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Lo que se dice y lo que se hace. Segunda respuesta a José Iglesias

Leo (y lo leo entero, pese a lo que se afirma en el mismo), en Kaosenlared (24 agosto) un artículo titulado “Si no puedes hacer mal (o bien), no molestes al que lo hace (Respuesta a Tito Morano)”
Tito Morano | Para Kaos en la Red | 26-8-2008 | 575 lecturas | 3 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/dice-hace-segunda-respuesta-jose-iglesias
Leo (y lo leo entero, pese a lo que se afirma en el mismo), en  Kaosenlared el día 24 de agosto un artículo titulado “Si no puedes hacer mal (o bien), no molestes al que lo hace (Respuesta a Tito Morano)”. Es, como cualquiera puede imaginar, una respuesta a un previo artículo mío que, a su vez contestaba a otra previa reflexión del autor sobre (entre otras cuestiones) la visita de Hugo Chávez al estado español. Creo que es preceptivo puntualizar algunas afirmaciones, no por bizantinismo ni por amor al género epistolar, sino para afrontar francamente un debate que los movimientos de emancipación a escala global deben tener más temprano que tarde: cuáles son los métodos y las actividades que deben llevar a cabo los revolucionarios para al destrucción del capitalismo en el mundo unipolar y su sustitución por un sistema de justicia social y democracia directa: el socialismo (que será del Siglo XXI, obviamente, y no del XIX o del XIV).

En ningún caso ha pretendido negar el derecho de nadie a criticar o manifestar libremente su opinión sobre cualesquiera cuestiones políticas. Pero debe quedar claro que, cuando alguien expone su opinión en una tribuna pública (física o virtual, lo mismo da) se expone a la contradicción, a la crítica, a la oposición a los argumentos esgrimidos. Es sólo mediante este método (que por cierto, se parece bastante a lo que los “antiguos” llamaban dialéctica) como podremos acercarnos a aprehender la realidad material con el objetivo de transformarla. Y, en este sentido, no puedo sino volver a oponerme con firmeza a los argumentos de mi estimado oponente (en esta discusión y no en nuestros objetivos).

En primer lugar me sorprende que se asimile el proverbio latino que encabeza mi disertación con una afirmación de un patricio o un amo romano que pretende negar el potencial emancipador de su siervo o su criado. Más bien es lo que le diría Espartaco a su compañero gladiador que le negaba la posibilidad de llevar a cabo una sublevación contra el poder esclavista y posteriormente le criticaba cuando la llevó a cabo porque no se asemejaba al planteamiento ideal (ese residuo platónico que tanto daño ha hecho) que tenía en la cabeza. Y por lo demás era una frase muy usada por Ernesto Guevara para contestar a los planteamientos de los prosoviéticos estrictos (la famosísima Academia de las Ciencias de Moscú) que negaban la posibilidad, dadas las condiciones objetivas, de llevar a cabo una revolución socialista en Latinoamérica.

Y sin más, con el objeto de facilitar la comprensión de la respuesta, paso a analizar las objeciones que se plantean a mi anterior artículo:

Como primer punto es obvio que no se puede considerar en el mismo plano de análisis a una persona que realiza una disertación sobre la actitud de un líder revolucionario y a ese líder revolucionario mismo. No es a esto lo que se refiere el traído y llevado refrán sino a la postura, muy repetida entre los movimientos políticos europeos, de menospreciar, desde una correlación de fuerzas infinitamente más desfavorable, los procesos reales de emancipación latinoamericana a favor de unos procesos ideales (y, por tanto, no reales ni realizables) que son el molde planteado para el “cómo se hace” una revolución. Esto es sangrante cuando no son (somos) capaces de plantear una lucha emancipadora que pueda ni mirar a distancia el proceso bolivariano (que no es sólo venezolano, sino continental). En lugar de apoyarnos en ellos y usarlos como eslabón de apoyo en nuestra propia lucha antisistémica nos ponemos las gafas de “juzgar revoluciones” y sacamos punta a una u otra circunstancia marginal para poner en solfa todos los logros obtenidos. Y, cuidado, no estoy afirmando que no se pueda practicar el sano arte de la crítica, pero si esta es imponderada (da más valor a lo simbólico que a lo profundo) estorba y oculta más que aclara y construye. Por ello, criticar a Chávez por lo que dice y no por lo que hace quiere decir dos cosas: o no se tiene ninguna crítica a lo que hace (a las transformaciones reales que ha sufrido la sociedad venezolana) o no se tiene ni idea de lo que hace

