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Historias de la Cuarta: 22: Camarada Pierre Frank

Sí en la persistencia histórica de lo que se ha convenido en llamar trotskismo existe algún misterio, ésta se encuentra especialmente en su capacidad de actualización, del propio Trotsky en su tercer exilio, y de sus seguidores más renovadores.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 28-2-2008 | 600 lecturas | 3 comentarios
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            Sí en la persistencia histórica de lo que se ha convenido en llamar trotskismo existe algún misterio, ésta se encuentra especialmente en su capacidad de actualización, del propio Trotsky en su tercer exilio, y de sus seguidores más renovadores. Actualizar siempre ha sido la mejor manera de representar una tradición, y no la fatua presunción de una fidelidad proclamada en contra del “revisionismo” ajeno.

            Cuando Pierre Frank publicó en 1969 su librito sobre "La Quatriéme Internationale" en casa de Maspero, algunos de mis amigos se hicieron eco de los comentarios escritos por Michael Pablo en el sentido de de qué se trataba de una historia demasiado constructiva, y que ignoraba todos los grandes cambios que había dado el mundo desde la trágica muerte de Trotsky. Recuerdo haber leído en alguna revista el siguiente comentario: Pierre Frank y el trotskismo sigue mirando la revolución de Octubre como una Edad de Oro…

            Con poco más de veinte años, recuerdo que a mí me llamó especialmente la atención un capítulo llamado "Ceux qui sont morts pour que l' Internationale vive" que en  breve apartado -siete páginas-, se puede leer: "Las ideas, los programas, las organizaciones son creadas por los hombres y viven por los hombres.  Hemos mencionado muy episódicamente los nombres de los militantes del movimiento trotskista. ¡Cuántas cosas se podrían escribir sobre este sujeto! Las condiciones han sido mucho más penosa para los trotskistas que para otras corrientes del mo­vimiento obrero —la represión burguesa actúa generalmente como un estimulante mientras que la fue ejercida contra ellos en el seno de su clase a veces por obreros sinceramente revolucio­narios engañados por burócratas que disponían del apoyo de un potente Estado obrero— ha llevado a muchos hombres de valor a  situaciones en la que no pudieron dar lo mejor de sí mismo”.

              Esto fue especialmente cierto, clamorosamente trágico, y dolorosamente olvidado en el caso de la Oposición de Izquierda rusa sobre la cual esperamos poder hablar abundantemente con ocasión de la edición de Comunistas contra Stalin, una de las obras más importante de Pierre Broué que está ya a punto de aparecer en librerías con el sello de Sepha gracias al trabajo de la Fundación Andrés Nin de Madrid y Barcelona.

              El apartado sigue su curso mencionando un conjunto de nombres, a veces conocidos (Natalia Sedova, Alfred Rosmer, Víctor Serge, Isaac Deutscher, Andrés Nin, Román Rodolsky, pero en la mayoría de los casos casi completamente desconocidos para muchos jóvenes de entonces como el judío polaco Hearsch Mendel,  el italiano Fosco, el austriaco Josef Frey, el boliviano José Aguirre Gainsborg, el checoslovaco Zavis Kalandra, muy ligado al surrealismo, el griego Pantolis Poulioupoulos que  fusilado por las tropas nazis a las que no de olvidó de arengar, Tchen Dou—siu, el principal fundador de partido comunista chino, el vietnamita Tha—Thu—Thau, sobre el que ya contaba algo en el episodio sobre el trotskismo en el Vietnam. De haber escrito este libro más recientemente podría haber añadi­do otros nombres como los de George Novack, Joseph Hansen, J. P. Cannon, los líderes clásicos del SWP norteamericano tan ligado al último Trotsky y al que Tariq Ali describe como un grupo cerrado en su libro de memorias.

