La enseñanza, a pesar del nacimiento de numerosas teorías de aprendizaje constructivista a finales del siglo pasado, siempre fue concebida en el ámbito escolar como la mera transferencia de conocimientos mediante una relación unidireccional docente- discente. El profesor repite mecánicamente la lección y el educando escucha, con una pasividad e indiferencia propiciada por el propio método pedagógico empleado. La discrepancia molesta, no se fomenta la construcción autónoma de aprendizaje significativo en beneficio del efímero y aséptico conocimiento memorístico.
A lo largo de la historia, la educación escolar se proyectó como el método más apropiado para formar a los discentes en competencias que les permitan desarrollarse de manera autónoma y eficiente en la vida, en general y en el medio laboral, en particular. Pero todo esto, que embelesa nuestros oídos, es mucho más complejo de lo que parece. ¿Cómo podemos preparar a un educando para que se desarrolle en un mundo laboral tan heterogéneo?, dónde se mezclan valores como la iniciativa, el riesgo y la audacia, propios del trabajador autónomo, con otros como la sumisión, obediencia y fidelidad a una marca corporativa. ¿Cómo se puede preparar a las nuevas generaciones en valores de igualdaZ, solidariedaZ, humildaZ, seguridaZ, paZ y verdaZ?, como diría nuestro nuevo preceptor en valores, el señor Zapatero, cuándo no donamos ni el 0,7 % del PIB a los países subdesarrollados, cuándo escuchamos noticias que hacen referencia a bancos en quiebra, subsidiados por el Estado, mientras que la inflación llega a la órbita espacial y el EURIBOR ya está fuera de la Vía Láctea, cuándo España gasta más cuartos en pistolas para matar “moros” que en educación, cuándo la especulación del suelo es promovida por el propio Sistema, impidiendo la emancipación de la juventud. En definitiva, cuándo la verdaZ enmascara la hipocresía con un talante que aletarga las conciencias de toda la ciudadanía.
El informe Pisa, pone de manifiesto las prioridades que debe tener un país tan bien calificado como Finlandia. El bienestar de sus ciudadanos, la dotación de mayor número de servicios, la reducción del paro, incluso generando un gran desembolso económico de las arcas del estado, como la medida de reducción del horario laboral de los maestros para crear más puestos de trabajo. Las ayudas en el campo profesional, educativo y social no forman parte de los gastos del estado, sino de las necesidades de sus habitantes. En España, hay una concepción radicalmente inversa a la finlandesa. Las medidas sociales pasan primero por el filtro del Ministerio de Economía y, si hay presupuesto, es decir, si nos llegan los cuartos para comprar las suficientes pistolas, entonces se aprueba el proyecto legislativo. En Finlandia ocurre al revés, primero se jerarquizan las necesidades y, posteriormente, se dota de mayor poder económico a aquellas que se consideran de mayor importancia. La honradez, la moral y la dignidad son los pilares de una sociedad que entiende la educación como oportunidad y no como deber, que posee una docencia basada en la excelencia, que dota de autonomía a los estudiantes desde pequeños, que es responsable a la hora de planificar las vacaciones, que no escatima en gastos con un presupuesto de 200.000 mil euros para pagar la educación escolar y universitaria de cada chaval finlandés y, sobre todo, que dota a los docentes de estrategias pedagógicas que incentivan el estudio, que coordina la docencia con la psicología y la pedagogía y un sin fin de etcéteras.
En nuestro país, el político y el administrador de la educación aseveran, con una retórica encomiable, emprender programas educativos llenos de las más loables y razonables aspiraciones que sencillamente no se pueden extrapolar a la praxis educativa. Si a cada concepto pedagógico o psicológico que se maneja en la legislación educativa se le extrajesen las consecuencias para ver qué condiciones son necesarias para su implantación real, seguramente se sería más prudente en el uso del lenguaje. Los proyectos curriculares están llenos de conceptos como aprendizaje significativo, uso crítico de la información, enseñanza interdisciplinar, profesores investigadores, etc. En definitiva, son las expectativas curriculares, como afirma Sirotnik, K., cuya función es recordar deseos que quieren llevarse a la práctica, que se corresponden muy poco con los análisis de la realidad, y que, en muchos casos, son meros artificios simbólicos que suelen proliferar en momentos de reformas y cambios legislativos.