Y la obsesión empieza por tratar de saber de dónde venimos y cuáles sean los procesos seguidos por el hombre en la cadena evolutiva que se da por cierta desde Darwin, aunque planee a pesar de todo siempre la incertidumbre y se corrija a sí misma a menudo la antropología de campo.
  Todo el empeño entre los que quieren saber consiste en discriminar. Como si ello fuera decisivo para algo, como si pudiese pasarse de la conjetura.  En distinguir en la Prehistoria, por ejemplo, a un Neanderthal de un Homo sapiens puede consumirse una vida. Además, como si hoy día no se superpusieran, como si no coexistieran pueblos e individuos de esos dos órdenes...
  ¿De qué le habrá servido creer que sabe, si a todas horas se traiciona y no pone el saber al servicio de su propia salvación? La misma inconsciencia sobre lo que le espera y es contumaz, prueba que el homo sapiens no merece perpetuarse. Pues ¿quién puede afirmar que el homo sapiens lo es, cuando líderes fantoches que van desfilando por la historia contemporánea y culminan en Bush, Blair, Berlusconi, Merkel, Aznar o Zapatero vienen poniendo desde hace mucho al mundo en mano de un grupo de empresarios e industriales devastadores y criminales de quienes depende el futuro de todos?
  La política es otra cosa muy diferente de lo que nos dicen. Es simplemente una gestión empresarial, y los políticos no son más que agentes de los empresarios.
  En fin, está escrito: gran parte de los sociobiólogos pronostican que el suicidio colectivo será el último avatar de la humanidad. Por eso ya es hora de que al homo sapiens se le llame homo stultus.