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¿Dónde se sitúan los intelectuales?

Texto para los ASKE-encuentros sobre el compromiso del intelectual. >> Escucha una entrevista con Eva Forest >> ++ Entrevista de la jiribilla >>>
Eva Forest | Rebelión - Kaos. Izquierda a debate | 13-2-2005 | 546 lecturas | 3 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/donde-situan-los-intelectuales
Eva Forest

Aunque el tema es muy amplio y su complejidad requeriría una intervención más larga, voy a tratar de ser breve y atenerme a los veinte minutos que nos han pedido a los ponentes para así dar tiempo a las preguntas del público y al debate que, para mí, es lo más importante.

No entraré en considerar lo qué se entiende por intelectual, ni en valorar su trabajo científico o artístico con relación a sus repercusiones políticas, ni en otros muchos aspectos, algunos de los cuales ya han sido expuestos anteriormente por otros compañeros. Me limitaré sólo a señalar un punto que sí considero clave cuando de intelectuales se trata y que viene precisamente muy a cuento a la hora de hablar del compromiso: Es la importancia de que los intelectuales y los artistas tengan conciencia de su situación social en el mundo que habitan y de la responsabilidad que ello conlleva.

Esto que dicho así parece elemental y hasta una perogrullada tratándose de personas cuyo oficio consiste en gran parte en pensar, en imaginar, en crear y recrear el mundo, no parece estar muy claro para la mayoría a la hora de llevarlo a la práctica. Me explicaré.

Están ocurriendo cosas gravísimas en el mundo. En Afganistán, en Iraq, en el continente africano, en América Latina, a nuestro alrededor. Cientos de emigrante mueren todos los días cerca de aquí en su intento de escapar al hambre y llegar a Europa; vemos a diario las imágenes en la pantallita: sus cadáveres amontonados como basura, las miradas acusadoras de los que sobreviven, los niños indefensos de regreso a sus países donde morirán de enfermedades curables y de abandono. Vemos los prisioneros de Guantánamo enjaulados como alimañas, mientras comentamos el horror comiendo patatas fritas con amigos que también se lamentan mirando la TV. Sabemos que en Moscú, para desalojar un teatro se acaba de gasear a sus ocupantes porque se sospecha que entre ellos hay “terroristas” y eso justifica matarlos como sea. Sabemos que la tortura va en aumento: se tortura en los campos de concentración de Iraq, en los cuarteles de la Guardia Civil en Madrid, en Euskal Herria. Sabemos que cientos de presos malviven en una crónica agonía en las cárceles de la dispersión de España. Palestina es un infierno de atrocidades que nos llena de vergüenza. Estamos rodeados de agresión y barbarie, de acontecimientos provocados por la codicia de quienes acaparan sin escrúpulos las riquezas. El imperialismo crece cada vez más y ya parece dominar el mundo, y desde su prepotencia se permite con descaro llevar a cabo genocidios sin tan siquiera ocultarlos. Ayer fue Afganistán, ahora es Iraq, puede que luego le siga Cuba.

Está ocurriendo todo esto bajo nuestra mirada de espanto, nuestra incomprensible pasividad. Nos obligan a ser testigos de crímenes atroces. Testigos que miran y callan o que protestan poco: testigos que con su silencio y su pasividad se convierten en cómplices. Una complicidad que quiénes vivimos en Occidente, en estas terribles democracias representativas de los países que llaman desarrollados, arrastramos como un pesado lastre a sabiendas de que es una insidiosa y crónica enfermedad que nos afecta en gran manera. Tratamos de resistirnos, de escapar, de hacer frente a la terrible amenaza. Buscamos compañeros solidarios, hermanos que sientan lo mismo, que necesiten también armarse para resistir, que nos den calor: formar grupo, hacer una piña. Palpar que no estamos solos, que hay otros mucho que resisten: buscamos voces que denuncien, que den ánimo, gritos de rebeldía, de insumisión, de insurgencia: movilizar la humanidad sensible antes de que la exterminen: que nuestro pequeño y débil grito se prolongue, encuentre múltiples ecos, se propague a lo largo y ancho de la tierra, que sacuda y despierte a los dormidos, a los anestesiados.

¿Qué es lo que hace que en medio de este panorama tan desolador, nada exagerado aunque lo parezca, nos preguntemos hoy aquí sobre el papel que juegan los intelectuales y los artistas en esta sociedad?

Ellos están sometidos a las mismas presiones que los demás, en mayor o menor escala participan también de los sentimientos descritos. No son ni más sensibles, ni más inteligentes, ni más fuertes, ni mejor dotados. Ni menos vulnerables a la corrupción, ni más honestos tampoco.

Y sin embargo, pensamos que pueden desempeñar algún papel en esta sociedad, colaborar a la hora de cambiarla, intervenir de alguna manera en la medida en que su proyección pública les da una dimensión que la gran mayoría no tiene. En definitiva, por una serie de razones nos parece que gozan –como dice Chomsky- de una situación social privilegiada en relación a otros.

Este privilegio, que es relativo y depende de muchos factores y es mayor o menor según el grado de notoriedad alcanzado –con frecuencia ninguna, también es verdad-, forma parte del oficio y la mayoría de las veces no se puede eludir, como en el caso de aquellos a los que acompaña la fama. Tal pintor, tal cantante, tal premio Nobel, tal científico, tal cineasta, son personalidades en ocasiones míticas cuya opinión tiene una gran influencia en los medios sociales. Lo que ellos digan o lo que ellos hagan, de alguna manera va a repercutir en quienes los oigan, o los lean. Desde su tribuna pueden llamar la atención, alertar de un peligro, hacer pública la injusticia. Señalar con el dedo al responsable, decir yo acuso.

Esto lo podemos matizar después, en el coloquio, pero es un hecho que la información les es más asequible, que tienen mayores posibilidades de difundirla, que disponen de plataformas y recursos: están en la radio, en la televisión, son entrevistados, publican artículos, libros, dan conferencias.

Ni el campesino, ni la señora de la limpieza, ni el funcionario de la administración, ni el tendero de la esquina, por muy preocupados que estén por los problemas, tienen la posibilidad de informarse en fuentes no manipuladas, ni de difundir esa información, ni de ser portavoces de nada.

Esta situación, más o menos privilegiada, pero privilegiada al fin, que convierte al intelectual en una personalidad pública y respetada, lleva consigo una carga de responsabilidad que forma parte del oficio elegido: lo sepa o no, lo quiera o no, lo que el intelectual o el artista haga o deje de hacer, tiene siempre una repercusión social de la que, por pequeña que sea, él es responsable.