            Yo habría añadido por supuesto Juan Andrade y a Mª Teresa García Banús,  y la lista se habría hecho muy amplia, contradiciendo otro de los lugares comunes –expresado por Jorge Semprún por ejemplo en la introducción del Claudín de La crisis del movimiento comunista internacional-, según el cual, una cosa era Trotsky y otra, los trotskistas. Aunque se puede coincidir con Víctor Serge según el cual (tras las muerte de Lenin, Rosa Luxemburgo, Gramsci ) fue “el último gigante”, no es menos cierto que tanto en el primer  trotskismo (el que comienza en los años veinte), como en el segundo (el que se incorpora en la década siguiente), hubieron grandes personajes, y entre ellos cabría citar especialmente a los que mantuvieron la antorcha al tiempo que trataron de dar respuestas a los grandes cambios, a los que se apartaron en lo posible de las guerras sectarias y apostaron por lo que Daniel Bensaïd llama “un cierto trotskismo”, abierto, cuya voluntad primordial es aportar, clarificar y unificar, sin la pretensión de estar por encima de los demás, y mucho menos de sentarse en una verdad establecida sobre la cual dedicarse a señalar los “revisionistas”.

                  Estaba claro: si la burocracia, junto con el reformismo y el oportunismo se habían mostrado como verdaderas lacras para el movimiento obrero, también había página negra para los profesionales del sectarismo.

            Aquellos amigos se cuestionaban —con no poca ironía— las propias señas de identidad del concepto de “trotskismo”, primero porque era una forma de hacer el juego al adversario estalinista que lo había codificado para oponerlo a su “leninismo”, y segundo, porque se trataba de una manera de “reducir” una tradición marxista mucho más amplia en la que había que registrar aportaciones anteriores y posteriores a Trotsky, y tercero, porque con esta personalización nos obligábamos a dar por bueno todo lo que había hecho Trotsky, un mal asunto partiendo del simple hecho de que al mismo Trotsky no le dolieron prendas para rectificar y criticar posiciones suyas anteriores…

                Se justificaba esta actitud como algo inherente al período “heroico”, el que precedía al mayo del 68, un tiempo de aislamiento que obligaba de alguna manera a la defensa incon­dicional del buen nombre de Trotsky  y de  su legado, lo que entendía positivamente sí se trataba de combatir toda la basura que contra él había vertido el estalinismo que todavía –al finales de los años sesenta-, trataba de ponerse al día con aquel libro infumable publicado en la editorial del PCF y firmado por un tal Leo Figuéres, El trotskismo, ese antileninismo, muy en línea de toda la extensa literatura de producción soviética sobre la cuestión en la que hay que distinguir la anterior y la posterior a Kruschev y al XX Congreso del PCUS. Sobre este punto y otros puntos, lo más completo que se ha publicado hasta ahora en castellana es la obra de Gabriel García Higueras, Trotsky en el espejo de la historia…

              Pero más allá de este reconocimiento, mis amigos pensaban que no se podía firmar todo lo que Trotsky había dicho o hecho. Aunque con importantes matizaciones, tachaban a su escuela de encerrarse sobre sí misma, de carecer de la suficiente perspectiva autocrítica, tanto era así –decían- que alguien tan capaz como Ernest Mandel –en realidad otro “gigante”, no hay más que “darse una vuelta” sobre obras como  El capitalismo tardío- ,  era diferente cuando firmaba como Ernest Germain, justificando por ejemplo la actuación de Trotsky en su fase más discutible, la que desarrolló acabar la guerra civil rusa –debate sobre los sindicatos, sobre las tendencias en el partido, Kronstadt-, y  los libros  que firmaba como él mismo, o sea como Ernest Mandel, algunos de los cuales, sobre el Tratado de Economía marxista,  estaban siendo reconocidos como la mayor y más rigurosa puesta al día del análisis marxista sobre el capitalismo tardío. Obras como esta se situaban como en otro planeta en relación al discurso tradicionalista en el que persistían los más sectarios. Para ellos era de risa la costumbre de los lambertistas que en sus reuniones decía el “camarada Bujarin”, “el camarada Rakovski”, “el camarada Zinóviev”.

