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¿Qué gigantes? Apuntes críticos al texto "Marxismo y Anarquismo", publicado en el nº 2 de El Fuelle

“¿Qué incoherencia?”, decimos nosotros cuando nos reclamamos como marxistas libertarios ante la mirada atónita de nuestros compañeros anarquistas.
Administración de la bitácora virtual "Por atrás me gusta Marx" | Para Kaos en la Red | 2-9-2008 | 451 lecturas | 3 comentarios
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¿Qué gigantes?
Apuntes críticos al texto Marxismo y Anarquismo, publicado en el nº 2 de El Fuelle
[1]

En el segundo número de su órgano la expresión, la Federación Ibérica de Juventudes Anarquistas (FIJA) ha publicado una traducción al castellano del artículo Marxismo y Anarquismo, recogido originalmente en el número 32 de la publicación portuguesa Acção Directa. Éste presenta una serie de lugares comunes que, por considerarlos incorrectos, nos gustaría rebatir, siempre desde el respeto a la encomiable labor que están realizando estos compañeros y remitiéndonos a las propias palabras del autor: “el objeto de este artículo puede ser analizado de formas diversas y sobre ángulos distintos en el seno del movimiento anarquista. Como éste no posee centros dirigentes, no es, por consiguiente, un movimiento único, pero sí una unión en la diversidad, por ello existen, en su interior, algunas divergencias sobre ésta y otras cuestiones.”

Antes de empezar, debemos aclarar que nuestro propósito no es salir en defensa de esos “sindicatos oficiales burocratizados” y “partidos políticos obreros” a los que alude tal artículo; aunque nos sintamos cercanos a los análisis y prácticas de cierto marxismo, nos reclamamos, ante todo, del anarcosindicalismo. No hay contradicción alguna en esto, pues, a diferencia de lo que se deduce de tal artículo, un marxismo en consonancia con el anarquismo es posible: lo que Daniel Guérin denomina un marxismo libertario. “¿Qué gigantes?”, dijo Sancho Panza a su señor Don Quijote cuando éste cargó contra unos molinos que él confundió con monstruos. “¿Qué incoherencia?”, decimos nosotros cuando nos reclamamos como marxistas libertarios ante la mirada atónita de nuestros compañeros anarquistas. Lo que ven no es un engendro ideológico similar a las espeluznantes criaturas del doctor Moreau, sino una corriente de pensamiento muy fundamentada, además de rica. Una corriente de pensamiento en la que, ciñéndonos a unos pocos ejemplos, podemos encontrarnos tan interesantes personajes como el poeta surrealista Benjamin Péret[2], el situacionista Guy Debord o el activista anti-OMG René Riesel, además de fenómenos históricos como el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) o el Operaismo.

El marxismo-leninismo como desviación del marxismo

El principal error del artículo consiste en confundir el marxismo clásico de Marx y Engels con la interpretación llevada a cabo por Lenin: lo que comúnmente conocemos como marxismo-leninismo. Todos sabemos cuán miserables han sido los modelos sociales resultantes de esta doctrina, así que no me extenderé sobre esta cuestión. ¿Pero es culpable Marx de que la economía soviética fuera un capitalismo de Estado o de que los estalinistas llevaran a cabo una contrarrevolución en España entre 1936 y 1939? ¿Es el marxismo-leninismo una consecuencia necesaria del marxismo clásico? Desde luego que no.

Detengámonos a leer lo que dice Lenin acerca de su visión del marxismo:

“Sería ridículo presentar a nuestra revolución como una especie de ideal para todos los países, imaginando que ha hecho una serie de descubrimientos geniales e introduciendo gran número de innovaciones socialistas. Yo nunca he pretendido decir semejante cosa y afirmo que no lo diré nunca. Nosotros poseemos la experiencia de los primeros pasos de la destrucción del capitalismo en un país donde la relación entre el proletariado y el campesinado es particular. Nada más. Si nos hinchamos como pavos seremos el hazmerreír del mundo entero, no seremos más que fanfarrones.” (Sala y Durán, 1975: 5)

De una argumentación así se pueden deducir múltiples ideas: incluso que la Revolución Rusa fracasó porque no contaba con las adecuadas condiciones objetivas, como pretenden ciertos leninistas trasnochados. Lo que a nosotros nos interesa recalcar es que el marxismo-leninismo no es la única interpretación posible del marxismo clásico. Más aun, que se trata de una desviación.

