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John Ford

En el número 380 (julio-agosto) del Dirigido por…, se ofrece una tercera entrega de un “dossier especial” sobre John Ford. Un trabajo de Antonio Castro debate sobre sus ideas políticas.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 15-7-2008 | 464 lecturas | 4 comentarios
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Dado que alguna gente hemos crecido mamando las películas de John Ford (o de Alfred Hitchcock), el asunto de sus ideas políticas no ha podido menos que preocuparnos.

No solamente por el interés del personaje, sino también, y quizás especialmente, por el grado de identificación que hemos llegado a tener con sus películas. En mi caso, por lo demás bastante común entre los jóvenes de mi tiempo, John Ford fue como una revelación. En un medio como la España franquista, muy poca gente tenía posibilidad de un acceder precozmente a la conciencia. A principios de los sesenta, el cine me ayudó a superar muchas carencias: sentimentales, eróticas, culturales, y naturalmente de maestros. La derrota de la República nos había dejado sin maestros, y algunos los tuvimos que buscar en las fábricas, en las escuelas nocturnas, o en el cine.

El cine era el cine norteamericano, y era otro mundo, otra dimensión de una realidad mucho más apasionante que la que “la vida” nos tenía preparada: las cadenas proletarias. Pan y fútbol, quizás un coche, unas vacaciones, pero sin duda una vida anodina en la que ver, oír y callar. El primer cine reconocible que me plantea “problemas” es el cine liberal norteamericano, y en esa línea se podían interpretar postítulos de John Ford vistosy revistos (los programas dobles eran como un rancho que podías repetir). En esa secuencia entran: Misión de audaces (1959), El sargento negro (1960), Dos cabalgan juntos (1961), El hombre que mató a Liberty Valance (1962), El gran combate (1964), El soñador rebelde (1964), y Siete mujeres (1965). Todas ellas vistas de rodillas, con fervor más que religioso.

Poco a poco llegaron las discusiones, y en mi caso, el descubrimiento de Nuestro Cine, una revista de cine de signo marxista en la estela de Aristarco ySaboul, y en la que firmaran Víctor Erice, Antonio Eceiza, Pedro Olea, César Santos Fontela, etc. Habituado a las revistas semanales, por lo general poco exigentes, Nuestro Cine fue como una revelación. Era el cine visto desde la cultura, y desde la izquierda a la que yo me inclinaba a pasos acelerados. Hasta entones puedo decir que me gustaba “el cine”, todo el cine, aunque ya había dejado de comprar la revista “nacional” Primer Plano porque entre mucha paja encontré un elogio al nazismo, y ya había tenido un vuelco en el corazón viendo Vencedores o vencidos, de Stanley Kramer, y había sido suficiente para hacerme antifascista con la ayuda de natural de mis maestros anónimos. Desde entonces dejé de apreciar el cine más vulgar y comercial, o al menos me puse en ello. Hasta ahí de acuerdo, pero cuando leí el artículo de José Luis Egea que cita Castro, Nos repugna John Ford,la conmoción fue inversa. Algo parecido me sucedió con Hitchcock, sobre todo cuando hizo la impresentable Topaz.

Egea acusaba el cine de Ford –y cito a Castro- de “machista, misógino, ultraderechista, patriotero, etc”. No sé sí era Egea –perdí la colección hace tiempo-, pero él u otro también halaron de fascismo. Yo sobre Ford no sabía más que las cosas que se decían en revistas como Fotogramas, pero sobre John Wayne, su actor-fetiche, sí que había empezado a saber cosas, por ejemplo que había ido el único entre los famosos de su época que había apoyado a Franco. Esto coincidía con los reestrenos de otras obras fordianas que Egea y otros citaban como prueba de sus acusaciones, en particular Río Grande y El hombre tranquilo, aunque también por entonces se estrenó con retraso Centauros del desierto (1956), y pude ver igualmente Cuna de héroes (1955), en uno de aquellos desvencijados cine de reestreno con su ración de chinches y de espectadores vociferantes. Reconozco que me quedé hecho un lío. Sobre todo –insisto- por el grado de identificación que había desarrollado con esta parte de su filmografía, aunque también es verdad que tanto Río Grande como Cuna de héroes, me molestaron, y mucho.