              Casi lo mismo que decían de Mandel lo repetían con el Pierre Broué que había escrito junto con Témine  una obra muy importante sobre la guerra y la revolución en España, con un notable afán de comprensión y de máxima objetiva, y el otro Broué autor del opúsculo sobre Trotsky y la revolución española en la que toda la historia aparecía acondicionada a lo que había escrito el maestro.

                  No hay que decirlo: la historia es algo bastante complicado, sobre todo en períodos de grandes convulsiones, y  la que siguió la “Gran Guerra”, la revolución rusa,  lo fue muy especialmente. Estas situaciones están definidas por su extrema complejidad, y por lo tanto rechazan las simplificaciones aunque estás sean humanamente más atrayentes. Las posiciones sectarias tienen la virtud de reafirmarse en una simplificación –ellos y nosotros-, permite una seguridad frente a una realidad desbordante que exige una puesta al día constante. Es lo propio de una huelga prolongado, ¿qué no será de una cosas todavía más compleja como crear un partido y además mundial?. La combinación entre los “principios” y  el necesario enriquecimiento, es algo sumamente primordial, lo primero no puede vivir sin lo segundo, y a veces dichos “principios”  requieren un tratamiento terapéutico ya se pueden utilizar como refugio. Estos criterios forman parte de esa gran “revisión” del marxismo que fue la revolución de Octubre, una revolución contra el Capital como diría Gramsci.

                  Como es sabido, en su Historia de la revolución rusa, Trotsky sitúa su papel en los acontecimientos por debajo al de Lenin, sobre todo porque entendía en que la suma total de factores que hicieron posible Octubre, el partido bolchevique fue la clave, y este fue obra de Lenin que supo crear una “maquinaria” capaz de atravesar el puente entre la crisis social y la revolución, puente en el que cayeron otras formaciones revolucionarias (como la espartakista) que no habían apreciado suficientemente su significación. Pero dicho reconocimiento viene de la mano de otro previo, el de la  capacidad de Lenin de rectificar la línea programática del viejo bolchevismo, y asumir –como parte del análisis del imperialismo que convertía a Rusia en su eslabón más débil- que la única alternativa era una revolución socialista que –de paso- asumía las tareas democráticas, “planteando” (este es un concepto de Rosa Luxemburgo) a los demás países, el comienzo de una revolución necesaria frente a un capitalismo que veía acentuada sus crisis y contradicciones.

            El bolchevismo rectificó y se abrió, y por lo tanto. Se hacía como una respuesta radical pero también flexible, lo que justificaba tanto la coincidencia organizativa que permitía la pluralidad de sus corrientes internas, como la adopción de que la revolución que, como diría el Che, o sería socialista o sería una caricatura…Tal fusión tuvo su mayor concreción teórica en los cuatro primeros congresos de la Internacional, diferenciando empero entre los dos primeros, animados por la impaciencia revolucionaria y la reproducción precipitada de fórmulas (consejos contra partidos, énfasis en la denuncia de la socialdemocracia, insurreccionalismo, etc.), y el tercero y cuarto, en los que se desarrollará todo un depurado análisis de la necesidad previa de la política del frente único: antes que el partido estaba la unificación de la clase obrera como previo igualmente del arrastre de otras clases sociales…En esta época, Lenin llega a plantear que lo más correcto es que la capital de la Internacional fuese Berlín, y se comienza a trabajar en un academia que permita recomponer toda la efervescencia teórica creativa.

