Históricamente, sería muy justo afirmar que dicha tradición tuvo una traducción muy debilitada en nuestra historia social, recordemos que la célebre generación del 98 no se manifestó en clave anticolonialista (aunque algunos de sus exponentes lo hiciera puntualmente), sino en clave de reacción ante la decadencia española manifestada por la pérdida de las colonias, y por la emblemática derrota militar frente a los Estados Unidos, que aparte de arruinar el "orgullo nacional", puso en evidencia las peculiaridades de un desarrollo histórico "anómalo", en el que una vieja potencia colonial, precisamente la "descubridora" de las América, caía humillada frente a una joven potencia que acabaría ocupando en la historia el espacio de los viejos imperialismos, empezando por el español en Cuba, y siguiendo con el británico y francés después de la IIª Guerra Mundial.
            En una obra que merece ser conocida, El abrazo mortal (lo encontraréis en Península), el historiador británico Sebastián Balfour, aparte de poner en evidencia la actuación bárbara de nuestros casta militar "africanistas" durante la guerra de Marruecos (con la que la Monarquía trataba de recuperar parte de la "gloria imperial" en connivencia con Francia), y de explicar claramente su importancia en la constitución del "partido" militar-fascista que acabaría ocupando su propio país en una guerra civil exterminadora contra las izquierdas, ofrece igualmente una visión descarnada de la cobardía e impotencia de las izquierdas durante esta contienda, el poco empuje de las críticas socialistas, pero también la presencia marginal de un anticolonialismo radical, la inoperancia de la II República a la hora de asumir una cuestión como la independencia de Marruecos, y como las últimas tentativas, ya tardías, en plena guerra civil, protagonizadas por libertarios y poumistas,  fueron boicoteadas por las autoridades del Frente Popular que temían enemistarse con los gobernantes del Frente Popular francés (socialista y comunistas en apoyo a los radicales), aunque al final, la izquierda francesa se atuvo tan tajantemente a la política de "no intervención" que ni tan siquiera entregaron a la República las armas que esta había pagado.  Alguien tendría que analizar en detalle la interrelación entre el ultracolonialismo hispano y el ultracentralismo.
            Al final de cuarenta años de ultracolonialismo franquista, se fue afianzando en la resistencia un pensamiento crítico anticolonialista (este fue uno de los componentes más notorio en el FLP), al calor del cual se produjo una importante extensión de publicaciones o películas que representan alegatos anticolonialistas. Sin embargo, este pensamiento crítico en realidad tuvo un desarrollo más teórico que practico, y por ejemplo, las movilizaciones contra el imperialismo en cuestiones como la guerra del Vietnam, fueron escasas, minoritarias y circunscritas a algunos “grupúsculos testimoniales”   como la LCR. La "Transición" tuvo uno de sus capítulos de entreguismo más evidente con el caso de Marruecos y el Frente Polisario, y entre las reconversiones felipistas se suele olvidar un desplazamiento  que le lleva de apoyar al pueblo saharaui (con todas las izquierdas), a apoyar a "Nuestro amigo el Rey" (Hassam), uno de esos  tiranuelos que nada tiene que envidiarle a Sadam Hussein.
            Una vez en el poder, el gobierno felipista, entre otras cosas, hizo caso omiso a la campaña internacional de boicot comercial contra el régimen del apartheid en Sudáfrica, es más, aprovechó dicho boicot para incrementar la presencia española aprovechando que aquí no teníamos una opinión pública sensibilizada ante un régimen tan ignominioso. Es más, entre nosotros se  había instalado una infame corriente de opinión "postmoderna" que asumía entre sus señas de identidad un abierto menosprecio hacia el "tercermundista" de manera que llegó a ser de uso común las frases o los chistes con los que se reflejaba un sentimiento de que África ya no comenzaba en los Pirineos (o en Despeñaperros al decir de los que pensaban que este triste papel tercermundista le correspondía a Andalucía).   
