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La cuestión comunista: 4. El final es el principio

En el siglo XX que casi nada era lo que decía ser. Hasta Hitler utilizó la palabra “socialismo”, Franco se dijo “cristiano”, y Nixon “republicano”. La palabra “comunismo” no fue una excepción
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 15-9-2008 | 779 lecturas | 5 comentarios
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Hay una escena magistral en la tercera entrega de El Padrino, de Ford Coppola-Puzo. El  último Corleone se pasea por el Vaticano como Pedro por su casa, y habla con papa que parece diferente, encarnado por el inolvidable Raf Vallone. Están hablando del cristianismo,  entonces el anciano se detiene ante una pequeña pila de agua con piedras al fondo. Coge una de ellas, y la parte para mostrarle que aunque seguramente llevaba siglos en el agua por dentro seguía totalmente seca. La “parábola” sirve perfectamente para caracterizar el catolicismo, seguramente el último lugar en el mundo donde existe debe ser el Vaticano. Lo demás, el agua, es un montaje por el que pueden transitar Corleone, el Opus, Bush, Aznar, Wotyla, y mucha gente humilde que necesita creer. 

      Nos dicen que las democracias son diferentes, pero en ellas, las victorias del pueblo son cada vez más extrañas, y en nombre de ellas, Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos han sometido pueblos, incluso continentes, y ahí está el continente africano al que todos pisaron. El “socialismo” de lo que queda de la antigua socialdemocracia es meramente verbal. Como sucede con el catolicismo,  sirve para dar una buena conciencia que no obliga a casi nada. El comunismo llegó a ser algo parecido. Seguramente se podría encontrar más comunistas verdaderos en Alaska que en la antigua URSS, el ideal servía para ocultar que por dentro casi todo estaba complemente seco. Cierto es que la lo que hay ahora es peor, que la URSS servía como contrapoder contra el imperialismo, y que de esta manera permitía márgenes para los países sometidos e incluso para la clase obrera de Occidente…

        Pero el hecho es que el catolicismo, la democracia o incluso el “socialismo” se han podido adaptar a las exigencias de las clases dominantes, y de ahí que los moralistas del orden establecido suelen ser benévolos con sus pecados, con los del comunismo, no lo podía ser como no lo había sido con otras variantes del pensamiento emancipador, de que el anarquismo haya sido secularmente homologado con el terrorismo…Pero el comunismo solo existía como ideal en la gente, y daba un sentido y un marco organizativo a muchas de las que luchaban por cambiar las cosas desarrollando actividades sindicales, culturales…A este gente a la que se le quiere hacer creer que no queda esperanza, que cuando se quiere ser bueno se acaba siendo peor.

      Pero lo cierto es que su derrota en su expresión más “real” pero más vacía, no es ninguna razón para dictaminar “de una vez por toda” que la revolución de Octubre fue –por decirlo en términos vaticanos- “intrínsecamente perversa”. No creo exagerar en afirmar que si los nazis hubieran ganado, durante mucho tiempo la inmensa mayoría derrotada se habría sentido aria, y escritores como Céline habría subido a los altares. Quizás esto explica la rara unanimidad que actualmente que antiguos fascistas aggionardos, comunistas “arrepentidos”, representantes de la izquierda transformada (se puede decir que su repudio de Octubre como una “tentación totalitaria” se ha convertido en una asignatura obligatoria para la “homologación democrática” de los líderes del “socialismo democrático”),  y conservadores de toda laya,  coinciden  con diferentes matizaciones que a veces resultan muy difícil de apreciar, en una línea general de acusaciones contra Octubre que se puede establecer en los siguientes términos: 

---1) La revolución de Octubre carece totalmente de legitimidad democrática ya que se impuso mediante un complot revolucionario,  o sea a través de un golpe de Estado minoritario que nunca fue refrendado por las urnas;

---2) Todo lo que vino después, la crueldad con los adversarios, la represión de las oposiciones, el delirio totalitario, etc, no son más que la consecuencia de este “pecado original”, por lo que se da por obvia la existencia una “continuidad” entre el tiempo de Lenin y el de Stalin;

---3) Más que cualquier por otros factores exógenos (cerco internacional, tradiciones absolutistas y oscurantistas, perversidad de una elite, etc), el destino de la revolución vendría condenado de antemano por haber “forzado” el curso de la  historia;

---4) El hecho de que otras experiencias revolucionarias siguieran un curso similar al “soviético”, demuestra que al quebrar la evolución histórica, y al despreciar la pluralidad y el consenso, las revoluciones pueden comenzar  como una utopía positiva, pero acaban siempre irreversiblemente, como una utopía totalitaria…

     

          Es por el alcance de sus consecuencias y de sus luchas, por lo que los 2neuvos mandarines” tratan sistemáticamente de amalgamar a Stalin (y a Lenin) con Hitler y Mussolini, en tanto que otro, como Jean François Revel o los autores de “El libro negro”, asimilan las tesis revisionistas sobre el nazismo, para argumentar que el nazismo y el fascismo no habrían tenido lugar sin la perversión totalitaria de la revolución rusa.