Por otro lado, considerar a Hugo Chávez como uno entre “los poderosos del mundo”, estando como está el percal, es, cuanto menos, curioso. Chávez, un presidente de un estado del mundo no desarrollado que ni siquiera tiene de su parte a su aparato del estado (¿es necesario recordar cómo funciona el poder judicial en Venezuela?), cuando negocia, por ejemplo, con Repsol, lo hace como parte débil. No podemos olvidar que las grandes multinacionales (incluso Repsol, una de segundo orden y de un imperialismo dependiente como el español) acumulan más poder que cualquier estado del mundo.

Y no puedo sino rebelarme cuando un europeo llama colonialista a Chávez. Esto, con todos los respetos, es un grave insulto. Colonialista es el estado español (que no hemos podido derribar, mal que nos pese) y colonialismo es lo que aplican (con formas renovadas, eso sí) las multinacionales españolas en América Latina. Y el bolivarianismo es, precisamente, la última expresión política de la lucha de los pueblos de América Latina contra el colonialismo. No sé por qué raro artificio mental la víctima se convierte en agresor. Si al señor Iglesias le molesta una presunta desconsideración (que se basa sólo en circunstancias simbólicas, no de fondo, esto no lo olvidemos) de Hugo Chávez, cabeza visible de un movimiento emancipador real y existente, hacia los movimientos transformadores del estado español imagínense lo que debe pensar un revolucionario latinoamericano de la desconsideración que el propio señor Iglesias, miembro (como yo mismo) de un movimiento emancipador todavía en pañales, cuando llama colonialista y bocazas al presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Precisamente por esta desconsideración me vi obligado a contestar al estimado amigo Iglesias ¿No nos gustan los modales de Chávez? Preferiríamos a un blanquito educado en Harvard o Yale, pero tenemos un líder popular proveniente de las clases desfavorecidas y medio indígena. Qué le vamos a hacer.
 
Porque Chávez no le ha “lamido el culo” (qué virulencia verbal) a nadie. Simplemente ha realizado gestos diplomáticos tendentes a normalizar las relaciones de Venezuela con uno de sus potenciales clientes en la compra de petróleo, venta que tiene que mantener e incluso impulsar si quiere garantizar la obtención de los recursos necesarios para el cambio social. Nada más. Y lo ha tenido que hacer (y en esto me reafirmo) porque él y Daniel Ortega le dijeron a la cara y en un acto público a Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias unas cuantas verdades. Y en esto han sido pioneros porque ni los carlistas (que se pasaron un siglo apoyando a otros Borbones), ni los republicanos, ni los comuneros (que nunca coincidieron con los Borbones), se habían enfrentado cara a cara a ningún Borbón. Hicieron otras cosas, más importantes, porque fueron al fondo y no a la forma, pero si de política simbólica hablamos, es necesario contar la película entera y no sólo lo que nos viene en ella.
 