            Aunque sobre todo esto se puedan hacer valoraciones mucho más ajustadas, e incluso menos pesimistas, y a nadie se le ocurre subestimar la labor (a veces impresionante) desarrollada por diversas entidades y onG, creo que en el mejor de los casos estas son excepciones inmersas en un pensamiento dominante en el que el anticolonialismo cuenta con una presencia débil y testimonial. Esto ocurre además en un momento histórico en los que la "globalización verdaderamente existente" está atravesada por la acentuación de las desigualdades entre el Norte y el Sur,  desigualdades impuestas además por las fuerzas de las armas pero también por el peso hegemónico del "pensamiento único" expresado claramente en los medias y con penosas traducciones en un pueblo trabajador en el que el peso organizado y activo de las ideas socialistas y solidarias se han establecido como parte testimonial en el paisaje del sistema, y dentro del cual la cuestión de la emigración afecta a millones de personas desregularizadas que componen una nueva clase obrera profundamente desestructurada y con escasos ligámenes con la clase obrera "nacional", más instalada, y parte de la cual se siente afectada al contemplar al sin papales como un competidor.  Una situación que nos obliga a redoblar los esfuerzos por recuperar lo mejor del pensamiento anticolonialista, a buscar una alternativa cultural a la hegemonía eurocentrista y xenófoba al calor de las mejores aportaciones teóricas y de la propia realidad que nos obligada a dar respuesta cada día sea a situaciones globalizadoras como la guerra contra el pueblo del Irak, sea a problemas sociales o asistenciales en nuestro ámbito más doméstico.
               
            Por todo lo antes dicho, sería una verdadera lástima que una obra como Cultura e imperialismo (Anagrama, 1996;2001, tr, Nora Catelli), no tuviera la repercusión que merece, sobre todo considerando que nuestra tradición anticolonialista resulta francamente minoritaria, incluso entre la gente radical. Su autor, Edward W. Said, es uno de los ensayistas y articulista árabe más interesante de nuestro tiempo. Profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, es de origen libanés y  asesor durante años de la OLP,  es también uno de los intelectuales norteamericanos más destacados por su talante crítico, su cultura amplia y su actitud valiente respecto de la política internacional actual como se puede comprobar en varios de sus libros sobre Palestina o en sus vibrantes artículos sobre la situación del mundo árabe, y sobre los problemas del Tercer Mundo en general, normalmente publicadas en El País.
          Su libro más famoso antes que éste es Orientalismo (1973; traducido aquí con retraso, como no podía ser menos, por Libertarias, 1992), y representa una auténtica bofetada a nuestros estereotipos. Said analiza histórica y rigurosamente cómo nuestra tradición eurocentrista se remite hasta Los persas, el drama de Esquilo. Dicha tradición se construyó un estereotipo injusto del mundo oriental basado en una imagen predominante de cliché de colores chillones para presentar a los pueblos del Oriente en nuestro imaginario, enemigos seculares en nuestras expresiones de cultura popular (los tebeos, el cine), y sus habitantes como cafres, gente taimada y peligrosa, bárbaros, perezosos, sensuales, crueles, enemigos de nuestra cristiandad, etc.  Este estereotipo modelado a lo largo de siglos nos ha impuesto una máscara oscura que los identificaba como inferiores y  peligrosos, envidiosos como diría Bush y, en cualquier caso,  merecedores del recelo y la sumisión. En su momento, Orientalismo señaló un hito e hizo escuela en los estudios culturales, pero sobre todo ha animado como modelo otros muchos estudios de denuncia de esas retóricas prepotentes que tan familiares resultan en nuestra vida cotidiana como se puede comprobar en cualquier discusión familiar o en los bares. No en vano hemos mamado una cultura popular en la que la actitud agresiva de nuestra civilización y de sus aventuras coloniales han encontrado justificación cuando no exaltación y gloria.
              Aunque Cultura e imperialismo no es una continuación de Orientalismo, se encuentra en la misma línea de un pensamiento crítico que denuncia la sutil y tenaz propaganda cultural e ideológica, que, al amparo de unos valores éticos y civilizadores de una supuesta universalidad (de la que se pueden encontrar amplias pruebas en la prensa diaria), encubre una realidad de expolio y dominación por parte de amos del mundo y pretende justificar el imperialismo (hasta el punto de imponer la creencia que resulta "demagógico" emplear este concepto) que obliga a la sumisión de otros pueblos que se encontraban o se encuentran en otra fase del desarrollo tecnológico, a veces incluso provocando el atraso desde fuera como ocurrió con la trata de negros, un "holocausto" sin parangón en la historia humana. Esta tesis, que hasta ahora la habíamos conocido básicamente a través de estudios sociológicos y económicos, se centra en la obra de Said en a unos ejemplos famosos, y también muy significativos tomados del género literario moderno por excelencia, Ia novela. De novelas inglesas y francesas en primer lugar, ya que esos son los imperios coloniales criticados en la época capitalista clásica, y antesalas al actual imperialismo de Estados Unidos y posteriores a otros imperios anteriores, como el romano o el español.
