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            Las revoluciones rusas de febrero (marzo), la democrática, y la de octubre (noviembre), la socialista, fueron (lo mismo que el «ensayo general» de 1905), provocadas por los grandes cataclismos militares del zarismo en declive irreversible. Pero, mientras que en 1905 las tropas se mantuvieron fieles a la autarquía a pesar de su vergonzosa derrota en Siberia oriental y China frente al Japón, y de la crisis abierta con la gran matanza de ciudadanos en San Petersburgo, en 1917 dicha fidelidad fue radicalmente quebrada por un proceso revolucionario marcado por la descomposición militar y unas imperiosas exigencias de paz que, de la mano de unas grandes reivindicaciones democráticas y sociales, determinaron el «impasse» del gobierno provisional y el ascenso de los bolcheviques, quienes para cumplir los objetivos de la revolución se vieron forzados a protagonizar una nueva guerra. Una guerra que destruiría las ya atrasadas condiciones socio-económicas de un vasto territorio que en 1920 estaba en ruinas.
Hay que recordarlo, el (mal) llamado «golpe» de octubre se efectuó en nombre del programa que las masas habían forjado en sus movimientos, un programa que el gobierno provisional no podía cumplir sin romper sus ataduras con los restos del zarismo y con los Aliados. Fue un «golpe» básicamente incruento, sin resistencias significativas y en nombre del los soviets en el que todas las oposiciones al zarismo podía expresarse.
Octubre comenzó a andar por la historia con la nobleza y la ingenuidad de una buena persona. Entre sus primeras medidas se cuentan la abolición de la pena de muerte y la proclamación del derecho a la libre determinación de todas las naciones «encarceladas» por el zarismo; los ministros del gobierno provisional fueron liberados pronto y el general Krasnov, uno de los primeros alzados, lo fue igualmente tras dar su palabra de no volver a luchar contra el poder de los soviets. Los ejemplos en este en este sentido son abundantes. Los cadetes gozaban de libertad cuando se sublevaron, y los eseristas (populistas) de izquierda estaban en el gobierno cuando organizaron un levantamiento en Moscú y planificaron una serie de atentados que acabó con las vidas de dos Comisarios del Pueblo (Volodarski y Uritski) y Dora Kaplan dejó malherido a Lenin. Después de todo esto, Trotsky pudo constatar con firmeza: «No entraremos en el reino del socialismo de guante blanco y sobre parquet encerado».
          La revolución se arma.- Tradicionalmente la corriente socialista, en sus distintas manifestaciones, había sido primordiamente pacifista y raramente había reflexionado sobre algo que teóricamente algunos reconocían, a saber que «en última instancia, la cuestión del socialismo es la de las armas» (Karl Liebknecht). Y aunque puede decirse que, dentro de esta tradición, los bolcheviques eran de los más «aguerridos», la contrarrevolución armada les cogió en pleno idealismo revolucionario.
Al llegar al poder tomaron en sus manos el compromiso de una paz unilateral, lo que significaba ante todo la retirada de Rusia de la coalición aliada y la firma en condiciones de inferioridad de un tratado de paz con Alemania (Brest-Listovk), lo que conllevó la ruptura con los eseristas de izquierdas y un grave conflicto interno en el partido gobernante entre una tendencia de guerra con honor y la que consideraba que había que consolidad el poder revolucionario con unas nuevas fuerzas armadas capaces de resistir la contrarrevolución. El principal responsable de este último cometido será León Trotsky, un amateur en la materia, lector de El nuevo ejército, de Juan Jaurés, y corresponsal en los Balcanes durante los primeros años de la Gran Guerra.
            Los blancos inician la guerra en mayo de 1918 con el levantamiento de la Legión Cheka, unos 50.000 checos con mandos franceses que forman una fuerza temible y marchan hacia el oeste, ocupando sucesivamente Cheliabinsk y Omsk, para alcanzar el Volga en Rusia. Los Aliados encuentran ahora una puerta abierta para intervenir de forma concertada, así mientras que las tropas franco-inglesas desembarcan en Murmansk a principios de junio y luego en Arkagel, en esta ciudad hay ya concentrados 12.000 soldados para «proteger» la región de un ataque alemán. En el sur, Denikin, crea un ejército de voluntarios armados por el gobierno británico —que envía además una misión militar—, y comienza a avanzar. Entre mayo y septiembre de 1918 los blancos se extienden como un reguero de pólvora.