Dice el señor Iglesias que el proceso bolivariano es “socialista desde arriba, cesarista, vertical”, pero después no encuentro en todo su artículo una justificación que argumente y desarrolle esta cuestión. A simple vista creo que el señor Iglesias, con todos los respetos, desconoce o tiene una idea distorsionada de la realidad a pie de calle en Venezuela. Basta pasearse por cualquier barrio (entendido como se hace en Venezuela, no en su acepción occidental) de Caracas para comprender que el movimiento emancipador venezolano se basa en la autoorganización de los sectores populares. Los dos eslabones fundamentales de la nueva organización política de esto que se llama Socialismo del Siglo XXI (que sí tiene un significado concreto y real, pese a que no se quiera ver) son los consejos comunales y los consejos socialistas de trabajadores y trabajadoras. Esta realidad, cotidiana en Venezuela, es desconocida por muchos analistas europeos. A estas instituciones el gobierno (controlado por el movimiento revolucionario, porque en cualquier otro estado esto sería imposible) les ha dotado de recursos y competencias, hasta controlan entidades de crédito (los bancos comunales) y tienen funciones de controloría social (esa crítica permanente al poder que tan importante es y a la que tanta importancia da el señor Iglesias). La ley de Consejos Socialistas de Trabajadores y Trabajadoras prevé el proceso legal para que la gestión de empresas quebradas pase al consejo obrero y su titularidad al estado. Igualito, igualito que en cualquier otro país del mundo.
 
Porque no fue ningún “El Partido” el que encumbró a Chávez al poder, sino un conjunto de movimientos sociales y políticos estructurados desde la campaña para el indulto de Chávez y que son los verdaderos protagonistas de la Revolución Bolivariana, los que han sido esenciales para que el proyecto no se detuviera en ninguno de sus avances sino que tendiera a la profundización. Confundir churras con merinas y asociar críticas a otros modelos, otros tiempos y otros lugares con la realidad latinoamericana del presente es un método fácil para realizar una crítica sin entrar en el fondo de la situación que estamos analizando, que si tiene puntos débiles (que los tiene, no lo niego), están en otro lugar.
 
Por otro lado me sorprende una cierta interpretación que se le da a mis palabras. La necesidad de colocar el petróleo en los mercados internacionales es una limitación, no para el desarrollo de los cambios estructurales que encaminan a Venezuela hacia el socialismo, sino para la actividad diplomática del gobierno venezolano. Son dos cosas distintas. Lo primero es falso y sería sólo una excusa para no realizar transformaciones más profundas, pero lo segundo es estrictamente cierto. Es cierto que para un activista del estado español sería bueno que Chávez le regalara los oídos (más de lo que lo ha hecho, porque lo gracioso del asunto es que Chávez se ha caracterizado precisamente por esto) atacando con virulencia a nuestros propios gobernantes pero, mire usted, yo aprecio y me alegra que Chávez anteponga el bienestar del pueblo venezolano a regalarme a mí los oídos.
 
Entrando más aún en las nueces que en el ruido, leo con interés los planteamientos de las posturas de Ernest Mandel sobre la categoría de capitalismo de Estado, asociada a los países del socialismo real (en su última época, puesto que en un principio los categorizó de acuerdo a la postura general de la IV Internacional, esgrimida por el propio Trotsky, que los calificaba de “estados obreros burocráticamente degenerados”), en coincidencia con la tradicional posición de The Militant y el SWP, que contaban con Toni Cliff como principal inspirador. Coincido plenamente con la positiva valoración de la obra del belga, pero creo que aparte de ser este uno de sus puntos más flojos (esto es, por supuesto, opinable), no es directamente aplicable al caso venezolano. Esta teoría nace dentro de la tradición trotskista para dar catalogar a los estados que no podían ser, desde su punto de vista, socialistas (aunque dirigentes de la IV como Michel Pablo pusieron esto en solfa) pero que tampoco encajaban en el esquema del capitalismo al uso. Lo que nunca quedó claro, a mi entender, es como podía ser socialista un estado que no estaba basado en la extracción de plusvalía ni tomaba las decisiones de producción en base a la búsqueda del beneficio individual (en el que no había, en resumen, capital). Otra cosa es que no se asemejara al modelo idealístico de socialismo manejado por los observadores, pero, más allá de sus enormes deficiencias, puede que el problema estuviera en la posibilidad real de que este modelo tomara cuerpo. La cosa no va de aplicar La Idea (que no existe más que en nuestras cabezas) a la realidad, sino a transformar la realidad desde la realidad misma (eso, tan olvidado últimamente, que solía ser el materialismo).
 