              A lo largo de más de unas quinientas páginas, Said estudia los textos en sus contextos y épocas desde una perspectiva  crítica que pone en evidencia como vehiculan una ideología y una imagen histórica, sin que este enfoque, por supuesto, signifique negar su valor estético, antes al contrario. No se trata pues de un criticismo aséptico, propio de quien estudia la gran literatura como expresión de determinados mundos, con una referencia social e ideológica inevitable (pero normalmente secundaria). Seguro que no es la corriente académica más de boga, pero sin duda es la  más interesante para quienes creemos que los grandes textos tienen una significación mayor que los propios del estilo. Es una visión que responde a un compromiso personal, rotundamente  humanista, de la cultura. Esta visión la ofrece Said en una cita de principios del texto: "Como he pasado toda  mi vida profesional enseñando literatura, pero, al mismo tiempo, crecí en un mundo colonial anterior a la IIª Guerra Mundial, me he enfrentado con el desafío de no utilizarla de envase protector, --esto es, antisépticamente separada de sus contaminaciones mundanas-, sino como campo extraordinariamente variado de intereses. Analizo las novelas y los otros libros aquí examinados, primero porque me parecen estimables y admirables obras de arte de las que los otros lectores y yo disfrutamos y extraemos conocimiento. Después, el desafío consiste en conectarlas no sólo con el placer y el provecho, sino también con el proceso imperial del cual forman parte manifiesta e inocultablemente" (p. 5).
                A  partir de un análisis detallado, Said subraya latentes referencias a los beneficios burgueses extraídos del expolio colonial en obras aparentemente "inocentes" como Mansfield Park, de Jane Austen, o en Grandes esperanzas, de Dickens; describe el significado del impulso colonizador subyacente en Robinson Crusoe, de Defoe, y destaca la propaganda imperialista, subyacente o explícita, en obras tan representativas como Kim, de Kiplyng, y la ópera Aida, de Verdi; y los retos del civilizado en El corazón de las tinieblas, y Lord Jim. de Conrad, y en El extranjero, de Camus. Estamos muy lejos de la "inocencia" lectora de, por ejemplo, un Fernando Savater, quien, de tener que escoger, proclama que escogería a los colonizadores. Los análisis literarios de Said no dejan espacio para la inhibición,  y su enfoque sesgado deja en evidencia los reclamos coloniales.  Kim fue quizás la obra más emblemática de Kiplyng, amén de una de las mejores, en tanto que Aida, quizás se ha olvidado  que se trata de una ópera estrenada para celebrar la apertura del canal de Suez. Son quizás los casos más evidentes, y  ya habían sido analizados antes con este enfoque.
            Said analiza cómo se despliega "la resistencia y oposición " de los colonizados frente a la violencia justificada por la teoría "civilizadora" del imperialismo, y esboza una posible estrategia en eI "desmantelamiento de la dominación en el futuro". Observa con singular precisión toda esta problemática en el mundo actual, y reseña muy bien la rica bibliografía actual sobre  ella, comprometida y documentada, producida por intelectuales, árabes, africanos, caribeños y de otros dominios. En su postura crítica nos advierte contra los desastres crueles de los nacionalismos surgidos de la "liberación" de las colonias, así como contra los despotismos y fundamentalismos de toda laya poscolonial, que hoy ensangrientan África y Asia. Son páginas que se leen con máxima atención, porque éste es un tema crucial de nuestro tiempo, y por él ha de medirse nuestro humanismo. Ahí está el reto de una civilización que  se pretende universal, en paliar esas catástrofes sociales de Ias abandonadas colonias y las secuelas trágicas del rapaz imperialismo, sí es que los países desarrollados no quieren continuar la opresión y amurallarse para defender su posición d prepotencia sobre los países que han sufrido la sumisión; los varios imperios depredadores bajo nobles pretextos.