Tomar conciencia de esta responsabilidad social que conlleva la profesión elegida, es un mínimo gran paso que debería de dar todo intelectual que se precie de serlo, porque en ese conocimiento radica gran parte de su comportamiento futuro. Un paso que le pone en la estimulante situación de pensar en sí y en su entorno, de reflexionar en el puesto que en este entorno ocupa y que, llegado el momento, le capacitará para medir sus actos y asumir sus responsabilidades, o eludirlas. Un paso decisivo que le coloca plenamente en el umbral de su oficio tan lleno de escollos y dificultades que no han hecho sino empezar.

Este conocimiento de su situación en tanto que intelectual, a la vez que le da noticia de las responsabilidades que conlleva, le crea múltiples dudas que le obligan a tomar decisiones que le comprometen, que le atan y le liberan al mismo tiempo, que son como pequeñas ventanas de luz que el indagar va abriendo. Es un proceso complejo donde se avanza pasito a pasito sin que parezca y se va fraguando una conciencia más profunda De ahí la gran importancia para un intelectual de convertir en observatorio su punto de partida, de arrancar desde la torre más alta mirando no sólo alrededor sino a lejanísimos horizontes que otros no alcanzan a ver Estoy hablando de una responsabilidad ética elemental, como la que en mayor o menor grado acompaña a otras profesiones, la de los médicos, la de los abogados, la de los ingenieros. También los intelectuales tienen la suya como tales, una responsabilidad que les compromete con lo social y les abre a una dimensión política que les humaniza.

Dimensión política en el sentido más amplio, común a todos los humanos por el hecho de serlo. Nada extraordinario, pero sí muy importante. Ahora, por lo menos, una vez situado, el intelectual ya sabe en dónde está; o en dónde no está y debería estar; o en donde no quiere estar, porque considera que nada le obliga a ello.

Desde esta toma de conciencia previa, imprescindible y propia de su ocupación, que es pensar, los contornos un tanto imprecisos que envuelven el concepto de responsabilidad del intelectual se aclaran y el horizonte se despeja. Sea cual sea su elección –la de asumir su responsabilidad, o la de no responsabilizarse y ser un irresponsable a conciencia-, cualquiera que sea, digo, su decisión es siempre preferible a la que se toma desde la ignorancia, porque ha sido asumida con conocimiento de causa y tras sí no deja ambigüedad alguna que desoriente –esa ambigüedad en la que tantos intelectuales navegan perdidos, y tantos otros a sus anchas por lo mucho que les conviene, y que es el caldo de cultivo de la confusión reinante, del oportunismo y de la manipulación. Esa ambigüedad que por sí sola merecería un capítulo aparte.

No estoy hablando del ámbito político, quiero insistir en ello, aunque puede que pronto tenga repercusiones políticas lo que en él ocurre. Estamos aún en esta zona en la que la persona sensible se mueve por reflejos morales de justicia, de amor, de solidaridad y se pregunta, desde la inocencia, los porqués de lo que va descubriendo, y se asombra, extrañado, de cómo es posible que estando tan cerca no lo hubiera visto antes. No parecía posible que las cosas fueran así, que la realidad aparente encubriera tanta verdad ignorada. Tanta injusticia, tanta mentira, tanta deshumanización.

En momentos tan graves como los que enumeraba al principio, en los que están ocurriendo aberraciones monstruosas y horribles, provocadas por los estados imperialistas, parece que lo mínimo que debería de hacer un intelectual honesto es dejar oír su voz de protesta y de denuncia.

Basta con sólo mirar alrededor y asumir dignamente la responsabilidad que le concierne. Utilizar las numerosas ocasiones que su situación le brinda, valerse de sus propios recursos como intelectual. Porque él tiene los medios y la capacidad creadora propia de su oficio para intervenir. Él trabaja con la imaginación; trabaja con el intelecto. Sus posibilidades son infinitas para llamar la atención, para mostrar la entraña oculta de los problemas, para enriquecer el discurso e impedir que el bello deseo de que otro mundo es posible se quede petrificado en consigna.

“No he de callar por mas que con el dedo, ya tocando la frente, ya la boca, silencio avises o amenaces miedo.”, decía el gran Quevedo. Y lo decía bellamente en un soneto utilizando esa situación privilegiada.

Entre nosotros tenemos un ejemplo reciente que ilustra lo que quiero decir: el caso del Director del diario Egunkaria, Martxelo Otamendi.

A Martxelo Otamendi le detienen bajo acusaciones terribles asociadas al terrorismo. Le torturan y al poco tiempo es puesto en libertad. Y Martxelo denuncia ante el juez primero, ante la prensa después y siempre que puede, en sus conferencias y entrevistas, la tortura a la que ha sido sometido. Cuenta el relato suyo con todo tipo de detalles. Ha sufrido vejaciones terribles, insultos, humillaciones, le han obligado a desnudarse, a permanecer de pie horas y horas, se han burlado de él, le han aplicado corrientes eléctricas, la bolsa de plástico que produce asfixia, golpes, amenazas. Lo que a él le han hecho se lo están haciendo a diario a todos los que detienen. Pero esa mayoría anónima no tiene voz, no tiene credibilidad, se la ignora. En este caso Martxelo ha hablado por todos ellos. Se ha servido de su situación privilegiada de director de un periódico para contar la verdad. Y esa verdad se ha difundido, se ha oído, se ha abierto camino por entre el muro de mentiras y está circulando.

Cuando el intelectual, consciente de su privilegiada situación, actúa con coherencia y se enfrenta al poder pasa a ser un sospechoso que corre riesgos muy grandes. A Martxelo le han procesado otra vez por denunciar torturas y ha recibido amenazas de muerte si sigue reafirmándose en la denuncia.

Visto fríamente y a distancia, su denuncia fue un acto cívico normal -¿qué menos puede hacer un ciudadano agredido de esta manera por la Policía de un país que se dice demócrata?-, acto cívico que, sin embargo, se convirtió en un gesto heroico, dadas las condiciones de represión que estamos viviendo en el País Vasco, y ha tenido una gran repercusión política.

Es así como se complejizan las situaciones. Gestos de dignidad como éste son los que en ocasiones conducen al que los practica a posteriores pasos políticos de gran trascendencia. Uno no se había propuesto ser político, pero un día descubre que el ser humano consciente no puede eludir esa condición. Pensar y ser coherente con lo que se piensa tiene sus riesgos. Es un camino difícil, es verdad, toda una larga aventura que puede condicionar una vida y que a muchos les da miedo y la abandonan. Pero para otros merece la pena frente al adocenamiento, la anestesia y la muerte que nos preparan si no reaccionamos a tiempo.

