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George Orwell y su tiempo

Conviene insistir todo lo que sea necesario: Orwell es uno de los escritores que más no pueden ayudar a comprender el siglo XX. Un siglo en el que la humanidad contó con los medios objetivo para una liberación, y en el que la reacción fue más fuerte que la revolución (*).
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 29-7-2007 | 529 lecturas
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La pequeña historia de mi relación como lector con Orwell se remonta a la víspera del mayo del 68 francés, una fecha que a mi juicio no deja de ser también orwelliana, si vemos a Orwell como creo que hay que verlo, es decir, como a un «contestatario». Luego se convirtió en uno de los escritores clave de mi biblioteca militante. en la que se reunían los autores inconformistas que intentaban ayudar a mucha gente inquieta a recuperar parte de una memoria democrática y socialista que el caballo de Atila del franquismo había hecho casi desaparecer a sangre y fuego. Dentro de esta biblioteca. Orwell era uno de los autores que. además de ser de izquierda. representaba al mismo tiempo una crítica «a su manera» de la burocracia y del estalinismo. Igualmente. pertenecía a esa noble estirpe de los que fueron doblemente derrotados en nuestra guerra civil --como partidarios de la revolución y como antifascistas--; ello daba a su obra una dimensión «subversiva» y a muchos se les «atragantó» su lectura porque buscaban una oposición sin excesivos problemas y la crítica al estalinismo les sobrepasaba ampliamente.

              Esta relación militante con Orwell no disminuyó sino que se acrecentó con el tiempo, y así fue creándose lo que sería la base documental para redactar diversos artículos y un libro. escrito (justo es reconocerlo) en consonancia con la vigencia del personaje pero con la rotunda intención de ser oportuno y no oportunista. Pienso que para hablar de Orwell hay que evitar toda manipulación, lo cual no es poco si echamos una ojeada a muchas de las cosas que se han escrito sobre él, en especial las que tratan de desactivar sus dimensiones antiimperialistas y revolucionarias. Antes que cualquier otra cosa, orwell fue un escritor que miró hacia los de abajo y que “desertó” del campo de los vencedores Muchos de los trabajos que se han publicado podrían llenar un amplio departamento del Instituto Orwell sobre el Ministerio de la Vedad (oficial, claro), donde se tratara de lo que él tanto temía. su manipulación. Manipulación inaugurada con Rebelión en la granja, y profundizada con 1984 hasta extremos desasosegante:

          Ninguna de las lecturas que he efectuado le permiten concebir a Orwell como un anticomunista, criterio que si utilizaría sin reparos a Stalin y a los estalinistas más sórdidos. No lo he podido considerar como tal más que pudiera –por citar unos ejemplos- a Thomas Münzer como un anticristiano porque odió la Iglesia de Roma o a Jaurés como un antidemócrata porque denunció la democracia burguesa. Mi Orwell fue siempre un socialista herético, eso sí, de difícil clasificación. Cierto, nunca poseyó la coherencia marxista de un Deutscher ni la anarquista de un Vernon Richard, a los que trató y con los que colaboró. Orwell desarrolló unos planteamientos libertarios y radicales indiscutibles e inintegrables en posiciones neoliberales o de derechas, otra cosa es que esta gente hayan tratado de asimilarlo como también lo han hecho con otros herejes. Normalmente sus biógrafos coinciden en esta opinión sobre él. Creo que no cabe otra postura ante un personaje como Orwell: seguir el hilo de su trayectoria vital explicando sus principales vicisitudes. pero también adoptar una actitud crítica cuando se considere oportuno y necesario.

            A hablar de Orwell, nos debatimos obligatoriamente en la gran paradoja de siglo XX: la contradicción entre un socialismo digno de su nombre y la barbarie, o sea, los «gulags» del capitalismo o los de la burocracia antisocialista. En última instancia, el legado, la advertencia de Orwell es, a pesar de su dolor y pesimismo, una llamada a impedir la caída final de la humanidad. una llamada a la crítica y a la oposición…Esto nos invita a hacer lo que él quiso hacer siempre a su manera «....rechazar no sólo el imperialismo. sino también toda forma de dominación del hombre por el hombre (...) descender entre los oprimidos. ser unos de ellos. estar a su lado contra los tiranos».