Cuando se plantean las diferencias entre el marxismo y el anarquismo, se suele decir que los unen los fines y los separan los medios. Es aquí donde hace su aparición la controvertida cuestión del Estado. Ciertamente, los anarquistas siempre han sido contrarios a utilizar el Estado para destruir la sociedad de clases, mientras que los marxistas, Marx y Engels incluidos, entienden que éste es un instrumento indispensable para acabar con la burguesía. Podemos verificarlo en El manifiesto comunista:

“El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.” (Marx y Engels, 1976)

La misma voluntad subyace en El Estado y la revolución, obra paradigmática de Lenin (1975: 74):

“Nosotros no discrepamos en modo alguno de los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado, como meta final. Lo que afirmamos es que, para alcanzar esta meta, es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios, de los métodos del Poder del Estado contra los explotadores, como para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida.”

Entonces, ¿por qué este empeño en afirmar que Lenin opera una desviación del marxismo clásico? ¿No se parecen acaso Lenin y Marx en su manera de entender el tránsito a la sociedad sin clases?

Esto sería así si el marxismo concibiera el Estado al igual que el anarquismo. No es por casualidad que Malatesta (2002: 23) inicia su artículo Socialismo y anarquía de la siguiente forma: “Cuando se discuten cuestiones de orden moral y social la dificultad más grande para entenderse depende del significado vario e incierto que se atribuye a las palabras.” Es menester, pues, aclarar este problema léxico.

Tanto para los anarquistas como para los marxistas, hablar de Estado es hablar de autoridad, cosa que ha quedado muy bien reflejada en el artículo al que me refiero; para los primeros, todo Estado implica una clase gobernante separada de la clase trabajadora, mientras que, para los segundos, el Estado no es otra cosa que una manifestación de la violencia de la burguesía sobre el proletariado o del proletariado sobre la burguesía o, si se prefiere, el Estado sería la organización de la violencia. Ésta se iría extinguiendo a medida que dejase de ser necesario el empleo de la fuerza. ¿Qué tienen que objetar a esto los anarquistas? Nada, sencillamente porque ellos también son partidarios de expropiar por la violencia los medios de producción: “Nunca ninguna clase oprimida ha logrado emanciparse sin recurrir a la violencia; nunca las clases privilegiadas han renunciado a una parte, siquiera mínima, de sus privilegios, sino por la fuerza, o por miedo a la fuerza”, escribe Malatesta (2002: 30).

Marx y Engels en momento alguno indican que una forma de Estado como ésa implique una elite que dirija al proletariado; la idea de una vanguardia es únicamente atribuible a Lenin, tal y como veremos más abajo. Lo que tenemos aquí es un problema terminológico similar al suscitado por la palabra “partido”. Mientras que unos lo entienden como una organización oficial, caso del PSOE, otros lo entienden como el conjunto de adeptos a un programa determinado, caso del movimiento obrero. Al igual que Malatesta, Marx y Engels utilizaban la palabra en su segunda acepción, a pesar de que ciertos interesados hayan querido siempre entender lo contrario. Sirva de aclaración que Marx confesó a su yerno, Paul Lafargue, no sentirse marxista en el sentido que lo entendían los partidos comunistas de su época[3].

Toda persona que se pretenda libertaria debe huir de estos dogmas lingüísticos. La frontera real no se encuentra entre los partidarios del Estado y los partidarios de la anarquía, sino entre los partidarios de la autonomía obrera y los partidarios de una vanguardia (militar e intelectual). Y qué duda cabe de que los verdaderos marxistas están entre los primeros.

