Recordemos para quien no lo sepa, que condenado a muerte en el libro del Génesis por desperdiciar la semilla en suelo infértil, Onán a pesar de su martirio tuvo siempre muy mala fama. Hasta el mismísimo Freud lo trató poco menos que de neurótico degenerado, pero a pesar de curas y galenos, pocos profetas del Antiguo Testamento han contado a lo largo de la historia con tantos adeptos. Cierto es que los (y no digamos las) onanistas han mantenido siempre su fe en secreto, aunque se tratase de un secreto a voces.
      Sus manifestaciones han sido normalmente íntimas, pero no siempre. Por citar un ejemplo, el que esto escribe criado en tierras de María Santísima (donde los pobres eran muy bien vistos porque facilitaban la pía caridad de los señoritos, sino lo creen revisen una película titulada Un caballero andaluz, con Carmen Sevilla y Jorge Mistral), tuvo en su lejana infancia ocasión de presenciar atónito algunas procesiones en las que los onanistas se manifestaron masivamente y en sesión continúa.
        Ocurrió durante la proyección local en un pueblo andaluz de cuyo nombre no quiero acordarme,   en sesión continúa de la película Ana (Italia, 1951) en la que una Silvana Mangano recién ascendida a los alteres del erotismo con arroz amargo, bailaba con su monobikini aquello de Ya viene el negro zumbón. Cada dos horas aproximadamente la canción era la señal para que los señores del casino local entraran a tropel a la sala oscura de la que volvían con la bragueta encendida sin preocuparse mucho de la cara  de asombro de los niños que habíamos descubierto que allí había gato encerrado.
        Hubo otra ocasión local no menos excepcional y también en “los profundos años cincuenta”, esta vez motivada por una francesita quinceañera que se adelantó en la inauguración del bañador para darse un par de zambullidas y tomar el sol en la ribera en el río local que entonces llevaba agua, provocando un público masturbatorio que tan amplio que ya quieran algunas misas de ahora, lo cierto es que el nombre de Onán era sinónimo del más nefando de los pecados.
        Se nos decía que las prácticas bendecidas con su nombre producían la pérdida del fósforo y por lo mismo, imbecilidad, que silo hacías muchas veces se te podía torcer la espina dorsal, etc. Huyendo de estos miedos llegue un día a las obras de Gregorio Marañón, un ilustre médico liberalprogre y en el que confiaba me dijera algo más razonable, pero para mi sorpresa la amenaza seguía en pie con otros argumentos. El autoerotismo —decía— era un atentado contra la muy noble y exclusiva relación matrimonial. Suerte fue que uno tiró por el camino de los pecados y se encontró con el cine y todo los demás sueños imposibles para la triste realidad, y la verdad es que a Onán le debo un buen porcentaje de los placeres de esta vida (¡no quiero ni pensar qué hubiera hecho sin él!).
        Pero   no todo el mundo fue osado, hubo gente que siguió con miedos, incluso gente liberada de otros prejuicios se sentían atenazada por siglos de ignorancia. No podían. Uno se piensa que esto ya no debería ocurrir, que nadie puede maltratar bíblicamente al bueno de Onán, y que cualquiera medianamente ilustrado sabe que la suya no es más que una expresión sexual más. Sea como un medio más del desarrollo sexual, sea como sustitutorio de unas relaciones (que tantas veces no son o no parecen posibles), sea como suplemento. Que si las mamás ya eran comprensivas antaño, ¡qué no lo serán ahora!
        Pero he aquí que, en plena era espacial, el mismísimo Clinton durante su reinado ordenó la dimisión —democrática, claro— de un cargo importante, a la doctora Elders por recomendar inclujr el terna tabú en la educación sexual escolar, aunque el citado señor no dijo media palabra sobre si incluir o no la fellatio, aunque el fondo de la cuestión era que de estas cosas no se habla y menos en la escuela.
          EI castigo naturalmente no fue más que un guiño a la Norteamérica profunda casada en perfecto (?) matrimonio con el neoconservadurismo de los vicios privados, virtudes públicas.   Está visto que en este paraíso de la libertad se pueden cantar glorias el ecocidio del Vietnam —vean si no pelís como las de Rambo aniquilando vietnamitas como si fueran chinches—, bombardear poblados perdidos panameños o granadinos, destruir Afganistán o Irak, cuando no escupir sobre las minorías raciales y enviarlas masivamente a las cárceles, pero no se puede tratar la cosa como un tema escolar.