Se acerca el día de las elecciones generales. Vuelve una fecha simbólica para los sistemas políticos que se autoproclaman democracias, aunque suelen añadir pronto algún adjetivo, como democracia social de derecho subtítulo que específica de qué va la democracia española.
La cita electoral es doblemente importante. Lo es en primer lugar porque se convoca a los ciudadanos a que depositen el voto con su opción política preferente, de tal modo que serán los votos obtenidos los que determinen qué partido va a ocupar las posiciones fundamentales del poder político durante los cuatro próximos años. En esta ocasión, parece ser que la «lucha» va a ser reñida y todo indica que vamos a repetir una situación en la que nadie disponga de mayoría absoluta, lo que obligará a pactos y concesiones mutuas.
En segundo lugar es sumamente importante porque es el momento en el que el modelo de democracia representativa alcanza la legitimación fundamental: gracias a que hay elecciones «libres» podemos decir que nuestro sistema de gobierno es legítimo, no sólo legal. Se ejerce entonces la soberanía popular, la única depositaria real del poder, si bien ese ejercicio de soberanía es al mismo tiempo un ejercicio de delegación, esto es de renuncia a la soberanía.
Tanto en el primer aspecto como en el segundo, la crítica anarquista ha sido siempre contundente: delegar es una manera de perpetuar la opresión; es más es una manera de legitimarla. Por eso conviene recordar que esta no es nuestra guerra y este no es el modelo de democracia que nos interesa. En cierto sentido, las reflexiones que expongo en este breve texto no son más que acotaciones muy específicas que subrayan o actualizan argumentos ya de sobra conocidos.
Es cierto que en otras ocasiones he dejado claro que el abstencionismo electoral no me parece una cuestión dogmática, de modo y manera que entiendo que pueda haber situaciones y contextos en los que votar sea una actitud responsable y coherente desde un punto de vista libertario. Sin ir más lejos, yo voté en el 2004 porque era una pequeña y modesta contribución a castigar la prepotencia de quienes nos habían metido en una guerra y nos habían mentido con contumacia y descaro en los días previos a la votación. Lo que más podía dolerles era perder el poder justo cuando pensaban que iban a revalidarlo.
Esta vez no es esa la situación. Los gobernantes actuales nos mienten dentro de los patrones habituales, patrones compartidos por quienes aspiran a sucederles. Nada hay por ese lado que pueda animarnos a votar. En todo lo demás, se dan los signos más característicos de esa democracia de baja intensidad que, al revés de lo que suelen decirnos, no es cuestionada por el acto electoral, sino que es mantenida y respaldada en sus pautas de indebida apropiación de la soberanía popular. La práctica habitual en los últimos años, que continúa la de años anteriores, confirma los males de la delegación de poder que constituye el eje de la democracia realmente existente. La clase dirigente, tanto la política como la económica, unidas por estrechos lazos, se mantiene distante de la vida real de los ciudadanos y no busca, potencia o acentúa los débiles mecanismos de participación efectiva que en estos momentos existen. Disfrutamos sin duda de libertades valiosas, reconocidas tras duros esfuerzos y mantenidas con los mismos esfuerzos, pero las decisiones realmente importantes, la posibilidad efectiva de incidir en el curso de los acontecimientos, nos han sido drásticamente sustraídas, de tal modo que la posición de privilegio de los privilegiados no está en absoluto amenazada. Ni siquiera se han molestado en propugnar o al menos explorar propuestas tan tímidas como los presupuestos participativos, las listas electorales abiertas, la rotación en los cargos, la efectiva rendición de cuentas de los políticos que incumplen de forma flagrante sus compromisos electorales…
Por otro lado, la conversión de la política en mercadotecnia y su sumisión completa a los criterios económicos agravan la situación. Ahí tenemos a los políticos vendiendo rebajas impositivas como elemento central de seducción al electorado. Unos son coherentes con su modelo ultraliberal que ve positivo todo lo que signifique acabar con el estado privatizando todo lo privatizable y aplicando criterios de rentabilidad económica a los servicios públicos. Otros nos ofrecen un reparto de beneficios después de haber acumulado superávit fiscal durante cuatro años, justo lo que dijeron que no iban a hacer.
No se trata de proponer un subversivo “Aquí no paga nadie”, como hacía Darío Fo en una espléndida obra de teatro. Se trata más bien de apuntalar un modelo en el que el ideal es el individualismo posesivo cuya felicidad se agota en un bienestar empobrecido y en una seguridad corderil, que demanda nuestra aceptación sumisa. El miedo al terrorismo o al cambio climático servirán de coartada para garantizar que los ciudadanos acepten la delegación creciente de poder en manos de quienes nunca velarán realmente por otros intereses que los de su propio grupo de pertenencia.
Las diferencias entre los grandes partidos, los que tienen alguna posibilidad de acceder al poder, terminan diluyéndose hasta convertirse en puras diferencias de grado, nunca de clase. Los partidos pequeños tampoco se alejan del modelo imperante. Sus expectativas se reducen a lograr parte del botín a través de la ausencia de una mayoría absoluta, pues eso les permitirá entrar en la subasta de sus votos para conseguir beneficios específicos y cuotas de poder claras.
Lo malo de estas derivas hacia democracias débiles es que terminan siendo contagiosas y provocando en los electores no la rebelión para recuperar protagonismo, sino más bien la complicidad. Me permito recordar la cantidad de cargos municipales que fueron reelegidos en las últimas elecciones aunque existían sobre ellos procesos abiertos por corrupción, casi siempre relacionada con la especulación inmobiliaria. La interpretación de ese sorprendente y penoso voto puede deberse al contagio: al final los ciudadanos votan a políticos que especulan con el terreno porque aspiran a llevarse una parte del beneficio.
Al final lo más sensato, para quienes sí seguimos aspirando a llegar a sociedades realmente democráticas, es en estos momentos la abstención. Sin duda seguirán usurpando el poder, pero no será con mi voto. Mi participación activa seguirá encaminada a aquellos ámbitos en los que se potencia la capacidad del pueblo de ejercer el control de sus propias vidas, apelando a la resistencia y la acción directa.


#1.- Pero...
Yo también seré abstencionista|19-02-2008 22:19
Me parece una campaña boba por Cgt... ¿los partidos políticos...? ¿En sí mismos? ¿Todos?
Y esto no es extrapolable en las elecciones sindicales, cuando se presenta Cgt.
Sin quererlo estáis tirando mierda sobre vuestra fachada. Y no, no es el problema EL PARTIDO.
Me abstendré, pero estoy más cerca de algunas candidaturas que de algun@s abstencionistas.
Valoración: 1
| Avisar provocación