Sin embargo Venezuela no alcanza, para el estimado amigo José Iglesias, ni siquiera este rango de capitalismo de estado. Se trataría de un estado capitalista a secas, igual que los EEUU. Esto parece chocante porque la estructura política de ambos es bastante distinta, pero es algo usual cuando se realiza un abuso de las categorías. Las categorías científicas sirven para explicar la realidad y de ella deben nacer, pero si primero tenemos la categoría e intentamos después encajar con calzador la realidad en ella el resultado será oscurantista (y platónico, por otro lado). Porque, siendo cierto la pervivencia, e incluso el predominio (cada vez menor) de formas de producción y distribución capitalistas en Venezuela parece innegable que coexisten con estructuras de poder popular (como los ya citados consejos) e incluso de control obrero y democracia directa en las instituciones tradicionales. ¿Cómo encaja esto?
 
Hay otro concepto de la tradición marxista (en este caso un concepto gramsciano) denominado doble poder. Las formas de poder popular (que ya son más que contrapoderes) conviven en lucha con antiguas formas burguesas y se enfrentan a ellas hasta el momento en el que, tras una crisis orgánica, las primeras asumen la completa hegemonía social. En la Revolución Rusa esta situación de doble poder se dio desde Febrero a Octubre (según Gramsci y siguiendo a Lenin) hasta el momento en que los soviets eliminaron el poder de la Duma burguesa. ¿Está Venezuela en esta situación? Puede ser, pero no en exactamente la misma (no metamos realidades en conceptos con calzador), no vayamos a afirmar que Chávez es Kerensky y por lo tanto hay que derrocarle como hicieron los bolcheviques, porque pudiera ser que en esta situación de doble poder el ejecutivo lo controlaran las fuerzas revolucionarias. No lo sé. En cualquier caso hay que ir un poco más allá de afirmar que Venezuela es un estado capitalista y quedarse tan ancho.
 
Porque Venezuela, cuando vende su petróleo, no lo hace “organizándose como estado capitalista al uso”. Las explotaciones petroleras compartidas con Repsol o con cualquier otra compañía, como Petrobrás, conservan, como ya dije, una mayoría de participaciones estatales. Y este estado, en su forma de funcionar y tomar las decisiones (cualquier estudiante de derecho que lea la Constitución Venezolana vigente y la compare con, por ejemplo, la española, se quedará asombrado) no es un estado capitalista al uso. Y el carácter y la forma del estado son esenciales para ver si el hecho de que el sector público sea más o menos grande es o no favorable a la construcción del socialismo.
 
Y, el petróleo extraído (y aquí vemos como la necesidad de vender petróleo en los mercados internacionales vincula la actitud diplomática de Chávez, pero no su proyecto social) es patrimonio de los venezolanos porque es su derecho y además, en la práctica, por la utilización que se le da. Con él se han financiado: las misiones Robinson 1 y 2 (educación primaria y secundaria gratuita y universal) la misión Sucre (educación universitaria en las zonas rurales), la Simoncito (cuidado de niños pequeños para liberar a las mujeres venezolanas de estas tareas y permitirles una inserción social al mismo nivel que la población masculina) la Barrio Adentro (atención primaria sanitaria universal) o la Mercal (reparto de alimentos a precios más bajos que los de mercado), todas ellas fundamentadas en la autoorganización de las comunidades para su gestión, amén de otras medidas como el apoyo financiero a las cooperativas agrícolas fruto de la ocupación de fincas o la Universidad Bolivariana de Venezuela. Esto podría ser desarrollismo (y bienvenido sería) pero si lo combinamos con las medidas políticas de cambio en la toma de decisiones no es otra cosa que un incremento exponencial del poder popular, un paso en la construcción de un modelo socialista. Muchas nueces y poco ruido.
 
