Desde sus primeros días de vida y hasta el último de el los, JoséMiguel, recordaría el ruido de la lluvia al caer sobre los tejados y sobre los grandes ventanales de la casa. Era un ruido constante y armónico que solo pudo identificar muchos años después cuando a sus oídos llegaron los acordes de un concierto de Antonio Vivaldi.
El ruido de la lluvia y el olor que esta impregnaba a la tierra, lo acompañarían durante toda su vida como si estuviera pegado a su piel. Era un aroma a hierba menta, cedrón, albahaca, y esencias de flores que entraban por todos los rincones de la casa invadiendo la cocina, el comedor, la sala de visitas y que continuaba por los corredores hasta llegar al dormitorio de José Miguel. Se detenía a los pies de su cama y ante su asombro se sentía y veía levantado en el aire y mecido suavemente con arrullos de madre. Con sus ojos casi cerrados por el sueño sentía cuando de nuevo era depositado en la cama. Él no entendía lo que pasaba y cada vez que esto sucedía se preguntaba que podía ser.
En busca de respuesta decidió contárselo a su padre, Juan José Sanfuentes. Pero este por esos días estaba poseído por la idea de encontrar el oro que según la leyenda había enterrado los indígenas a la llegada de los españoles. Y más que nada ocupado de reclutar militantes para la célula del partido que él y sus hermanos, José Del Carmen y Nataniel Artemio, habían constituido en el pueblo de Canela. Es por eso que cuando el niño terminó su relato, su padre le respondió sin prestarle atención y sin mirarlo a los ojos:
--seguros que todo eso lo has soñado, todo eso deben ser sueños tuyos--
José Miguel sabía que todo eso era real y que la respuesta la encontraría el día menos pensado.
Muchos años después, en los sótanos de la prisión de la dictadura militar, amarrado y maniatado y a punto de dar el último suspiro, escuchó el ruido de la lluvia caer sobre los tejados y el patio de la cárcel. Le pareció que toda su piel se puso en alertad y en actitud de entrega. Entonces todos sus sentidos sintieron el olor a tierra madre. A sus narices llegó el aroma de las hierbas y la esencia de las flores que llenaban todos los espacios. Sintió que las amarras se desataban y caían al piso. Se sintió levantado por los aires. Vio a sus carceleros con los ojos desorbitados por el miedo y el asombro, los vio persignarse al mismo tiempo que exclamaban, ¡Ave María Purísima! Fue lo ultimo que percibió porque el aroma y las esencias eran tan fuerte que sintió que sus ojos se cerraban y todo a su alrededor desaparecía.
Cuando volvió en si estaba en el Jardín de una casa inmensa. Miro a su alrededor y vio en un mástil, la bandera de un país que había visto en un libro de geografía en sus años de estudiante. Fue entonces que tuvo la respuesta que su padre no le pudo dar y que el mismo había buscado durantes todos esos años. Quedó asombrado de su asombro cuando tuvo la revelación de que todo lo que le había acontecido en su niñez y hacía unos minutos, no podía ser nada más que obra del espíritu santo. Reseña: Norton Contreras Robledo (Canela, Chile). Es Comunicador Social, escribe artículos, culturales y politicos. Los que han sido publicados en la prensa escrita, Liberación, (Suecia), Tribuna Popular, (Venezuela), y páginas y diarios digitales. Cultiva el cuento y la poesía. Estudios inconclusos en la Facultad de Educación Y Letras de La Universidad de Chile. Estudios de Psicología de Social, Historia y Filosofía, En La Academia de Ciencias, en Sofia, Bulgaria (1981-1982). Desde 1996 trabaja de asistente de fotografía y documentalistas en los archivos de la Ciudad de Malmö, perteneciente al organismo cultural de Malmö, Suecia, que incluye Museos, Bibliotecas, Archivo y Galeria de Arte.