Es así como a veces desde un sencillo comportamiento coherente con la sensibilidad y la dignidad llega uno a tomar conciencia política profunda. Es así como Howard Zinn, que fue bombardero en la segunda guerra mundial y creía honestamente que venía a Europa a luchar por la democracia, tomó conciencia de la mentira y la aberración en la que le habían implicado y llegó a ser el magnífico historiador de “La otra histora de los EE.UU.” y la gran persona de admirables dimensiones humanas y políticas. Es así como el Che dejó de ser médico y se transformó en ejemplar revolucionario. Son elecciones muy respetables todas. Nadie nace enseñado y el intelectual y el artista tampoco, pero si toma conciencia de su situación privilegiada y decide actuar en consecuencia puede convertirse en una fuerza creadora que abre e ilumina caminos.

Este aspecto tan elemental no parece merecer demasiada atención para quienes deberían prestársela. En las democracias formales, o representativas, para limitarme a lo que tengo cerca y es mi entorno, los intelectuales, salvo rarísimas y heroicas excepciones, cierran los ojos y se arriman al poder. A veces de una manera muy visible y hasta ostentosa. Otras, la mayoría, de una manera más o menos soterrada, consintiendo desde la penumbra, al amparo siempre de la confusión.

En una democracia como la que padecemos en España, a diferencia de lo que ocurría anteriormente con la dictadura, estar con el poder no exige ningún esfuerzo de ocultamiento, al contrario: ni está mal visto, ni da ninguna vergüenza y hasta es un status muy deseado. Es también cómodo, con no ver lo que no debe ser visto, con no hurgar en lo que no debe ser aireado. Con ocuparse de lo suyo propio, sin más, el intelectual de la democracia goza de grandes libertades de expresión. En nuestra “democracia” puede tratarse libremente cualquier problema, siempre y cuando no se aborden los cuatro o cinco temas considerados tabúes. De hacerlo hay que cuidar mucho el tratamiento, para lo que hay un acuerdo tácito del que nunca se habla. Ya se sabe que la violencia sólo la practican los “terroristas”, que la tortura es una lacra de otros países, de otras latitudes menos civilizadas, que nada tiene que ver con el exquisito tratamiento que la policía o la guardia civil da a los detenidos. En cuanto a lo vasco, es éste un problema ancestral, de fanáticos separatistas que no tiene razón en plena modernidad del siglo XXI. Cuba, por su parte es siempre una dictadura que se va a caer de un día para otro desde hace cuarenta años.

Pequeñas complicidades sin importancia que le reportarán al que las acepta compensaciones en múltiples formas. Al poder le conviene tener intelectuales de este tipo, gentes dóciles que acatan y se amoldan, que están ahí arropando en silencio, que ni hacen ruido, ni molestan, que en ocasiones, cuando el revuelo de algún acontecimiento lo requiere, incluso aparentan criticar severamente el sistema para así reforzarlo. Gentes que cuando se asoman en público repiten sin pudor alguno “nosotros los demócratas” y se quedan tan campantes. El poder los mima, los gratifica, los premia.

Pero de la misma manera que premia a unos, castiga a los disidentes, como acabamos de ver con Otamendi. Aquella situación privilegiada, de la noche a la mañana, se convierte en peligrosa.

Cuestionar la “democracia”, en una democracia formal, es una falta muy grave, mucho más de lo que parece, porque quienes gobiernan parte siempre de un principio, elevado a categoría absoluta que corta toda discusión, según el cual en una democracia “nunca ocurren estas cosas tan terribles”: no se tortura, no se violan los derechos humanos, es falso que no haya libertad de expresión. Son calumnias inventadas por los terroristas. De ocurrir y demostrarse, son excepciones, actos aislados de algún loco que se desmanda y que no hacen sino confirmar la regla de lo afirmado. Desde esta óptica, el que haciendo caso omiso de las sutiles advertencias, insiste en la denuncia, pasa a ser un enemigo. Un enemigo que, inmediatamente, relacionarán con los terroristas, o con el entorno de los terroristas, o con el entorno del entorno de los terroristas. Si se trata de un intelectual conocido, lo frecuente es que se inicie una campaña de desprestigio que puede acabar marginándolo o considerándolo como un loco.

Cuando el intelectual o el artista se rebela abiertamente contra el poder, entonces llega el acoso, la persecución y en ocasiones la muerte. En esta sala se dijo los primeros días que alguien sentía vergüenza de ser intelectual cuando se comparaba a los trabajadores. No estoy de acuerdo. Se puede sentir vergüenza de tal o cual comportamiento que uno ha tenido, de tal o cual inhibición, etc. Pero el intelectual y el artista que toma conciencia de su responsabilidad y se implica en una lucha y es coherente con sus principios, no se diferencia en nada del sindicalista coherente, del campesino coherente, del administrativo coherente. Todos están implicados en un mismo proceso y para el poder todos son enemigos a eliminar.

Todo esto que acabo de decir, tan sencillo, parece obvio. Pero muchos no lo saben. O no lo quieren saber. O no les conviene para nada que se diga.

Por eso lo digo yo hoy aquí y lo seguiré repitiendo aunque parezca una ingenuidad.









 
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Comentarios (3)

@|04-02-2005 21:41

Las gentes de kaosenlared.net lo tenemos claro!!

Un abrazo para Eva Forest, Martxelo y toda su buena gente

Valoración: 0      |  Avisar provocación

Kaos-control|04-02-2005 21:51



Entrevista con Eva Forest

"La pasividad y la falta de capacidad de reacción son el gran mal de las sociedades democráticas y avanzadas"

x Teresa Sala. Itzulpena euskaraz

Escucha entrevista
http://www.euskonews.com/0242zbk/audio/elkar_es.ram

Eva Forest abre la puerta de su casa y de su persona con sinceridad. Se sorprende de que alguien quiera hacerle una entrevista pero al comenzar a hablar sobre su trayectoria y su vida empiezan a sucederse datos y pasadizos tan interesantes que parecen imposibles de resumir en pocos folios. Se emociona al hablar de sus años de estudiante en Madrid y no puede evitar conmocionarse al leer unos artículos de 1977 que anunciaban su puesta en libertad después de haber estado presa tres años. Conversa sobre sus viajes a Cuba o Irak, sobre los libros que ha conseguido publicar a través de la editorial Hiru y acerca de las personas que ha conocido a lo largo de su vida. Pero sobre todo, Eva Forest habla y hace referencia a la solidaridad. El motor de su incansable actividad, la fuerza motriz de su trabajo, y de su vida.