          Todo esto será destruido desde dentro, cuando, como consecuencia de los desastres de la guerra civil (que se añadía al atraso ruso y a los desastres de la guerra mundial), la clase obrera rusa se descompuso, los soviets se quedaron sin representación real, y la revolución fue entrando en la vía institucional. El hombre que mejor se adaptada a este nuevo proceso se llamaba Jòsef Stalin, y su criterio  fue hacer de la necesidad virtud, no había que esperar ni de la revolución internacional, ni la recomposición social y cultural de la clase obrera, el partido ocupaba el escenario, y dentro del partido una emergente burocracia cuya premisa fundamental sería el mando único. La horizontalidad sería sustituida por la verticalidad, el internacionalismo por el nacionalismo, la realidad concreta por los decreto, las libertades por la policía, la revolución acababa cuando no había hecho más que empezar.

            Ya no era lo que había que hacer aquí y allá sino lo que había que defender, y Rusia pasó a ser “la patria del proletariado”…Fueron muchos los desastres, pero el mayor de todos llegó cuando en pleno auge ultraizquierdista el estalinismo alemán consideró que la condición previa para derrotar al nazismo ascendente era derrotar la socialdemocracia. La victoria de Hitler demostró a las derechas de todo el mundo que vencer el comunismo (y al movimiento obrero), no era demasiado dificultoso, y tomó entonces la iniciativa. No fue otra cosa lo que hizo Franco.

          Confiando en la facilidad con que (primero con la ayuda de Zinóviev y Kámenev, luego con la de Bujarin, en ambos casos en nombre del viejo “leninismo”) había vencido a la Oposición de izquierda rusa e internacional, Stalin –después de no pocas dudas- dejó que Trotsky pudiera marchar. Seguramente éste fue su mayor error ya que en los años siguientes trató de aplicar una “solución final” contra el llamado “trotskismo”, un concepto por el que cualquier disidencia se convertía en sospechosa. El Trotsky del exilio no fue el “caballo muerto” que algunos habían creído. Desarrolló una impresionante labor de agrupamiento internacional, escribió algunas de sus páginas más valiosas y penetrantes contra el nazismo y por la necesidad del frente único antifascista, abrió una potente vía de influencia en la izquierda socialista, y se erigió como el “gran negador” del estalinismo, denunciando su evolución criminal…No consiguió crear el partido mundial que habían soñado los primeros comunistas, pero creó una corriente que se mantuvo a pesar de no pocas divisiones.

            En este trabajo Trotsky no dudó en apostar por las nuevas generaciones, pensando que la historia se había acelerado, que se requería mucha audacia. Éste es quizás su aspecto más controvertido, entre otras cosas porque la crisis revolucionaria venía sin espacio ni tiempo para crear –además contra corriente- el instrumento partidario...Hay en sus actitudes y escritos un punto de desesperación y de crispación a veces exacerbada, obviamente derivada del ambiente de tragedia bíblica que acabó con familiares y amigos.

            Trotsky y la joven internacional (y no solamente porque acababa de surgir, también porque los eran la mayoría de sus componentes como se puede ver en el caso español en 1937),  fueron arrollados por la II Guerra Mundial, el mayor evento de todos los tiempos. Lejos de poder encabezar una revolución, a lo máximo que pudieron aspirar fue a la supervivencia, tarea nada fácil porque el estalinismo persistió en su tentativa de “solución final”, y su composición era en buena medida hebrea…Creo que fue en Auschwitz donde los estalinistas los denunciaron a los nazis. Políticamente, la segunda postguerra no fue más fácil. En ausencia de una revolución, el capitalismo se recompuso por la vía keynesiana-socialdemócrata. El estalinismo aplazó su crisis y vivió su mayor esplendor. Todavía en los años sesenta, cuando la revolución comenzó a levantar cabeza en los países coloniales o semicoloniales, y se empezó a hablar de “huelgas salvajes”, el mundo de la segunda postguerra parecía fuera de toda cuestión. Lo mismo sucedía aquí con el franquismo, y una nueva hornada de franquista se aprestaba para continuar cuando falleciera Franco.