          Para empezar. No deja de resultar curioso que este veredicto se efectúe en nombre de la “sociedad abierta” (Karl Popper). Es decir que cuando se trata de Octubre se impone como una conclusión “cerrada”, incuestionable, una categoría que no se pretende imponer a ningún otro acontecimiento  histórico “constituyente”, ni tan siquiera a los fascistas.  Cuando se trata de Octubre se establecen dos factores diferentes, uno, se le amputan todas las barbaries ajenas factibles, y dos, no se admite ningún otro prisma que no sea el de horror.

        Sin embargo, si “abrimos” el libro de las historias de las monarquías, de la Santa Madre Iglesia,  de los grandes monopolios, de las grandes democracias, etc, no existe más remedio que acordar que a Voltaire no le faltaba razón  cuando escribió que la historia de la humanidad es la historia de sus crímenes, y no hay más que hurgar un poco para encontrar el “corazón de las tinieblas” en cada uno de los capítulos fundacionales del capitalismo.

        No ya respecto a capítulos del pasado más lejano, como la colonización de América o África,  las guerras dinásticas o religiosas entre vaticanistas y protestantes (ambos coligados a la hora de la verdad  contra las tentativas igualitarias). Podemos ceñirnos a acontecimientos más recientes, e incluso más “blanqueados” como pueden los jalones constituyentes de los Estados Unidos.  Un modelo nacional  tan idealizado sobre el que un Vargas Llosa admite seráficamente no exento de “defectos”, y  que el último Octavio Paz describió casi como una autopista hacia la libertad.

        Sin embargo, la revolución de 1776 comportó tanto o más horrores que la rusa. La esclavitud siguió funcionando hasta un siglo después (el racismo subsiste todavía), ¿y qué decir del etnocidio de las tribus indias? Esto por no hablar del “talón de hierro” de la oligarquía, incluso en la “guerra sucia” contra el movimiento obrero sobre la que ofrecieron cumplidos testimonios escritores como Jack London, Upton Sinclair, John Reed o  Dashiel Hammett, entre otros muchos pertenecientes a la soberbia tradición socialista norteamericana. Por no hablar más del ecocidio Vietnam, o de los Auschtwiczs de las Américas impartidos desde la Escuela de Panamá.

        Desde la misma lógica ”blanqueadora”,  los apólogos del “libre beneficio” sin trabas, pretenden imponer como “tópicas” las “teorías” sobre el expolio del Tercer Mundo, así la descomposición del continente africano sería producto de las propias deficiencias, y no una historia la entrada del mercado mundial se hace a través de la trata de negros. Los nuevos mandarines nos vienen a asegurar que Gandhi se equivocaba cuando decía que la miseria de continentes enteros era la otra cara de la moneda del despilfarro en otros, se quiere desprestigiar la teoría de la dependencia.

      La labor de maquillaje es extraordinaria, basta con gozar de la impunidad académica y de los medios. Así por ejemplo, el  historiador mexicano Enrique Krause se atreve a decir que no está claro sobre  quienes recae la responsabilidad de la Primera Guerra Mundial, y Vargas Llosa se hace eco de los “caucus” republicanos norteamericanos para exonerar Truman de Hiroshima y Nagasaki,  en un delirio coreado por los medias, y por publicistas bien pagados.

      Los mandarines también tratan de acabar con la historia de las revoluciones. La concepción de que la revolución era el “motor” de la historia no fue un invento de los bolcheviques, ni tan siquiera de Marx. El cristianismo fue una “revolución” (prometida) en una época en la que las personas, sobre todo las sometidas, no eran absolutamente nada. La Reforma fue una revolución que separó la Iglesia del Estado y creó las bases de la pluralidad ideológica. Desde la Reforma se auspiciaron las revoluciones que, en Gran Bretaña y en Holanda, impusieron el parlamento  por encima de la corona, y dieron al traste con las monarquías absolutistas (que pervivieron en lugares como Rusia, España, Grecia). 

      Las grandes potencias democráticas –Holanda, Gran Bretaña, Francia--, tuvieron que recurrir a grandes revoluciones para desplazar a la aristocracia terrateniente. De hecho, la revolución rusa comenzó como una de estas revoluciones, pero su desarrollo fue diferente, básicamente porque coincidió con nuevos problemas, problemas que son analizados con toda riqueza de detalles en los textos recogidos en este libro. Nuestro Alto Tribunal sobre todo, quiere vetar las revoluciones y prescinde de ellas desde su más allá de la historia.