Ha dedicado su vida a la solidaridad con los pueblos que luchan por sus libertades, a la denuncia de la represión que sufren y al desenmascaramiento de las mentiras que ocultan esa realidad. ¿Cómo y por qué decidió tomar este camino?

El sentimiento de solidaridad es algo que he vivido mucho en mi casa. Mis padres eran anarquistas y vivíamos la solidaridad como algo muy grande. Recuerdo, por ejemplo, la fuerza que tenían palabras como “huelga”. Entonces yo vivía la solidaridad como un sentimiento muy fuerte y sin demasiada reflexión, porque sólo era una niña. Pero era consciente de que existía una humanidad que sufría y luchaba y a la que había QUE ayudar. Estudié la carrera de medicina y fue precisamente en mi época de estudiante cuando volví a tomar un contacto muy estrecho con el concepto de solidaridad, ya que empecé a enviar medicinas a los presos de los primeros años de la dictadura franquista. A medida que una entra en contacto con la solidaridad empieza a contactar con los pueblos y con su historia casi de una manera normal. Cuando ocurrió la revolución cubana me interesó conocer, desde el punto de vista antropológico, qué significaba para un pueblo ser protagonista de un proceso revolucionario. Pasé cuatro meses en una granja de una zona analfabeta y allí seguí tomando conciencia de muchas cosas. Era la época de la guerra de Vietnam. Siempre anduve por esta línea solidaria y libre.

Y a pesar de su compromiso, nunca ha llegado a ser militante de un partido político.

Sí, es cierto. Nunca he sido militante de un partido político aunque sí he sido una persona muy comprometida con el Partido Comunista. Pero siempre he conservado esta libertad, dando pasos de compromiso relacionados con la solidaridad. En Madrid teníamos un comité de solidaridad muy fuerte con Vietnam, de lucha contra la tortura. También indagué mucho el caso de los mineros asturianos. Luego llegó el Proceso de Burgos y fue entonces cuando creamos un comité de solidaridad con el pueblo vasco y denunciamos en Madrid, a través de boletines, los casos de tortura que estaban ocurriendo. La principal trayectoria de mis trabajos sigue una línea de crear mecanismos para denunciar la tortura.

Además, usted estuvo en prisión y tuvo la oportunidad de conocer esa realidad de primera mano.

Acusándome de cosas tremendas estuve cerca de tres años en la cárcel. Aproveché el tiempo que estuve presa para estudiar a fondo la represión, trabajé mucho y escribí muchísimo. Fue algo positivo. Es lo que le ocurre a todo torturado. Cuando uno toma la decisión de enfrentarse y de denunciar la tortura que ha sufrido recupera su dignidad. Aquella situación me predispuso a hacer un trabajo desde dentro, de cómo se estaba produciendo la transición a la democracia. Mientras fuera estaban ocurriendo cambios, dentro los torturadores seguían siendo los mismos y la tortura se estaba produciendo igual. Cuando salí me propuse ir siguiendo muy de cerca y de una manera muy minuciosa cómo se producía el cambio de una dictadura a una democracia desde el punto de vista de la represión. Me interesó investigar cómo se sigue practicando la tortura en una estructura democrática. Este es el trabajo que he hecho hasta hoy, en facetas distintas y de diversas maneras.

¿Qué opinión le merecen la situación actual de Euskal Herria y la actitud de la sociedad, y más especialmente de los jóvenes, al respecto?

Pienso que hay un retroceso muy grande en el sentido de que muchas libertades que parecía que se habían ganado se han perdido. Y yo considero que todo esto forma parte de lo que es una democracia formal. Y es que, dentro de una estructura democrática y bajo el escudo de la democracia se están cometiendo en el mundo cosas terribles. El problema vasco no lo puedo ver desvinculado de las cosas que están ocurriendo en el resto del mundo. Se ha dicho que entre todos los males la democracia es el mal menos malo pero aún así, han perdido mucho, incluso desde el punto de vista formal. Y esto es algo que está ocurriendo en todo el planeta. No hay más que darse cuenta de lo que ocurre en Guantánamo, de cómo se han reído de las leyes o de cómo han invadido Irak. Aquí prohíben un medio de comunicación y encarcelan a sus trabajadores. Todo parece una burla grotesca que ni tan siguiera se intenta ocultar. Son cosas terribles. Pero hay algo que me parece todavía más terrible, y es el hecho de que los ciudadanos hayamos perdido la capacidad de reaccionar.

¿Se refiere a la pasividad social?

Por supuesto. Veo que hay una pasividad generalizada, y pienso que este es el gran mal de estas sociedades, por llamarlas de alguna manera, avanzadas. Sociedades en las que, siendo gravísima la represión directa, se persigue la insensibilización y la anestesia de las grandes mayorías. Está ocurriendo lo que Noam Chomsky ha llamado “El control del pensamiento”. Lo que buscan estos imperios es que las grandes mayorías no piensen ni se hagan ninguna pregunta y que acepten e incluso crean que viven muy bien en democracia y que son libres. Esto explica lo que ocurre en Estados Unidos; que siguen votando a Bush a pesar de las barbaridades que está cometiendo en nombre de la democracia. Esta es la parte más siniestra de las democracias actuales. Aquí ocurre lo mismo porque tenemos que aguantar, por ejemplo, la prohibición de un periódico con leyes que son un atropello. Continuamente una tiene la sensación de burla y la sociedad que tiene que aguantar todo esto termina por enfermar. Es una enfermedad de impotencia, de rabia, de cólera... Ojalá la cólera sea muy grande y ayude a tener más capacidad crítica y a enfrentarse.

Y, ¿qué opina de la postura que toman los medios de comunicación?

Por un lado está la cuestión oficial y, por otro, el papel que juegan los medios. La manipulación informativa y la postura de muchos periodistas de aceptar y acatar lo que dicen desde el poder crean una atmósfera y un ambiente que en muchas ocasiones tiene que ver con la propaganda del nazismo. La propaganda es un arma capaz de fabricar mucha gente manipulada. Está resultando peligroso, por ejemplo, ser vasco en Madrid. Estamos viviendo un momento muy irracional y difícil. Y yo creo que aún sintiendo rabia, cólera e impotencia no debemos renunciar en absoluto a la capacidad crítica. Ahí está nuestra vida. Ellos no quisieran utilizar la fuerza bruta, preferirían tener borregos que aceptan todo sin ningún tipo de pega. En la medida en la que haya gente que no se resigne, que haga frente y tenga capacidad crítica, que se reúna con otras personas que también la tienen y que hagan núcleos de resistencia, la sociedad no morirá.