Pero El hombre tranquilo me entusiasmo hasta las cejas.

Naturalmente, seguí revisitando las películas de Ford en el exilio parisino, lo mismo que en sus sucesivos reestrenos, en la filmoteca con los amigos y las amigas actuando ya como iniciador, luego en el vídeo y ahora en DVD o con la mula. Se puede decir que Ford no se ha ido ni se irá de mi vida como espectador porque forma parte de mi historia personal y de mis pasiones más intensas. Así pues, la discusión sobre su trasfondo ideológiconunca ha dejado de inquietarme. Pero tengo que decir que aunque leía Nuestro Cine como si fuera la revista de mi partido, nunca llegué a abrazar el enfoque que tan vehementemente representaba Egea. Me sirvió para ello el comentario del entonces maoísta Jean-Luc Goddard en relación a John Wayne: lo amaba como actor al mismo tiempo que lo odiaba como persona.Cierto que no siempre era fácil distinguir entre una realidad y otra. Pero a mí me quedaba claro que Ford jamás habría realizado una película tan plana y discursiva como El Álamo, ni desde luego, tan repugnante como Boinas verdes.

Una de las desgracias de este mundo es que los “marines” no hayan tenido su Nüremberg, donde esta película habría servido de prueba para la acusación.

Tal como indica el propio Castro, esta discusión sobre las ideas del personaje y sus obras, ya estaba planteada en la literatura. De todos es sabido el alto aprecio que Marx tenía por Balzac que no era precisamente de la Liga de los Justos. Trotsky también escribió líneas muy sugerentes sobre Céline. Castro cita a Evelyn Waugh “quizás el mejor escritor inglés del siglo pasado” (que sí no lo fue sí que contaría para cualquier lista), y que sin embargo, fue el único miserable que apoyo la sublevación militar-fascista. Por la misma época en que discutíamos sobre Ford, yo leía con entusiasmo Knut Hamsun que luego me enteré había sido un “colaboracionista” con los nazis, y descubrí a Juan Antonio Zunzunegui, antiguo falangista. Pero no es necesarioandar tan atrás, hoy tenemos ejemplos para dar y vender. No creo que Mario Vargas Llosa merezca elmenor respeto como persona, sin embargo, su obra, sobre todo la que le hizo famoso, seguirá siendo nuestra.

Así pues estoy de acuerdo con Antonio Castro en la distinción en el caso de entre la persona y el autor. No hay ninguna necesidadde “convertirlo” en una suerte de “radical reprimido”, ni de evocar su fase “liberal”de los años treinta, ofreciendo ayuda económica a la República española. Tampoco vale convertirla en inescrutable como el designio de los dioses como plantea el camaleónico e impresentable José Luis Garcí, al que no apreciaría como cineasta ni aunque fuera de mi partido (de serlo pediría su expulsión por sus películas. aunque fuese un modelo de militancia, aunque la verdad es que esos casos no se dan). No tengo necesidad de negar los datos que Castro toma del libro de Joseph McBride, Tras la pista de John Ford (T&B Ediciones, Madrid, 2004), que no conozco. Al mismo tiempo, coincido en despreciar las declaraciones del intelectual aznariano Carlos Rodríguez Braun, quien en ese lodazal llamado Tele Madrid dictaminó que las películas de John Ford era un defensor del capitalismo. En realidad, hay muchos, muchos Ford.

Como ciudadano, John Ford fue de la peor especie de republicanos que la historia recuerde, y algunos momentos pudo bordear el fascismo como cuando apoyó a Goldwater, un enemigo del “Welfare State” y casi tan anticomunista como un tío lejano de mi compañera que acusaba a Franco de ¡comunista¡, sin embargo por la misma época se le recuerda una áspera disputa con Wayne y Ward bond (vaya par), en la que Ford defendió el “New Deal”.

