Salta, 26 de abril de 2007
Querida hija:
Luego de que hablaras telefónicamente con tu madre, ella me contó la amarga experiencia que tuviste el martes 24 de abril con una catalana quien, ante alguna dificultad en el tránsito, te endilgó agravios como: “Inmigrante gilipollas” o “Inmigrante de mierda, ¿cómo entraste a este país?”, “Inmigrante de mierda, ¿quien te dejó pasar?“ “Hija de puta” “Sudaca” etc. etc. Luego pateó tu automóvil y golpeó con violencia los vidrios.
Cuando escuchaba el episodio que viviste, no pude menos que recordar el decurso histórico de nuestra vapuleada América Latina y sus colonizadores hispanos, allá por los siglos XVI y XVII, luego transité, imaginariamente, por los tiempos de las guerras de independencia y, finalmente, rememoré el ingreso a la Argentina de más de seis millones de inmigrantes españoles e italianos —algunos hambrientos y otros perseguidos— durante los siglos XIX y XX.
Con respecto a la época colonial, no logro dejar de pensar que vinieron de Asturias y Navarra mis propios antepasados (Linares yLizarazu) para ser administradores reales, nada menos que de la aduana de Potosí, desde donde salió un río de plata y orocapaz de unir Sucre con España, que enriqueció a la paupérrima Europa del siglo XV y dejó, como impronta indeleble, millonesde nativos americanos muertos en las minas y en los cultivos de este más que generoso continente. Sí, generoso hasta con los alimentos, pues no alcanzo a suponer como eran las comidas de los europeos antes de que arribaran a América: sin papas, ni maíz, ni batata, ni palta, ni maní, ni tomate, ni cacao, ni frijoles, ni, ni, ni…Tampoco imagino el estilo plateresco reducido a pequeñas obras, antes de que se hicieran altares macizos en plata pura americana. O con qué dineros fueron satisfechos los artistas del renacimiento que poblaron con sus obras iglesias y palacios en toda la Península Ibérica o con qué oro los orfebres creaban coronas y báculos para santos y reyes.
Pero allí no termina la generosa América, sino que se afianza en su prodigalidad. Seguramente la española del ultraje a tu persona no sabe que Argentina, independiente ya del reino español, abrió su corazón al hambre y a la ignorancia de recién llegados europeos, huidos de sus guerras fratricidas y hambrunas generalizadas. Seguramente no sabrá, tampoco, que en el puerto de Buenos Aires el gobierno argentino construyó un “Hotel de Inmigrantes” donde eran recibidos con dignidad, alimentos y sábanas limpias, gratuitamente. No sabrá, además, que se les dio no solo trabajo, sino también tierras, educación y hospitales, sin costo para ellos.
Deuda pendiente, al fin, del viejo continente; suficiente, cuando se pague, para enriquecer América Latina con más de dos veces lo que atesora Europa en la actualidad.
Finalmente, ¿se habrá dado cuenta de que en la gravitación internacional de España pesan principalmente, además de once millones quinientos mil kilómetros cuadrados, más de trescientos cincuenta millones de americanos que hablamos el mismo idioma; idioma que marcha a ocupar el primer puesto en Occidente? ¿Sabrá que nuestra religión primordial es también la principal de ellos? ¿Sabrá que toda América Latina es un bloque cultural hermanado por muchísimas cosas que vinieron de España: las buenas, las regulares y las malas? ¿Se habrá dado cuenta de que las Universidades argentinas preparan profesionales, científicos y técnicos que luego trabajan en sus tierras y que son egresados de las mismas Universidades de donde salieron, por ejemplo, tres argentinos que obtuvieron el premio “Nobel” en Medicina: Bernardo Houssay, Luis Leloir y Cesar Milstein; iguales premios que recibieron los españoles Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa? ¿Tendrá acaso, una somera idea de la sociedad argentina? ¿De su inconmensurable, polifacético y hermoso territorio? ¿De sus riquezas culturales y artísticas? ¿De sus escritores? ¿De sus trabajadores?... Pero seguramente si sabrá que estamos pasando múltiples dificultades, fruto de otros muchos errores propios y ajenos.
Querida hija, no puedo más que sentir pena por tantasoberbia, insolencia, ignorancia, incomprensión, falta de solidaridad y menosprecio por parte de una mujer hispana hacia una latinoamericana.
Si alguna vez encuentras a esa señora en la calle, dile que tu padre la invita a la República Argentina para que nos conozca y, como en los viejos tiempos, seguramente será bienvenida.
Papá
Nota:
¡Qué grande cultural, social y económicamente sería la hispanidad si nos uniéramos fraternalmente Latinoamérica con España! Seguramente la mayor y más rica cultura en el mundo de no mediar, claro está, la pequeñez de espíritu de alguno de sus integrantes.