        Comisario de Guerra, Trotsky ha de improvisar un nuevo ejército marchando   contra reloj, partido bolchevique se y nace un ejército en nentos bastantes heterogéneos como son la Guardia Roja creada como milicias de los soviets, un grupo de unidades del ejército nacional (muy en particular con los marineros de la flota báltica), el reclutamiento de una amplia base de voluntarios enrolados por tres meses a 150 rublos por mes y que en febrero de 1918 eran 150.000 hombres, y finalmente un grupo cada vez más extenso de profesionales del ejército zarista, lo que suscita una dura controversia. Lenin explicará esta singularidad diciendo que en este caso —como en tantos otros— se trata de construir el socialismo con los ladrillos viejos de la sociedad anterior.
Sin esta idea —la construcción de una nueva sociedad— no se puede comprender el gran giro de septiembre— cuando Trotsky, a la cabeza del V Ejército Rojo, derrota a los checos y reconquista Kazan— y todo lo que viene después.
              Muerte o victoria. Desde noviembre de 1918, las tropas alemanas resultan, en un principio, eliminadas, pero los Aliados le sustituyen por las puertas abiertas del Báltico y los Dardanelos. Dueños de Vladivostok, los japoneses dudan si seguir su avance. En 1919 tiene lugar la gran ofensiva combinada de Koltchak, Denikin y Yudenich, y en abril del año siguiente entre en acción el ejército polaco de Pilsudski, llegando hasta Kiev. En el ínterin, en el bando blanco, los elementos zaristas han prescindido de los sectores mencheviques y eseristas y el almirante Koltchak se hace con el mando único de la coalición antibolchevique. 1919 es un año de incertidumbre. Las tropas francesas desembarcan en Odessa, y los soldados ingleses ocupan Batum y Bakú, controlan el Cáucaso, el Kuban y el este del Don e imponen gobiernos blancos en toda la zona como los franceses habían hecho ya en el sur de Ucrania y en Crimea. Un especialista, Louis Fischer, resume así la situación:
        «Al oeste, Rusia estaba separada del mundo exterior por el Báltico, los alemanes, la flota inglesa y Polonia; al norte por las tropas inglesas, francesas, norteamericanas y serbias; al sur por los franceses en Ucrania, por Denikin en el Kubán y por los ingleses en Caucasia y Transcasia; por último, al este de Siberia se encuentran los japoneses y sus fieles aliados cosacos y al oeste los checos y Koltchak».
      Sin embargo, no todo está decidido. Ni mucho menos, un dato de que no es así lo ofrecen las dudas de los Aliados. Mientras Clemenceau quiere una intervención mayor, los británicos no están seguros. Lloyd George teme el rebrote de motines y desórdenes sociales y dice: «Si se iniciase una empresa militar contra los bolcheviques, ésta terminaría por bolchevizar Inglaterra y por crear un soviet en Londres».
          El Ejército Rojo, que había comenzado la campaña con una extraordinaria inestabilidad, es ya en 1919 una poderosa maquinaria de guerra. Desarrolla una lucha en todos los terrenos, de una forma muy lejana a las reglas clásicas, impulsado por una auténtica vanguardia proletaria, una élite que antes había sido el alma de octubre de 1917 y que en estos años vivirá y morirá por la revolución. Una amplia hornada de antiguos militantes bolcheviques encabezan regimientos regulares y guerrilleros, entre ellos algunas mujeres excepcionales como la escritora Larisa Reisner y la hija de catalanes, llamada Eugenia Bosch. Cuando una zona está ocupada por los blancos, como la que rodeaba Petrogrado el 19 de octubre de 1919, la llegada del célebre «tren blindado» (un verdadero bazar militar en el que no faltan incluso los utensilios más inconcebibles en una guerra como pueden ser los libros) de Trotsky, las arengas de éste galvanizan a los defensores, exigen un esfuerzo postrero a los obreros agotados y el día 21 Yundenich tiene que replegarse.
            Un antiguo libertario, Víctor Serge, que se define contrario a la idolatría, escribirá sobre este hombre decisivo: «Lev Davidovich Trotsky es hoy, aquí —en Petrogrado—, el alma de la resistencia. Si las fuerzas de ataque se vuelven a formar a algunas leguas de la ciudad y se ponen metódicamente en movimiento; si los trenes de víveres, de municiones, si todas las fuerzas del pobre país agotado se mantienen, se organizan y se emplean con método para vencer, es porque están encauzados con inteligencia y dirigidos por su voluntad. ¡Dura labor! Frente de Siberia, frente de Ucrania, frente de Carelia, frente de Arkángel... Frente de guerra civil en el interior. Terrible labor la del hombre que debe de pensar en todo y que debe, como verdadero revolucionario, obrar despiadadamente...».
