Para Estela Ríos González
No solo las noticias del sombrío mundo del narcotráfico nos recuerdan que vivimos en un México donde lo legal y lo ilegal se confunden.
El secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, fue exonerado por diputados del PRI de la investigación que se le hacía por su probada participación en un conflicto de intereses, en un caso de corrupción gubernamental. Esto fue resultado del arreglo más reciente entre el PRI y el PAN, el dúo que gobierna recurriendo una y otra vez a la impunidad del amigo o socio como método democrático para conseguir la muy apreciada “gobernabilidad”.
Para tratar de tener una poca de la credibilidad que se le negó desde los primeros días de su gestión, con la revelación de sus negocios a la sombra del poder, el secretario de Gobernación se vale del apoyo del PRI, de Manlio Fabio Beltrones, de Emilio Gamboa y de Ulises Ruiz. Priistas que están juntos y revueltos aunque a veces simulen que no.
Y para evitar que la trama criminal evidenciada con la brigada blanca existente en Oaxaca continúe siendo investigada, esclarecida, el PRI se vale de Mouriño. El PRI de Ulises Ruiz encubre a Mouriño y Mouriño encubre al Ulises Ruiz del PRI. La ecuación política es muy simple: Yo soy tu cómplice, tú eres el mío. En complicidad gobernamos.
En estos tiempos, hacer política implica el alejamiento de la política, la negación del compromiso, y a menudo una privilegiada pedantería al llamar “operación política” a lo que es simple y llanamente tráfico de influencias. En su comportamiento habitual, los políticos no tienen en cuenta más que cuanto concierne a los actos que pueden resultarles beneficiosos. Y punto.
Quizá lo riesgoso para las tan pregonadas instituciones que tanto dicen defender los políticos, es que la sensación de impunidad sigue aumentando y recorriendo círculos de ciudadanos enterados, por todo el país. Y en el caso de los más desesperados, aquellos que están totalmente al margen, cada componenda nueva como ésta, los radicaliza aún más. Si arriba se sonríen los abusos, abajo las rabias crecen.
Un elemento nuevo se suma a este tipo de historias cada vez más habituales durante el gobierno de Felipe Calderón: los terceros en el poder y su malestar. Un sector de las Fuerzas Armadas, debido a estas maniobras oscuras, y sobre todo, a la exhibición tan burda de algunos de sus integrantes, presenta al interior un malestar que si no es evidente por el hermetismo del Ejército, es tan real como los señalamientos que hizo –basado en inteligencia militar- el General Alfredo Oropeza en contra de Jorge Franco Vargas, el segundo del poder en Oaxaca, que a ratos parece ser el primero.
Si en 2006, la música de fondo que se oía en Oaxaca era la de la Internacional, hoy se escucha nítidamente el soundtrack de la película “El Padrino”. Narcotraficantes convertidos en líderes sociales, políticos hechos unos verdaderos capos, guerrilleros queriendo ser políticos, luchadores sociales acabando como sicarios. La descomposición es cada vez mayor.
¿Por qué debería importarle Oaxaca a todo el país? Porque Oaxaca no deja de ser un espejo de la putrefacción de la vida política nacional. Ayer fueron los Amigos de Fox por el Pemexgate, Mario Marín por los Bribiesca, Arturo Montiel por el Fonden de Carmen Segura, Vicente Fox por Roberto Madrazo. Mañana será Emilio González por Enrique Peña Nieto, la conversaciones de Emilio Gamboa por los negocios de Jorge Zermeño, el Fórum por la Biblioteca José Vasconelos, y así, la lista seguirá. Ojala que alcance la memoria para abarcarla, porque el castillo de naipes que se construye en este país con la impunidad es cada vez más alto. Y a mayor altura, la amenaza de que los vientos, incluso los aires ligeros lo derrumben, puede ser mayor. Ha sucedido así.
Demasiados lobos andan sueltos.
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