El movimiento obrero tuvo también un papel capital en el impulso de Comisiones Obreras de Terrassa, en las que confluyeron tanto comunistas como cristianos, sin olvidar otras tendencias, como la representada entonces por el Front Obrer de Catalunya (FOC, sector catalán del FLP), que también dio muestras en la ciudad de su espíritu de radicalidad. En los centros de trabajo de Terrassa de aquellos años fueron adquiriendo cada vez mayor relevancia los enlaces legales de Comisiones elegidos tras la decisión de presentarnos a las elecciones sindicales promovidas por la ONS. Mi primera representación legal la obtuve en una obra de la Rambla principal, de la cual era promotor el presidente del Club de Fútbol Terrassa.
  Especialmente importante fue la asamblea de Vacarisas de 1963, donde recuerdo que hicieron acto de presencia más de 200 trabajadores. Fue el primer encuentro de consolidación de Comisiones. Luego, en el mes de noviembre del mismo año, se celebró la asamblea barcelonesa de Sant Medir, en la que tuve también el honor de tomar parte. Aquella asamblea puede considerarse el acto fundacional de Comisiones Obreras en Cataluña y un momento clave en la evolución del nuevo movimiento obrero, en el que las ideas y problemas presentes tenían mucho más peso que las grandes batallas de ayer, lo que no quiere decir que nos olvidáramos de la República. Entre los primeros componentes había representantes de orígenes muy diversos, pero me atrevo a decir que quienes ponían las bases, el adoquinado, éramos los militantes obreros, buena parte de los cuales gozábamos de una buena implantación en nuestros puestos de trabajo.
  Entonces leía todo lo que llegaba en nombre de Comisiones, el movimiento con el que nací  a la lucha. Todavía conservo uno de aquellos documentos iniciales, y repaso su contenido con el que siempre me sentí identificado. Se trata de uno de los primeros redactados, seguramente por compañeros y compañeras de Madrid. En él se definía a Comisiones como «una forma de oposición unida de todos los trabajadores, sin distinción de creencias o compromisos religiosos o políticos», y se rechazaban «unas estructuras sindicales que no nos sirven». Comisiones había surgido «como una necesidad de defender nuestras reivindicaciones inmediatas y de preparar un mañana de libertad y unidad sindical». Por todo lo cual, Comisiones no era, «ni pretende serlo mañana, un sindicato y menos todavía una agrupación política».  Su primer objetivo era «la conquista de unas libertades básicas que permitan a los trabajadores, reunidos en asambleas democráticas, decidir sobre su futuro, creando su propia organización sindical como lo estime conveniente la mayoría, con absoluto respeto a las minorías auténticamente representativas de sectores de trabajadores».
  Comisiones era «un movimiento independiente, de la clase obrera», que rechazaba «cualquier clase de ‘verticalismo’ o de sometimiento, a las consignas de la Administración o de cualquier grupo político». Se regía por «el principio democrático (tanto para tomar decisiones como para elegir a nuestros representantes)», lo que se evidenciaba por los hechos, ya que quien «haya asistido a nuestras asambleas o reuniones ha podido participar ampliamente, sin cortapisas, con todo el peso de su voz y su voto, en las decisiones y en las discusiones. Practicamos hoy la democracia porque sabemos que en la auténtica democracia obrera está nuestro futuro». Se preparaban para un futuro de unidad obrera, ya que «seremos los propios trabajadores los que en su día tendremos que decidir sobre la forma del futuro sindicato español». Además, se abogaba por «la unidad sindical, siempre y cuando esta unidad esté basada en la libertad, la democracia y el respeto a la diversidad de los grupos ideológicos participantes».
  Me sentía especialmente identificado con el párrafo que decía: «La división sería un suicido de clase en la España de los monopolios cuando tenemos enfrente un capitalismo poderoso con sus organizaciones patronales e industriales unitarias». Al repasar estas notas parece evidente que lo segundo sigue igual, mientras que lo primero se perdió por el camino.  Ya entonces, en aquel documento inicial se advertía: «Parece claro que todos debemos velar para que bajo la capa de una libertad mal entendida no se nos arrebate y se dispersen en cien pedazos los medios e instrumentos sindicales que se han ido acumulando con nuestras cuotas y nuestros sacrificios hechos de jornadas de trabajo agotadoras, mantenidas constantemente, de privaciones sin cuento de nuestras familias».  Confiados en que esto no iba a ocurrir, teníamos la gran ilusión de llegar e «incluso superar a otros movimientos sindicales extranjeros si acertamos a conjugar la autenticidad sindical con la posesión de los medios materiales acumulados en torno a la organización sindical oficial que hoy controlan el Estado y los patrones».