          Obra escrita a contracorriente del viento frío impuesto por el pensamiento único (que se imponía en los medias de una manera totalitaria en los Estados Unidos), esta es una obra que nos obliga a repensar nuestros parámetros culturales,  que nos invita a tomar conciencia crítica de una vasta situación intolerable --en Palestina, en eI África Central, en Argelia, etcétera--, y con la cual comulgan la mayor parte de nuestros mandarines culturales. La suya es una lección tan clara como necesaria, de obligada lectura para los amantes del pensamiento crítico. Además, sugiere muchas otras  advertencias. Este es el caso de las pretendidas virtudes de las miradas cosmopolitas que hacen caso omiso de los procesos de desarrollo y de las circunstancias socioeconómicas que rodea el hecho cultural. Said arremete contra las vanaglorias de un Occidente, instalado en su supremacía bélica y técnica, sus análisis cortan como un bisturí sobre lo que se desprende de santidades culturales como la atribuida por ejemplo a Camus, tantas veces contrapuesta a la beligerancia de el mejor Sartre comprometido contra la guerra de Argelia y prologuista de Fanon, sobre el que Said rompe una lanza reivindicadora no exenta de importantes matizaciones críticas. En unos pasajes desarbola las críticas del exmarxista Sidney Hooks, convertido en un agente cultural del gobierno de su país de la "guerra fría"...
        Simultáneamente, Said no duda en rechazar los crueles fanatismos y afanes revanchistas de los nacionalismos que en nombre de la "liberación" ocultan mercancías opresivas, de exaltación al atraso y a presuntos esencialismos. No se trata de establecer negro contra blanco sino entender la posibilidad de la comprensión y el enriquecimiento mutuo a través de la relectura de nuestros clásicos,  advirtiendo especialmente en eI cómo Ieerlos, y contrastándolo con otros textos antiimperialistas, revalorizando una amplia lista de pensadores y activistas, normalmente poco o nulamente publicados entre nosotros, que supieron establecer puentes superadores de las contradicciones es una esfuerzo para comprender las voces y las razones de los "otros", de los oprimidos. La  visión que nos ofrece Said es una negación de la parcialidad de nuestros mandarines. Una posición mucho más ilustrada, humanista, más abierta, deudora  de una ética más fraternal y justa, a contracorriente de la cultura satisfecha e instrumentalizada desde el poder imperial.  Esta es pues, una obra imprescindible para leer y pensar a fondo, producto de un intelectual comprometido en todo el sentido de la palabra, dueño de  estilo inteligente, de una desbordante documentación, y capaz de despejar nuestros horizontes establecidos para abrirnos nuevas posibilidades de conocimiento y reflexión.
          Algunos críticos han anotado determinados reduccionismos. Su análisis -dicen- no  justifican una tesis generalizada que lleve a vincular la novela europea,  reducida además  a la tradición inglesa y la francesa, con el colonialismo, pero no creemos que esa sea su pretensión, aunque fue en Gran Bretaña y Francia  donde el imperialismo tuvo mayor importancia, pero que el esquema resulta trasladable por ejemplo a Bélgica o España. Por otra lado, la selección de los textos analizados es lo suficiente amplia para resultar representativa de momentos y autores muy dispersos, algunos tan fuera de sospecha como Dickens o Camus. Said no duda en resaltar las excepciones cuando existen, ni de remarcar determinadas ambivalencias aunque es evidente que no acepta la complacencia semisocialista que, por ejemplo Javier Reverte atribuye al Conrad de El corazón de las tinieblas en su interesante Vagabundo en África. Se puede considerar que la dependencia de la colonización resulte abusiva en un análisis que da un paso más allá de lo que está mostrando en su lectura. Said no unilateraliza, simplemente subraya las connotaciones.
                Pone sobre el papel los ejemplos culturales de una realidad que definía muy bien Gandhi cuando proclamaba que los beneficios del imperialismo y la miseria del llamado Tercer Mundo no eran más que las dos caras de una misma moneda.
                  Muy poca gente por estos lares conoce C.L.R. James (n. 1901), autor, entre otras obras, de The Black Jacobins [Los jacobinos negros] y de World Revolution [La revolución mundial]. He buscado por diversos diccionarios, y no he encontrado pistas suyas. Servidor le recordaba de un fragmento de esta entrevista que aquí reproducimos en toda su extensión, aparecido en la edición que Pierre Broué efectuó en Minuit (París, 1967; ruedo Ibérico anunció una traducción que nunca llegó a editar) de los escritos de Trotsky en Le Mouvement Communiste en France (1919-1939), del que la entrevista de James es el último capítulo. La nota de Broué aparece ampliada en la edición de Les Congrès de la quatrieme internationale (La Brèche, París, 1978, I tomo), y en la que se puede leer: James, C.R.L, llamado Johnson. Originario de la Trinidad, milita en el movimiento trotskista británico. Miembro del SWP en los Estados Unidos en 1939, deja el partido en abril de 1940 para ingresar en el Worker Party. Regresa al SWP en 1947, para abandonarlo de nuevo en 1949, tomando parte en diversos congresos de la Cuarta Internacional, para distanciarse después.
