Ya podemos dormir tranquilos. No habrá más crisis. Lo garantizará el FMI con la creación de dos nuevos inventos para hacer frente a las situaciones de emergencia: un Servicio de Reserva Suplementario para los países afectados negativamente por intensos movimientos de capital y la llamada Línea de Crédito Contingente para promover políticas de prevención anti-crisis. Además el mismo FMI, en colaboración con el Banco Mundial pondrá en marcha un Programa de Evaluación del Sistema Financiero nacional, de carácter voluntario, eso sí, con el fin de tener un mecanismo eficaz de analizar los posibles riesgos, detectar vulnerabilidades en el sector (como la baja calidad de los activos financieros) y contribuir a la transparencia de los sistemas… Claro, hay un truco: todo esto es mentira, bueno, mejor dicho es verdad a medias. Porque todas estas medidas existen, pero no se tomaron ayer sino en 1999 tras las crisis financieras de México y Asia para evitar tropiezos de este tipo. ¡Y ya se ve para qué han servido!
Sin embargo los acuerdos a los que se ha llegado en la reciente cumbre de Londres, si bien impresionan por la magnitud de las cifras, no presentan, por lo menos a primera vista, reformas estructurales de calado. Lo primero que salta a la vista es la gran cantidad de recursos que se van a emplear para otorgar un mayor poder al organismo antes referido, el Fondo Monetario Internacional, con la premisa de que éste actuará, por utilizar una expresión al uso estos días en los medios, de “bombero” contra la crisis. Pero, antes de aceptar acríticamente esta optimista postura, tendríamos que hacer un poquito de memoria. Tras la ruptura unilateral de los acuerdos de Bretton Woods por EEUU, el FMI abandonó gran parte de las funciones para las que había sido diseñado y se dedicó, junto con otras organizaciones internacionales como el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, a desplegar un surtido abanico de políticas de ajuste y liberalización diseñadas bajo el paraguas del Consenso de Washington. Entre éstas se incluían los planes de ajuste estructural en el Tercer Mundo que implicaron, entre otras medidas, privatizaciones subvencionadas de servicios del Estado o la eliminación de numerosos aranceles, provocando la aniquilación de los débiles tejidos industriales de estos países y un significativo aumento de la pobreza. Por si fuera poco durante años el FMI ha sido el encargado de suministrar vaselina suficiente para que la economía mundial asumiera uno de los grandes “pepinos” de la globalización, que además se ha revelado como una de las causas profundas de la crisis: la desregulación salvaje de los mercados financieros.
Tampoco está de más recordar algunos rasgos de esta organización internacional que verá triplicados sus recursos, en lo que toca a la toma de decisiones en su seno. Y es que la ponderación del voto en el FMI, es decir el tamaño del pedazo de poder que cada país tiene en el Fondo, viene condicionada por la cuota de recursos aportada al mismo. Vamos, que los países más ricos tienen más votos. Pero además, como las decisiones se toman por mayoría del 85% de los votos y hay un país que supera el 15% de las cuotas, este miembro privilegiado tiene en sus manos poder para vetar cualquier decisión que no se atenga a sus intereses. No hace falta ser Sherlock Holmes para adivinar que este país no es precisamente ni Mauritania ni Haití…
Por otra parte, conviene andarse con cuidado a la hora de interpretar las palabras del elenco de prebostes reunidos en Londres estos días, teniendo en cuenta la perversión del lenguaje que padecemos en los tiempos que nos ha tocado vivir. Porque cuando nos hablan de “fomentar el comercio internacional y evitar el proteccionismo”, quizás deberíamos entender lo que, en los hechos, estas expresiones han venido significando realmente en las últimas décadas, es decir que los países ricos tienen carta blanca para subvencionar sus productos agrícolas o para inyectar cantidades ingentes de dinero en sus sistemas financieros, pero, ¡ojo!, que no se le ocurra a ningún gobierno en África o en América Latina levantar un arancel para proteger su industria, so pena de ser tomado por un peligroso enemigo de la libertad o de ser incluido en alguna lista negra de estados malignos.
Por lo demás, si bien se aprecien algunos avances en la supervisión de los hedge funds, no se adivina ningún movimiento en el sentido, no ya de eliminarlos, sino, al menos de limitar (a través de un gravamen, por ejemplo) los movimientos de capital puramente especulativos. Tampoco hay indicios de que se vayan a desplegar mecanismos para frenar la especulación con productos agrícolas de primera necesidad, causante de atroces hambrunas saldadas con miles de muertos. Y si las palabras muestran dureza con algunos temas (“Este es el principio del fin de los paraísos fiscales”, aseveró Gordon Brown), en la práctica se aprecia más suavidad (parece que China se saldrá con la suya y no se incluirá Hong Kong y Macao en la lista negra de estos paraísos). Además, en este asunto de la evasión fiscal habrá que esperar a ver la naturaleza y rigidez de las sanciones, si es que las hay, porque puede que si éstas no son lo suficientemente contundentes, a más de uno le sigan saliendo las cuentas del negocio.
Para terminar, y a pesar de algún que otro guiño de cara a la galería, no parece que exista una verdadera intención de encarar con seriedad los temas medioambientales y, al contrario, se apuesta por seguir estimulando el consumo desenfrenado en el contexto de un modelo depredador de recursos.
En resumen, la cumbre del G-20 se salda con una inmensa inyección dinero a organismos abiertamente antidemocráticos, especialmente el FMI, que, como vimos al principio de este texto, han demostrado su inoperancia para gestionar otras crisis y su eficacia para propiciarlas, y se incide en estrategias manidas propias de un modelo con graves disfunciones. Por evocar una imagen ilustrativa, se trata de echar más madera en la caldera de un tren que, además de conducirnos a un destino incierto y peligroso, presenta numerosos defectos constructivos en su maquinaria. Por lo demás, tibieza, demasiada tibieza con los responsables de la debacle. Será porque la mano dura la reservaban para los manifestantes…