La desviación se produce precisamente con Lenin. Mientras que el marxismo clásico aboga por la dictadura del proletariado, entendida como “la más perfecta de las democracias, […] la verdadera democracia proletaria que excluye a los explotadores en vías de desaparición” –en palabras de Anton Pannekoek, uno de los teóricos más destacados de los Consejos Obreros– (Tajuelo, 1977: 66), con el marxismo-leninismo nos vemos obligados a hablar de una dictadura en nombre del proletariado o, como dice Abraham Guillén (1979), de una dictadura sobre el proletariado. A diferencia de Marx, para quien el sujeto y el objeto mantienen una relación dialéctica, Lenin y sus seguidores entienden que el hombre y la realidad son dos cosas separadas. Esto es lo que se conoce como teoría del reflejo, principal aportación de Lenin al corpus marxista. Merleau-Ponty señala al respecto: “Este nuevo dogmatismo que pone el sujeto cognoscente fuera del tejido de la historia y le da acceso al ser absoluto, no le obliga al deber de la autocrítica, y dispensa al marxismo de hacer aplicación a sí mismo de sus propios principios.” (Sala y Durán, 1975: 7) Este dogma se presenta como una técnica revolucionaria que necesita ser dominada por unos técnicos, es decir, por una vanguardia militar e intelectual que, aunque aparezca como una clase administrativa, bien sabemos que es una verdadera clase dirigente con intereses separados a los del proletariado. Precisamente lo contrario a lo que anhelaban los padres del marxismo: “[Los comunistas] no tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.” (Marx y Engels, 1999)

Lenin llama izquierdismo a toda esa corriente del socialismo heterodoxo que, partiendo del marxismo, llega a la conclusión de cuán indeseable es la vanguardia para una revolución proletaria. Paradójicamente, es este socialismo heterodoxo el que se mantiene dentro de la ortodoxia marxista, mientras que el marxismo-leninismo quedaría como la verdadera heterodoxia, como la auténtica traición a la clase obrera. Llegando más lejos todavía, Pannekoek tilda al leninismo de ideología burguesa, en el sentido de que se acerca más al idealismo que al materialismo dialéctico profesado por Marx y Engels (Pannekoek, 1976).

Por todas las razones expuestas anteriormente, entendemos que, cuando en el artículo publicado por la FIJA se comenta que “el marxismo no es, en realidad, una corriente materialista”, se está haciendo exclusivamente referencia a la desviación leninista del marxismo, al igual que todas las críticas vertidas acerca de sus propuestas prácticas del marxismo. ¡Un poco de rigor, compañeros! No retratan el marxismo perlas como:

“Los marxistas pretenden establecer límites a la autoorganización revolucionaria de los explotados y oprimidos, o sea, reducir la revolución a una mera mudanza en la composición de la categoría social dominante”; “los marxistas ven la lucha de clases bajo una óptica mediatizada, o sea, bajo la forma de una lucha entre sus representantes o defensores”; “el verdadero objetivo de la ‘lucha de clases’ marxista: un simple cambio en la cima de la pirámide social, esto es, la sumisión de los explotados a una nueva cúpula social dirigente y explotadora”

Lenin era un personaje muy conservador. Lo prueban, por ejemplo, sus declaraciones en torno a la liberación sexual. Así se dirigía a Inés Armand en una carta del 17 de enero de 1915: “Le aconsejo que suprima en absoluto la reivindicación femenina del amor libre. Prácticamente es una reivindicación burguesa, y no proletaria.” ¿A alguien le parecería sensato condenar el anarcosindicalismo por el hecho de que García Oliver asumiera el Ministerio de Justicia durante la Guerra Civil o por las decisiones poco acertadas que toman a veces los plenos y los congresos de la CNT? De igual modo, sería injusto juzgar el marxismo por las ideas y actos de tipos tan poco marxistas como Lenin, Stalin o Mao.