            Algunos de los múltiples adversarios que tuvo Orwell en su vida política fueron los estalinistas, que tenían en Moscú su Meca o su Vaticano, un movimiento que ayer pareció dominar el “comunismo”, y que actualmente agoniza en fragmentos oscurantistas y numantinos. Generalmente, cuando hablaban de Orwell a partir de su actuación en España, se limitaban a hacer una mera descalificación. pero en ocasiones, como «buenos marxistas», trataron de ofrecer una explicación más seria al "reaccionarismo", de su contrincante, olvidando sus estrechas conexiones con la izquierda laborista que apoyó al POUM. Esta explicación radicaba en su origen social: Orwell era un típico pequeño-burgués que reflejaba el miedo de un sector de esta clase social al avance. complejo y difícil pero inexorable, del comunismo guiado por la mano sabia del Padre de los Pueblos, José Stalin...Orwell tiene sus más acérrimos adversarios entre los historiadores que tratan de minimizar o de blanquear el desastre del estalinismo.

                Interpretaciones como ésta pasaron por marxistas en una Inglaterra donde el socialismo se había apoyado en las nobles intenciones y en el utilitarismo de izquierdas. Orwell queda con ello catalogado unilateralmente por su origen social, y se escamotea una evolución personal que, aunque no conlleva una ruptura total con este origen, resulta en su conjunto francamente rica en cambios y en rectificaciones políticas y mentales (en uno de sus escritos dirá: «...no soy capaz, ni me apetece, abandonar por completo la visión del mundo que adquirí en mi infancia...». Por lo demás para un marxista debía ser evidente que no existe ninguna predestinación irreversible que se derive de la extracción social de un individuo; de ser así, sería imposible comprender el hecho de que, salvo contadas excepciones, todos los grandes nombres del socialismo, desde Marx hasta el «Che» Guevara, provenían de las clases más privilegiadas. Hay hasta una mal chiste sobre esto. Stalin le dice a Trotsky, yo soy un proletario y tu un burgués, y Trotsky le responde:  Cierto, contesta Trotsky. Y ambos traicionamos a nuestra clase.

              Orwell no quiso proclamarse «proletario» como hicieron otros intelectuales izquierdistas. Para él ésta era una impostura y siempre apreció a la gente que se mostró consecuente con su razón de ser, con sus convicciones. Es más sintió una gran atracción hacia una clase media clásica, llena de dignidad. aunque asumió lo que Sartre llamaba "…el hecho histórico más importante de nuestro tiempo: es el protagonismo de la clase obrera". Simplificando mucho, se puede llegar a decir que Orwell fue predominantemente: un pequeñoburgués, pero habría que añadir a esto innumerables matizaciones. Destinado a integrarse en la clase: media alta, Orwell ya entró gravemente en contradicción con los suyos. en Birmania, donde se convirtió en un exiliado interior. y posteriormente, sobre todo después de las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, profundizará esta actitud.

              Dicho de otra manera, Orwell fue un desertor de su clase, un antiburgués convencido. lo que más tarde llamaríamos un contestatario. En sus ambivalentes relaciones con el movimiento obrero. las dificultades para su integración en éste surgieron tanto de su acendrado individualismo como de los graves errores que cometieron las direcciones políticas tanto socialdemócrata como estalinista. Seguramente. de haber vivido en otra época. Orwell no hubiera sido escritor y mucho menos un escritor político Él mismo era perfectamente consciente de esto cuando escribió, en 1935 un poema en el que decía: 

                  "Podría haber sido un vicario feliz

                  hace doscientos años

                  para predicar sobre el juicio final

                  y mirar mis nogales crecer.

                  Pero nacido. por desgracia. en una época perversa

                se me escapó ese cielo placentero. . . 

                Rebelde siempre, revolucionario en ocasiones como la española, Orwell fue hijo de un siglo «perverso» al que Lenin definió con mayor precisión como una época de guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. En su no muy larga existencia, sus días de adulto estuvieron marcados por el signo de una crisis ininterrumpida. Su infancia coincidió con el crepúsculo del imperialismo británico. con el declive de la era victoriana V con el período eduardiano. El fin de su infancia tuvo como fondo el tronar de los cañones de la primera guerra mundial. el fin de su adolescencia los ecos aún lejanos de la revolución rusa. Es un joven soldado cuando los laboristas llegan por primera vez al gobierno en 1924, y cuando la clase obrera impulsa su primera huelga general. en 1926. El inicio de su carrera como escritor se desarrolla en el contexto de la crisis de 1929 y su ascenso en Inglaterra coincide con el ascenso del nazi-fascismo en Europa...

