Enrico Berlinguer (1922-1984)
El 27 de marzo de 1944, después de casi veinte años de ausencia, llega a Nápoles el secretario general del Partido Comunista Italiano, Palmiro Togliatti. La ciudad a la que llega ya ha sido liberada por los Aliados, mientras que podemos afirmar que Italia, en su conjunto, se halla dividida en dos partes. El Sur ha sido liberado, fundamentalmente por los norteamericanos, que ocupan toda la zona, mientras que en el Norte del país los comunistas junto a otras formaciones partisanas continúan combatiendo con las armas en la mano. El análisis que Togliatti hace de la situación es el siguiente: la guerra no está ganada, necesitamos concentrar todos nuestros esfuerzos para ganarla, para acabar con los nazis, para devolver la dignidad a la patria. Togliatti, que había formado parte junto con Gramsci del núcleo del que nació el Partido Comunista, l´Ordine Nuovo, pretende abordar en 1944 una nueva reinvención del partido. Un partido que al mismo tiempo se inserte en la historia de Italia y que consiga derrotar la idea de que responde miméticamente a los intereses de la Unión Soviética. No olvidemos que Togliatti era no solo un político “práctico”, sino que era uno de los más lúcidos dirigentes de la Internacional Comunista. Un político que había sido capaz de profundizar en el análisis del fascismo, superando la definición de éste como la larga mano del capitalismo y su consiguiente brazo represivo, e identificando su carácter de masas al definirlo como “régimen reaccionario de masas”.
Esta nueva línea para el partido italiano viene apuntalada en un posterior discurso el 11 de Abril en Nápoles en el que Togliatti afirma: “El partido comunista y las masas deben empuñar la bandera de la defensa de los intereses nacionales que el fascismo y los grupos que le alzaron en el poder han traicionado”. Un partido que no debe ser “propagandista del comunismo” sino que debe levantar un programa de renovación del país y que derrote al fascismo construyendo la unidad de las masas populares. Afirma Togliatti: “El carácter de nuestro partido debe cambiar profundamente. El partido no se puede contentar con criticar o protestar, sino que debe tener una solución para todos los problemas nacionales”. “Por lo tanto, un partido no propagandístico, no una secta, sino un partido que debe hacer política de masas”. En el ámbito organizativo se toman también medidas de tipo audaz; mientras que otros partidos, como el socialista, impiden la afiliación si se ha pertenecido al partido nacional fascista, en el comunista se permite la inscripción, con precauciones, de antiguos miembros de organizaciones fascistas. En este marco se inscribe la polémica, y muy contestada desde las organizaciones partisanas, amnistía promulgada en 1946, (Togliatti era ministro de Justicia) en la que se eliminan los antecedentes penales de los fascistas que habían sido depurados de la administración del Estado.
El 3 de octubre del mismo año, 1944, en Florencia, Togliatti elabora definitivamente la cultura del nuevo partido comunista, señalando los tres caracteres que este partido debe tener. En palabras de Togliatti estos tres caracteres “Son entre ellos inseparables y son el uno condición del otro. Primero: El partido debe ser nacional. Segundo: debe ser de gobierno. Tercero: debe ser de masas”. Este último aspecto se cumple rápidamente y en el año 1947 el partido ya cuenta con dos millones doscientos mil inscritos. Nos encontramos en un momento en el que, en el ámbito interno, la dirección de Togliatti emprende un trabajo dedicado a dotar al partido de características propias, un partido menos cerrado y una política de cuadros que promocione a los más jóvenes.
Estamos aquí en un momento histórico, en el que el partido italiano está siguiendo un desarrollo propio no visto en ningún otro caso europeo, en un momento en el que, también, el partido colabora en el gobierno, y en lo que será muy importante para el partido y para Italia, en la elaboración de una nueva Constitución. La participación de los comunistas en colaboración con otros grupos de izquierda y los sectores más progresivos de los partidos católicos consiguió introducir importantes elementos de democracia social. El artículo calificado por algunos de “subversivo” de la nueva Constitución italiana es el tercero: “Es misión de la república suprimir los obstáculos económicos y sociales que, limitando de hecho la libertad y la igualdad de los ciudadanos, impiden el pleno desarrollo de la persona humana y la participación efectiva de todos los trabajadores en la organización política, económica y social del país”. El mismo artículo introductorio de la citada Constitución es bien innovador: “Italia es una república democrática, basada en el trabajo”; la propuesta original de los comunistas era: “Italia es una república democrática de trabajadores”. Un paso importante, el texto constitucional, pero como siempre la falta de aplicación del texto escrito se hizo patente desde los primeros momentos -con la utilización de la Mafia para reprimir al movimiento antilatifunidista por ejemplo- y ha continuado desarrollándose hasta nuestros días con los furiosos ataques del berlusconismo hacia el texto constitucional.
