Que nadie dude que el título de nuestro disco (Hijos del Humo 2005), aparte de sus buenas dosis de hierbas aromáticas, se llama así sobre todo por la esperanza en que nosotros, nuestra generación, seamos los últimos hijos del humo y la contaminación, del asqueroso tabaco y su oscuro mundo de intereses y lavados de cerebro. Los últimos herederos del pensamiento del todo vale, de las democracias corruptas en manos de los lobbys energéticos, de la aberración de las empresas de trabajo temporal, del abandono y explotación de la juventud y la infancia en este mundo gobernado por viejos decrépitos, del enriquecimiento vanal que tanto mal está haciendo, y que amenaza descaradamente a los intereses medioambientales de la comunidad en la que residimos: Extremadura, con proyectos contaminantes de residuos tóxicos, con corrupción política y urbanística, con centrales nucleares obsoletas jubiladas hace tiempo y con numerosos problemas en sus instalaciones, con proyectos tan descarados de dudosa rentabilidad como la refinería y las centrales térmicas de interior que se proyectan para acabar de un plumazo con uno de los últimos reductos del bosque mediterráneo. De aquello de que el hombre es Dios en la tierra por ser un ser “racional”.
Cuánto más lejos habríamos llegado imitando en algo a los otros seres que nos rodean, conformándonos con poder comer, dormir y perpetuarnos como estas maravillosas orcas. No dejándonos abrazar por el demonio del dinero e imponer nuestra voluntad en la tierra para beneficiar a las élites multinacionales, que cambian salud medioambiental por precarios puestos de trabajo. Que manipulan y tergiversan la información para defender una más que dudosa rentabilidad económica. ¿Y qué hay de la rentabilidad medioambiental? Para ellos es puro marketing. El problema es que ellos también respiran, porque dólar más dólar menos, ahí por lo menos sí somos todos iguales.
Por eso, inmersos en este mundo de humo repugnante, que se vende y se respira, decidimos ser músicos y recorrer el planeta con este mensaje de ruptura.
En nuestro último viaje, a Canarias, nos contrataron para un estupendo festival de cine y de música étnica de fusión en el que pudimos comprobar una vez más, aparte de la calidez y hospitalidad de la gente canaria, nuestra asquerosa dependencia y compañía del humo. En la furgoneta, en el avión... Esta vez, la repulsiva contaminación de la refinería de Tenerife, junto con sus mortales antorchas iluminándonos cerca del lugar del evento, el auditorio, nos acompañó durante todo el concierto, y nos impidió disfrutar también plenamente, del siguiente concierto de la fantástica, y auténtica, Amparanoia. Desde luego yo no paraba de mirar esas dantescas llamas y la columna de humo que se dirigía directamente a la ciudad. Estabamos a escasos 20 metros del poderoso océano y desde luego, olía a cualquier cosa menos a mar. No hacía brisa y toda la ciudad se había convertido en una nube pestilente con un olor plástico petroquímico que no te dejaba pensar. No sé si sería sugestión, pero me empezó a entrar un fuerte dolor de estómago, y el paladar me sabía a rayos tras inhalar el humo que lo inundaba todo. Todos coincidimos en que era algo repugnante e insalubre.
Al volver al hotel una densa neblina inundaba la bonita ciudad de Tenerife y cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que nos habíamos dejado abierta la habitación del hotel y se había llenado todo de esa pestilencia. No nos quedó más remedio que cerrar la ventana y respirarnos esa mierda para sanear el ambiente. Menos mal que en la tele local programaban una de las últimas aventuras de Rocco, lo que nos hizo algo más llevadero el asunto de dormir.
Al día siguiente teníamos todo el día para conocer la ciudad. Nos acompañaron en furgoneta a conocer la playa de Las Teresitas, La Laguna, un centro de acogida de chavales que habían llegado en patera, las playas del Norte. Tomando un refrigerio en un bar de La Laguna con una chica de producción del festival que nos acompañaba, y que trabajaba con estos chicos, contaba historias sobre las pateras, decía que la mayor culpa de que se echen al mar para llegar a Europa la tiene la televisión, que les lava el cerebro mostrándoles nuestro mundo irreal, por eso se gastan el dinero que ahorran durante muchos meses en zapatillas de marca y camisetas de ídolos del fútbol. Que era muy fuerte oir como contaban que habían tenido que tirar a su hermano muerto al mar durante el trayecto.
Salió el tema de la refinería. Nos contó algunas cosas muy interesantes ya que ella vivía al lado y se quejaba: ¡Encima es la zona Chic!. Decía que vivían según soplara el viento. Si iba hacia otro lado, bien. Si iba hacia la ciudad la gente cerraba las ventanas y se quedaban en casa sin poder salir a la calle. Que lo del dolor de estómago y mal sabor de boca era normal. Que si te bañabas por allí podías salir pringado de chapapote. Que los petroleros y muchos barcos evacuaban por allí toda la mierda. Le pregunté si conocía las estadísticas de los casos de cáncer pero no las sabía y entonces le dije un poco atrevido que seguro que algún familiar suyo había muerto de cáncer de laringe. Yo perdí a mi hermano hace 14 años de un cáncer de pulmón y a mi padre hace menos de dos de un infarto fulminante, ambos vivieron toda la vida en "El Jardín de Europa". Al instante asintió: mi tio murió por un cáncer de laringe. Se hizo mutis entre la audiencia ya que algunos también teníamos más familiares luchando contra esto y continuamos nuestra visita para despedirnos de la fantástica gente del festival, y cómo no, de aquel satánico engendro llamado refinería de petróleo, que en Extremadura nos quieren vender como la panacea.
Alberto Casado para OPAEX