  Todos estos objetivos no se lograban así por las buenas ni sin asumir riesgos, acaso excesivos en mi caso personal, ya que mi vehemencia me llevaba en ocasiones a actuar en solitario, como me pasó una vez que tuve que refugiarme toda una tarde en la iglesia de Can Anglada. Aquel episodio empezó por haber estado tirando octavillas sin darme cuenta de que caminaba detrás de unos guardias civiles que viajaban en un Land Rover. Cuando me vieron, se bajaron y comenzaron a correr detrás de mí. Mi entrenamiento de futbolista me ayudó a mantener la distancia que nos separaba hasta que llegué a la iglesia, que se convirtió en mi santuario. Agustí Daura presenció el hecho y actuó enérgicamente. Los guardias, visiblemente cabreados, empujaban la puerta y le exigían que abriera por orden de la autoridad, y él les contestó que con el permiso del obispado lo que quisieran, pero que en otro caso, nada. Persistieron hasta bien entrada la tarde, y ya cansados de esperar se fueron no sin dejar de insultar hasta la saciedad al pobre Agustí, a su madre y a buena parte de su seguramente devota familia.
  A veces se trataba de acciones audaces urdidas entre unos cuantos, como hicimos un domingo de invierno de 1965, cuando distribuimos varios paquetes de propaganda en la calle Sant Pere, situada en el corazón de la ciudad. El reparto, que efectuamos en todas las variantes posibles, desde buzoneo hasta entregas directas en mano, incluía unos cuantos paquetes de las revistas  Mundo Obrero y Treball, así como diferentes panfletos de Comisiones Obreras, según creo recordar. La gente no pudo por menos que admirar el gesto, y hubo bromas y comentarios entusiastas. Aquella gesta la valoramos como un golpe psicológico a la policía, sobre todo para el famoso esbirro Aníbal, conocido por su crueldad con los detenidos. En otra ocasión, y en unas fechas que no he podido precisar, Juan Martínez y yo irrumpimos en medio de un partido de fútbol y, tras sacar una pancarta, comenzamos a gritar consignas por la libertad y la amnistía. Cuando los guardias se dieron cuenta de lo que ocurría, nosotros ya estábamos en otro sitio. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en los vestuarios de muchos tajos y empresas.
  También se celebraron manifestaciones a favor de la amnistía. En los albores de la Navidad de 1966 se hizo una para pedir la vuelta a casa de los presos políticos. Fue una demostración de conciencia ciudadana, y aunque al principio el paseo por la Rambla fue de una tranquilidad aparente, cuando llegamos a la calle Sant Pere nos encontramos bloqueados por los cuerpos represivos en ambos extremos de la marcha. La policía se empleó a fondo, y casi todos los manifestantes recibimos nuestro «castigo». Un guardia local se desfogó con un servidor hasta la saciedad, de manera que quedé semiinconsciente y estuve maltrecho unos cuantos días. Los gritos de desesperación de varias mujeres y niños mostraron el alcance de la furia represiva empleada, que además conllevó no pocas detenciones. Aquella iniciativa fue muy criticada por algunos militantes veteranos, pues la consideraron una temeridad tal como estaban las cosas. Sin embargo, aquello era lo que nos pedía el cuerpo, al menos a los más jóvenes, que nos sentíamos muy seguros porque la gente nos respaldaba.
  En una ocasión que se preguntó  quién estaba dispuesto a correr el riesgo, me brindé  a guardar una multicopista en mi domicilio. Con ella se hacía la escritura en los clichés para luego pasarlos a la máquina (que no era precisamente silenciosa) y se fabricaban los documentos y panfletos necesarios para una actividad que parecía incesante. Bartolomé Baños era el responsable de tal trabajo, hombre honesto donde los haya y un trabajador incansable por la causa. Aunque ya había sufrido la experiencia de haber sido detenido y torturado, no escatimaba esfuerzos. Dada la situación, por lo que se hacía y había en mi casa, se me prohibió participar en ninguna manifestación, una orden que, la verdad sea dicha, no seguí al pie de la letra. Así es que, por más que intenté evitar el centro de los conflictos, siempre estaba presente, aunque me limitara a rondar por las proximidades. Me gané más de una repulsa, pero nunca fui capaz de quedarme en casa.
