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Sin duda, esta es una semana muy especial en el Ateneo de Madrid: en menos de siete días, habrán tenido lugar dos hechos insólitos, en mitad de un desierto creativo de una naturaleza muerta, asolada por lo que se ha dado en llamar la “cultura oficial”, cuya seña de identidad viene marcada por una programación anodina, insultante, hueca, engreída, prostituida, mediática, endogámica, autocomplaciente, sectaria, plausible, clientelar, global, políticamente correcta, predecible y encorsetada.
Anteayer, estas mismas paredes se llenaban de luz y honestidad al recordar lo mejor de la obra de un verdadero creador de emociones nuevas, firmes y justas: Josep Renal: tantas veces David, ante un capital de presencia irreductible… Renau, el creador de una arenga dibujada que parecía no tener fin en lo formal, ni techo en lo sustancial. Acercarse a Renal supone descubrir cómo la ética y la estética se unen como un sincero apretón de manos entre obra y autor.
Y hoy, apenas 48 horas después, la lámpara del conocimiento revive su llama ensombrecida, para rendir sincero homenaje a otro artista de verdad: el poeta y escritor José Herrera Petere.
Petere, al igual que Renau y tantas otras figuras coetáneas, nos ofrece una muestra del lo que significa el arte como una experiencia comunicativa: la generación de sentimientos, la eclosión de la verdad, puesta al servicio del bien común, con total desprecio ante el riesgo inherente al hecho de desafiar a los favorecidos por lo arbitrario.
En Petere encontramos a otro autor genial y comprometido. Un obrero de la palabra, consciente de su clase, entregado a los demás y coherente hasta el final.
Un final oscuro, alejado de la tierra que le vio crecer, del lugar que tanto amaba, alejado de todo aquello y todos aquellos por los que tantas veces sus lágrimas se mezclaron con la tinta del plumín.
Muerto el dictador, regresó a España por algún tiempo, acaso creyendo los cantos de sirena cuyas letras hablaban de tiempos de cambio, de concordia y fraternidad… mas no eran estos oráculos certeros, pues los hechos habrían de trocar Libertad en neoliberalismo, Democracia en monarquía y Constitución en burdo engaño.
Visto lo cual, a Petere le fue imposible permanecer en estos lares, y no por un orgullo exacerbado, sino por voluntad del odio, expresado a través del entonces ministro de la gobernación: el mismo monstruo criminal que todavía hoy ensucia un escaño en la Cámara Alta. Él y su vice mercenario, hoy reciclado en presidente de grandes máquinas de robar, dispusieron lo preciso para que Petere tuviera que desandar sobre los pasos de la ilusión, y regresar a Suiza, hasta su muerte en el exilio.
Cuentan, que estando cercano al desenlace y consciente de su situación, varias fueron las ocasiones en las que nuestro entrañable escritor, autor de la letra del “No pasarán”, solía encaminarse hasta la sede de la legación española cerca del gobierno helvético, y que allí permanecía bajo cualquier pretexto, por espacio de algunas horas –varias tardes fueron pues–, con el sencillo propósito de intentar morir en la embajada… para morir, de alguna forma, sobre suelo español.
Ese fue Petere, un anti-español como nos llamaban –y nos llaman– los de la CEDA, utilicen las siglas que utilicen… un come-niños, chequista, soviético, ateo, rojo…
Muchas gracias, Petere.
Y muchas gracias a vosotros también… aquí… ahora… estamos haciendo justicia y Memoria. Estamos recuperando nuestra dignidad colectiva. Sin esperar nada a cambio… nada, salvo valores. Sin partir de ningún límite, contra nadie pacífico, por él, por nosotros, por todos.
Aquí se está transformando la sociedad. El drama no ha concluido… en nuestra mano está que esta obra ni siquiera termine por ser un drama… vamos a recuperar el espacio escénico, ningún acto es el último, la función debe continuar… punto, y seguido:
¡Viva Petere! ¡Viva la República!