              Edward W. Said que cita a James con entusiasmo en su obra, lo describe como un "dialéctico antiestalinista", que es una manera de evitar de llamarle por el denominador más correcto de trotskista, quizás porque, a mi juicio,  Said trata de aguar las aportaciones marxistas al pensamiento anticolonialista, y desdibuja en no poca medida la vinculación de autores como James con  lo que Said llama "el marxismo más contestatario". He recuperado este texto para mi trabajo sobre el trotsquismo por dos motivos, primero porque es una de las mejores entrevistas (más a corazón abierto) que jamás se le hicieran a Trotsky, y además sobre una cuestión tan difícil y controvertida como ha sido el combate por la Cuarta Internacional, pero también tratando de recuperar el papel de James en un legado con el que hasta ahora muy raramente se le ha relacionado, al menos por estos lares, aunque supongo que en otros como el martiniqués o el brasileño, la cuestión es diferente. 
            Entre las diversas escuelas de resistencia nacionalista que fueron siempre críticas respecto a sí mismas, y en la que incluye nombres  como Neruda, el mismo Tagore, Fanon, Cabral y otros, Said afirma: "James es el ejemplo perfecto. Desde siempre campeón del nacionalismo negro, continuamente atempera sus proclamas con afirmaciones y exhortaciones a recordar la insuficiencia de la particularidad étnica, del mismo modo que es insuficiente la solidaridad sin crítica. Podemos abrigar esperanzas serias en torno a esto, aunque sólo sea porque, en lugar de estar al final de la historia, estamos en disposición de hacer algo acerca de nuestra historia presente y futura, vivamos dentro o fuera del mundo metropolitano",
                Said escribe que The Black Jacobins,  "presenta el alzamiento de los esclavos en Santo Domingo como proceso que se desarrolla dentro del mismo esquema histórico que la Revolución Francesa; y Napoleón y Toussaint son las dos grandes figuras que dominan esos años turbulentos. Los sucesos en Francia y en Haití se entrelazan y hacen referencia unos a otros como voces en una fuga musical. La narración de James se fragmenta en una historia dispersa en la geografía, en las fuentes de archivo, y con el acento puesto tanto en los negros como en los franceses. Por otra parte, James retrata a Toussaint como alguien dedicado a la lucha por la libertad humana --una lucha que también se extiende a esa metrópolis, a la cual, en lo cultural, debe su lengua y muchos de sus compromisos morales- con una decisión rara de observar entre los sometidos; y más difícil aún entre los esclavos. Adopta los principios de la Revolución no como hombre negro sino como ser humano, y lo hace con la concienzuda certeza histórica de que, al descubrir el lenguaje de Diderot, Rousseau, y Robespierre, sigue a sus precursores de un modo creador, utilizando las mismas palabras y empleando las mismas inflexiones que transformaron la retórica en realidad.
                    La vida de Toussaint acabó de modo horrible, prisionero de Napoleón y confinado en Francia. Sin embargo, en propiedad, el tema del libro de James no se circunscribe a la biografía de Toussaint, en la misma medida en que una historia de la Revolución Francesa podría considerarse insuficiente si se omitiera el episodio de la insurrección haitiana. El proceso continúa hasta el presente -de ahí el apéndice de 1962,  De Toussaint a Castro- y la situación de conflicto sigue existiendo. ¿Cómo puede escribirse una historia postimperialista, o exenta de tintes imperialistas, que no sea ingenuamente utópica o, al revés, cargada de total pesimismo, frente a la persistencia de la realidad, confusa y embrollada, de la dominación sobre el Tercer Mundo? Estamos frente a una aporía metodológica y metahistórica, y la certera resolución que James ofrece es imaginativa y brillante" (p.432).
                    Para Said: "la descolonización es una compleja batalla sobre el derrotero de diferentes objetivos políticos, historias y geografías, y está llena de obras de imaginación, de investigación y de contrainvestigación. La lucha adopta diversas formas: huelgas, marchas, ataques violentos, retribuciones y contrarretribuciones. Su caudal está también alimentado por novelistas y funcionarios colonialistas que escriben acerca, por ejemplo, de la mentalidad india, o de los modelos de renta rural en Bengala, o de la estructura de la sociedad india. En respuesta, surgen las novelas escritas por indios en las que se reclama más participación en el gobierno, e intelectuales y oradores que llaman a las masas a un compromiso más profundo ya la movilización por la independencia" (p.341).
