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Información y memoria

Se dice -es vox populi- que ésta, la nuestra, la española y en gene­ral la que gira en la órbita de las democracias occidentales es una so­ciedad cada vez más informada y crítica.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 5-7-2008 | 364 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/informacion-y-memoria

  Yo creo que no, que vivi­mos con una muy falsa impresión. Esta sociedad proyecta la infor­mación como ese acelerador de partículas, el LHC. Ingenio que lan­zará haces de protones en direcciones opuestas bajo un túnel de 27 kilómetros en el subsuelo suizo, para que colisionen entre ellos. Así, dicen, se comprobará cómo se hizo el mundo que surgió del choque entre la materia (un poco más de ella) y la antimateria. Será este mismo ve­rano, por cierto. Veremos qué ocurre... si es que el expe­rimento no nos hacer saltar por los aires dando la razón a dos cien­tíficos que lo han denunciado por ese peli­gro calculado en un 75% de probabilida­des de que sobrevenga el Apocalipsis: el estadouni­dense Walter Wagner y el español Luis San­cho.

  La información, como la enseñanza, para ser fructíferas y generar ideas y opciones; es decir, para al­canzar al conocimiento y al enten­dimiento, y por ende para formarse el individuo un juicio crítico exi­gen asimilación y metabolismo. Y asimilación y metabolismo a su vez ne­cesitan tiempo. Pero no lo hay. No ha lugar a la asimilación. Sale el haz de partículas informativas diri­gido al cere­belo del ciuda­dano en unas décimas de segundo, y ya tiene en cartera el informa­dor de turno en forma de Agencia, la in­formación que colisio­nará (con­tra­dirá) con el siguiente haz o sencillamente se olvidará. El juicio crítico en potencia, se disuelve en cuestión de segundos como un azucarillo en un vaso de leche. Hay que hacer un esfuerzo desco­munal y des­acostumbrado poco compatible con el sosiego...

Pues ¿quién se acuerda de lo que pasó ayer, de lo que se dijo ayer, del tiempo que hizo ayer cuando al tiempo que nos cuentan algo nos están apremiando a vaciar la memoria para tenerla prepa­rada para ir discurriendo sobre lo que va a ocurrir ma­ñana; ni si­quiera sobre lo que está pasando ahora, porque están calculando si con­viene o no de­cirlo? (No mucho más ni mucho menos que en las dictaduras)

  Si hubiese un orden psicológico de mínimos y no supieran algunos hasta qué punto nos olvidamos al instante de lo que acabamos de es­cuchar, un tipo o tipejo español, profesional de la política para más señas, por ejemplo, no se atrevería a acusar a nadie de estar nego­ciando con terroristas cuando él mismo digni­ficó o ensalzó, un día, a los mismos terroristas hablando con ellos en Suiza y denomi­nándoles "Movimiento Vasco de Liberación". ¿Eso es desfa­chatez? No sólo eso. Es saber también que a la gente se le olvida todo cuanto está escuchando o escribiendo en la medida que va dejando de escu­charlo o de leerlo. Y así me temo debe ser. Hay que olvi­dar...

  Porque, como di­cen, se puede "tirar de hemeroteca", la frase que merece un Nobel. Pero tirando de hemeroteca ¿qué conseguimos? Sólo encabri­tarnos más. Yo creo que si lo que perseguimos es es­tabi­lidad emocional, alegría o felicidad, lo mejor que podemos hacer es ejercitarnos en el muy noble y sano deporte del olvido. Despreocupar­nos del pasado. La me­moria es compara­tiva, y todo cuanto recorda­mos ha de ser siempre más grato que lo que vivimos ahora. Si no, nos hace infelices, salvo que estemos “colocados” o beodos. Pues el fu­turo es siempre peor. Lo que no re­cordamos es porque no nos gusta, y lo que no nos gusta es mejor olvidarlo. No tiremos, pues, de heme­ro­tecas. Desinformémonos, evite­mos jui­cios críti­cos, olvidemos, hagamos el amor, dejémonos llevar por toda esta pandi­lla de cabro­nes ambiciosos que o nos gobiernan o se oponen o quie­ren vender­nos baratijas hasta dejarnos sin co­mer...

  Olvidemos, además, porque nada se puede hacer. No podemos evitar que nos llame por teléfono ese o esa comercial a quienes no se lo hemos dado, ni que ese politicastro vomite a diario su poque­dad, ni que el otro pro­fesor de ética (¿qué ética?) rezongue sin parar en lu­gar de limitarse a enseñar, ni que los informadores nos pongan la cabeza como un bombo.

  Otrosí. Recordemos que no nos ente­ramos. Esto es una centrifuga­dora de noticias que sólo nos permite a duras penas oír pero no es­cuchar.  Quizá estemos  informa­dos. Pero como se las hace engullir por un em­budo el pienso a las ocas: para hacerse, los que ordenan y man­dan y los in­formadores que al tiempo nos ven­den hasta a sus hijos, paté de nuestro cerebro reblan­decido por ese mismo haz de partícu­las que lla­man engoladamente “Información”.

 
 
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