La siguiente fecha clave para el comunismo italiano, y para todo el movimiento comunista internacional, es febrero de 1956 y el XX Congreso del PCUS. Kruschev anuncia que el campo socialista es ahora un sistema mundial, la guerra no es inevitable, y cada país tendrá su vía al socialismo. La lectura de la relación de Kruschev suponía un hálito de esperanza para los partidos occidentales que vislumbraban, en la soviética, una sociedad con capacidad de reformarse. El conocimiento en días posteriores del segundo informe (secreto) de Kruschev, en el que enumeraba y denunciaba los crímenes de Stalin, produjo una conmoción aún más fuerte y fue incluso puesta en duda su veracidad durante varios meses. En un famoso encuentro del Comité Central del PCI, Togliatti afirma refiriéndose a lo denunciado por Kruschev: “No lo sabíamos y no lo podíamos imaginar”. ¿No lo había sabido y no lo había podido imaginar desde el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista? En el mismo año tiene lugar el VIII Congreso del PCI en el que definitivamente se lanza la “Vía italiana al socialismo”; el informe de Togliatti al congreso lleva precisamente ese nombre. No se trata de un cambio en la línea política, sino de una consolidación de la que se había desarrollado desde 1944. El grupo dirigente continúa siendo el mismo hasta el IX Congreso, en 1959; en éste queda excluido todo el viejo grupo salido de la Resistencia y se produce una importante renovación generacional en los cuadros del partido.
Los últimos años cincuenta y, sobre todo, el inicio de los sesenta, suponen para Italia el inicio de la estabilización y del desarrollo industrial acelerado, la composición social cambiaba y las ciudades crecían tumultuosamente. Estaba naciendo un nuevo proletariado y un nuevo movimiento obrero. Frente al análisis inmovilista de las organizaciones tradicionales de la clase obrera que continuaban fieles al “desarrollo progresivo de las fuerza productivas” como motor de la marcha de la humanidad, nacían experiencias que pretendían interpretar y actuar ante las nuevas realidades superando la vieja idea productivista. En este sentido, tuvo especial importancia la experiencia de un grupo de jóvenes teóricos italianos, algunos procedentes del PCI, otros del Partido Socialista, (Panzieri, Tronti, Alquati, Asor Rosa) que fundan en junio de 1961 la revista Quaderni Rossi. Esta revista, dedicada al estudio de los cambios producidos en la clase obrera y en el propio capitalismo en los primeros años sesenta, marcará el nacimiento de todo un modo de interpretar el marxismo: el operaismo. Quaderni Rossi tendrá una vida bastante corta y sólo se continuará publicando hasta mayo de 1965. En febrero de 1964 varios miembros (Toni Negri, Tronti, Asor Rosa, Alquati) salen de la redacción y fundan la revista Classe Operaia. De la evolución de ésta surgirán diversos grupos como Autonomía Operaia y Potere Operaio que jugarán un papel muy importante en las luchas de los años setenta.
La contribución teórica de esta corriente está fuera de toda duda. La definición del “obrero masa” como nuevo sujeto productor neocapitalista, técnicamente no cualificado, en relación como la anterior figura dominante el “obrero de oficio”, que está “subjetivamente expropiado” y “realmente subordinado” al capital y, que aún más, se encuentra sin raíces sociales y políticamente sin tradiciones, y que, a pesar de todo, es portador de una fuerza conflictual muy fuerte, o el concepto “composición de clase” como un intento de explicación de la relación entre las características técnicas, objetivas, que presenta la fuerza de trabajo en un momento histórico concreto, y lo que constituyen las características políticas, subjetivas, son buena muestra de la importante aportación de esta corriente al bagaje teórico del movimiento obrero.
Puede sorprender todo esto a los que conozcan las actuales posturas de los herederos del “operaismo” que han caído en la adoración de mitos que guardan poco contenido en su seno. Adoran la idea de la sociedad postindustrial que parece venir a confirmar la vieja idea de la fábrica que se difumina y diluye en la sociedad, hasta desaparecer. Adoran el mito del “fin del trabajo” y han vuelto a abrazar el determinismo tecnológico, llegando a teorizar la capacidad de sustraerse del sistema a través de la práctica el éxodo. Un éxodo que sería posible debido a que la dirección capitalista es cada vez más simbólica y, al mismo tiempo, está cada vez más desligada de la producción material y de la fábrica. En definitiva, la posibilidad de una nueva “alianza de productores” similar a la defendida por el PCI en sus peores años. Seguramente para ese viaje no habían hecho falta alforjas, pero de todos modos, la aportación positiva de las primeras elaboraciones teóricas y su impacto en el movimiento obrero no pueden ser canceladas.