              Hablamos de lo impropio que puede ser hablar de “trotskismo”, sin embargo es un concepto que se aplica al POUM sobre todo porque no muchos especialistas no encuentran otro mejor.   

            ¿Qué hay detrás de semejante personalización?. La historia es conocida: la denigración del trotskismo fue una de las señas de identidad básicas del estalinismo.  Durante décadas, de hecho hasta bien entrando los años ochenta, las ediciones en lenguas extranjeras de Moscú publicaban con bastante asiduidad dogmáticas para “la lucha ideológica contra el trotskismo”, un concepto que era más que suficiente para que cualquier “cicerone” para turistas en el Este se quitará de en medio nada más escucharlo…Hoy esto ya forma parte de una historia pasada, de material para los estudiosos. Nadie medianamente culto defenderá cosas semejantes en un debate público, sí acaso encontrarás al alguien que podrá decir que el “socialismo” soviética fue víctimas de los que lo criticaban, pero algo así solamente lo podrá decir alguien muy obtuso que no quiera ver que la burocracia y la corrupción cercenaron el sistema desde dentro...

                Pero hay otro motivo más: la extrema personalización del comunismo contra Stalin, una visión óptica que reduce el comunismo antiestalinista a Trotsky, que  fue su principal pero no el único; además, lo hacía en nombre de una tradición mucho más amplia.  En el antiestalinismo participaron desde los defensores de la “Oposición Obrera” (que internacionalmente podrían ser homologados con los “consejistas”, que fueron mayoría en los dos primeros congresos de la Internacional Comunista), hasta los bujarinistas. La lista es extensa, engloba también a luxemburgistas y por supuesto a los elementos con pensamiento propio, Gramsci sin ir más lejos. Sin embargo, ninguna de esta corriente conseguirá desarrollar una elaboración teórica y organizativa  con capacidad para resistir una ola negra que dará al traste con la toda la izquierda socialista al margen de los grandes aparatos. Por otro lado, se da un conflicto previo al del estalinismo que aparta algunas de estas corrientes del leninismo, duramente representado por el Trotsky inmediatamente ulterior a la guerra civil. Las dificultades de entendimiento serán arduas. No hay más que ver el peso que esta historia mantiene todavía entre comunistas y anarquistas, y eso por más que hayan luchado juntos en muchas barricadas desde el mayo del 37.

              La joven internacional superviviente, tenía enormes problemas para estructurarse, para dar respuestas a una situación en la que no contaba. , y en la que veces se tenía que proteger trabajando en formaciones socialdemócratas o comunistas, como fue en el caso de Italia, mientras que en los países donde conseguía una implantación seria (Ceilán, Bolivia), se encontraba con los problemas de toda formación revolucionaria que no puede liderar una revolución, que se debate sobre hasta qué punto ha de aceptar compromisos. Se trataba por lo general de grupos muy reducidos, con una fuerte presencia de intelectuales, gente hecha a pensar por su cuenta, y de líderes obreros muy forjados. Apenas si contaban, y su proyecto estratégico requería grandes adaptaciones, y no podía traducirse a corto plazo. Esto solamente cambiaría en algún que otro país, y cuando se diera una nueva situación. Como la que comenzó a fraguarse en los años sesenta, con la eclosión de lo que se llamó “nuevos fenómenos”, y en los que sobresalía la emergencia de una juventud rebelde así como del impulso de movimientos con razones y vida propia como el feminismo…