            Cada uno de estos acontecimientos influyeron de una manera decisiva en su evolución. desde el niño de clase media alta al escritor «enragé». Hay que recordar que antes de la Gran Guerra de 1914-1918, Inglaterra era la. capital financiera internacional, la cabeza del imperialismo mundial, el modelo del sistema político democrático parlamentario que se apoyaba en la libre competencia...Pero Gran Bretaña sufrió en esta guerra una derrota dentro de su victoria. La deuda contraída con Estados Unidos fue enorme y las exportaciones se resintieron gravemente por la falta de capacidad adquisitiva de los países derrotados. El mercado ruso se perdió definitivamente con una revolución que atrajo las simpatías de la clase obrera inglesa. Los problemas con las colonias comenzaron a intensificarse, como notó el propio Orwell en Dias de Birmania. . .

            Los años treinta fueron en Europa, y en Inglaterra en concreto, bastante difíciles tras la gran depresión, el paro obrero alcanzó unas dimensiones desconocidas en la isla. La economía liberal estaba en clara decadencia. y el Estado comenzó a intervenir. Los laboristas conocieron una grave escisión por la derecha --la encabezada por Ramsay McDonald, que rompió con el partido para hacer una «unión nacional» con los conservadores--. y otra por la izquierda, la del Independent Labour Party que reagrupó en su interior tendencias favorables a un frente obrero contra la derecha fascista --tendencia a la que pertenecieron los mejores cuadros del ala izquierda del partido como el historiador G.H. Cole, Aneurin Bevan, Staffford Crips, H. B. Tawney, etc. Por entonces el partido comunista conoció un Importante auge, así como la extrema derecha que encabezada por Mosley formó grupos armados contra los huelguistas y contra la izquierda en general. La amenaza de una próxima guerra aparece con fuerza en el horizonte y es sentida por los escritores (1). Sólo las industria del rearme mantiene en movimiento la máquina social cuyos mecanismos serán descubiertos por una generación de artistas que se sienten llamados a hacer la revolución con sus plumas.

              Como dirá uno de ellos. Julian Symons, refiriéndose a la famosa obra de Clifford Odets --guionista y cineasta comunista norteamericano que sucumbirá años más tarde bajo la presión macarthysta- Todos esperan a la izquierda:  "Detrás del movimiento de los años treinta (...) habían los impulsos más generosos de la humanidad. unos impulsos más valioso  y con mucha diferencia. que la sabiduría estéril de los años cincuenta. Más vale esperar a la izquierda que no estar esperando a Godot " (2).

            El arte, por lo general un fiel termómetro de las crisis sociales, reflejó esa situación en la que se esperaban salidas a los grandes conflictos, en concreto al viejo dilema engelsiano entre el socialismo y la barbarie (3)  Es el momento del expresionismo en Centroeuropa y son en Gran Bretaña, las visiones apocalípticas de un Eliot que Orwell definirá como una especie de «trotskista» del catolicismo (4).  En estas visiones de la decadencia. el barco de Occidente parece hundirse y con él toda la civilización. Los más jóvenes, como Orwell no sentirán tan intensamente este eurocentrismo y mirarán con ardor el nacimiento de la revolución colonial y la posibilidad de implantar el socialismo en su propio país.

              En los años treinta había pasado ya la época del ultraimperialismo de Kiplyng, y el socialismo utópico conservador de Shaw y Wells había demostrado sobradamente su impotencia. Se mantuvo no obstante una fuerte tradición con T. S. Eliot, Virginia Woolf, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, E. M. Foster que pensaban. como el Dedalus del Retrato del artista adolescente, de James Joyce, que «las artes que incitan a la acción son artes impropias». Creían que el arte no tiene nada que ver con la política, ni siquiera en lo social, sino que pertenece, como los socialistas dicen de la religión, a lo estrictamente privado (5).  Todos estos autores son medievalistas y románticos, miraban con nostalgia hacia un pasado en el que cada cosa y cada clase social estaban en su sitio. Entre ellos, quizás sólo Lawrence (Mujeres enamoradas)  tiene una procedencia social humilde aunque no por ello de ser el más derechista de todos. Con posiciones muy particulares, pero que en cierta medida le aproximaron al fascismo.  Esto no es extraño entre la gente trabajadora que asciende por sus propias actitudes, y se sienten parte de los elegidos por una “selección natural”.