Respecto a la situación en el Partido Comunista, los primeros años sesenta suponen un renacimiento de las luchas sindicales, el surgimiento de nuevos movimientos relacionados con los temas del antifascismo y el antiimperialismo y la emergencia de una nueva intelectualidad más modernamente marxista; frente a todo esto, la organización del partido aparecía en un declive lento pero constante. El número de militantes había caído en diez años en cerca de 500.000, y esta caída se acentuaba entre los jóvenes. Las nuevas figuras sociales -estudiantes, jóvenes, obreros, técnicos- aunque eran muy cercanos al partido, no eran muy proclives a sus modos de vinculación y a sus rituales. Un fenómeno de separación entre partido y sociedad era ya, en este momento, reconocible. El “partido nuevo” construido por Togliatti ya manifestaba sus primeras crisis y un riesgo de involución gradual e imparable.
Eran tiempos en los que el partido, que hasta ahora había estado siempre a la defensiva, necesitaba cambiar y tomar la iniciativa. En los primeros años sesenta -aún en vida de Togliatti- se comenzaron a forjar dos líneas muy distintas en el interior del partido: la derecha, que tenía como figura visible a Amendola, y la izquierda, cuyo líder más significativo era Pietro Ingrao. El ala derecha se nutría de la vieja teoría de los límites del capitalismo y de su imposibilidad de continuar desarrollándose e innovando, mientras que la izquierda, más pegada a la realidad, vislumbraba los cambios en la composición tanto del capitalismo como de la clase obrera y pretendía volver a poner al orden del día la cuestión de la “revolución italiana”, tal y como la había denominado Togliatti. Una línea de clase, puesta al día e inteligente, sobre esto se construye la izquierda del PCI. De todos modos este enfrentamiento permanecerá semioculto desde los últimos años cincuenta hasta 1964.
En 1964 la muerte de Togliatti saca a la luz todas estas diferencias que permanecían aún larvadas y con el dirigente histórico apenas sepultado, el líder del ala derecha del partido, Amendola, propone la unificación con el Partido Socialista, cerrando así el paréntesis abierto con el Congreso de Livorno, en el que se produjo la separación. La izquierda se opuso abiertamente, junto con el futuro secretario general del partido, entonces dirigente de las juventudes, Achille Ochetto. La idea fue dejada a un lado y el debate silenciado al conjunto de la organización. El XI Congreso que se celebra en 1966 supone la emergencia de todos estos debates, que se habían desarrollado de un modo más o menos encubierto. El enfrentamiento entre derecha e izquierda se desata. Dos concepciones distintas sobre el neocapitalismo y dos concepciones distintas sobre las alianzas y el proyecto alternativo. La izquierda de Ingrao pretende redefinir el togliattismo y levantar un proyecto alternativo orgánico y para un largo período, un “modelo alternativo de desarrollo”, con su propia coherencia interna y orientado a una crítica más radical del capitalismo moderno.
Este Congreso se saldó con la alianza del centro y la derecha, y la rotunda derrota de la izquierda seguidora de Ingrao. Los meses posteriores estuvieron marcados por la represión hacia los perdedores, que fueron enviados a destinos alejados de los centros de decisión del partido y relegados a responsabilidades secundarias. En la secretaría general continuaba Luigi Longo mientras que se perfilaban como candidatos a la sucesión: Enrico Berlinguer (ligado a Togliatti), Giorgio Napolitano (el recientemente nombrado presidente de la República) que era el candidato de la derecha del partido y Mario Alicata como candidato del centro. Berlinguer es apartado de la dirección por una intervención considerada “poco severa” con los seguidores de Ingrao, pero será nombrado vicesecretario del partido por Longo tres años más tarde.