Desde 1992 dirige Hiru, una pequeña editorial que publica libros en formato de bolsillo. ¿Ha encontrado otra forma de divulgar ideas, una nueva manera de expresarse y difundir material?

Cuando me paro a pensar en la editorial me doy cuenta de que tiene mucho que ver con un comité de solidaridad clandestino que teníamos en Madrid. Hiru es un poco la continuación de aquella actividad en democracia y sin clandestinidad. Hay cantidad de libros y mucho material que debería circular porque despierta las formas de pensar y enriquece a las personas, y que no circula, no porque exista una censura explícita que prohíba su circulación, sino porque la industria actual de las editoriales está más por el mercado y por conseguir dinero que por otra cosa. En este contexto nosotras, las tres mujeres que empezamos, teníamos algo muy concreto: las obras de Alfonso Sastre. Y es que sus libros estaban, por decirlo de alguna forma, extinguidos. Se habían publicado, se habían agotado y nadie los había vuelto a editar. Este fue nuestro principal móvil: publicar sistemáticamente la obra teatral de Alfonso Sastre. Así empezamos.

El principio tuvo que ser duro.

Hemos tenido muchísimas pegas, y no todas han llegado del mercado, ya que muchos obstáculos nos llegaron de editoriales de la izquierda. Había una especie de hostilidad respecto a los libros de bolsillo. “Con esto no vais a llegar a ninguna parte”, nos decían. Yo nunca lo entendí porque siempre tuvimos muy claro a dónde queríamos llegar. Desde el primer momento estuvo claro que iríamos despacio pero que publicaríamos todo lo que pudiéramos. Al principio yo tenía entre manos dos libros que quería que se publicaran, uno de Noam Chomsky y “La otra historia de Estados Unidos” de Howard Zinn. Este último se trata de un libro muy progresista que nadie quiso publicar con la excusa de que era muy largo. Nosotras teníamos muy claro que cuando consideráramos que un libro era interesante lo publicaríamos fuera largo, corto, o tuviera impedimentos. Tuvimos suerte porque le dieron el premio Nobel a Darío Fo y nosotras ya habíamos publicado “Muerte accidental de un anarquista” y “Tengamos el sexo en paz”, entre otros. Desde el principio hemos tenido muy claro que la editorial no había nacido para hacer dinero. Esto fue muy duro al principio, pero lo hemos conseguido.

¿Cómo se encuentra su editorial en la actualidad?

Ahora no se gana dinero. Si un libro da dinero este libro pasa a ser solidario con otro ejemplar que va a tener dificultades para ser publicado o que no va a dar dinero. Estos años han sido una gran lección de aprendizaje. En la actualidad tenemos cerca de cincuenta obras de teatro publicadas, una colección realmente interesante que se está vendiendo. Es cierto que nunca haremos un best seller con el teatro, pero también es verdad que hay un público importante interesado por las obras teatrales. Nosotras no tenemos ningún libro muerto, cuando un ejemplar se agota lo volvemos a editar. También hemos querido desmitificar la manipulación de los media y la propia historia, porque la historia siempre se ha escrito desde el poder. A este respecto nos cabe el honor de haber dado a conocer en Europa “La otra historia de Estados Unidos”, de Howard Zinn, hace ocho años. Hace dos años una editorial francesa anarquista muy interesante se animó a editarlo y ya le han dado dos premios oficiales, además de haberle dedicado muchas críticas. A nuestro libro apenas le han dedicado críticas. Nuestra edición se ha impuesto, porque ya vamos por la cuarta, pero se ha impuesto gracias al boca a boca, a la gente. También considero que tenemos un catálogo muy bueno que está vivo, tenemos muchos pedidos a través de Internet, el 50% de las ventas concretamente. Y la gente nos conoce mucho más que antes. Pienso que es el momento de las pequeñas editoriales. Que con pequeñas editoriales se puede hacer una red de publicaciones muy interesante. En Estados Unidos existen infinidad de pequeñas editoriales, y lo mismo ocurre en Europa y Canadá. Me interesa mucho entrar en contacto con esa gente.

Hiru ha llegado a publicar una novela de Sadam Hussein.

Se trata de “Zabiba y el Rey”, una novela que Sadam Hussein escribió con el seudónimo de Mohamed Alsaqar. Una vez, estando en Irak, alguien se acercó y me ofreció un libro de Hussein, y yo decidí publicarla. Tengo otra novela suya mucho más larga. Se ha mitificado hasta tal punto la figura de Hussein que me pareció enriquecedor sacar a la luz ésta, su otra cara, y desmitificar un poco lo que todos sabemos de él. Pronto saldrán publicadas tres obras de otros escritores iraquíes que hemos querido editar como muestra de solidaridad con su pueblo.

¿Qué proyectos tiene entre manos Eva Forest?

A través de la editorial siempre estoy pensando en cuándo podré publicar mis cosas y nunca encuentro espacio. Este año, por ejemplo, me encantaría publicar tres o cuatro cosas mías que tengo guardadas desde hace tiempo. Cuentos y novelas, todo lo que no considero literatura de urgencia. Para mí la literatura de urgencia es aquella que tiene que difundirse porque transmite algo importante o que acaba de ocurrir. Y mis trabajos ya empiezan a ser urgentes. Guardo, por ejemplo, una obra de teatro sobre la tortura que me encantaría publicar.

¿Cuál es la fórmula para compaginar tantas actividades a la vez?

Es la propia actividad la que facilita que haga muchas cosas. Pienso que todo tiene que ver con todo; que tener una actividad en la cocina es muy enriquecedor para llevar a cabo otras cosas. Siempre he pensado que si las mujeres que vienen de una cultura tradicional hubieran tenido la oportunidad de estudiar, de dar el salto estarían muy preparadas, porque tienen un conocimiento sensible de la vida. Opino que se pueden aprender muchas cosas en todas partes. Me encanta, por ejemplo, acudir a la feria a vender libros. Escuchar opiniones, hablar con los lectores, fijarme en cómo la gente se detiene a mirar los libros y los ojea. Todos estos conocimientos son muy enriquecedores para mí. Te hacen perder tiempo pero ganas infinitamente en intensidad. No puedo dejar de tener muchas actividades simultáneamente, a veces desborda, pero siempre he actuado así. Estudié psiquiatría en un momento muy duro y en aquella época me parecía una disciplina ineficaz. Tuve una crisis y lo dejé. Pero en aquel momento yo no tenía capacidad política para darme cuenta de que lo que iba mal era la propia psiquiatría y no yo. Luego me interesó la sociología y más tarde la política.

