Un periodista bronquista, camorrista y  de medio pelo le llama a rebato: "Le faltan (al candidato en la oposición) ganas de clavarle (al sujeto a investidura) la estaca". Otro periodista, éste mucho más digno, se lamenta de que "los discursos parlamentarios no sean más breves, más contundentes". Más breves sí, pero ¿más contundentes?
  Pues ¿qué estaca puede clavarse? ¿qué contundencia puede emplearse en un modelo sociopolítico al final supeditado servilmente a lo económico como es el sistema de mercado capitalista, invariable en la práctica como las estrellas "fijas"? ¿No es la política, como dice Marx, una mera superestructura cambiante de lo económico?Por citarle así, en el año 62 me tumbaron en unas oposiciones al Estado.
  Si los discursos versasen sobre igualdad e igualitarismo no entre sexos sino entre personas; si algún político prometiese asignaciones fijas a todos los que viven en este país; un país cuyos territorios naturales todavía están pegados políticamente a la fuerza, con argamasa... Si algún político de pronto nos dijese: “quiero, queremos restablecer la República y entronizar el Estado Federal; es mentira eso que decía Churchill de que esta democracia es la menos mala de las maneras posibles de gobernarnos; abandonemos las pactos con Estados Unidos; apartémonos del mercado feroz; ensayemos otras fórmulas de Estado capaces de repartir mejor la tarta; probemos otras formas de gobierno que puedan hacernos más felices, más estables emocional y psíquicamente; por la cuenta que nos trae a todos, eduquemos a nuestros hijos en la radical austeridad  respecto a  los productos básicos; seamos mil veces menos consumistas, hagámonos más austeros; exijamos a los poderes públicos, a los ayuntamientos que sean ellos  los primeros en  no malgastar el agua..”. Si alguien influyente dijese algo así y lo expresase así con luz y taquígrafos en el Parlamento, entonces podríamos hablar de contundencia, de estacas y de vibrantes episodios en este país que nos renovasen la ilusión no ya perdida, sino la que nunca hemos llegado a tener, la que ninguno de los políticos de turno que han ido desfilando nos ha permitido siquiera acariciar…
  Pero pasarse los días, las semanas, los meses y los años con soflamas sobre lo mismo; prometiendo retoques cuyo alcance pocos pueden calibrar con medidas que no hacen más que reforzar el statu quo de los más ricos, de los que ya lo tienen todo; negando el pan y la sal a los que aspiran al autogobierno, en buena medida para desmarcarse de tanta y tan irritante rutina y explotación: rutina que dominan unos implacablemente (tanto por parte de los que están como por parte de los que quieren estar) que nos hablan a todas horas de entelequias como eta, de variaciones sobre el mismo tema sin sustancia y que ha de soportar la mayoría anestesiada por la abulia y la indolencia...
  Maquinar, en fin,  horas y horas de verbalización y logorreas que no escucha el que supone ha de ser oyente y en las que, como en los antiguos Concilios, todo lo debatido gira en torno al sexo de los ángeles o a si la luz del monte Tabor fue creada o increada... Tanto discurso, de investiduras o no -digo- no permite, sin hacerse caja de resonancia de la monserga, abrigar esperanzas de cambios en la interpretación de esta opereta monótona y de mala muerte. Una opereta bufa cuyo libreto entona e interpreta la clase política, sólo ella, acompañada de la orquesta mediática bajo la batuta de una directora llamada Decadencia…