          Contemporáneo de Orwell fue un grupo de poetas, con los cuales se ha intentado crear un tanto arbitrariamente una especie de generación literaria; se llamó «grupo de los poetas de Oxford», que en sus principios compartieron unas preocupaciones, estilos y formas de evolución bastante comunes. pero que no presentó ningún signo de cohesión ni afinidad subordinada hasta el final, hacia una meta general...El trasfondo que condicionó a estos poetas fueron Ios problemas del desempleo y de las zonas más depauperadas por la depresión ideológica, comunista y anticomunista, por la discusión ideológica, entre comunistas y anticomunistas. por la depresión económica y por la amenaza creciente del fascismo... Recorriendo el sendero que va desde la ira a la compasión. atacaron a las clases privilegiadas y denunciaron las condiciones sociales, pidiendo un cambio radical y mezclando estos motivos políticos-sociológicos con el análisis comprensivo de ciertas posturas marginadas de la sexualidad.

              El grupo estaba formado por Cecil Day Lewis (padre del famoso actor Cecil Day Lewis), Louis Mac Niece, amén de Stephen Spender y W. H. Auden sobre los que ya he escrito con anterioridad en Kaos. Y aunque no formó parte del grupo hay que citar al único poeta que intentó tener en estos años una concepción marxista, el escocés Hugh Mac Diarmid. Todos se sentían atraídos por el marxismo. que por primera vez logró una importante audiencia en el Reino Unido, único país importante que hasta el momento no había producido un solo pensador marxista serio. Ninguno de los intelectuales marxistas de aquellos años ocuparía ese lugar, aunque sí se crearon las condiciones necesarias para un florecimiento ulterior, en los años sesenta. Uno de los representantes más notorios de este marxismo de los sesenta, Perry Anderson ha escrito lo siguiente sobre sus antecesores: "Es difícil juzgar desde nuestro punto de vista los años treinta sí se quiere hacer con justicia. Ninguna década. en los últimos años se ha visto tan oscurecida por los clichés y los mitos creados por generaciones posteriores. El recuerdo de la época lo han dado sólo los renegados y enemigos. Para restablecer la verdad de aquellos años anteriores a la segunda guerra mundial será necesario llevar a cabo importantes investigaciones históricas. Lo que es claro es que prodigio una radicalización espontánea de la tradicionalmente mortecina intelligentzia inglesa, promovida por la grave situación política del momento. Pero su vida fue corta debido. Primero, al pacto germano-soviético y luego por la guerra mundial. La gran mayoría de aquellos intelectuales que brevemente habían estado con la izquierda. giró bruscamente a la derecha, y así se restauró el orden tradicional de la vida intelectual británica. La fiebre colectiva había sido efímera...” (7)

              Por su parte, Orwell analizó las características de este grupo en uno de sus ensayos más célebres. Dentro de la ballena, donde después de hacer un repaso sobre la literatura inglesa del siglo XX. empieza diciendo sobre el grupo: "Pero de pronto. en los años 1930-1935 ocurre algo. Cambia el clima literario. Un nuevo grupo de escritores. Auden Spender y los demás, han hecho su aparición, y aunque técnicamente estos escritores deben algo a sus predecesores. su «tendencia» es completamente distinta. De pronto hemos sacado del crepúsculo de los dioses una especie de atmósfera boyscout de rodillas desnudas y canciones comunistas. El típico literato dejó de ser un expatriado culto con tendencia a la Iglesia y se convierte en un inquieto escolar orientado hacia el comunismo. Si la clave de los escritores de los años veinte es «el sentimiento trágico de la vida», lo que mueve a los nuevos escritores es la «seriedad de propósitos " (8).

                Hay que añadir a los nombres arriba citados, los de Christopher Isherwood. John Lehmann, Arthur Calder Marshall, Edward Upward, Alex Brown y Philip Henderson. Le sorprende lo fácil que es agruparlos, ya que «técnicamente están más juntos» que los de los años veinte y «políticamente apenas sí se les puede distinguir». Mientras que sus antecesores tenían procedencias muy diversas, curiosamente «casi todos los escritores jóvenes encajan fácilmente en el esquema escuela pública-universidad-Bloomsbury. Los pocos que son de origen proletario salieron de la clase obrera muy pronto, primero por medio de becas y luego por el baño de la “cultura de Londres”. (9)