En cuanto al Ford director de cine, y de “westerns” en particular”, repetimos: son uno y muchos a la vez. Incluso el Ford más “idealista” con el Séptimo de Caballería requiere ser matizado. Esto es evidente en la cuestión de los nativos norteamericanos presentados como jinetes oscuros y sanguinarios al mando de un despiadado Gerónimo en La diligencia (1939), en la que el personaje más repulsivo es un banquero que parece de la plantilla del Opus Dei, y los buenos son un fuera de la ley y una “fulana”.Ford nunca se cuestionó el Séptimo de Caballería, pero sí lo hizo con los indios, y nadie podrá negar que Cheyenne Autum (1964), es un canto a su dignidad al tiempo que una feroz denuncia a como fueron tratados. En Fort Apache (1948) sin embargo, hay una defensa de los indios, pero también se da una apología del axioma militarista de “El mando siempre tiene razón”.

Hay un Ford liberal (“rojo”), el de la trilogía compuesta por Las uvas de la ira (1940), La ruta del tabaco (1941), y ¡Qué verde era mi valle¡ (1941), basada en obras literarias que formaban parte de la cultura de izquierdas y obrerista norteamericana, y aquí yo incluiría El joven Lincoln (1939). Estamos hablando de películas que denuncian la miseria, que cantan las virtudes y la honestidad del pueblo trabajador, que exaltan la solidaridad, la honestidad sencilla y la antigua libertad que hablaba John Milton, aunque sería demasiado pedir que el autor de El fugitivo (1947), llegará mucho más lejos. Castro cuenta que Ford apoyó la agresión norteamericana en el Vietnam al igual que lo hicieron antiguos radicales arrepentidos como Dos Passos o John Steinbeck, pero también es cierto que de esta época datan sus películas más maduras y de mayores matices críticos. Dicho de otra manera, me importa menos que carné tenía que lo que ofrecían sus películas, o cuanto menos lo que algunos queríamos ver.

Aparte del disfrute que permite la visión de obras maestras por el talento mostrado en su realización como por la capacidad de ofrecer toda una gama de situaciones y de matices extraordinarios, personalmente entiendo que Centauros del desierto explica el ama del colonizador y del colonizado, y ofrece materia para vente ensayos; Misión de audaces me pareció que contenía una intensa veta antimilitarista, sobre todo a través del personaje encarnado por William Holden; entendí El sargento negro como un alegato antirracista, y como una visión descarnada de la “buena gente” con prejuicios; lo mismo se podía decir de Dos cabalgan juntos que contiene además una puntada airada de desprecio (expresada por el personaje encarnado por James Stewart, el mismo que se casa con Linda Cristal –claro que- que había sido esposa del jefe indio), contra uno de los señores que quieren recuperar a su hijo raptado por los indios, y que, como un hijastro de Milton Friedman, todo lo quiere arreglar con el dinero…El hombre que mató a Liberty Valance podría interpretarse como una demostración que una cosa son las leyendas que nos cuentan, y otra muy diferente, la realidad…El soñador rebelde era un homenaje a Sean O´Casey, escritor nacionalista y comunista irlandés del que ya había llevado a la pantalla La Osa y la Estrella Mayor (1936). Nacionalista y comunista también era el autor de El delator (1935), Liam Flaherty…

En relación a este punto me remito a un artículo sobre el cine y la causa irlandesa.

Reconociendo que nos encontramos delante de un personaje que evolucionó hacia la derecha en su vida privada, también tenemos que reconocer que dicha evolución no se corresponde a la evolución de sus películas, ni tan siquiera El hombre tranquilo puede entenderse en la misma clave. Se ofrece una visión idílica de la vieja Irlandaprecapitalista, una Irlanda idealizada en la que un boxeador atormentado por haber matado a su contrincante, trata de conseguir segunda oportunidad.