  La construcción tenía un enorme auge por entonces, así  que en 1967 fui a parar a unas obras justo al lado de la estación de RENFE. Por lo visto la idea de construir viviendas para los empleados había partido de uno de los responsables de los ferrocarriles. También allí asumí la responsabilidad de representar a los trabajadores, lo cual me llevó a defender la parcela de los derechos según el convenio que tanto había costado imponer. Hacia el mes de abril, Comisiones llamó a una huelga general de la construcción contra la carestía de la vida y por el nuevo convenio. En la obra obtuve el apoyo de la mayoría de los trabajadores y también del gerente Pascual, un hombre de izquierdas y comprometido, que más tarde fue militante del PSUC. Después de una asamblea masiva, nos declaramos en huelga, y no resultó difícil. Sin embargo, la convocatoria no se organizó bien, así que estuvo lejos de lograr la audiencia esperada. Aquel revés me dejó muy mal sabor de boca, ya que en mi recorrido por la ciudad con otros compañeros pude comprobar que la huelga no tuvo el debido seguimiento. Además, implicó broncas y llamadas de atención en el Partido, y mi prestigio quedó «tocado». «Me había pasado», oí decir a mis camaradas, aunque, a mi entender, yo había cumplido con unos objetivos con los que, creí, todo el mundo estaba de acuerdo.
  Supongo que problemas como éste reflejan la febrilidad de una época en la que se celebraban masivas asambleas semanales en la Fuente de los Caños, aunque a veces también las hacíamos en Sant Miquel de Gonteres y en la periferia de Can Anglada. Los primeros de mayo se conmemoraban con actos multitudinarios en la Fuente de los Caños, aunque el año que lo celebramos en Las Planas fue el que registró la asistencia más nutrida. La capacidad de convocatoria no la menguaban ni las detenciones ni las órdenes de busca y captura lanzadas desde días antes contra líderes como Cipriano o Juan Martínez.
  Me resulta imposible ordenar tantos acontecimientos, pero recuerdo que las huelgas se sucedían en las diferentes empresas, ya fueran del textil, del metal o de la construcción. En particular, el ramo del textil protagonizaba conflictos casi a diario, pues su presente era poco halagüeño y su futuro despertaba gran inquietud. La crisis del sector, debida sobre todo a la falta de inversión, que hizo que toda la industria se fuera quedando obsoleta, se inició con una sucesión de cierres y destrucción de empleos. Era una evidencia conocida por todos. Se hablaba de que muchas empresas se declaraban en crisis de manera ficticia para marchar a otros lugares donde les resultaba más rentable su explotación. En cualquier caso, la lucha obrera se mantuvo hasta que intervinieron intereses ajenos y se produjo el cansancio de los trabajadores. Con los despidos apañados, los arreglos de cantidades y las indemnizaciones, comenzó la ruina del ramo, que muy pronto se vio prácticamente desmantelado. A ello hay que añadirle la represión que se desató después de los multitudinarios encuentros en la Fuente de los Caños. Los detenidos fueron numerosos, y aunque mi casa estuvo sometida a vigilancia, nunca tuve que lamentarme ni corrí el peligro de ser detenido. De todas formas, cuando había alguna anomalía, yo, como buena parte del Comité (local), tomaba la precaución de no dormir en casa.