Venezuela no confisca el Banco Santander (más exactamente el Banco de Venezuela, perteneciente al grupo encabezado por el señor Botín) y se le critica. Antes la crítica era que no nacionalizaba y cuando nacionaliza que no confisca, por la vieja técnica del de qué se trata que me opongo (aun cuando se afirma que hay que confiscar sin previamente tomar el poder, cosa harto difícil). Si llegara a confiscar la crítica sería que ha permitido escapar vivos a los miembros del Consejo de Administración o vaya usted a saber qué. Pero pensemos en si la confiscación era posible, porque esto es una cuestión dependiente de la correlación de fuerzas sociales, más que de la voluntad de los revolucionarios. Habrá que ver si en el momento actual el estado venezolano puede acometer una medida y exponerse al enésimo enfrentamiento a cara de perro con el capital internacional o puede actuar tácticamente y privar al sector privado de un gran ámbito de inversión, valorización del capital y financiación, de forma que le permita atenuar el choque. No siempre lo más bruto es lo más adecuado ni lo más radical. La cuestión es que todos los recursos del Banco de Venezuela (con su correspondiente cuota de poder político) pasan de manos del señor Botín a manos públicas.
 
Y esto no es, como dice mi colega (por lo que veo es economista) el señor Iglesias, lo mismo que ocurre en cualquier estado capitalista. Porque el hecho de que los bancos emisores (que siguen siendo de titularidad estatal, aunque sean “independientes en su gestión”) sean públicos o se conserven participaciones en cajas de ahorros dista mucho de la situación, fuera de un estado de desastre o guerra, en los cuales un estado priva de una importante cuota de mercado al capital bancario. Si tan corriente es, me extraña que falten los ejemplos concretos. Porque es distinto conservar (y hace mucho que estamos en fase de privatizar) lo que ya se tenía que avanzar quitando terreno al sector privado. Esto, me reconocerá el lector y espero que el señor Iglesias, no se ve todos los días.
 
En cuanto a las críticas del señor Denis (se podrían haber tomado las de Orlando Chirino, el general Baduel o otros que eran “pro” y ahora son “contra”) las veo hermosas en la forma (como todo lo que escriben los miembros de su corriente política) pero echo en falta afirmaciones concretas. ¿Cuáles son esas medidas del gobierno de Venezuela  tendentes a la “conciliación con los sectores oligárquicos y la impunidad frente a sus crímenes conspirativos”? Lo desconozco. Gente como Danilo Anderson han dado su vida por hacer todo lo contrario. Porque la contradicción entre el capitalismo y el proceso está donde cualquiera que lo analice puede verla: en la virulenta oposición de los sectores oligárquicos contra el gobierno que lucha contra sus privilegios y para la cual han intentado un golpe de estado, varios cierres patronales y un llamamiento permanente a la intervención extranjera, todo ello frenado, dicho sea de paso, por el inmenso, consciente y estructurado movimiento popular venezolano. Curioso este estado capitalista que (más allá de las no argumentadas acusaciones del señor Denis) la oligarquía busca derribar a toda costa. Y esta ha sido la trágica realidad de un conflicto clasista como el que se vive en Venezuela en la última década, aunque haya gente que identifique a Chávez con la oligarquía. La propia oligarquía venezolana se reiría, y mucho, ante esta afirmación.
 
Por último no puedo sino fijarme en los tres paradigmas que el señor Iglesias contrapone al modelo bolivariano: los postulados de John Holloway, la experiencia zapatista (que son cosas distintas) y la renta básica. Empezaré por la última.
 
Agradezco al señor Iglesias la recomendación que me hace de su libro ¿Hay alternativas al capitalismo? La Renta Básica de los iguales. No lo conocía y pediría al señor Iglesias que especificara la editorial y el año de publicación para que todos los lectores de Kaosenlared y yo pudiéramos echarle un vistazo. Aunque quizás no lo haya hecho porque, respetando la posición del autor sobre la participación en los círculos mercantiles y comerciales capitalistas, este libro no haya sido publicado por editorial alguna ni distribuido en tiendas donde se extraiga plusvalía a sus trabajadores. ¿O quizás sí?
 
