SOBRE EL CHOQUE DE MODELOS DE CRECIMIENTO PARA EXTREMADURA
LA HORA DE LA SOSTENIBILIDAD
Jónatham F. Moriche
Ya al ser designado por su partido, el candidato socialista a la presidencia de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, anunció su disposición a entablar un diálogo respetuoso con el movimiento social opuesto a la construcción de una refinería petrolera en Tierra de Barros. Un mes después y en el transcurso de un mitin multitudinario en Badajoz, José Luis Rodríguez Zapatero, con la prudencia felina que le caracteriza, matizó el apoyo del gobierno central al proyecto, condicionándolo al resultado de los informes que en su momento habrá de emitir el Ministerio de Medio Ambiente. No hacen falta muchos más indicios para intuir una cierta flexibilización en las posturas del PSOE y las administraciones que este partido controla en torno a la cuestión de la refinería, aceptando poner en primer término de la discusión la dimensión medioambiental del proyecto, con el potente movimiento de contestación que este ha suscitado en la sociedad extremeña como interlocutor necesario.
Al mismo tiempo, las organizaciones ecologistas y la sociedad civil de la comarca de Los Ibores se han alzado en rebeldía frente a la posibilidad de que ese paraje de alto valor medioambiental fuese ofrecido para albergar un centro de almacenamiento de residuos nucleares. En este caso, el gobierno extremeño ha reaccionado con mayor rápidez (sin duda motivado por la enorme alarma social que esta cuestión ha despertado en la ciudadanía, en la comarca de Los Ibores como en otros municipios de España bajo la misma amenaza), haciendo pública su tajante oposición a la iniciativa.
Tanto explosivas catástrofes como la marea negra que asoló las costas gallegas tras el naufragio del petrolero Prestige, como la cotidiana constatación de los efectos del cambio climático, la deforestación y la contaminación de aires y aguas, están acentuando día tras día la sensibilidad ecológica de nuestra sociedad, que exige acompasar los criterios del desnudo crecimiento económico con los de sostenibilidad social y medioambiental. Y no es de extrañar que esa sensibilidad se multiplique en una región como la nuestra, que en los últimos años está encontrando su camino hacia el desarrollo económico durante tanto tiempo negado gracias a una explotación sostenible de sus atractivos y recursos naturales y una dinamización de su tejido empresarial centrada en la formación de capital humano y el fomento de la innovación tecnológica.
Por todo ello, tampoco resulta de extrañar que buena parte de la oposición a estos proyectos se extienda, más allá del campo ecologista, a círculos empresariales y profesionales: ¿Qué infiernos pinta ese borrón de petróleo en un mapa repleto de áreas naturales bajo altos niveles de protección e iniciativas en busca de la máxima calidad medioambiental, el mapa de un territorio que aspira a convertirse en referencia dentro de la Unión Europea en materia de desarrollo sostenible, energías renovables o biodiversidad? Proyectos como los descritos –una refinería de combustibles fósiles, un almacén de basura radioactiva-, apestosos fantasmas de los tiempos del industrialismo salvaje, pueden convertirse en el peor enemigo de una declaración de excelencia ambiental que atraiga los turistas de medio mundo o una denominación de origen que seduzca los paladares del otro medio (actividades con una probabilidad mucho menor de acabar resultando nocivas para nuestra salud y la de nuestro entorno). ¿De veras merece la pena correr ese riesgo?
Apoyar ahora un crecimiento de Extremadura fundado en industrias contaminantes sería para nuestra sociedad como tomar un innecesario tren de vuelta atrás hacia el pasado. Nuestro camino como sociedad es el opuesto. Las administraciones (de todo color político) deben entender esto: los extremeños estamos empeñados en una Extremadura que crezca. Pero también comprometidos en que crezca responsable y sosteniblemente. Asumiendo esfuerzos, sin duda, pero también valorando minuciosamente los riesgos y las oportunidades. Dando de lado con recetas del mundo insostenible que queremos dejar atrás en la Historia, y apostando por nuevos conocimientos y tecnologías cargadas de sol, de brisa, de tierra y de futuro. Las instituciones que nos representan deberían seguir, sin dilación ni excepciones, idéntica senda.
[Publicado originalmente en La Crónica del Ambroz, num. 27, diciembre 2006]