  Un domingo del otoño de 1967, como en muchas otras ocasiones, hicimos una reunión de Comisiones en un solar del barrio de Can Anglada, pero fuimos sorprendidos por la Guardia Civil. Antes de que llegaran al lugar donde nos encontrábamos, y aunque se pidió calma, algunos huyeron de estampida y poco después la dispersión fue total. Sin pensarlo dos veces, cogí el dinero de las donaciones voluntarias, y con los bolsillos llenos de monedas corrí tan rápido como pude. Tenía en mente que ese dinero iba a parar, como siempre, a los detenidos y familiares, y cuando, sin dejar de correr, me interné en el barrio, al girar una esquina, justo delante de la librería-papelería donde solía comprar por encargo El Noticiero Universal, apareció delante de mí un guardia civil apuntándome con su fusil y gritándome: «¡Dame el dinero o te disparo!». Aún no me lo explico, pero tuve una reacción tan firme como peligrosa, ya que aquel individuo, que estaba en un estado de nervios como no recuerdo otro, supongo que más pálido que la cera, y con el dedo acariciando el gatillo, no sabía qué hacer. Lo mío fue un gesto de locura o de valentía o las dos cosas a la vez, según se quiera mirar. Avancé unos pasos hacia él y en un alarde que ni en el cine, le dije sin dejar de mirarle la cara: «¡Dispara, venga ya, cobarde, porque lo que es el dinero no te lo voy a dar!». Entonces, el número dio media vuelta y se marchó dándome la espalda. Por supuesto, yo hice lo mismo. Posteriormente supe que hubo testigos, porque en la primera reunión del Comité a la que asistí pude comprobar que había corrido la noticia, y que además se había tomado una posición, ya que me llovieron las críticas por irresponsable, críticas que por cierto se reprodujeron luego en la asamblea de Comisiones Obreras.
  Otra acción controvertida se produjo cuando los camaradas del barrio de Las Arenas montaron una asamblea desde la óptica psuquera con la idea de que fuésemos algunos del Comité para hacer una encuesta. La reunión se llevó a cabo en los barracones que utilizábamos para encuentros de todo tipo y también para la misa del domingo que oficiaba el cura Alexandre, un sacerdote muy querido en el barrio.
      La reunión empezó  con una extensa explicación ante un auditorio que sobrepasaba las cuarenta personas, algo muy curioso porque algunas de ellas no eran miembros del PSUC y sin embargo estaban informadas de lo que se iba a tratar. Nos escucharon sin problemas e incluso respondieron a la encuesta que con grabadora y micrófono en mano los muchachos y muchachas de las juventudes fueron pasando para que contestaran uno por uno. En aquella experiencia pude constatar la gran esperanza que despertaba el PSUC, a pesar de que las respuestas no reflejaron el conocimiento suficiente con respecto a las valoraciones políticas. Lo ocurrido se explicó en una reunión ante algunos miembros del Ejecutivo, y uno de ellos, concretamente, Josep Serradell Roman, en su análisis después de escuchar el relato, afirmó: «Si han manifestado así su confianza en el Partido, ya es suficiente». Aquella contestación al parecer no gustó mucho a los presentes, tampoco a mí y a los que esperaban una atención más política a los compañeros de base, y muy especialmente al conjunto de los camaradas. De cualquier forma, la reunión siguió su rumbo con los contenidos políticos y las luchas obreras de Terrassa.
  Otra acción que recuerdo como actor y testigo fue la concentración de unos 500 obreros al final de la Rambla. Al inicio de la manifestación se desplegaron algunas pancartas, pero no hubo tiempo para nada más, pues sólo habíamos dado unos pasos cuando la policía intervino violentamente. Los obreros nos atrincheramos en la vía del tren de las que se llamaban entonces Líneas de Ferrocarriles de Cataluña. Bueno, lo de atrincherarnos es mucho decir, ya que estábamos en medio de las vías a pecho descubierto y ellos comenzaron a disparar, por lo que optamos por defendernos a golpes de piedra. La policía esperaba refuerzos, pero entre tanto se desencadenó una auténtica batalla en la que la Guardia Civil actuó de manera indiscriminada. Hubo heridos en los dos bandos, algunos de carácter grave. A mi lado vi cómo se le llenaban las manos de sangre a un obrero cuando se las pasaba por el vientre y cómo un instante después se desplomaba en el suelo. Al momento lo cogimos entre varios para trasladarlo a la Mutua de Terrassa. Más tarde supe que se llamaba Antonio Cabello Valero, que tenía veinte años y que tardó un tiempo en recuperarse de la intervención quirúrgica de urgencia a la que tuvieron que someterlo. Puedo decir que aquella sangre no me amilanó, al contrario, pues seguí con el grupo que lanzaba piedras contra las fuerzas represivas y mi rabia inicial se transformó en un odio incontenible.