Hecha esta pequeña broma sin acritud (espero que se tome también sin acritud) entraré en el asunto de la renta básica. Me parece una propuesta interesante (aunque se le podrían plantear objeciones como la titularidad de la misma en base a la noción de ciudadanía, pasando de lado del conflicto de clases sociales), pero ciertamente veo un poco difícil adoptar esta medida renunciando, como hace el estimado amigo Iglesias, a tomar el poder. ¿O pretendemos que sean los propios gobiernos burgueses los que apliquen medidas como esta u otras del estilo, tipo tasa Tobin? Pues está claro que no lo harían, a menos que estas medidas no pongan realmente en solfa el orden capitalista que respaldan y representan, en cuyo caso no serían interesantes (o, aún siéndolo, no supondrían una alternativa al capitalismo, como sugiere el autor).
 
Con respecto al zapatismo, creo que hay que deslindarlo de la propuesta de Holloway, que pretende ser un comentarista del movimiento pero mete varias cosas de su cosecha en el análisis. La política del oxímorom (como la han calificado analistas muy reputados como Paco Fernández Buey, recogiendo unas palabras de Marcos) consistente en hacer la revolución sin tomar el poder puede funcionar en un sistema de signos o mensajes pero en su contraste con la realidad material cojean. Porque los zapatistas, en lo que han tenido de movimiento transformador, han tomado, efectivamente, el poder, controlando zonas enteras de Chiapas en las que el poder central del estado mexicano no ha entrado. Porque el poder no es sólo el poder del estado (que también).
 
Max Weber calificaba el poder como la capacidad de imponer la propia voluntad sobre la voluntad ajena. El renunciar a su toma implica que hay otro sujeto que impone su voluntad sobre la mía (sujetos individuales o colectivos) con lo cual mi voluntad revolucionaria no se llevará a efecto, con lo que la revolución será inexistente, puesto que aquél que tenía la capacidad de imponer la suya la mantiene (y esto es válido para la proposición de “destruir el poder” que es, en sí mismo, un acto de poder, de voluntad) Desde el punto de vista meramente lógico (de lógica formal, todo hay que decirlo) hacer la revolución sin tomar el poder no sólo imposible sino absurdo.
 
Lo que ocurre es que las afirmación de Holloway no se refieren a la toma de poder en abstracto, sino a la toma de una parcela concreta del poder: el poder del estado. Y en esto parece que Marcos y el zapatismo están de acuerdo, pues su trabajo sobre las conciencias (trabajo muy fructífero) y de visualización del movimiento indígena no se plantean como una parte del proceso de acumulación de fuerzas encaminada a la posterior toma del estado (para su transformación o para su destrucción, lo mismo da), sino que, según algunas formulaciones de Marcos, serían un fin en si mismo y operarían, por sí solas, el cambio social.
 
En esto no puedo sino disentir, puesto que creo que aún son válidas las conclusiones de Marx en su análisis de la experiencia de la Comuna de París, de que las fuerzas revolucionarias poco pueden hacer mientras el aparato estatal con todos sus mecanismos de represión física y dominación ideológica estén en manos del poder burgués, que es lo que ocurriría si se renuncia a la toma del poder del estado (para su transformación o destrucción directa, repito). Este debate se aleja del tema central de la discusión y daría para una reflexión profunda, pero en lo que no podemos caer es en la crítica descarnada a priori de aquellos procesos que no se corresponden con nuestro planteamiento (pues esto es idealismo y de la peor clase), es decir, porque mantengamos una posición previa sobre la toma del poder estatal, favorable u opuesta, no nos adentremos en vilipendiar a los zapatistas o a los bolivarianos que han optado por una u otra vía. Serán los resultados históricos y reales los que determinarán quién tenía razón.
 
