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¿Elecciones?: Un cuentazo

En este país ese día no habrá elecciones: a lo sumo tendrán lugar unas votaciones viciadas, degradadas y previamente adulteradas por el oro corruptor y el engaño.
Narciso Isa Conde | Para Kaos en la Red | 10-5-2008 | 192 lecturas
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Narciso Isa Conde

Hoy quiero socializar con los/as lectores/as de esta columna las reflexiones que sobre el próximo 16 de mayo hemos venido haciendo en nuestro nuevo proyecto político.

En este país ese día no habrá elecciones: a lo sumo tendrán lugar unas votaciones viciadas, degradadas y previamente adulteradas por el oro corruptor y el engaño.

Por el clientelismo desenfrenado, por el reparto de las instituciones, por la degradación moral de la Junta Central Electoral y de todo el sistema de arbitraje y administración electoral, por el uso abusivo del poder y los recursos del Estado y por el empleo con esos fines de fortunas mal habidas amasadas por la partidocracia oficialista y/o opositora, articuladas a empresarios inescrupulosos y muchas variantes de corrupción.

El 16 de mayo no se va a elegir nada, sino a escoger compulsivamente entre dos opciones parecidas en todo lo negativo: corrupción, perversión política, neoliberalismo empobrecedor y entreguismo. Dos opciones prefabricadas y previamente polarizadas (PLD-Leonel Fernández y PRD-Vargas Maldonado), que representan indistintamente lo pésimo y lo peor. Más de lo mismo. Malo sobre malo… hacia una crisis mayor y peor..

En este evento comicial no hay -ni habrá- espacios en votos para minorías, ya sean de ultraderecha, de derecha moderada o simplemente progresista y honesta. Porque está perversamente ocupado en casi su totalidad por dos fórmulas incapaces de traer algo bueno. Inservibles para producir soluciones a los problemas que ellas mismas y los intereses que representan han creado y profundizado.

En este escenario tiene lugar una competencia espuria por preeminencias para hacer fechorías y repartos voraces del patrimonio estatal, del presupuesto y las riquezas nacionales. Un choque impregnado de complicidades e impunidades, con árbitros oficiales y agregados pusilánimes y proclives siempre a instrumentar entuertos antinacionales y anti-populares si las trampas amenazan el actual pacto de convivencia.

La reelección, por un lado, y la oposición tradicional, por el otro – ambas de derecha y conformadas las dos en un ambiente de corrupción, balaguerización y predominio neoliberal- lo contaminan todo en medio del deterioro social y deuna recolonización brutal que habrán de pintar más feo el panorama después de la contienda.

Esta campaña no pasa de ser una especie de envoltura, bastante transparente, de un sistema de partidos en franco proceso de putrefacción y de una realidad social próxima a estallar o descomponerse en mayor grado. Así lo percibe ya mucha gente.

Más allá de la burbuja electoral la necesidad de un cambio radical está presente en la conciencia de una parte significativa de los/as civiles e incluso en no pocos militares, pero los acontecimientos (hechos desencadenantes) capaces de interrumpir este círculo vicioso y viciado, y los liderazgos y fuerzas con posibilidad de resquebrajar este dominio, todavía no se han producido ni se han desarrollado como es necesario.

Los esfuerzos de unidad de las izquierdas en su diversidad y de otras fuerzas alternativas, o han fracasado o se han quedado muy cortos, pues todavía no se ha podido crear un cauce atractivo, capaz de incorporar y poner en movimiento un amplio y diversos caudal transformador,formado por los sectores afectados por la crisis.

La propuesta que reciente y tardíamente se estructuró alrededor de la candidatura de Dr. Guillermo Moreno -si bien no guarda relación alguna con la corrupción imperante ni con la nefasta partidocracia tradicional- carece de impacto, profundidad, beligerancia y poder unificador. Carece de programa superador del modelo neoliberal y de la decadente institucionalidad vigente; amén de no ser el producto de un liderazgo previo, conquistado al calor de las luchas populares como ha acontecido en Suramérica.

En fin de cuentas se trata de una propuesta elitista, a lo sumo capaz de atraer a una parte muy reducida de las capas medias; con altísimos riesgos, en consecuencia, de convertirse en la crónica de un gran revés político (previamente anunciado).

Una coyuntura así, con esos resultados previsibles, no merece ser legitimada desde la izquierda; más cuando se vislumbra que la crisis en desarrollo habrá de trascenderla y habrá de agravarse después del seguramente frustratorio desenlace electoral.

Votar por sus “opciones” legales, equivale a perder autoridad, ya sea jugando a uno de los impostores o apostando a lo que podría ser una expresión electoral no solo reducidísima, sino tambien inconsistente, situada muy por detrás de la ola de cambios y del proceso de recuperación de las izquierda latino-caribeñas. No ir a las urnas o escribir en la boleta “voto por Caamaño, coño”, es lo más contestatario en estos momentos.

Creemos firmemente que la opción de izquierda, capaz de cambiar el curso de los acontecimiento y romper este círculo vicioso, habrá de crearse en las luchas sociales y políticas que se avecinan; después que el desenlace de esta coyuntura confirme la necesidad de superar esta institucionalidad carcomida, de acelerar el proceso de quiebra de la partidocracia y el de las grandes confrontaciones hacia cambios profundos.

La opción, llámese reelección o no, que logre imponerse ahora, está expuesta a un acelerado desgaste por inutilidad, por esencia social e ideológica e incapacidad para dar respuesta a los persistentes y crecientes males acumulados.

El espacio para lo nuevo, para lo transformador -para algo parecido al gobierno y al poder que Caamaño encabezó en 1965, para un presidente como el que la intervención militar estadounidense depuso- habrá de ampliarse en los próximos meses.

El caamañismo y todas las izquierdas consecuentes -como expresión de honestidad, de democracia, antiimperialismo, unidad de civiles y militares revolucionarios y proyecto socialista-, tendrán óptimas condiciones para su desarrollo y reproducción en función de un nuevo poder post-neoliberal, transformador, portador de justicia y felicidad colectiva. Sobretodo si se une la diversidad realmente trasformadora.

 
 
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