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¿De qué justicia hablamos?

Hace años contraje el compromiso conmigo mismo de pensarlo todo ex novo, de nuevo. Empezaría por conceptos esenciales. Esos que han suscitado filosofías y morales, esos que mueven naciones y elaboran constituciones políticas, esos que promueven psicologías y recetas para robustecernos el espíritu.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 30-3-2008 | 215 lecturas | 1 comentario
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  Es una labor de titanes, pues nunca sabré hasta qué punto pienso influido por el tiempo en que vivo, por la cuna, por la sangre, por el aprendizaje en sumisión de valores y principios matemáticos, científicos, teológicos y filosófi­cos, y cuáles sean en mí los naturales, los nacidos en mí y desde mí sin condicionantes del espíritu y mentales...

  Pero creo que en el esfuerzo por conseguir la objetividad absoluta reside la im­portancia que puedo darle a lo que acabe siendo subjeti­vidad ab­so­luta. No tengo otro método: o hago caso de los doctores o me fío de mí. No creo equivocarme si como punto de partida los doctores se pasan la vida equivocándose y equivocándonos. Nin­guno de los filósofos, los descubridores y los sabios que dieron con una fór­mula, han hecho otra cosa que poner primeras piedras para la cien­cia útil, para la moral útil, para la filosofía útil. Y digo útil, por­que esto es lo que nos subyuga. Poder mantener a flote un cuerpo voluminoso en el agua, navegar nosotros en él; poder suspender en el aire otro cuerpo tan voluminoso como aquél con nosotros dentro, y tantos y tantos utensilios que en conjunto englobamos en la exci­tante no­menclatura de “progreso”...

  No obstante,  también sabemos que la ciencia, si hablamos de lo que entre todas las áreas del conocimiento y del saber pa­rece tener más consistencia, se corrige constantemente; lo que in­duce  a desconfianza. La fórmula newto­niana se corrige luego lo su­ficiente en el laboratorio como para redescubrir, por ejemplo, que en el vacío, no en el espacio aéreo newtoniano, una pluma cae más deprisa que una piedra... No voy a hacer ni siquiera una enumera­ción de ejemplos en esta dirección, pues me agotaría. La ciencia médica es otro mamotreto de contra­dicciones cuya per­cepción nos llegan no ya sólo después de siglos, sino de los años y aun los días. Basta estar un poco atentos. Lo que hoy es bueno para la salud, ayer fue peligroso; lo que hoy mata, mañana cura, y todo así. Si hablamos de filosofías, para qué molestarnos en de­mostrar que cada filósofo y cada filosofía es un lienzo del pensa­miento, a duras penas una es­tética; ni siquiera una ética concluyente y universal, no una so­lución. Menos solución es la religión, las religiones, tantas como culturas. Utiles sí, pero ninguna concluyente. Bástenos de mo­mento la idea de que con todo pasa igual. Las cosas son y no son al mismo tiempo, al igual que un punto luminoso, una estrella, en el fir­mamento "es" en cuanto lo estamos viendo, pero "no es" en cuanto a que son sólo partículas de luz que nos llega a la retina de una estrella que hace millones de años dejó de existir... Todo es y no es. Todo es distinto de lo que pa­rece. Aunque todo sea “útil”, “todas las cosas son sagradas, todos los días son santos y todos los hombres divinos”, como decía Bergson. Una cosa puede ser "verdad" en cuanto a que produce un efecto, beneficioso o indiferente, pero no ser una “cer­teza” duradera y menos eterna.

  De modo que no extrañe al lector que intente este ensayo abrupto, delicado, peligroso y comprometido sobre qué es justicia, qué es justo, y qué debo yo (ya que ni siquiera aconsejo a nadie que siga esta misma línea personal de pensamiento sino la suya sin prejui­cios) entender por tal.

  Pues bien, el primer concepto “esencial” al que me refería es “justi­cia”.

  De momento no se me ocurre otra pauta que definirla en términos negativos: atenta contra la justicia y lo justo quien hace a otro u otros lo que no quisiera para sí. En principio no habría que pasar de aquí, pues si nos metemos en el jardín en el que también incluya­mos el hacer a otro lo que quisiéramos para nosotros, colisionaría inmediatamente el concepto del deseo y de la sensualidad (de los sentidos) en sentido estricto con el concepto de equilibrio. Y esto ya es más peligroso.

  Prescindiendo de toda prenoción y naturalmente de todo prejuicio -lo repito para que no se olvide- justicia es eso: no hacer a otro el daño que no queremos nos hagan. Y justicia social sería, es, hacer a todo lo que queremos para nosotros en función de las porciones de la tarta que hay.

