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Discusiones bizantinas
Este dicho tiene su origen en las interminables controversias teoló­gicas de los cristianos del Imperio Bizantino en la Edad Media.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 18-12-2009 a las 11:48 | 514 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/discusiones-bizantinas

sobre el sexo de los ángeles o sobre si la luz del monte Tabor en la resu­rrección de Jesucristo era creada o in­creada, o sobre la naturaleza humana o divina del Salvador o la conveniencia de emplear repre­sentaciones antropomórficas. La cosa no hubiese trascendido,  de no ser porque los debates se produjeron cuando los turcos estaban a punto de conquistar Constantinopla y los eruditos de Bizancio, en lugar de dar prioridad a pensar en cómo defenderse de los enemi­gos perdían el tiempo en discusiones angelicales. La expresión “dis­cusión bizantina” se utiliza hoy para ridiculizar las discusiones in­trascendentes y ociosas de las personas que no tienen en cuenta los problemas reales y acuciantes.

  Y cuando el planeta se nos viene abajo por el de­rretimiento de los po­los y todo apunta a una hecatombe si no se toman seve­ras y urgentes medidas, bizantina es la polémica interminable en este país sobre muchas co­sas inacabables. Por ejemplo, es tan bizantino como asombroso  a estas  alturas de la Historia que dos naciones soberanas -Alema­nia y Austria-, hablando el mismo idioma, sean absolutamente independientes la una de la otra, y que en este necio país a lo largo de los 31 años de democracia corran tantos ríos de san­gre en uno de sus territo­rios, y ríos de tinta acerca de la identidad de los otros dos hablando el territo­rio en cuestión un idioma bien diferente del que habla el Es­tado que los retiene. Se comprende que me estoy refiriendo a Euz­kadi, a Catalunya y a Ga­liza.

  Porque  no sólo  los políticos y  los juristas, también los intelectua­les de más o menos fuste y los politólogos, como aquellos bizantinos de la Edad Media, se dedican a desmenuzar términos y palabras cuyos significados son tan próximos entre sí que sólo di­fieren en la medida que los amantes de buscar tres pies al gato se obstinen en que difieran.

  Es cuanto menos de una ridiculez espan­tosa carecer de amplitud de miras en cuestiones como ésta. Ridiculez que pone en eviden­cia hasta qué punto la inteligencia de los humanos, y más si son hispa­nos, deja tanto que desear en cuanto prescindimos de los ge­nios y sus genialidades.

Porque ¿no veis paralelismos muy ajustados en estas contiendas retóri­cas entre los partidos mayoritarios (que siguen empeñados en Una, Grande y Libre, como definía el franquismo a España como feudo) y los "nacionalistas" de los territorios singulares que no están dispuestos a renunciar a la empresa de quitarse de encima la bota de aquellos reclamando toda la soberanía? ¿Acaso esa resisten­cia no es, por una ley física, la fuerza centrífuga de la misma in­tensidad que la centrípeta ejercida por los gobier­nos centrales que se van suce­diendo que cuenta con el refuerzo de los políti­cos que se embos­can  y toman  la apa­riencia de juez y magis­trado?

  ¿No es bochornoso e infantil que todo el rifirrafe del Estatut confron­tado con la Constitución gravite en torno a los conceptos "na­ción" y "nacionalidad", y a la resistencia de los centralistas a recono­cer los símbolos nacionales -la bandera, la fiesta y el himno- de Cata­lunya, como dice el art. 1º del Estatut?

  Como aquí no hay más remedio que ser rotundos para zanjar las discusiones bizantinas elevadas al altar de la solemnidad, lo que debe ser España, y cuanto antes, ya que la parte que tiene el dinero, el poder y las armas no quiere otras razonables soluciones sobre el asunto es, un Estado Fede­ral. Luego ya se irá viendo en qué medida a los Estados que lo configuran les inter­esa o no participar del mismo o existir como Estados absolutamente independientes. A esto se le llama Libertad, y no a las pantomimas que los expertos en ellas nos obligan a presenciar un día tras otro hasta el tedio y la indigna­ción porque no hacen más que ofender a la inteligencia de todos; pero especialmente de los que, mayores de edad para gobernarse a sí mismo, desean la indepen­dencia pues no sopor­tan a los menguados, a los cortos de miras y a los necios que les quieren man­gonear.

 
 
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