              En realidad, nosotros, llegados de aquella España que ya no era la de la guerra civil, éramos también representantes de esta nueva fase histórica.  Los republicanos y sus hijos que regresaban puntualmente por vacaciones, se sorprendía ante el espectáculo del desarrollismo con su impulso industrialista, los seiscientos los turistas y las formas de vida cada vez más europeas que chocaban con el provincianismo estrecho que representaba la España de charanga y pandereta…Nos sentíamos identificados con las grandes batallas de los años treinta y de la resistencia, pero en pasado. En presente el debate era otro, estaba el FLP que era otra cosa, incluso en el PCE-PSUC soplaban nuevos aires…Llegábamos a las puertas de un trotskismo que había ocupado de nuevo un escenario histórico en Europa, el del mayo del 68, y descubríamos el mal rollo de las divisiones. Ml asunto porque sí lo que se trataba era de unificar a la clase trabajadora y detrás de ella a otras clases con contradicciones con el capitalismo y resultaba que ya entre nosotros no había ni tan siquiera posibilidad de discusión. Una noche mientras cenaba con unos conocidos coincidimos con un pequeño grupo que se identificó como de las juventudes lambertistas, y la se generó una discusión. Al poco nos dimos cuentas de una algo singular: trataban de revisionistas y/o traidores a todos los demás y por supuesto lo que llamaban “pablismo” que tal como hablaba parecía que se estaban refiriendo al mismísimo Eduard Bernstein, del que, por cierto, ni Lenin ni Rosa Luxemburgo pidieron su expulsión de la II Internacional.

              En la época en que se habla bla, bla, bla, no de errores sino de una “política capituladora con el estalinismo impulsada por el Secretariado Internacional de la IV”, palabras que el lector no avisado quizás puede interpretar como una integración en el PCF o una renuncia a la denuncia del estalinismo (o en la socialdemocracia), y no un problema de interpretación que a la hora de la verdad –por ejemplo en relación a la revolución húngara de 1956 o la revolución argelina- les siguió situando en la otra barricada: o sea apoyando la insurrección obrera, y trabajando  entre los “activistas” que apoyaban a los desertores del ejército francés y ayudaban al FLN…

              Que proclama que la IV estaba “en manos de Pablo, Mandel y Frank”, cuando la verdad es que se seguía manteniendo la democracia interna. Se podrá debatir más en detalle, pero su trayectoria se configura como una historia sagrada: En 1953, Lambert es expulsado de la IV Internacional junto a un importante número de dirigentes franceses, abriendo la crisis más importante del movimiento trotskista de la postguerra…Aún en el caso de que esto hubiera sido así, sin otras posibles lecturas, lo cierto es que diez años más tarde se produce una reunificación entre la mayoría con el SWP norteamericano (en este tuvo mucho que ver la revolución cubana, y la coincidencia en su defensa incondicional, algo que Lambert consideraba como un prueba más de la “claudicación”…Los grupos de Lambert y Healy se negaron a esa fusión y seguirían su propio camino hasta la ruptura años después. Años más tarde, Lambert trató de crear una plataforma común con Nahuel Moreno partiendo del mismo punto de partida –todo estaba ya en El Programa de Transición de 1938-, pero el asunto termino igual. En estos tiempos, tanto uno como otro fueron segregando otras rupturas, todas ellas igual de “principistas”…

                  Cuantas, cuantas veces se habla de los clásicos en vano, arrogándose de hecho  algo así como su “representación”. Una fórmula con la cual se puede llegar a crear fracciones, tras fracciones, y se pueden arruinar posibilidades históricas como las que se han dado en Argentina, la patria de Nahuel Moreno.

                  Los internacionalistas rompieron con la II Internacional con la “Gran Guerra”, y el trotskismo abandonó la III Internacional después del mayor desastre histórico del movimiento obrero, Trotsky rompió con la III después del mayor desastre de la historia social: la victoria del nazismo gracias a la guerra que oponía a estalinista con socialdemócratas. Mis amigos insistían en que en la debilidad estructural del trotskismo tenía mucho que ver el contexto, pero insistían en que el caininismo lo había agravado y enrarecido todo. Pero yo protestaba en reconocer a la hora de reconocer responsabilidades a Pierre. Había tenido ocasión de mantener alguna larga conversación, amén de una especialmente prolongada con Livio Maitan, y ni uno ni otro “entró” en el asunto de las divisiones. No querían darle más vuelta, en la Internacional había lugar para tendencias y fracciones, y como iba a poder comprobar in person, se podía debatir todo.

