nada, no era cuestión de pararse y reposar en sus jóvenes laureles. No rechazó ningún trabajo: fue lavavajillas, botones, limpiabotas. Pero la tarde que encontró el olor de los escenarios, el hechizo comenzó para él. Pues ser actor, era su verdadera vocación; este trabajo colmaba sus deseos, sus aspiraciones. Y fueron muy pronto captados, primeramente por Otto Kruger, después por Paul Muni, finalmente por el conocido dramaturgo de izquierdas, Clifford Odets, sostenedor del ‘Group Theatre”, en donde trabajaban excelentes elementos: Louise Rainer, Elia Kazan, Richard Conte, Jules Dassin, Frances Farmer –sobre la que me gustaría volver-, Lee J. Cobb, Luther Adler, unos como actores, otros como directores, todos ellos ligados al cine más avanzado y más crítico de su tiempo. .
John no pudo encontrar mejor escuela. Bien dirigido, aconsejado y expansionándose en una afirmación cada día más acentuada, de tal manera que en 1937 llega a Hollywood con una oferta que rechaza. Su idea era seguir en el teatro, sin embargo, una segunda proposición de la Warner, entonces la productora más “social” y para la que John rodó casi todas sus películas, le tentará. Hubiese absurdo despreciar esta proposión tanto más cuanto en 1934, se casa con Roberta Mann, una amiga infancia, y al poco tiempo rueda con Michael Curtiz “Four Daughters” (1938), donde muestra al joven revoltoso que Frank Sinatra, 17 años después, hiciera en “Young at Heart” (Siempre tú y yo), de Gordon Douglas; y un verdadero éxito personal al  que seguirán hasta treinta y una películas le seguirían muchas y buenas, aunque no todas merecerán ser recordadas.
John fue lo menos parecido a una estrella. Disfrutó por supuesto de los primeros éxitos, pero también las desgracias, concretamente la muerte, cuando contaba cinco años de edad, de su hija Katherine, en 1945, y por supuesto, decepciones. Siempre que pudo introdujo un toque político en sus personajes, así fue más de una vez antifascista “prematuro” como dirían más tarde.
Entre sus películas más reconocidas quedan “Juarez”, de William Dieterle, al lado de Bette Davis y Paul Muni, y donde interpreta a un todavía rebelde Porfirio Díaz (película sobre la que ya publiqué un trabajo en la serie cine y revolución);  la capriana Tortilla Fiat (La vida es así), de Victor Fleming, junto Spencer Tracy y Hedy Lamar, y basa en un argumento de John Steinbeck;  “Humoresque”, de la mejor época de Jean Negulesco, junto con Joan Crawford, y en uno de los papeles más difíciles… Su celebridad se la deberá sobre todo a The Postman Always Ring’s Twice (El cartero siempre llama dos veces), de Tay Garnett, adaptación bastante atenuada de una novela explosiva de James Cain, pero que en su tiempo suscitó las iras de las ligas conservadoras, y que ha quedado como la mejor adaptación de las muchas de  la novela; Body and Soul (Cuerpo y alma), de Robert Rossen, la historia de un campeón de boxeo pero que en realidad es una metáfora contra el capitalismo; He Rari Alt the Way (Yo amé a un asesino), del director “maldito”, John Berry, película policíaca, en donde por extraña coincidencia, muere de una forma muy dramática, o Me hicieron un criminal, que fue la única incursión de Busby Berkeley en el “noir”, esto sin olvidar otras muchas como podía ser la magnífica adaptación que Michael Curtiz realizó de la novela de Jack London, El lobo de mar, en clave de aventura pero con un enfoque de “cine negra”, con un guión escrito por el imenso Robert Rossen, y con Edward G. Robinson, Ida Lupino, Alexander Knox y Barry Fitgerald en un reparto antológico
Hombre libre, inequívocamente de izquierdas, fue perseguido por la prensa reaccionaria que lo acusaba de todo lo que podía tratando de hundir su carrera,  marcó un modelo de actor en una línea muy compartida por otros como Bogart, Richard Widmark o Robert Ryan, con personajes ambivalentes, turbios y cínicos. Con el tempo se convirtió en una leyenda.
#1.- información equivocada
benito garcia|13-06-2008 20:22
en la alerta gogle se anuncia el curso de sastreria, pero no existe ninguna información ó curso alguno, le suplico si saben de algun curso que no sea muy costoso o de preferencia si existiera un curso  de sastreria gratis les estare muy agradecido.
benito
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#2
14-06-2008 21:46
HOYGANNNNNNNNNNNNNN
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