El marxismo dentro de las ciencias humanas y sociales

Si exceptuamos la confusión entre el marxismo clásico y el marxismo-leninismo, hay puntos del artículo que sirven para generar un debate enriquecedor dentro del movimiento libertario. Muchos de ellos se refieren a la forma tan característica que tiene el marxismo de inscribirse dentro de las ciencias humanas y sociales. Vamos a comentarlos brevemente.

“En un último análisis, el modo como viven y piensan las personas es una imposición del crecimiento incontrolado de las fuerzas productivas. Así, el capitalismo es considerado como un producto histórico inevitable y una etapa necesaria de la evolución humana; el comunismo es afrontado como el resultado necesario del desarrollo capitalista. Es fácil comprobar que esta teoría de las necesidades históricas constituye una óptima justificación de la explotación y miseria que ha mantenido sujeta, desde hace muchos siglos, a la gran mayoría de los individuos humanos. Se trata, de hecho, de una teoría que sirve para justificar los peores crímenes que se puedan cometer.”

Es también un hecho que cada tipo de sociedad produce un tipo de individuo; que un individuo nacido en el seno de una familia obrera tiene más probabilidades de interiorizar habitus obreros que un individuo nacido en el seno de una familia burguesa. Constatar una realidad como ésta no significa legitimarla. Cedemos la palabra a Jared Diamond (2007: 20):

“Si logramos explicar cómo algunas personas llegaron a dominar a otras personas, ¿no podría parecer que de este modo justificamos la dominación? ¿No parecería decirse que el resultado era inevitable, y que sería inútil, por tanto, tratar ahora de cambiar tal resultado? Esta objeción se basa en la tendencia habitual a confundir la explicación de las causas con la justificación o aceptación de los resultados. El uso que se hace de una explicación histórica es una cuestión independiente de la explicación propiamente dicha. La comprensión se utiliza con más frecuencia para tratar de alterar un resultado que para repetirlo o perpetuarlo.”

En segundo lugar, se reprocha al marxismo el dar una importancia excesiva a “las ruedas del carro de la historia”, en detrimento de aspectos como “el instinto de sociabilidad o la voluntad de poder”. Si bien es cierto que Marx y Engels centran su atención en la historia, no son pocos los marxistas que han abordado otras facetas del ser humano: Bourdieu o Paulo Freire, la pedagogía; Erich Fromm, la psicología; Adorno, la relación entre sociología y psicología; Luria, la semiótica; Herbert Marcuse o Wilhelm Reich, el vínculo entre el deseo erótico y la dominación; André Breton, la literatura y las artes… Es posible tildar de reduccionista al marxismo cuando se lo conoce superficialmente, pero resulta inapropiado en un período en el que se encuentra tan enriquecido y matizado por las aportaciones teóricas de autores como los mencionados más arriba.

Cabe añadir que viejos postulados marxistas se desechan hoy gracias al neo-marxismo. Es el caso, por ejemplo, de los modos de producción. Marx simplifica al decir que existen únicamente el comunismo primitivo, el modo de producción asiático, el modo de producción antiguo, el esclavismo, el modo de producción germánico, el feudalismo, el capitalismo y el comunismo, por lo que hoy Eric Wollf, Maurice Godelier y otros muchos hablan de modos de producción basados en el parentesco, modos de producción tributarios y modos de producción capitalistas, categorías formales que permiten analizar el tema ajustándonos mejor a realidades concretas desconocidas en el siglo XIX.

“Los marxistas tienden a explicar todas las manifestaciones de la vida humana (luchas sociales, corrientes de pensamiento…) por los intereses económicos de las diversas clases. […] La lucha de clases no abarca la totalidad de la guerra social ni constituye el único motor de la historia humana. […] Los antagonismos sociales y la lucha de clases no surgirán en las sociedades humanas únicamente como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas.”