          Todos pertenecían a un «movimiento» que iba «hacia algo mal definido, llamado comunismo», porque en aquel momento «se consideraba excéntrico en círculos literarios no estar más o menos a la izquierda» (10).  Habían llegado a crear una nueva ortodoxia según la cual era de rigor ser de izquierda o sí no, escribir mal. y «hacerse» del partido. Sin embargo. no se planteaban seriamente qué significaba el «comunismo». Para Orwell: "El movimiento comunista en Europa occidental empezó proponiéndose derribar violentamente al capitalismo y a los pocos años degeneró en un instrumento de la política extranjera comunista. Esto era inevitable en la práctica cuando el fermento revolucionario que siguió a la primera Gran Guerra se había extinguido...”(11)

            Siguiendo un esquema interpretativo excesivamente unilateral --Ios comunistas forman el partido del «extranjero», sirven a los intereses de la URSS sin más--, Orwell descalificó radicalmente el izquierdismo del grupo sin mayores matizaciones, a veces olvidaba la brocha por el pincel. En un comentario que él mismo reconoció como «despectivo» diría que Auden «era una especie de Kiplyng sin redaños», para concluir que «al hacerse marxista no se ha acercado más la literatura a las masas», y añadió «incluso contando con el tiempo transcurrido, resulta que Auden y Spender distan más de ser escritores populares que Joyce y Eliot y no digamos Lawrence» (12).  El hecho es que ni uno ni otro llegó nunca a ser marxista, y que nunca intentaron acercar la literatura al pueblo (tampoco esa es una exigencia que los marxistas le plantean a los escritores, su proposición es inversa: hay que acercar el pueblo a la literatura rompiendo los obstáculos que se oponen a su autodesarrollo como colectivo y como individuos.

          La prueba de fuego de esta generación fue la guerra civil española que tendría en la literatura británica una repercusión mucho mayor que en la primera y segunda guerra mundial. En esta ocasión ninguno de ellos estuvo a la altura de las circunstancias, aunque en un principio todos se sintieron tan deslumbrados como Auden que escribió: "¿Qué se proponen?/ ¿Construir la Ciudad Ideal?/ Muy bien. Estoy de acuerdo./ O me proponen el pacto suicida. ¿la muerte romántica?/ Muy bien. lo acepto/ ya que soy vuestra elección, decisión;/ sí,  soy España!" (13)

          Ninguno de ellos tendrá una muerte romántica en España, esto ocurrió con los más jóvenes y verdaderamente revolucionarios. Tomaron parte, pero no tardaron en encontrarse a disgusto ante el juego político imprimido por el estalinismo y no se comprometieron, como hizo Orwell, con otras alternativas socialistas al menos hasta finales de los años cuarenta. Los otros, convertidos en «compañeros de ruta» del comunismo oficial --aunque algunos llegaron a tener el carné-, éste fue un hecho formal porque nunca fueron militantes--. se mostraron incapaces de decir «no» en ocasiones tan clave como los «procesos de Moscú», y cuando lo dijeron fue para volver al individualismo o al seno de la familia de derechas que los acogió como a hijos pródigos.

            Fueron otros, mucho menos conocidos, los que se jugaron la piel en España, y en buena parte lo hicieron al lado de los comunistas oficiales que no pueden ser contemplados tan sectariamente. Los comunistas tuvieron por decirlo así, una doble cara, una de lucha sin cuartel contra el fascismo a su manera, y otra contra la revolución.

          El «abuelo» de los combatientes internacionalistas fue Tom Mann, uno de los pioneros del sindicalismo socialista revolucionario inglés y australiano, y cofundador del PC británico que luchó en Alcubierre, en las columnas del POUM. John Confort poeta y nieto de Charles Darwin murió en el frente de Córdoba a finales de 1936, también murieron el crítico Ralph Fox, el filósofo marxista Christopher Caudwell y el escritor y sobrino de Virginia Woolf. Julian Bell y con ellos muchos desconocidos socialistas y comunistas. Una historia paralela y complementaria a la de Orwell, y sobre la cual se ha escrito y se escribirá mucho todavía. A todos ellos los homenajeó Ken Loach con Land and Freedom.

            De lo que no se ha escrito tanto ha sido de la actitud de los tories, de personajes como Churchill hoy entronizado en los altares, casi amigo de Mussolini, simpatizante del Hitler que ponía orden en Alemania, luego aliado de Stalin con el que llegó a diversos compromisos que aquel que estipulaba que por mucho que la guerrilla antifascista griega era prioritariamente comunista, en Grecia no se podía hacer ninguna revolución. Y Stalin obligó a “su” partido comunista griego a echar para atrás, y a reprimir a una fuerte fracción trotskista dentro de la cual militaba un joven filósofo muy inteligente llamado Cornelius Castoriadis que quedó profundamente traumatizado. Pero ésta es ya otra historia. 
 

notas

1). Un ejemplo de esta previsión lo tenemos en la obra de Evelyn Waugh, Vile Bodies, publicada en 1930. La trama se sitúa «entre dos guerras. La anterior y la que viene. En  un momento de la obra, alguien dice: «Es como la guerra que viene... ¿Qué guerra?, respondió el primer ministro». La clase gobernante era la última en enterarse.