Eva Forest

Nació en Barcelona en el año 1928. Su padre, anarquista, consideraba la escuela como una institución represiva; así que los primeros estudios los hizo “por libre”. Cursó la carrera de Medicina en Madrid y durante este tiempo trabajó en el departamento de Psiquiatría del Hospital Provincial, donde fue compañera de Luis Martín Santos y de Carlos Castilla del Pino. Los sábados acudían a la “Universidad libre de Gambrinus”, una tertulia que, en aquellos momentos, fue muy importante para su formación.

En 1955 conoció al escritor Alfonso Sastre, con el que tuvo tres hijos. Tiene tres nietos. En 1962, durante las grandes huelgas de los mineros asturianos, por solidarizarse con ellos, estuvo presa con su hija de tres meses. En 1966 viajó a Cuba y vivió cuatro meses en una granja de Sierra Maestra grabando la vida de los campesinos, material que daría lugar a un voluminoso libro que prohibió la censura. A su regreso, con otros compañeros, creó el Comité de Solidaridad con Vietnam. Editaron un boletín clandestino de noticias: “Información”, que circuló con regularidad durante años, y “Estado de Excepción”, hoja informativa que llegó a alcanzar una gran popularidad. Durante el proceso de Burgos creó el Comité de Solidaridad con Euskadi. En 1974, bajo la acusación de colaborar con ETA, fue detenida y pasó tres años en prisión preventiva. El juicio nunca llegó a celebrarse y salió en libertad en 1977. Desde entonces vive en Hondarribia donde sigue ocupándose, ahora en democracia, de denunciar la tortura y la represión en general. Dirige la editorial Hiru y colabora con varios organismos internacionales relacionados con los Derechos Humanos. Ha publicado numerosos artículos, ensayos y varios libros relacionados con este tema. Algunas de sus obras han sido traducidas a más de una docena de idiomas.

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Entrevista a Eva Forest, editora:

Jennifer Piñero Roig de La Jiribilla|13-02-2005 11:50

 Tener claros los principios

Democracia, negocio editorial, manipulación informativa, lectura de entretenimiento o de reflexión, son términos polémicos sobre los que hay mucho por decir, Eva Forest, directora de la Editorial Hiru, en el País Vasco, sostiene criterios muy propios dentro de la avalancha de opiniones.

Escritora, compañera de vida del destacado intelectual español Alfonso Sastre, ha elegido una postura nada cómoda de enfrentamiento a los dogmas tradicionales de la sociedad capitalista. Fundó una editorial en condiciones desventajosas, una empresa pequeña y prácticamente familiar, que ha sacado adelante sin plegarse ante los obstáculos de un mundo cada vez más comercial.

De visita en la XIV Feria Internacional del Libro de La Habana, en los escasos intervalos de tiempo disponibles entre un evento y otro, conversó sobre sus pensamientos, sobre los ejes rectores de la Editorial Hiru, sobre el panorama general del mercado del libro.

La lectura se ha convertido en una industria, el libro es un artículo negociable. ¿Cuál es el concepto que la Editorial Hiru sostiene en medio de estas circunstancias?

Nosotros, desde el principio, tuvimos claro algo que es fundamental: nuestro objetivo no sería tener un negocio con el cual ganar dinero, sino tratar de implementar una buena editorial. Seleccionaríamos cosas interesantes, que, naturalmente, deseábamos se vendieran y tuvieran ganancias, para poder continuar. Pero no iba más allá. Desde el inicio eso estuvo muy claro. El objetivo no era ganar dinero.

Creo que eso nos aclaró mucho el camino. Con un proyecto que es así de inicio, es muy difícil abrirse camino. Y nosotras no teníamos mucho dinero. Éramos tres mujeres y cada una puso 150 mil pesetas, lo que costaba el abogado. Económicamente, tuvimos que plantearnos cómo íbamos a hacer. Teníamos una gran ventaja: no tendríamos que pagar los derechos de publicación de Alfonso Sastre, uno de los autores más importantes con que contábamos. Lo otro era estudiar cuidadosamente cada obra que pretendiéramos publicar.

Luego, decidimos presentarnos a todas las ayudas que pudiéramos obtener del Estado, pero teniendo muy claro que si no las recibíamos, íbamos a seguir.

Estaba el asunto de la propaganda. Pensábamos cómo, dentro de las modestas posibilidades de nuestro proyecto, podríamos hacer la promoción, colocarla y venderla. Ya ahí entraban distintos factores.

Económicamente partimos así, y fue una verdadera aventura.

Otra circunstancia que pesó desde el principio, y creo ha sido una de las cosas que nos ha salvado, es que no nos hemos especializado. Somos una editorial muy abierta, con una ideología clara: los libros tienen que ser enriquecedores, pero no en sentido monetario, sino cultural, político, libros complejos que no se encuentren fácilmente en el mercado. Obras, por tanto, con las que se corre un riesgo, considerados por las grandes editoriales como poco rentables. Es que realmente no dan mucho dinero, pero sí son muy gratificantes.

¿Cómo se insertó Hiru entre la competencia de las grandes editoriales?

Como ya dije, tener claro lo que queríamos publicar. Lo otro fue vencer las muchas dificultades que fueron apareciendo por el camino. Hemos aprendido mucho en estos años. La editorial se ha complejizado, cuenta con más colecciones, más libros.

Algo muy interesante ha sido la relación con los distribuidores. Con los distribuidores siempre se enfrentan conflictos, por eso hemos intentado evadir a los tradicionales. Para ello hemos empleado a los distribuidores alternativos, lo cual, pienso, fue un gran acierto. Utilizamos a los pequeños grupos, que se desplazaban con facilidad y se situaban en ferias, festivales y otros eventos. Con esa gente sucedía que tenían buen público, pero siempre arrastraban problemas de dinero. Y como si demoraban el pago era posible que ya no lo hicieran, afectándonos a nosotros, llegamos al acuerdo, satisfactorio para ambas partes, de dejárselos muy baratos, concederles un gran descuento, pero que pagaran al contado.

Internet vino a ser otro elemento de vital importancia en la distribución, puedo decir que fue un salto muy grande. Desde que decidimos hacer la página web, que la confeccionó una de nosotras, empezaron a llegar solicitudes a través de esa vía. Según aumentábamos la colección, veíamos crecer el público.

Ha llegado el momento hoy en que más del 50% de las ventas se realizan por Internet. Eso es fundamental, porque ha contribuido también a eliminar los distribuidores. O sea, un 50% se vende en la Red y más de la otra mitad sale a través de los distribuidores alternativos.