Empero, no hay nada en el cine de Ford que se puede comparar –como hace Castro- con El nacimiento de una nación, aunque también el caso de Griffith merezca sus buenas matizaciones. Tal como decía al principio, en general, su obra se encuadra en una tradición “liberal”, entre otras cosas porque hasta los liberales más avanzados (Richard Brooks por ejemplo), también tuvieron que hacer sus propias genuflexiones ante el poderoso sistema. La obra de John Ford es abierta, interpretable, y cuando resulta inequívocamente reaccionaria, sigue siendo valiosa por su genio. También lo es por lo que representa ya que no podremos cambiar el viejo mundo sin entenderlo. En resumidas cuentas: que la vida es mucho más rica que las ideas y las teorías. Que las clasificaciones ideológicas no son iguales en el arte que en la vida cotidiana. Quecomo nos decía Orwell, a veces nos merece más respeto un reaccionario coherente y con categoría, que alguien que con su carné de izquierda pretende decirnos o imponernos cosas incoherentes (y sin categoría).

Ser de izquierdas significa aprender, amar y respetar de reaccionarios como John Ford.

 
 
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Comentarios (4)

#2.- Buen comentario

Servir al Pueblo|15-07-2008 15:51

    Le felicito en este trabajo y por sus 515 publicados hasta ahora con temas tan variados y amenos.

    Sobre John Ford, me ha pasado igual de  con Hitchcoock coleccionar sus totalidares de películas de ambos y es que son los directores con los que me encuentro tan cómodo; y  en ambos casos me  es sabido la diferencia de  ideólogia con los dos que tengo y al mismo tiempo, mi respeto y cariño con muchos de sus filmes.

    Así que agradezco, sinceramente su opinión sobre John Ford  ya que es  igual que la propia.

    Y por supuesto, ser de izquierdas es amar la cultura en general, sin menoscabos ideólogicos que merman mucho el alcance de esta.

    Saludos comunistas.

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#3

15-07-2008 19:54

Qué bonito, qué bonito... y como cierre citamos a Orwell, que fue un delator al servicio de la policcía imperialista.

Esto apesta a CIA.

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#4

P|16-07-2008 01:22

Que John Ford fue un director  contradictorio es indiscutible.  Ideológicamente  sus películas están, en general,  en la corriente dominante. Roosveltiano y populista  cuando tocaba (Las uvas de la ira) y proimperialista y  conservador antes y después. No has nombrado por ejemplo sus películas sobre la guerra de Corea o Fort Apache. Eso sí, dirigió una  película (Cheyenne Autumn) que abrió el camino a otras como Pequeño gran hombre o Soldado azul, que desde finales de los sesenta empezaron a cuestionar la versión oficial de "la conquista del oeste". Sobre El hombre que mató a Liberty Valance, no coincido totalmente con tu interpretación: más bien me parece una reflexión sobre la dialéctica ley/violencia en la creación del estado norteamericano en la que toma partido por el héroe olvidado, el tipo duro, el pistolero.

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#5.- pequeño gran hombre contra Ford

pg-a|18-07-2008 07:54

  El antecedente de los alegatos contra el exterminio de los nativos norteamericanos se dió a principios de los años 50. Películas como Flecha rota, Apache o La puerta del diablo, crearon una escuela o mejor dicho la ampliaron porque ya había antecedentes, por ejemplo en algunas de Wellman...La diferencia entre las películas de Penn o Nelson con las de Ford radica en que    estos dejan más clara la actuación genocida del Séptimo de Caballería, mientras que Ford trata de buscar culpables específicos´, algunos malos.. Desgraciadamente, su película eran cien veces mejor que la de Pen, y mil veces mejor que la de Ralph Nelson.
    Arthur Penn dijo que hizo Pequeño...contra Ford, o mejor contra la concepción mítica de la historia del ejército "civilizador", pero su Cuester es más bien ridículo...

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