Ciertamente, para el marxismo lo económico es el aspecto social con mayor incidencia dentro de la vida humana:

“¿Y qué motivó a Robinson a esclavizar a Viernes? ¿Lo hizo simplemente por deleitarse? Nada de eso. Vemos, por el contrario, que Viernes es ‘sometido a realizar un servicio económico como esclavo o simple instrumento, y mantenido sólo como instrumento’. Robinson esclaviza, pues, a Viernes para que trabaje en provecho suyo. ¿Y cómo puede Robinson sacar provecho al trabajo de Viernes? Sólo debido a que Viernes crea, con su trabajo, más medios de vida que los que Robinson debe darle para que se mantenga en condiciones de trabajar.” (Engels, 1975: 8-9)

Esto no quiere decir que desestime lo ideológico y lo político: ocurre que tales aspectos forman parte de una superestructura determinada por la infraestructura o economía. Los antagonismos políticos e ideológicos sí inciden en la lucha de clases, pero una vez que han sido modelados por los antagonismos económicos; dicho de otra forma, la infraestructura determina la superestructura y ésta, a su vez, determina la infraestructura, pero sólo en segundo término. Eso es exactamente lo que afirma el marxismo aplicado a las ciencias humanas y sociales.

Quizá el antropólogo Pierre Clastres, mencionado en el artículo, tenga razón cuando contradice las tesis fundamentales del marxismo aludiendo a que, en la génesis de las clases sociales en algunas comunidades indias, ha tenido más peso la religión (superestructura) que la economía (infraestructura). Pero tampoco es falso que el modelo marxista haya permitido explicar el surgimiento de clases sociales en muchos otros contextos, como en América Central (Corona, 1986: 35-42). A día de hoy, los modelos explicativos idealistas tienen la batalla perdida frente al materialismo. Esto no quiere decir que el materialismo sea infalible; de hecho, si algo hemos aprendido estudiando Prehistoria es que, a menudo, los investigadores materialistas han menospreciado aspectos simbólicos precisamente por considerarlos tan secundarios. Así, observaciones como la de Clastres contribuyen sin duda a evitar que degenere en un dogma empobrecedor para las ciencias humanas y sociales.

No obstante, hay un mundo entre reconocer esto y deducir que “el determinismo histórico, sirve, evidentemente, para justificar las acciones reformistas, la colaboración de clases y otras maniobras necesarias para la participación de las marxistas en los órganos de gestión de la sociedad jerárquico-capitalista.” Célebres son las embestidas de los marxistas contra la socialdemocracia.

“Para demostrar que no es posible verificar la validez de una teoría social a través de un método científico de experimentación, es importante decir que sólo se encuentran ‘realidades inevitables’ en el dominio de los fenómenos naturales, fenómenos que se desarrollan independientemente de la voluntad humana y que constituyen el objeto de estudio de las ciencias exactas.”

Lo que sí dejaremos para otra ocasión es la cuestión de saber si el materialismo histórico es o no una ciencia (y qué tipo de ciencia), pues esta controversia, que tanta tinta ha hecho verter a autores como Althusser o Popper, es demasiado complicada para abordarla en unas pocas líneas. Únicamente afirmamos que, si no fuera una ciencia, el materialismo histórico sería, cuanto menos, un método riguroso de aprehensión y transformación de la realidad.

