Yo creo que no, que vivimos con una muy falsa impresión. Esta sociedad proyecta la información como ese acelerador de partículas, el LHC. Ingenio que lanzará haces de protones en direcciones opuestas bajo un túnel de 27 kilómetros en el subsuelo suizo, para que colisionen entre ellos. Así, dicen, se comprobará cómo se hizo el mundo que surgió del choque entre la materia (un poco más de ella) y la antimateria. Será este mismo verano, por cierto. Veremos qué ocurre... si es que el experimento no nos hacer saltar por los aires dando la razón a dos científicos que lo han denunciado por ese peligro calculado en un 75% de probabilidades de que sobrevenga el Apocalipsis: el estadounidense Walter Wagner y el español Luis Sancho.
Pues ¿quién se acuerda de lo que pasó ayer, de lo que se dijo ayer, del tiempo que hizo ayer cuando al tiempo que nos cuentan algo nos están apremiando a vaciar la memoria para tenerla preparada para ir discurriendo sobre lo que va a ocurrir mañana; ni siquiera sobre lo que está pasando ahora, porque están calculando si conviene o no decirlo? (No mucho más ni mucho menos que en las dictaduras)
  Si hubiese un orden psicológico de mínimos y no supieran algunos hasta qué punto nos olvidamos al instante de lo que acabamos de escuchar, un tipo o tipejo español, profesional de la política para más señas, por ejemplo, no se atrevería a acusar a nadie de estar negociando con terroristas cuando él mismo dignificó o ensalzó, un día, a los mismos terroristas hablando con ellos en Suiza y denominándoles "Movimiento Vasco de Liberación". ¿Eso es desfachatez? No sólo eso. Es saber también que a la gente se le olvida todo cuanto está escuchando o escribiendo en la medida que va dejando de escucharlo o de leerlo. Y así me temo debe ser. Hay que olvidar...
  Porque, como dicen, se puede "tirar de hemeroteca", la frase que merece un Nobel. Pero tirando de hemeroteca ¿qué conseguimos? Sólo encabritarnos más. Yo creo que si lo que perseguimos es estabilidad emocional, alegría o felicidad, lo mejor que podemos hacer es ejercitarnos en el muy noble y sano deporte del olvido. Despreocuparnos del pasado. La memoria es comparativa, y todo cuanto recordamos ha de ser siempre más grato que lo que vivimos ahora. Si no, nos hace infelices, salvo que estemos “colocados” o beodos. Pues el futuro es siempre peor. Lo que no recordamos es porque no nos gusta, y lo que no nos gusta es mejor olvidarlo. No tiremos, pues, de hemerotecas. Desinformémonos, evitemos juicios críticos, olvidemos, hagamos el amor, dejémonos llevar por toda esta pandilla de cabrones ambiciosos que o nos gobiernan o se oponen o quieren vendernos baratijas hasta dejarnos sin comer...
  Olvidemos, además, porque nada se puede hacer. No podemos evitar que nos llame por teléfono ese o esa comercial a quienes no se lo hemos dado, ni que ese politicastro vomite a diario su poquedad, ni que el otro profesor de ética (¿qué ética?) rezongue sin parar en lugar de limitarse a enseñar, ni que los informadores nos pongan la cabeza como un bombo.
  Otrosí. Recordemos que no nos enteramos. Esto es una centrifugadora de noticias que sólo nos permite a duras penas oír pero no escuchar.  Quizá estemos  informados. Pero como se las hace engullir por un embudo el pienso a las ocas: para hacerse, los que ordenan y mandan y los informadores que al tiempo nos venden hasta a sus hijos, paté de nuestro cerebro reblandecido por ese mismo haz de partículas que llaman engoladamente “Información”.