En este país tan cubierto de repente por medios tecnológicos, tan apañadito por “Mundos” y “Antenatreses” que no se salen del guión previsto por los grandes magnates de la comunicación y tan hostilmente reaccionario económicamente hablando, la población está viviendo la mayor época de crisis informativa, explicativa y representativa desde que  Franco murió.
Las portadas de El País de esos años celebraban la legalización del Partido Comunista de España, le plantaban cara a la Iglesia en tiempos bastante difíciles y se desmarcaba de la línea post –franquista que todos los medios habían adoptado, esa de “todos como hermanos” sin pasarse de la raya izquierdista. Contaba con páginas enteras marcadas con una línea muy crítica, sin Felipes ni Polancos que encargasen por teléfono los editoriales. Muy pronto acabaría.
El espíritu de El País lo retomó un poco El Mundo, fundado por Pedro J. Ramírez y en lo que contribuyó Javier Ortiz entre otros. Por momentos la izquierda alternativa tuvo voz entre las páginas de un diario nacional, en aquella época en que el “polanquismo” más duro y el PSOE más corrupto tapaban agujeros y cavaban otros a mayor velocidad. El ABC vivía su línea de derecha ultraconservadora algo más dura que la actual y Antena 3, emergente a principios de los 90, hacía desde las ondas y luego desde sus informativos una contrarresta desde la derecha tan descarada como hace años no se conoce en una televisión. Ahora existen los Loreales y esos cubrebaches que hacen que el atontonamiento televisivo sea la panacea de todos nuestros males sin darse cuenta aquellos que calientan demasiado tiempo el sofá que se la están metiendo doblada.
El Mundo prescindió de los servicios de Ortiz como subdirector del periódico y como jefe de opinión, ya que el giro aznarista hacía imposible que un izquierdista ocupase tan altos cargos.  Lo relegaron a un par de columnas semanales que construían la paradoja más curiosa: un periódico de derechas era de los pocos que daban voz a un periodista izquierdista. Quedaban los viejos restos en El País con Haro Tegclen y muy poquito más.
Ni Televisión Española es una pizca de lo que fue: La Bola de Cristal se rompió en pedacitos y el control de Felipe González convirtió lo que fue una televisión pública en estado y contenido en una televisión pública en financiación y una privada en contenidos. Padecía el síndrome de las líneas editoriales, un día una y otro día otra: de Felipe a José María.
A medida que Julio Anguita iba sufriendo ataques, abandonaba la Secretaría General del Partido Comunista de España y posteriormente dejaba por completo la primera línea política en Izquierda Unida, la izquierda perdía parte de su carisma y totalmente su voz en los medios de difusión nacional.
Se alinearon cual Guerra Fría y se terminaron los editoriales a favor del Che Guevara,  las entrevistas a la izquierda republicana y obrera y los debates ideológicos para hundirnos todos en las discusiones de siglas. Era el principio del bipartidismo político y mediático.
Nació un periódico nuevo, Público, que pese a ser criticado –y no digo que falte razón- desde sectores distintos de la izquierda alternativa, yo le sigo dando un voto de confianza y reconozco el mérito de su director al dar al menos voz a aquellos que somos críticos con el sistema. Pascual Serrano, comunista reconocido, o Santiago Alba, entre otros, han tenido el privilegio de lanzar sus y nuestras proclamas mediante artículos de fondo en un periódico de tirada nacional. Izquierda Unida no se resume a un breve, aunque todos sabemos la línea llamazarista que tienen, y la izquierda catalana no es tan demonizada como en los otros medios de comunicación.
No se puede pedir mucho más de una empresa privada; es evidente que el comunismo no interesa.