                En su obra más importante sobre la cuestión, Los jacobinos negros (Ed. Turner, Madrid) y en la que exalta amplios movimientos de masas insurrectas encabezadas por hombres excepcionales, James no olvida que Toussaint L'Ouverture "no podría haber razonado de la manera que lo hizo si no hubiese sido por la influencia del abate Raynal, de otros enciclopedistas, y de la Revolución Francesa", y así lo precisa cuando escribe:  "…en situaciones comprometidas, Toussaint, a pesar de no disponer de una buena instrucción, supo encontrar el lenguaje y el acento de Diderot, Rousseau y Raynal, de Mirabeau, Robespierre y Danton, y en un aspecto superó a todos, ya que incluso estos maestros de la oratoria y la literatura, debido a las complicaciones que se daban entre las clases de su sociedad, a menudo tenían que detenerse, reconsiderar sus exposiciones, o hacer modificaciones en ellas Toussaint pudo defender la libertad de los negros sin ningún tipo de reservas, y este factor imprimió a sus declaraciones una fuerza y una firmeza difíciles de encontrar en los mejores tratados de la época. Los burgueses franceses fueron incapaces de comprenderlo, y tuvo que correr la sangre antes de que entendiesen que, aun a pesar de su tono un tanto altivo, Toussaint no había caído en rimbombante retórica sino que había escrito la pura y simple verdad".
            Said ve en "esta maravillosa descripción", la visión de un hombre "que había incorporado por completo la auténtica realidad de los sentimientos universalistas propagados por la Ilustración europea". Entiende que James, al que describe como un "marxista historiador negro originario de las Antillas, indigente e itinerante", consigue mostrar aquí "la sinceridad de Toussaint así como sus latentes carencias e imperfecciones y su tendencia a confiar en las declaraciones europeas, a verlas como auténticas intenciones más que como percepciones clasistas determinadas por la Historia y cargadas de los intereses de diversos sectores y grupos".
              Una vez pasada la época de la negritud, del nacionalismo negro, y del indigenismo de los años 60 y 70, James apoyó tenazmente la herencia occidental al mismo tiempo que suscribía el movimiento insurrecto y antiimperialista que compartió con Fanon, Cabral y Rodney. En una entrevista hizo la siguiente declaración:
            "¿Cómo me planteo mi regreso a unas raíces no europeas? Estoy de acuerdo en ello, si eso significa que los escritores caribeños de hoy en día deberían ser conscientes, de que en sus obras existen elementos procedentes de raíces no europeas, no shakesperianas, y de que en la música hay un pasado que no es precisamente Beethoven: entonces estoy de acuerdo. Pero no me gusta el enfrentamiento al que se han visto sometidas las dos posturas, como si se tuviera que escoger entre una u otra. No creo en este antagonismo sino en la dualidad de ambas. De hecho, tanto nuestra alfabetización como nuestra tradición estética están fundamentalmente arraigadas en la civilización europea occidental".
              Se trata por lo tanto de establecer una interrelación entre las culturas y sus diferentes momentos, así, por ejemplo, en el caso árabe que tanta importancia tiene entre nosotros, es importante subrayar la capital trascendencia del redescubrimiento de la lengua árabe y de la herencia clásica islámica, casi siempre a través de la aportación de pensadores lugar, a través de una nueva orientación en la Historia, de carácter integrador o contrapuntístico, que considera que las experiencias occidentales y las no occidentales se suponen mutuamente porque están a su vez relacionadas por el imperialismo. Revaloriza la presencia de "de una visión imaginativa, incluso utópica, que vuelve a tener en cuenta la teoría y práctica de la emancipación (como elemento opuesto a la reclusión), y por último, apostando por un tipo particular de energía nómada, migratoria, y antinarrativa en lugar de aceptar nuevas autoridades, doctrinas u ortodoxias reconocidas, o instituciones y causas establecidas".
                Después de estas pistas dejadas por Said, estará muy bien tratar de indagar más sobre James, y tratar de editar Los jacobinos negros, y algunas otras de sus obras y escritos. Como contribución a dicha recuperación se añade las notas tomadas por James en su entrevista  con Trotsky en la que destaca sobre su todo las reflexiones de éste sobre las enormes dificultades para reconstruir la izquierda revolucionaria en vísperas de la IIª Guerra Mundial.