No dependemos de los tradicionales, los que sirven principalmente a las grandes librerías, que quieren ventajas económicas, como dejarles los libros en depósito sin pagarlos. Nosotros nos hemos quedado con solo cuatro de estos grandes distribuidores tradicionales ―lo que es muy poco para una editorial― y estas son personas que han entendido que nuestros libros son buenos y nuestra política es distinta.

¿Cuáles son las temáticas más recurrentes en Hiru, y qué autores son los de mayor presencia en la Editorial?

La selección se fue haciendo sola. Habíamos empezado con el teatro, por cuestiones económicas. Inmediatamente después publicamos aquellos libros que más fácilmente conseguíamos, a la vez que eran interesantes. Tuvimos ―no se puede decir suerte― porque la selección la hicimos nosotras, pero sí cayeron en nuestras manos obras realmente atractivas. La suerte estuvo en que bien podían los autores negarnos los derechos de publicación.

Por ejemplo, publicamos El juego de la mentira, de Michel Collon. Un libro que se interna en los vericuetos de la situación en Yugoslavia, de las motivaciones e intereses ocultos tras la superficie. La primera edición se agotó rápido. Vimos el éxito que tuvo y continuamos publicando libros que abordaban la manipulación informativa. Fueron materiales muy pedidos, que se vendían.

Otro es el de Jacques Pauwels, que ahora se acaba de publicar en Cuba, El mito de la guerra buena. Uno en particular que cayó en nuestras manos y que nadie tenía interés en publicarlo era La otra historia de los Estados Unidos, de Howard Zinn. Lo publicamos muy pronto, a los pocos años de estar abierta la editorial. Era una obra muy voluminosa, y para nosotros significaba mucho dinero. Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para publicarlo y se vendió muy poco; el problema es que tampoco teníamos dinero para la propaganda, y además Zinn era desconocido en Europa.

Vendíamos poco a poco, pero cada vez más. Ya va por la quinta edición el de Zinn, es un libro que ya se pide muchísimo, pero su demanda creció lentamente. Esta es otra característica de nuestra editorial. Nunca hemos tenido, o muy pocas veces, un libro que haya sido un bestseller rápido. Los libros que publicamos son sólidos, y poco a poco, boca a boca, se van dando a conocer. Tampoco hoy nos valemos de la publicidad. La gente se lo va diciendo y cada vez se pide más. Este mismo libro, en la vida ha tenido una crítica en España. Y en El País, el año pasado, colocaron una página entera dedicada a La otra historia de los Estados Unidos, que se había editado estupendamente en Francia, y es que a los editores franceses se la habíamos dado nosotros. Y el comentario de El País resaltaba a los franceses, pero nos ignoraba por completo. A ellos le han dado ya tres premios y nosotros hemos pasado desapercibidos.

Otro libro complicado fue La estética de la resistencia, de Peter Weiss. Un libro fabuloso, en Italia se ha hecho las traducciones con el dinero del Estado, en Francia también. Cuando lo publicamos, yo estaba enfadada con los grandes medios de prensa, por tantas ocasiones que les había enviado las obras y ellos jamás habían emitido una crítica sobre estas. De pronto, aparecieron en el ABC tres páginas y la portada dedicada a este libro; en El País, una página; y el director de El Mundo me llamó personalmente para reclamarme que no le había mandado ningún ejemplar. Les respondí que durante años lo hice y ellos no se inmutaron, así que ya no enviaba nada.

¿Ha incluido títulos de autores cubanos en Hiru?

De momento, uno. Una colección de cuentos que ganó el Premio Carpentier 2003. Los malditos se reúnen, de David Mitrani.

¿Cómo ve usted la cobertura de los medios de prensa españoles a la literatura cubana?

La literatura cubana, si trata de atacar a la Revolución, o el escritor da una imagen terrible de la Revolución, o algo por el estilo, es muy favorecido.

¿Y el resto de los autores, los que permanecen aquí y escriben de otras temáticas, digamos más literarias, menos políticas?

Es que la literatura normal, no sé hasta qué medida se esté publicando allá porque los libros que se publican aquí, en Cuba, allá no llegan. Luego, de los libros que las editoriales compren y publiquen, no sé. Sí sé que se le da mucha atención a la literatura de oposición.

¿Es posible en España acceder a la literatura cubana? ¿Se pueden encontrar libros de escritores cubanos en España, pero que estén en Cuba, que no se hayan ido?

Sí. Depende. Se sigue mucho el criterio de los clásicos. Lezama Lima, Carpentier, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz, esos sí.

¿Y los contemporáneos?

No lo sé. Por ejemplo, a lo que son ficciones, le hemos sacado un espacio, porque hemos visto que era necesario hacerlo dentro de la editorial. Pero no he seguido la cuestión. No sé cómo las demás editoriales tratan el tema de la literatura cubana.

¿Qué es prioritario para la Editorial Hiru, un autor clásico de ventas aseguradas, un autor de moda, o una joven que tiene una propuesta interesante pero experimental, y que no se cuenta con su éxito?

Para nosotros lo fundamental es, independientemente de que el autor sea clásico, moderno o joven, que tenga calidad. Mejor si es nuevo, pero lo primero es la calidad. También seleccionamos su obra por cómo pueda incidir en el entorno, incidir no de una manera estrecha, solamente social o política, sino en la medida que pueda aportar algo nuevo en un sentido creativo. Si hallamos una cosa experimental buena, ese puede ser el libro. Y si lo que encontramos es uno de agitación bueno, o un testimonio que aporte información sobre lo que está ocurriendo, pues esos pueden ser publicables también. Nuestra política editorial es publicar cosas muy amplias, pero que incidan en la sociedad y que aporten, que nos sitúen a la altura del momento.

Si cae en nuestras manos un trabajo sobre un experimento interesante, lo vamos a publicar, lo haya escrito quien lo haya escrito; si es un clásico que toca un tema que probablemente muestre un paralelismo con algo que ocurra en el momento, pues lo editamos. A lo mejor publicamos, una Medea, porque puede ser interesante una puesta al día de Medea. Ese es un poco el criterio.

Usted ha dicho que Hiru vende muchos de sus libros a través de Internet. Actualmente son muchas las vías de acceso al libro. Además de la Red, están los supermercados. La oferta se sitúa hoy fuera de aquellos lugares sagrados llamados librerías. ¿No le preocupa que de esta manera el lector tenga demasiado acceso a mucha literatura fácil, y que se vicie su gusto?