2). J. Symons: The Thirties: A Dream Revolved, Londres, 1960, p. 52. Citado por Miquel Berga i Bagués, en Entre la ploma i el fusell. Barcelona, Curial.1981, p. 20.

3). A mi juicio este dilema está muy presente en la obra de Orwell sobre España. En opinión de los marxistas revolucionarios fue la ausencia de socialismo --la derrota y la traición de las revoluciones por parte de socialdemócratas y estalinistas--, el principal factor que generó el nazi-fascismo y la segunda guerra mundial, cuyos horrores serán pura bagatela sí la comparamos con la que se aproxima... también por la ausencia del socialismo. Los marxistas, como Orwell, pueden definir su socialismo como algo inherente a la democracia porque no entienden la democracia sin socialismo.

4). Quizá merezca señalarse que el único convertido de gran calidad, Eliot, se había pasado no al catolicismo romano sino al anglocatolicismo, o sea, al equivalente eclesiástico del trotskismo», en Dentro de la ballena, ensayo incluido en A mi manera (Barcelona, Destino, 1976, p. 131. La comparación nos parece muy poco afortunada. De ser comparado el trotskismo con una tendencia religiosa tendría que ser como la de los husitas o los anabaptistas.

5). Fue Virginia Woolf la que hizo una primera valoración de esta generación en la que justificaba la mediocridad literaria de la década por las presiones históricas a que estuvieron expuestos sus componentes. Hay que decir que a pesar del apoliticismo» de estos grandes exponentes de la teoría del arte por el arte, no consiguieron sustraerse a un determinado grado de compromiso. Eliot simpatizó con el catolicismo conservador; Virginia Woolf fue feminista y simpatizó con el socialismo, Huxley lo hizo con el anarquismo y Foster llegó a apoyar a la URSS. Salvo el primero, todos ellos fueron inequívocamente antifascistas.

6). Samuel C. Chew & Richard D. Attick: A Literary History of England, citado por José Mª  Martín Triana, en Auden: un buen poeta a pesar suyo, en Quimera, diciembre 1981.-.

7). En La cultura represiva (Barcelona, Anagrama, 1977, pp. 37-38). Anderson ve en la debilidad del marxismo inglés un factor determinante en el atraso ideológico del movimiento obrero dominado por el laborismo y el tradeunionismo. Obviamente, para Anderson no se trata de condenar la izquierda británica de los años treinta, sino de comprender su debilidad. Para él representó un segundo intento de ruptura de la intelligentzia con el establishment, frustrado en esta ocasión por el estalinismo

8). Orwell, A mi manera, p. 126.

99. Idem, p.127.

10). Idem, p. 128.

11). Idem, p. 129. Esta idea del carácter irreversible de la degeneración burocrática y nacionalista de la revolución rusa derivada de su aislamiento, tiene la virtud de reducir drásticamente los factores que se le opusieron --olvidando otros como la guerra civil, el atraso social ruso, etc.-, y de plantear mecánicamente una historia en la que pudieron darse de otras opciones –trotskista, bujarinista o mejor, de una coalición contra el la cúpula estaliniana, una posibilidad que tuvo su momento justo antes del asesinato de Kiropv- que aunque fueron derrotadas, pero que no estaban necesariamente condenadas a ello.

12). Idem, p. 130.

13). Traducido del catalán del poema Spain 1937, citado en el prólogo del libro de Miquel Berga i Bagués, p. 8. 
 

(*) Este trabajo (en el que introducido algunas modificaciones) sirvió de prólogo a un ensayo  biográfico sobre Orwell que publiqué en 1984 la editorial Barcanova, en una colección que pretendía seguir los pasos de Conocer que editó Dopesa bajo la dirección de Higini Clotas en la segunda mitad de los años setenta, y en donde apareció mi libro Conocer a  Trotsky y su obra. La colección de Barcanova la dirigía el escritor chileno Mauricio Wazquez (Hombre armado), un personaje y un escritor de talento bastante sorprendente que falleció poco después.

 
 
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