De Tlatelolco a Beijing 
Lorena Aguilar Aguilar & Raúl Calvo Trenado   
   
En estos momentos en que los mass media y el stablishment dizque informan sobre la oportunidad o no de realizar los Juegos Olímpicos en China, podríamos recordar muchos otros Juegos de cuando menos dudosa moralidad tales como los de Berlín 1936 o los recientes de Atlanta tras la Primera Guerra del Golfo, que fueron realizados sin mayores contratiempos. Pero, por un motivo particular, queremos recordar los de México 1968.
En estos momentos, en que se cumplen 40 años del 68 francés y de la primavera de Praga, queremos insistir en el recuerdo de la matanza de Tlatelolco, ocurrida el 2 de octubre de ese mismo año en la Plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México.
Es con mucho el episodio más sangriento de los tres; nuca sabremos la cifra exacta de muertos así que “aceptaremos” la de aproximadamente 300. Sin embargo, es una página olvidada en el 10, en el 15, en el 20, 25, 30, 35, 40…. aniversario del 68.
El año de 1968  se vio marcado por el nacimiento de las guerrillas modernas del país (el Partido De Los Pobres de Lucio Cabañas, la Liga Comunista 23 de septiembre, el Frente Urbano Zapatista….).  Además significó un parteaguas para el México moderno, desde por lo menos un par años antes los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México salieron a las calles alzando la voz en contra de las políticas económicas y las de intervención de Estados Unidos. Esto representaba un despertar en la conciencia del sector estudiantil, conciencia que debía ser callada como diera lugar.
Para el verano del 68 la represión en México estaba tomando niveles inimaginables. En ese momento los movimientos estudiantiles se centraban principalmente en contra del gobierno mexicano. Conforme avanzaban las movilizaciones la represión se hacía más cruda.
En el mes de julio, el ejército y la policía tomaban las instalaciones del Instituto Politécnico Nacional, dejando un centenar de heridos y docenas de muertos. El gobierno justificaba la represión con el absurdo argumento de que las movilizaciones formaban parte de una “conspiración comunista”. En este contexto es que surge el lema ya muy común en los movimientos estudiantiles: "¡Únete, Pueblo!”. Todo esto sucedía a sólo unos cuantas  semanas de que se iniciaran en México los Juegos Olímpicos del 68.
Durante el mes de octubre, México iba a estar ante los ojos del mundo entero. Era sumamente necesario terminar de manera definitiva con las movilizaciones estudiantiles, a las cuales ya se les habían sumado sectores de la clase trabajadora; se debía acabar con cualquier signo de inconformidad en las calles sin dejar el más mínimo rastro, sin importar el costo que estas medidas pudiesen llegar a tener.
Para lograr este objetivo se echó mano del elemento paramilitar, el tristemente celebre “Batallón Olimpia”, quienes iban vestidos de civiles y se identificaban por medio de un guante o un pañuelo blanco en la mano; su labor infiltrarse en las manifestación estudiantil y reventarla.
El fatídico 2 de octubre fue el propio Batallón quien inicia los disparos contra los cuerpos militares para que ellos descargaran sus balas contra los estudiantes que se encontraban en la plaza.
Al día siguiente, los medios oficiales de comunicación permanecieron en silencio, la consigna fue ocultar los hechos, la verdad no debía salir a la luz. En el transcurso de esa semana fueron arrestados aproximadamente 2000 personas a las que nunca se les hizo un juicio formal y a la mayoría el gobierno tuvo que reconocerle que fue un error su arresto. Pero nada de esto debía ser conocido, era necesario terminar con los preparativos de la “fiesta olímpica”,  todo debía estar listo para la inauguración el día 12 de octubre.
Y por fin llegó el gran día - ¡que ya es delito elegir esa fecha!-, el presidente Gustavo Díaz Ordaz inauguraba los Juegos, impúdicamente bautizados como “La Olimpiada de la Paz”. Nadie protestó; Avery Brundage, el entonces presidente del Comité Olímpico Internacional y que tan defensor fue de la realización de Berlín 36, exclamó: “ninguna de las demostraciones o escenas de violencia producidas aquí, en ningún momento han estado dirigidas contra los Juegos Olímpicos”. La fiesta podía continuar…
México no era China sino un país amigo al que no solo no se le desestabilizaba desde el exterior  sino al que además se le tapaban sus miserias. Díaz Ordaz, del que hoy sabemos que figuró en los dossieres de la CIA como informante, falleció sin ser juzgado por la masacre. Hoy día, el que fuera su secretario de gobernación y después sucesor en la presidencia, Luis Echeverría- también inscrito como informador el los archivos de la CIA-, se escabulló de la justicia tanto por su participación la masacre de Tlatelolco como de la que ordenó como jefe de Estado en 1971, conocida como El Halconazo.
Y así, todos felices y contentos, comenzó la mascarada olímpica sin ningún amago de boicot (tan solo se rumoreó el evitar que asistiera la URSS por la invasión de Checoslovaquia y nada se dijo del mayo francés). Solo el Black Power discutió sobre si se debía o no asistir (Martin Luther King había sido asesinado unos meses antes) y se decidió que sí para aprovechar su proyección internacional. Ya se sabe lo que sucedió, con los puños, las boinas, etc. pero eso es otra historia…
El día de la inauguración, un grupo de disconformes lanzó sobre el palco presidencial un papalote con forma de paloma negra. A pesar de que el  encuentro deportivo sirvió de marco para que se diera una de las escenas más sangrientas del México moderno, nadie protestó, nadie organizo un boicot, nadie alzó la voz en contra de la represión del gobierno  como el día de hoy se hace contra el de China. La diferencia radicó  en que en México,  la represión se dio como un acto servil al régimen norteamericano.