Por otra parte me parece injusto comparar a uno y otro proceso contraponiéndolos como si fueran polos opuestos de un continuum (además, tienen más puntos en común de los que se adivinan a simple vista). Las realidades de unos y otros son diversas y sus objetivos tan inmensos y tan a largo plazo que todavía es pronto para juzgar sus resultados finales. Ambas tuvieron su pistoletazo de salida en 1998 (la insurrección zapatista y la elección presidencial de Chávez) y creo que, hasta el día de hoy, la toma del poder del estado (aún no culminada) por los bolivarianos les ha proporcionado unos instrumentos de transformación social de los que carecen, de momento, los zapatistas y esto se ha visto en los frutos obtenidos. Sin embargo, desde la Europa imperialista (de segundo orden, todo sea dicho) no podemos más que quitarnos el sombrero ante la lección de resistencia contra el poder imperial que unos y otros están dando al mundo.
 
Coincido, para terminar con la afirmación del señor Iglesias de: “soy partidario de procesos horizontales, sin líderes carismáticos que todo lo entienden, lo deciden y lo santifican, repito que no comparto estos procesos desde arriba, con césares incluidos como benefactores filantrópicos de los ciudadanos y los pueblos”. Más que nada porque estos procesos son imposibles e inexistentes (o no son revolucionarios). En cualquier caso ocurre que en ocasiones surgen, en los procesos sociales, líderes que operan como cabezas visibles y aglutinantes, como es el caso de Hugo Chávez Frías o el Subcomandante Marcos. Y por el mero hecho de que sean líderes no podemos lanzarnos al vilipendio gratuito e infundado (bocazas), echando por tierra y sin mencionar ni de pasada los inmensos logros que se han producido en esos procesos, analizando lo que dicen y no lo que hacen. Porque la luna que señala el dedo no es un concepto abstracto de Socialismo del Siglo XXI, sino un proceso real de transformación social y de lucha de clases al estilo más puro, de empoderamiento popular como no se ha visto en América Latina por lo menos desde la Revolución Sandinista. La luna son los barrios de Caracas, los consejos comunales, las cooperativas agrícolas, las empresas recuperadas, los ancianos que han aprendido a leer en la Misión Robinson, los que han salvado la vida gracias a la Barrio Adentro y tantas y tantas realidades cotidianas de Venezuela. Y teniendo esto en cuenta me importa un bledo lo que diga Chávez o si se va a la playa con quién le apetezca.
 
El señor Iglesias, al que contesto, dice que muchos aspirantes a revolucionarios (otros como yo no están en absoluto de acuerdo) “lo que no apoyaríamos ni iniciaríamos es un proceso de transformación basado en estas limitaciones”, supongo que por que considera que tal proceso es imposible. Pero el pueblo venezolano ha decidido que van a iniciar un proceso de transformación partiendo de su realidad concreta, de sus limitaciones existentes e intentando superarlas. Si el señor Iglesias opina que el pueblo venezolano no está en condiciones de lograr su emancipación puede, está en su derecho por supuesto, decirlo, pero mantengo que, dada la realidad que vemos todos los días y las conquistas del bolivarianismo, no debería. Y no debería no porque a mí me de la gana o porque no me guste escuchar críticas. Sino porque, aparte de que la realidad se opone a su afirmación (porque los pueblos pueden más que las condiciones objetivas), en nada colabora en la emancipación de los pueblos del mundo.
 
En resumen que el que dice que no se puede hacer no debe molestar al que lo está haciendo.
 
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Comentarios (3)

#1

bolivariano|26-08-2008 21:20

Por fin sentido común!!!!

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#2

Comunista|27-08-2008 12:31

Totalmente de acuerdo

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#3

Tito Morano|27-08-2008 12:57

Se me ha colado un gazapo. La insurrección zapatista fue en 1994 y no en 1998 como dice el artículo.

Salud 

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