Según la experiencia, eso ocurre generalmente dentro de los grandes espacios de venta. Cuando la gente va al supermercado a comprar comida, y a la vez coge un libro, muchas veces no tiene un criterio de selección. Elige tal cual se lo han preparado allí. Sin embargo, nuestra experiencia por Internet es diferente. Sea por una razón u otra ―a lo mejor porque Internet todavía está muy limitada a gente de determinado nivel cultural y con acceso a la tecnología― el público que compra a través de Internet, selecciona muy bien. Como nuestra página web muestra el catálogo completo, y es muy diverso, muchas veces sucede que alguien interesado por determinada obra, halla otras que también le atraen. Una persona pretende adquirir algo de teatro, y va a la colección Skene, también observa los demás ejemplares, que pueden parecerle interesantes.

Entonces, por el mecanismo que sea, se no compra al azar. De hecho, guardamos una colección de cartas llegadas vía e-mail, la cual nos parece útil para la historia de la Editorial, porque además de encargar libros, dicen palabras que pueden ser de aliento, o sugerencias como: “es magnífica la labor que están haciendo”, “sigan así, es estupendo lo que hacen”, “he encontrado en tal sitio un título que sería bueno que ustedes reeditaran, que se agotó en los años 30”, “amigablemente queremos decirles que en tal página hay una errata”. Se lo toman como si fuéramos una editorial estatal, oficial.

Esto es muy peculiar. Es un tipo de lector nuevo, se le podría denominar participativo. A la vez que te pide libros, te aconseja y te da noticias. Eso enriquece nuestro trabajo. Es gente que participa de una manera muy cercana.

¿Se puede practicar la resistencia desde las editoriales? Me refiero a la resistencia a la cultura globalizada, que intentan imponer para homogeneizar a la población y aniquilar las culturas locales.

Dentro de lo que es la lucha política, poco puede hacer una editorial. Lo mismo que un poeta, un escritor. Pero en lo que es, digamos, la zona más limitada dentro de lo cultural, sí se puede ejercer una resistencia importante desde una editorial.

Aunque primero deben sentarse las bases para poderla ejercer. Es decir, una editorial tiene que ser lo más libre posible. Nunca se logra totalmente, porque en una sociedad capitalista nunca se es libre. Pero es importante serlo en la mayor medida posible para poder trabajar. En ese sentido, la independencia se la tiene que ganar. Por tanto, una editorial tiene que tratar de ser lo más autónoma posible. Y, ¿qué es lo que te puede atar? Lo económico. Claro, siempre hablo dentro del sistema capitalista, porque es dentro de él que yo me muevo. Si pido una ayuda estatal, esta ayuda me condicionará. Quizás la primera vez ellos caigan por descuido, y me la den para publicar un libro que puede no interesarles. Pero a la segunda ocasión no ocurrirá lo mismo. No otorgarán la ayuda.

¿Qué hacer frente a eso? Nosotros decidimos desde el primer momento pedir todas las ayudas posibles, lo mismo nacionales que internacionales. Siempre y cuando ello no nos condicionara a qué publicar. Si pedimos una ayuda y no nos la dan, ese libro se publicará igualmente.

Es importante tener claro hacia dónde se quiere ir. Eso nos ha ayudado. Sabemos que los libros que publicamos no se venderán tanto, por lo tanto tampoco los publicarán muchas editoriales.

Entonces, si se tiene escaparate, las cosas fluyen mejor. La gente ve repetirse los títulos de una librería a otra, de una editorial a otra, y cuando aparecemos nosotros con una propuesta diferente, pues nos hace más caso. El escaparate es fundamental. Lo que ha ocurrido es que nuestro escaparate es Internet.

Luego, no todo el mundo vende bien por Internet. En el caso de nosotros, el público ya sabe que nuestro catálogo incluye sólo determinadas cosas, de un sentido ideológico específico. Eso explica que vendamos por Internet más que otras editoriales.

Durante muchos años, hemos visto editoriales pequeñas que se han puesto a trabajar –como editoriales pequeñas a lo mejor tienen muchos logros de diferentes maneras– pero sin una ideología clara de lo que quieren hacer. Se montan a imagen y semejanza de las grandes editoriales, entran en la competencia, privilegian el concepto de la ganancia monetaria y hacen concesiones con los temas que pueden ser muy populares pero no tan buenos. Nosotros nunca vamos a entrar en ese tipo de competitividad. Nunca editaremos algo que no nos guste por ganar dinero. Tampoco permitiremos que un escritor se pague su libro –práctica común entre las pequeñas editoriales, y también entre las grandes, cuando el autor no es tan conocido. Pensamos que debemos pagarle bien al autor. De ser posible, y estamos intentándolo, pagarles más del 10%. También hay que buscar buenos traductores. La cuestión es hacer cosas de calidad. Eso hace que la editorial se autofinancie. Aunque nunca hagamos grandes fortunas, sí podremos hasta hacer gestos de solidaridad, como acabamos ahora que hemos editado unos libros sobre Iraq.

En su opinión, ¿el libro debe ser fuente de entretenimiento o de pensamiento y reflexión?

Hay una gama muy amplia de libros que pueden hacer aportaciones muy enriquecedoras. Libros no faltan, lo que falta es capacidad económica para publicarlos. Creo que si dispusiéramos de un instrumental importante, si Hiru, en lugar de ser una pequeña editorial, modesta, sin recursos económicos, siempre en la cuerda floja, estuviera apoyada por un Estado o un gobierno, eso sería lo ideal. Es lo que pasa aquí, en Cuba, hay un apoyo estatal. Eso es importante. Con eso se garantiza que no te mueras de hambre, que se siga, que no se hunda. Aún así, creo que es necesaria la experiencia en una sociedad capitalista, hacer lo que nosotros es una aventura en la que se corren muchos riesgos, pero merecen la pena. Es una aventura, pero no tan peligrosa como para que uno muera en el intento. Sin embargo, solamente con arriesgarse, se puede mantener una verdadera independencia y conseguir publicar lo que uno quiere, aunque cueste difundirlo.

Lo que pienso que no se puede es a medias tintas. Si buscas ayuda y te adaptas, si pactas con el enemigo; cuando se comienza a negociar, a ponerse en esa línea intermedia en que no está claro qué se hará, llega el momento en que sucumbes. Casi seguro que sucumbes.

En general, creo que un buen libro contribuye, de alguna manera, al enriquecimiento de uno. Aunque sea solo como divertimento, si es un buen libro, está cumpliendo una función válida. Produce placer, que es muy importante para la vida humana. Pero, si además te hace pensar, pues cumple otra función también importante. Si es crítico, aún mejor.

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