          Los que habían vivido debates parecidos pero a mayor escala, habían podido comprobar in situ el furor de una ortodoxia que establecía una muralla china entre los revisionistas y nosotros…Mis amigos reconocían que, aunque Pierre Frank representaba mejor que nadie dentro del SU, la tradición del resistente, era otra cosa. Esto lo pude comprobar personalmente en sucesivas discusiones que tuve el privilegio de mantener, primero con Livio Maitan a lo largo de toda una mañana, y luego con el propio Frank que entendía el castellano si lo hablabas poco a poco aunque de tanto en tanto te hacía una pregunta sobre lo que habías querido decir. Al igual que Livio, Pierre no gastó mucha saliva en estas disputas sobre quien era más “auténtico”, luego establecía sus discrepancias sobre 

corrientes o personajes, y recuerdo charlas sobre Pierre Naville,    Michel    Pablo y Daniel Guèrin, en las que las discrepancias nunca le llevaba a establecer categorías de “lo correcto” y “lo incorrecto”, esa línea de in-com-pa-ti-bi-li-té entre revisionisme et  le trots-kis-me  que pude escuchar con su subrayado al mismísimo Pierre Lambert mientras traducía su francés en el último congreso de la Liga Comunista, formando parte de la mayoría que se reunificaría con la LCR meses más tarde.

            Estamos hablando de una controversia enrevesada y espinosa, y a veces con gente que puede negarte el pan y la sal como sí criticarlos únicamente pudiera ser parte de las maniobras del imperialismo o del estalinismo. Pero siendo un debate de enormes proporciones, sobre el cual caben innumerables aproximaciones de investigación histórica y de opiniones, es también una realidad que, aunque sea lentamente, el tiempo está colocando en su lugar.

          Por ejemplo, creo que hay algunas cosas se puedan decir, por ejemplo estas:

----a) desde la aparición del estalinismo hasta ahora, han aparecido innumerables tendencias "superadoras" del dilema estalinismo—trotskismo, algunas de ellas ga­naron la batalla inmediata —por ejemplo, el maoísmo o el FLP—, pero ninguna otra ha logrado superar sus propias crisis;

----b) sin su batalla no se puede comprender el hecho de que tras las crisis y derrotas provocadas por el estalinismo, se haya salvado al honor del socialismo, del bolchevismo clásico; sin aquellos hombres y mujeres que cierran su breviario de Pierre Frank, este legado inapreciable no habría sobrepasado el estadio de los reductos sectarios ;

----c) no hay dudas de que este trotskismo de la segunda edad, cometió errores y cayó en notables contradicciones, pero en el conflicto que le enfrentó paleos (o “fundas” como decían en los “Verdes” alemanes)  con los neos (o “realos”), habían cuando menos dos cosas bastante claras: primero que nunca hubo nada parecido a un cambio de barricadas, la mayoría sigue ahí, con la izquierdas rupturista…segundo, que la mayoría nunca negó los derechos de tendencia o de fracción a las minorías que gozaron de las más amplias libertades internas…

              El tiempo también ha demostrado la miseria de las rupturas, el desvarío de los “principistas” que no solamente no han logrado desarrollarse más allá del “grupusculismo” más cerrado, sino que después de una larga historia de fracciones y subfracciones que a veces sobrepasan el esperpento -¡esas 38 formaciones argentinas que se reclaman de la misma internacional¡-, no han hecho más que sumar más divisiones a las ya existentes. Esto por no hablar de los casos más sórdidos.