Bibliografía consultada

Corona Sánchez, Eduardo (1986): “Sobre el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas para la caracterización del Estado en Mesoamérica”, Revista Española de Antropología Americana, nº XVI, UCM, Madrid.
Diamond, Jared (2007): Armas, gérmenes y acero, Debolsillo, Barcelona.
Engels, Friedrich (1975): Temas militares, Akal, Madrid.
Guillén, Abraham (1979): El Capitalismo Soviético: Última etapa del Imperialismo, Queimada, Madrid.
Lamo de Espinosa, Emilio (1981): La teoría de la cosificación. De Marx a la Escuela de Francfort, Alianza Editorial, Madrid.
Lenin, Vladimir (1975): Del Estado y las tareas del proletariado revolucionario, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín.
Malatesta, Errico (2002): Escritos, Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid.
Marx, Karl; Engels, Friedrich (1976): Manifiesto del Partido Comunista, Ayuso, Madrid.
Sala, Antonio; Durán, Eduardo (1975): Crítica de la izquierda autoritaria en Cataluña (1967-1974), Ruedo Ibérico, París.
Pannekoek, Anton (1976): Lenin, filósofo: Consideraciones críticas sobre los fundamentos filosóficos del leninismo, Ayuso, Madrid.
Tajuelo, Telesforo (1977): El MIL, Puig Antich y los GARI, Ruedo Ibérico, París.

[1] El artículo se puede consultar en: http://www.nodo50.org/juventudesanarquistas/files/ElFuelle2.pdf.

[2] Alguien familiarizado con la biografía de Péret nos objetará que éste militó en el Partido Comunista Francés y, más adelante, en la IV Internacional. Cierto. Pero también terminó acercándose a posturas consejistas, recorrido lógico si tenemos en cuenta que siempre formó parte del sector crítico dentro de las distintas organizaciones frecuentadas a lo largo de su vida.

[3] Emilio Lamo de Espinosa (1981: 25) ha escrito unas líneas muy esclarecedoras respecto a cómo los partidos comunistas han utilizado la obra de Marx: “Ahora bien, los textos de juventud de Marx, en los que la teoría de la alienación y del poder social extraño son desarrolladas, fueron encontrados y publicados en los años treinta, cuando existía ya una ideología marxista legitimadora de un sistema de poder político: el de la Rusia soviética. El contenido crítico de estos textos, que afectaban de modo directo a la burocracia del partido, fue exorcizado con la etiqueta de ‘ideología’. Frente a la ‘ciencia’ del Marx maduro, estos textos de juventud (donde se encontraba justamente la fundamentación epistemológica del marxismo, pero también la crítica más radical de la burocracia soviética y de los partidos comunistas en general) resultarían ser meros trabajos preparatorios aún inmaduros. De este modo la tradición teórica comunista, y especialmente la ligada a los diversos partidos comunistas, construyó toda una teoría marxista basada en la sistemática distorsión del Marx joven, teoría que exigió, entre otras cosas, la censura de estos textos e incluso la ocultación de pasajes enteros de los textos de madurez.”
http://marxenrojoynegro.blogspot.com/
 
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Comentarios (3)

#2.- el marxismo-leninismo es la antitesis del pensamiento de Lenin

victor serge|02-09-2008 17:33

  "El principal error del artículo consiste en confundir el marxismo clásico de Marx y Engels con la interpretación llevada a cabo por Lenin: lo que comúnmente conocemos como marxismo-leninismo" ???????????

Confundir el pensamieno de Lenin con el marxismo-leninismo es un error categorial del mismo nivel que el de vuestros compañeros anarquistas que confunden el marxismo clásico (marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburg...) con el marxismo-leninismo, es decir, con la aberración burocrática y criminal del estalinismo

saludos marxistas y libertarios!

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#3.- Enredos

Nieto de mambí|02-09-2008 21:47

Leo y leo, y sufro. La izquierda en el mundo le haría un favor enorme a las clases explotadas, si rehuyera del pecado de la soberbia intelectual, para encontrar los puntos de coincidencia real entre el pensamiento colectivo y la realidad, en lugar de sumergirse en especulaciones y ditirambos academicistas, que poco honor hacen a Marx, Engels, Lenin y a tantos otros luchadores -incluidos, los anónimos y humildes luchadores de la verdadera clase obrera.
Bienvenida sea la polémica cuando no pierde el tiempo rastreando manchas ajenas, sino que dedica el esfuerzo de las mentes a buscar luces, incluso en el pensamiento rival.
Saludos

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#4

04-09-2008 01:30

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