  Cuatro nombres no aparecieron entre los detenidos, precisamente los del grupo que fue llevado al cuartelillo por intentar que la Guardia Civil cesara de golpear a un compañero. Los cuatro fueron juzgados por el Tribunal de Orden Público (TOP). Es un tanto curioso que no salieran citados ni en el informe de la Guardia Civil, ni en el de la Policía, ni tampoco en el de la Alcaldía. Uno de ellos era Antonio Urbano, llamado Wenceslao, quien había provocado un altercado ya que, cuando se lo llevaban detenido, escapó de la Guardia Civil y se plantó en medio de la Rambla gritando: «¡Libertad, amnistía!», lo que dio lugar a que se formara un conato de manifestación, aunque a él se lo volvieron a llevar. También estaban Dolores, más conocida como Natatxa, así como Lola Mullor. Todos fueron llamados a Madrid para ser juzgados. Como defensor, dispusieron del abogado más relevante del momento, Josep Solé Barberá, un militante que actuó en decenas de juicios en defensa de los trabajadores por motivos sociales o políticos, un auténtico mito para camaradas como Juan Martínez, que me lo presentó como su hermano, su padre, su camarada. No hay que olvidar que él también sufrió la guerra en defensa de la República, por lo que le cayeron tres penas de muerte. Desde luego, hasta que murió, fue todo un personaje en la historia del PSUC, alguien capaz de darle la vuelta a los juicios montados por el Régimen para convertir la defensa en un buen ataque en favor de la libertad.
  Para el día de la marcha de los detenidos, el Partido organizó  una despedida propia de una fiesta, ya que a la hora prevista los andenes de la estación de los Ferrocarriles de Cataluña estaban al completo de militantes y simpatizantes. Hubo claveles y rosas, y el acto se convirtió en una muestra magnífica del talante del PSUC al impulsar un testimonio de aquella solidaridad tan viva y tan necesaria, y ante el cual la Policía y la Guardia Civil no pudieron más que asistir mudos, sin saber lo que hacer.
  No quiero desaprovechar la oportunidad de decir cuatro cosas sobre el mayor acontecimiento social del año y en torno al cual existe un llamado «Informe de la Alcaldía sobre los disturbios en la ciudad del 27 de octubre de 1967». Refleja tanto lo que ocurrió como la forma en que interpretaban este tipo de hechos las autoridades adictas. El informe comienza diciendo que se había producido una nueva alteración «con violencia» y la cifraba, en exclusiva, en las «agresiones a la fuerza pública y lo que es peor con varios heridos, uno de ellos de consideración». Respecto a este punto, el informe de la Alcaldía no aclara que todos los heridos eran manifestantes obreros pero, además, señala como culpables «a los grupos activistas y de Comisiones Obreras que, con inusitada decisión, actúa en nuestra ciudad», y su dirección la atribuye a «los sacerdotes de la parroquia de San Lorenzo de Munt, y cuya continuada impunidad asombra y desorienta a la población tarrasense». La gravedad de la situación justifica sus constantes «llamadas de alarma» a la autoridad por «la malicia intrínseca de este grupo». Dichas «llamadas –continúa el informe– no se debieron a temores desorbitados, sino a un conocimiento exacto de la situación y de sus protagonistas». Como no fueron debidamente escuchadas y no se tomaron las medidas pertinentes, ya habían caído «las primeras gotas de sangre en las calles de la ciudad y sobre la mesa del quirófano se efectuó la primera intervención de gravedad», se explica en el informe como si hubieran sido los sacerdotes obreros los que hubieran disparado. Después de mentir descaradamente, el alcalde alza la mirada al cielo para expresar su temor cristiano, y escribe sin rubor: «Sólo Dios sabe lo que espera a nuestra ciudad si...».
  El alcalde afirma en el informe mencionado que «lo que impulsó  a Comisiones y a los sacerdotes fue la celebración del 27 de octubre, aniversario de la Revolución bolchevique de Rusia», y por lo tanto, la acción  «respondió, naturalmente, al llamamiento efectuado por las emisoras de países comunistas en sus emisiones de habla española». Él, que estaba al tanto de todo, «vio confirmadas sus predicciones, [y] a las 7,30 de la tarde, en la parte inferior de la avenida del Caudillo en su confluencia con la carretera de Martorell, se reunió un grupo de unas 250 personas intentando iniciar la manifestación convocada, e izando, inmediatamente, sendas pancartas, en una de las cuales, la única que pudo leerse, se escribió: ‘QUEREMOS LIBERTAD SINDICAL’. No fue esto lo más grave, aun siéndolo, porque cuando acudieron fuerzas de la Policía Armada, las pobres fueron recibidas con piedras, insultos y gritos de diversa índole. La profusión de piedras lanzadas contra la fuerza fue de tal magnitud que destrozó todos los cristales de los coches de la Policía, la cual llegó a verse en circunstancias verdaderamente comprometidas y de cuya refriega resultaron cuatro guardias heridos».