          El régimen soviético ha estado con el agua al cuello pero emerge victorioso. Kolchak será fusilado después de haber sido rechazado hasta detrás del Ural mientras los últimos restos de su ejército serán destruidos. El peligro que plantea la intervención de Polonia acaba con una contraofensiva que llega hasta las puertas de Varsovia donde Lenin espera encontrarse con un movimiento favorable de los trabajadores, pero no es así. Pilsudki con la ayuda aliada, consigue detener a Tujachevski, el gran teórico de la ofensiva, una pretendida «ciencia proletaria» de la guerra que Trotsky rebate como después lo hará con la teoría de la «cultura proletaria»... En noviembre de 1920 Denikin será rechazado en Crimea.
                    Los desastres de la guerra.-     La victoria bolchevique conmovió y asombró al mundo.
      Para vencer tuvieron que quemar todo lo que antes adoraban —la paz, un ejército de milicias clasistas, planes utópicos diversos, el pluralismo—, y adorar todo lo que antes quemaban —la guerra sin cuartel, la militarización de la vida civil, la centralización y el mando único, etc.—, y pusieron en este empeño una energía que solamente se conocen en la historia de las grandes gestas nacionales, religiosas o revolucionarias. Tuvieron que luchar en todos los frentes, contra sus naturales limitaciones y contra enemigos de dentro —comprendidos los que habían sido antes compañeros— y de fuera — fueron hasta 21 las naciones que de una manera u otra apoyaron al Ejército Blanco—, y en unas condiciones como éstas, cuando en la conciencia de tal esfuerzo penetraba muy hondamente el ideario de una civilización, no hay tiempo para dialogar con los disidentes, conceder mucha importancia a los problemas humanos inmediatos y. la centralización se hace necesaria, imprencindible.
        Sin el apoyo entusiasta de la gran mayoría de la clase obrera y de buena parte del campesinado y de otros sectores sociales — los patronos y terratenientes estaban excluidos-toña hubiera sido a te  impensable. Igualmente hubiera sido sin libertarías de los primeros años sin la reforma agraria, la libertad de separación de las nacionalidades; y tampoco lo hubiera sido sin el  descrédito “ancien régime», descomposición que llegó hasta, el alto mando  de los “Blancos”, a unos generales estirpe de Komilov que no tenían entre sus proyectos alguna forma de República democrática…
          El terror fue un hijo bastardo de la revolución. Nació en de la guerra, como una respuesta a la escalada terrorista de los eseristas de izquierda —tan habituados a estos métodos— y al auge de los actos contrarrevolucionarios que prepararon el terreno para la emergencia del Ejército Blanco. Antes de arribar la actual moda denigratoria, los historiadores de mayor prestigio no tenían dudas en reconocer que la balanza de las atrocidades, los bolcheviques no causaron, ni de lejos, el número de víctimas y locuras que llevaron a cabo los blancos. Recordemos sin entrar en mayores detalles que éstos fueron virulentamente antisemitas y que la identificación —típicamente fascista— entre judaísmo y bolchevismo tuvo una gran fuerza en su acción y su propaganda. Solamente olvidando el contexto, la actuación de los blancos, la intervención extrema, y todo lo demás, es posible hacer, a la manera de Soljenitsin “historiador”, un juicio descalificados del bolchevismo, presentando a éste como mero heredero del Terror jacobino. Esto es violentar la historia con los mismos métodos que llevaron a Stalin a hacer desaparecer de las crónicas de aquellos años a Trotsky, algo tan inaudito —escribía Orwell— como lo puede ser omitir el papel de Nelson de la batalla de Trafalgar.
La guerra civil rusa fue materia de primera mano para diferentes generaciones de escritores rusos de los más variados matices, y ninguno de ellos, ni tan siquiera el oficialista Mijhail Sholojov, se atrevió a esconder el hecho de que el Ejército Rojo aplicó sin complejos la ley de «en la guerra como en la guerra».
(*) Artículo aparecido en el fascículo nº 9 de la Historia del comunismo aparecida en el diario Mundo a finales de los años ochenta.