  Si hay un modelo injusto por definición y sin paliativos, ése es el capitalismo. El capitalismo es injusto y no puede despertar senti­mientos de justicia. Los jueces y tribunales no pueden hacer justi­cia con los débiles en la medida que la hacen con los fuertes y con el poder establecido. En un país donde el capitalismo reina y gobierna, no puede haber justicia social y hay poca justicia individual, pues las leyes condenan lo mismo a un pobre que a un rico por robar un pa­necillo (Anatole France). Y los jueces, que deben corregir esos ex­cesos, cada vez se decantan más a favor no del débil socialmente hablando sino del prepotente. Pero tampoco en materia de justicia distributiva. Los que hacen las leyes no pierden de vista los intere­ses de las clases poderosas: ayer los burgue­ses y pequeños o grandes propietarios, hoy, mucho peor por la des­personalización in­corpora las miras, los intereses de las grandes empresas, de las grandes superficies, de las grandes firmas, de las grandes asocia­ciones de empresas internacionales con raíz gene­ralmente en el im­perio. Hoy todo va en detrimento del pequeño comer­ciante que está desapareciendo; todo en detrimento de la dignidad individual de los empleados. Todo en detrimento de la justicia social. Pero es que tampoco en lo que llamamos justicia conmutativa: "do ut des" (inter­cambio equitativo de servicios o cosas o por precio) la cosa va a mejor. Cada día hay más desigualdad, firmamos contratos odiosos de adhesión informáticos haciéndonos creer que las opu­lentas so­ciedades de software tratan respetuosamente nuestra li­bertad de optar, cuando no nos devuelven el precio si abrimos el so­porte su­jeto a contrato que es lo que nos permite leer las leoninas condicio­nes que nos llevan a pedir, sin posibilidad alguna, la resci­sión del mismo. Esto parece baladí, pero no lo es. Estamos acostumbrados a un modo injusto per se de soportar la bota del fuerte a través de es­tas triquiñuelas...

  La justicia en el mundo ya ni sé, pero en los países capitalistas fu­ribundos y desde luego en España está resuelta­mente con el Poder más ofensivo. Aquí se enreda el universo fo­rense: el que va desde los abogados, los procuradores, los oficiales y secretarios de juz­gado y tribunales, los fiscales, sus policías, los jueces y los magis­trados, en millones de tecnicismos jurídicos que en apariencia van di­rigidos a "hacer justicia", cuando lo que recorre esos ríos de tinta por abajo es convertir el concepto abstracto de justicia en dinero y en resarcimiento económico. Para nada cuenta ya la dignidad, el buen nombre, la buena fama o el honor. Todo eso está por los sue­los (como lo está este modelo capita­lista que está sumiendo al pla­neta en la hybris y en la extinción pro­gresiva de la vida). Lo único que importa es el dinero y la dolce far­niente y los jets y el chalet y la berlina de cuanto más lujo mejor.

  Y luego nos hablan de planes de enseñanza, de sensibilidad, de educación para la ciudadanía, de mandamientos cristianos despro­vistos de todo contenido y de todo sentido salvo el segundo que en­laza con el único mío expuesto al principio...

  Pues si la escuela no enseña qué es austeridad, ni frugalidad, ni contención, ni so­briedad, ni respeto, ni equidad; si todos son nocio­nes que están cayendo ya en el ridículo; si los enseñantes tampoco lo saben ni lo practican, y si los padres y madres de esta generación camino de la familia rota invasora llamada monoparental, sólo van a lo suyo, sólo se preocupan de salir (ellos sólo) ade­lante; si no sabe ni quieren sacrificarse por nada ¿quién puede sin haber perdido la razón pretender que la justicia y lo justo reine en este país y en el mundo? ¿quién tratará de evitar los abusos infames cometidos por unas naciones sobre otras? ¿quién tendrá alguna posibilidad de éxito, sin hacer el más espantoso ridículo, de que unos individuos no hagan a otros lo que no quieran para sí?

  La Justicia es una ramera hoy día de la peor espe­cie. Me corrijo; las rameras dignas que existieron en otras culturas so­brepasan en donosura y en equidad a la justicia española y a la in­existente justi­cia capitalista allá donde con tanto engolamiento, con tanta proso­popeya, con tanta pretenciosidad dice existir y funcionar...

 
 
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Comentarios (1)

#1

Rosa|31-03-2008 00:32

http://www.youtube.com/watch?v=uH6EH9pOw7Q

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