              En esta historia el recuerdo de Pierre Frank como el de Livio Maitan y natos otros y otras, nos remite a una tradición que tuvo que enfrentarse a la marginación más dura, y que soportar ser tratados como renegados...Por mucho que se pudiera discutir sobre tal o cual error, resultaba inadmisible cuestionarse la integridad de un personajes que podía haber tenido su vida privada más que asegurada como ingeniero, y que sin embargo, persistió como militante de a pie duran­te más de sesenta  años…En ese tiempo, Pierre destacó como un escritor político cuyos análisis, a pesar de su entilo prosaico, representan un intento de adecuación rigurosa del acervo marxista y finalmente, como his­toriador, serio y riguroso, como lo muestra su voluminosa Historia de la Internacional Comunista, que a pesar de su empeño no se pudo editar en castellano a pesar del empeño que pusimos algunos ya que coincidió con la fase en que la editorial Fontamara entró en una crisis de la que ya no saldría.

                En estas cosas el tiempo es el mejor juez y su juicio se ha manifestado rotundamente. El camarada Pierre Frank dio, desde los quince a  los 78 años, su vida militante, para que la Cuarta Internacional viva en la lucha de clases, inmersa en todo lo que se mueve, y sin personas como él no se puede comprender el logro de la actual LCR. El que escribe, no podrá olvidar nunca cuando después del segundo o tercer día del congreso fundacional de la LCR celebrado clandestinamente en Alemania en 1969, llegaba la hora de cerrar, desde la mesa alguien llamó la atención hacia un pequeño grupo de personas mayores que habían permanecido aparentemente al margen, y explicó que ellos habían mantenido viva una llama que volvía en encenderse ese día. Allí estaban entre otros, Pierre, Michael Lequenne, un antiguo sindicalista cuyo nombre he olvidado, y pocos más, y durante un rato prolongado, todo el congreso permaneció aplaudiendo en pie…

 
 
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Comentarios (3)

#1.- ¿Y sus meteduras de pata?

Angel Rojo|13-03-2008 19:24

En esta hagiografía -que no biografía- de Pierre Frank se echa de menos una cierta crítica de sus errores, algunos muy graves, como cuando impulsó a los militantes trotskistas de latinoamérica a lanzarse a la guerrilla urbana, lo que supuso el exterminio físico de toda una generación de militantes trotskistas, masacrados por las policías y los ejércitos de Argentina, Bolivia, Uruguay, etc.
Pepe Gutiérrez se distingue por ser muy crítico con los "sectarios" como Trotsky, Broué,  Lambert..., pero ¡cómo oculta o justifica las meteduras de pata de los suyos!

Valoración: 6  

#2.- Otra polémica

¿otra vez?|15-03-2008 18:28

¿Habéis visto la respuesta a este artículo en :
http://www.kaosenlared.net/noticia/pepe-gutierrez-ataca-nuevo-otra-vez-sobre-iv-internacional-lambertismo  ?

Valoración: 0  

#3.- la guerra del 53

pg-a|24-03-2008 17:21

Esta no es una biografía de Pierre, sino más bien una evocación personal. El punto de mira es un refleja de las discusiones entre camaradas exiliados a finales de los sesenta...Con todo, el artículo sitúa a Frank como componente de la "resistencia", y distingue entre Germain y Mandel, como lo hace con el Broué milutante y el historiador...Anotar aspectos sectarios en Trotsky, Broué (o Marx o Lenin), no significa más que eso. Otra cosa es que en 15 líneas sobre Lambert se diga sin mayor precisión que se opuso a los "liquidadores" en la guerra del 53, una ruptura que marcará unas diferencias irreconciliables entre lo correcto (le père Lambert) y los revisionistas, y desde ahí oponerse a toda discusión, negar cualquier reunificación con una mayoría que se homologa con Bernstein y cia, eso sí, sin meterse con nadie. El resultado es de todos conocidos, los auténticos son más minoría que nunca, y el fraccionamiento de la escuela alcance esa cifra de 38 grupos, todos con sus batallas, las del 53 o las que vinieron después. Si estono es sectarismo, que baje dios

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