Mariategui vive! |
Anda jaleo, jaleo,
no quieren ver lo que escribo,
porque escribo lo que veo.
(Canción popular española)
I
Los dos términos que dan título al presente artículo han sido desahuciados por algunos intelectuales burgueses con el espurio argumento de que son anacrónicos. Según ellos, en el mundo no existe ya la contradicción entre capitalismo y socialismo, y, en consecuencia, en todos los países ha desaparecido la división de las fuerzas políticas en izquierda y derecha. Con esta burda falacia buscan borrar de la conciencia de las clases trabajadoras toda precisa demarcación entre revolución y reacción. Por otro lado, hay quienes, sin parar mientes, utilizan los mencionados términos de una manera abusiva, es decir, sin tener en cuenta su estricto significado. Por último, hay también quienes, so capa de su origen, pretenden expulsar ambos términos del lexicón marxista, o, cuando, menos, descalificar el término “izquierda” como calificativo de las fuerzas revolucionarias.
Ciertamente estas son razones suficientes para intentar un esclarecimiento de la cuestión.
En la Convención Nacional francesa de 1791 se produjo el hecho fortuito de que los jacobinos, que luchaban por liquidar el feudalismo, ocuparon el lado izquierdo del foro, mientras los girondinos, que seguían el camino de la conciliación con la monarquía, ocuparon el lado derecho. De esta azarosa circunstancia se tomó la costumbre de llamar izquierda a los jacobinos y derecha a los girondinos. En consecuencia, ambos términos adquirieron un contenido político preciso: empezaron a designar las dos tendencias fundamentales de la burguesía francesa del siglo XVIII: la tendencia revolucionaria y la tendencia oportunista, los jacobinos y los girondinos respectivamente.
Ahora bien, es evidente que la clase feudal era entonces la derecha por antonomasia. Así, pues, en la época de que tratamos, en el seno del pueblo eran de izquierda quienes luchaban por liquidar la sociedad feudal y establecer la sociedad capitalista, mientras eran de derecha quienes conciliaban con la monarquía. Esto quiere decir que, desde un principio, ambos términos definieron la posición de las distintas fuerzas políticas en el seno del pueblo por su posición frente al poder político. Y, precisamente en esto reside el quid de la cuestión.
En virtud de su adquirido contenido político, los términos “izquierda” y “derecha” cobraron carta de ciudadanía más allá de los marcos de la Francia dieciochesca y hasta acabaron trascendiendo los marcos de la lucha de la burguesía contra el feudalismo. Es decir que, en virtud de su transformació n en verdaderos conceptos políticos, ambos términos se universalizaron y perduraron a través del tiempo.
Como no podía ser de otro modo, esta realidad -determinada históricamente- dejó su marca en el lexicón marxista. Así por ejemplo, entre 1901 y 1902 Lenin escribió: “La comparación de las dos tendencias existentes en el seno del proletariado revolucionario (la revolucionaria y la oportunista) con las dos corrientes de la burguesía revolucionaria del siglo XVIII (la jacobina -la Montaña- y la girondina) fue hecha en el artículo de fondo del número 2 de Iskra (febrero de 1901). El autor de dicho artículo fue Plejánov. Los demócratas-constituc ionalistas, los ‘sin título’ y los mencheviques gustan aún ahora de hablar del ‘jacobinismo’ en la socialdemocracia rusa. Pero hoy día prefieren callar u... olvidar el hecho de que Plejánov lanzó por primera vez este concepto contra el ala derecha de la socialdemocracia” (Qué hacer. Subrayado y elipsis en el original). Y en 1904 sostuvo: “De por sí el hecho de la división del Congreso (del partido) en ala izquierda y derecha, en ala
revolucionaria y oportunista, no sólo no representa aún nada terrible ni nada crítico, sino ni siquiera absolutamente nada anormal” (Un paso adelante, dos pasos atrás). Así, pues, ya a principios del siglo XX los términos “izquierda” y “derecha” estaban consagrados en nuestro lexicón, y, como se ha visto, tales términos designan las dos tendencias fundamentales en el seno del proletariado (y por extensión en el seno del pueblo): la tendencia revolucionaria, que lucha por liquidar el capitalismo y reemplazarlo por el socialismo; y la tendencia oportunista, que lucha por atenuar algunas expresiones extremas del capitalismo pero no por acabarlo como sistema económico-social. Este es el contenido que tienen en nuestra época ambos términos.
Con estos términos ha sucedido, pues, lo que Engels señaló con toda razón en su famoso Ludwing Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana: las palabras valen no “lo que deberían denotar por su origen”, sino lo que “significan con arreglo al desarrollo histórico de su empleo real”.
II
Exactamente como ayer la clase feudal fue la derecha por antonomasia, hoy la clase burguesa es la derecha por antonomasia. Por consiguiente, en nuestra época cualquier fuerza política en el seno del pueblo se define como de izquierda o de derecha en función de su posición frente al poder político de la burguesía.
El Frente Amplio en Uruguay, el Partido de los Trabajadores en Brasil, el Movimiento al Socialismo en Bolivia, El Movimiento Bolivariano en Venezuela, El Partido Nacionalista en el Perú, por ejemplo, son considerados por algunos como de izquierda. Pero la verdad es que ninguna de estas fuerzas (ni ninguna otra como ellas) es verdaderamente revolucionaria, pues no tienen más horizonte que maquillar el capitalismo con algunas reformas. No obstante, es un hecho que, con arreglo a su empleo real, el término “izquierda” ha cobrado una nueva acepción: designa también a las fuerzas políticas reformistas. Entonces, siendo así, es necesario precisar que estas fuerzas son en realidad la izquierda de la derecha, pues objetivamente cumplen la función de sostener el sistema capitalista. Existe, pues, una diferencia radical entre la izquierda que lucha por liquidar el capitalismo y la izquierda que lucha por maquillarlo, entre la izquierda revolucionaria y la izquierda reformista,
entre la izquierda auténtica y la izquierda demagógica.
Por otro lado, hay marxistas que creen decir algo muy profundo con aquello de que el marxismo “no es de derecha ni de izquierda, sino de avance”. Con esto niegan que, con arreglo al desarrollo histórico de su empleo real, los mencionados términos encierran el concepto de avance (izquierda) y el concepto de conservación (derecha). Pero ocurre que el marxismo es la doctrina de izquierda por antonomasia, pues precisamente de su aplicación por el movimiento revolucionario dimana el avance histórico de la humanidad hacia su emancipación.
Contra la pretensión reaccionaria, hay que reivindicar los términos “izquierda” y “derecha” como conceptos políticos que dan cuenta del revolucionarismo y del conservadurismo respectivamente. Contra la maniobra oportunista de cubrirse detrás del término “izquierda”, hay que reivindicar su estricto significado. Contra la pretensión de descalificar ambos términos como adecuados para calificar las opuestas fuerzas políticas en el mundo de hoy, hay que reivindicar la acertada observación de Engels de que las palabras valen no “lo que deberían denotar por su origen”, sino lo que “significan con arreglo al desarrollo histórico de su empleo real”, pues el árbol del lenguaje vivo es siempre más verde que cualquier consideración etimológica.