  Dado que la actuación pacífica de las fuerzas represivas fue recibida de esta manera, el alcalde, alarmado, ordenó «la salida de las fuerzas de la Guardia Civil», no sin que antes la Policía iniciara «una acción represiva, efectuando diversos disparos de advertencia al aire que dispersaron a los grupos, los cuales seguidamente se reagruparon en las calles adyacentes. Con la llegada de la Guardia Civil quedó casi terminado el incidente, salvo la acción de pequeños grupos que continuaron hostigando a las fuerzas de orden público». Sin embargo, «otros manifestantes hicieron acto de presencia dirigidos por el Rvdo. Sánchez Bustamante», que orientó la protesta «ante la Prisión del Partido, en donde desde hace varios días está preso por disposición judicial Ramón Puiggrós Esteve, Presidente de la HOAC, Vicepresidente de la Junta Social del Sindicato Textil y activo compañero de Comisiones Obreras». El singular cronista dice que cuando acudió «la fuerza pública para disolverlos», Sánchez Bustamante gritó: «A ellos y después a la cárcel», orden que fue seguida de «una agresión a pedradas contra la fuerza pública y la misma prisión. Como consecuencia de los choques habidos hasta la disolución de este grupo resultaron varios heridos que fueron asistidos en Mutua de Seguros». Tal como lo explica, todo indica que los heridos pertenecían a la Policía, pero sin embargo eran obreros. Finalmente, «a las 9,15 h de la noche y con la llegada de una Compañía de la Policía Armada, que vino a reforzar a las fuerzas disponibles de Tarrasa, quedaron definitivamente disueltos los grupos hostiles y restablecida la situación. En previsión de ulteriores incidentes, estas fuerzas patrullaron por la ciudad durante la noche».
  El alcalde designado se atreve a afirmar «que la acción subversiva alimentaba progresivamente en violencia». Aunque quizás algunos ciudadanos creyeron ver «sencillamente, una protesta contra la eventualidad de una situación laboral o Ios problemas de Ia carestía de vida», en realidad se trataba de «una agresión, en algunos momentos brutal, a las fuerzas de la Autoridad y la destrucción de cristales, de escaparates y de una cabina de teléfonos pública», por lo que, los testigos han visto «asomar el verdadero espíritu que anima a Ios manifestantes y organizadores, que no es otro que el de la subversión total, sembrando el pánico, el temor y la desconfianza entre los tarrasenses». Por todo lo cual, el señor Onaindia advierte nuevamente a la superioridad «que Tarrasa ha sido designada como campo de acción desde el cual lanzar todas las andanadas posibles contra la paz y la prosperidad de España» y que por lo tanto, reclama «una acción vigorosa y decidida para terminar para siempre con estos núcleos revolucionarios y de disolución sean quienes fueran. Tarrasa se resiste a ser cobijo de provocadores y a que salgan de ella los continuos atentados contra la paz de España».
  Pero está  claro que la única culpa que tenían los párrocos era primordialmente ser cómplices de un PSUC que por aquellas fechas alcanzaba cerca de los mil militantes y simpatizantes en Terrassa y que tenía capacidad, por tanto, para convocar asambleas multitudinarias, lo que, en un momento dado, podía hacer que la Guardia Civil se lo pensara dos veces antes de intervenir, y que incluso en algunos casos hasta trataran de caernos simpáticos. En este contexto cobró cuerpo mi implicación militante, de manera que en muy poco tiempo aprobé las asignaturas que me llevaron a formar parte del inquieto Comité del PSUC que tantos dolores de cabeza daba a los que quería aplicar el principio de autoridad manteniendo a los trabajadores con bajos salarios e intolerables condiciones laborales…