Con este escenario de división y enfrentamiento llegamos a 1968, que comienza con la experiencia “original” del partido checo dirigido por Dubcek, continúa con el Mayo francés y culmina en agosto con la invasión soviética de Praga. En todos estos temas se constata la divergencia en el interior del partido. Luigi Longo califica la invasión de Praga como un “trágico error”, mientras que algunas de las figuras del ala izquierda, como Luigi Pintor, afirman que no se trata de un trágico error sino que es la lógica consecuencia de aquello en lo que se había convertido la Unión Soviética. Las cosas empiezan a acelerarse y ese mismo año la preparación del XII Congreso supone una oportunidad de reagrupamiento para la izquierda, que votará en contra de las tesis oficiales, pero obtiene pocos apoyos durante los debates.
Esta derrota, y la falta de cauces de expresión, fue lo que decidió al grupo de la izquierda del PCI a abordar el proyecto de fundar una revista, de carácter mensual, que sirviera como altavoz de sus ideas. En ese proyecto se implicaron parte de los mejores intelectuales de la izquierda comunista italiana, Rossana Rossanda, Luigi Pintor o Lucio Magri entre otros. La fundación de esta revista, Il Manifesto, supuso también una cierta división, ya que varios de los más conocidos miembros del ala izquierda no les siguieron en su experiencia y quedaron fuera militantes tan significativos como el propio Pietro Ingrao, Bruno Trentin o Garavini.
Luigi Pintor abría el primer número de la revista con un editorial que llevaba el significativo título: “Un diálogo sin futuro. El diálogo con la Democracia Cristiana”. En este editorial delineaba cuáles eran los motivos que habían llevado a la fundación de la revista. “Esta publicación nace con una convicción, que pensamos que no es sólo nuestra: la convicción de que la lucha del movimiento obrero, la historia misma del movimiento, ha entrado en una fase nueva; que muchos esquemas consagrados de interpretación de la realidad y muchos modos de comportamiento han perdido su validez irremediablemente; que la crisis social y política que nos rodea no puede ser vivida y afrontada con los habituales instrumentos de gestión... Los problemas que tenemos delante no son especiales o menores, sino generales y esenciales: se trata de percibir la naturaleza de la crisis que sacude al capitalismo maduro: las razones de la fractura del movimiento obrero y comunista; las vías de una transición hacia el socialismo en una sociedad “avanzada” como la nuestra, y las posibles condiciones de una unión entre los impulsos madurados en estos años y una tradición de medio siglo”.
Este proyecto era verdaderamente original, un proyecto minoritario y fraccional, pero sólido y fundamentado y que huía del sectarismo y del dogmatismo, algo realmente peligroso. La reacción de la dirección del PCI fue casi inmediata, y la propuesta de suspensión de la revista llevó un debate que duró cuatro meses y dos reuniones del Comité Central. En una tercera reunión se decidió la expulsión del Comité, y del Partido, del grupo impulsor de la revista; era noviembre de 1969. Curiosamente, años más tarde mostró su arrepentimiento y reconoció su error, el propio Pietro Ingrao, líder de la izquierda del PCI, quien también votó a favor de la expulsión de sus compañeros de “Il Manifesto”. En un artículo titulado “Mi error”, publicado en el número 41 (julio-agosto de 2003) de la revista de “Il Manifesto”, Ingrao reconoce que había perdido el contacto con sus amigos de la izquierda y que no había llegado a comprender el alcance del proyecto; también afirma, que en su decisión había pesado demasiado la trágica tradición estalinista del partido.
Por fin el grupo había abandonado las esperanzas de construir un polo crítico en el interior del PCI y se abría un panorama lleno de anhelos y de entusiasmo. El objetivo no era contentarse con ser minoritarios, sino que se pretendía formar una organización a la altura de la crisis de la izquierda histórica y de las dimensiones del movimiento. Que uniese la radicalidad a las mejores experiencias de los comunistas, revisada, y depurada de politicismo. Ése fue el objetivo durante muchos años, y en ese camino se produjeron debates y encuentros con diversos grupos y organizaciones; estos debates llevaron al acuerdo con Potere Operaio en 1971 y a presentarse unidos a las elecciones en 1972. Mientras tanto, en abril de 1971, se decide convertir el mensual en diario, con lo que aparece el primer diario comunista independiente de Europa. Se planteaba un periódico como instrumento político para los nuevos tiempos, con un funcionamiento asambleario y autogestionado en el que la burocracia no tuviera lugar. Un periódico comunista, también en el modo de funcionar. Aún hoy su cabecera sigue proclamando orgullosa “Il Manifesto. Periódico comunista”.
Mientras tanto el alba del los años setenta auguraba malos tiempos para la izquierda. Pronto llegarían los años del “Compromiso histórico”, pero eso ya será materia del segundo capítulo de este artículo. (Continuará)