        En el caso de Octubre, sus protagonistas no fueron los "“autores"” sino que interpretaron un drama que les vino dado por una suma de circunstancias, y actuaron optando por la opción que les pareció más consecuente, la única “fuerte” para contrarrestar las tentativas restauracionista. En cuanto a la idea retomada de Edmund Burke de que, al fin de cuentas, la fuerza de las cosas se encargan gracias a la evolución lo que se quiere precipitar con la revolución, puede ser una idea muy aceptable para la gente instalada en épocas de restauración, pero no se puede pedir a los humillados y ofendidos que esperen en la cola de la historia. Este esquema es además deudor de una teorización abusiva de la “Gloriosa”,  una revolución consensuada que, aparte del juicio que merezca, sería inexplicable sin su antecedente de la revolución puritana de Cromwell.

      También se recurre a pretendidas “novedades” que “confirman” –“por si hacía falta”, escribirá Santos Juliá- que no existían diferencias de fondo entre Lenin y Stalin. Ahora se “descubren” unos “cadáveres en el armario” del primero gracias al general Dmitri Volkógonov. “Yo era leninista” dijo en una entrevista, y como tal sirvió con Stalin, y se convirtió en uno de los historiadores oficiales de Breznev, Gorbatchev, y Yeltsin, sucesivamente. Entre sus grandes aportaciones se encuentran panfletos contra Solzhenitsin y contra Sajarov, al que trató  entre otras cosas de “desecho moral y basura social”.

      Con Yeltsin, el viejo militar estaliniano finalmente arrepentido descubrió 3.724 documentos guardados en secreto”, entonces, añadió: “sufrí la más grande conmoción de mi vida”.  Sin embargo, todo lo que aportan dichos documentos no altera básicamente algo que Trotsky, Deutscher o Carr, ya sabían; que, obsesionado porque la revolución no fuera destruida, Lenin puso un gran  énfasis en las medidas represivas. Seguramente la más importante fue la que afectó a la familia zarista, una medida sangrienta que Volkógonov relaciona con citas y expresiones jacobinas de Lenin.

        Estas medidas también afectaron a disidentes de izquierdas, en particular a anarquistas y eseristas y él mismo sufrió las consecuencias de estos, de Dora Kaplan, que quiso ser la Carlota Corday rusa, y que aceleró su muerte. Evidentemente, no se trata de dar por buena esta actitud, aunque se puede “comprender” ante los dilemas planteados por la guerra civil en la que los “blancos” y sus apoyos occidentales no utilizaron precisamente métodos democráticos o humanistas. Ahora parece evidente que Lenin “torció demasiado el bastón” hacia el reforzamiento del Estado, cuando, en consecuencia con sus propios escritos de 1917, tendría que haberlo hecho por los soviets. Esta es, claro está, una de las grandes discusiones entre las izquierdas. Pero en modo alguno permite sentenciar  sobre la “crueldad” innata e inicial. Octubre no quiso pasara a la historia como una las tentativas revolucionarias fracasadas, que acababan a sangre y fuego. Lenin había leído detenidamente los fusilamientos de los comuneros tal como lo describe la “Historia de la Comuna” de  P.O. Lissagaray. (por cierto, reeditada por Txalaparta) …

        Se trata de juzgar un tiempo tan terrible como el que rodea la Gran Guerra y unas circunstancias nacionales tan específicas como las rusas por el rasero occidental, de la democracia como una exclusiva del sistema liberal capitalista fuera de toda sospecha.  Sin embargo, la realidad es que la revolución rusa no se enfrentó a una democracia. Se enfrentó primero a una autarquía que no había mostrado la menor capacidad reforma y que estaba estrechamente ligada a los terratenientes cuyas tierras las consideraban  suyas los campesinos. Luego se enfrentó a un gobierno provisional que fue entronizado para poner en práctica lo que no quería hacer.

        Hay que repetirlo mil veces: la “democracia” de febrero fue absolutamente incapaz de dar la tierra a los campesinos, y de acabar con la guerra. Dependía más del compromiso con los terratenientes y con Gran Bretaña que del pueblo. Por otro, la revolución fue ante todo,  y esto lo explican muy bien Reed, Sujanov y Trotsky,  fruto de la participación activa de toda la población, incluyendo los sectores sociales más reacios a tomar la palabra. Cuando superaron la crisis de julio, los bolcheviques llegaron a representar desde el 45% hasta el 65% entre los delegados al congreso de los Soviets cuya representatividad era imperativa, directa, y no delegada, cuestiones sobre las que los trabajos aquí reunidos ofrecen documentación y argumentación que sitúan Octubre lejos de cualquier versión idílica, pero también lejos de la encarnación maniquea que se nos quiere vender. 

      Sin un apoyo social tan extraordinario una revolución surgida de un puñado de agitadores, de un complot minoritario, apenas si habría ocupado una página en el libro de la historia; aunque quizás sea sus bondades no tendrían dificultades en ser reconocidas. No habría superado la guerra civil. No debería de resultar tan minoritaria cuando inmediatamente después se sucedieron movilizaciones, huelgas generales y crisis revolucionarias desde Hungría (donde la revolución fue abortada “manus militari”) hasta Sudáfrica,  e influye tan poderosamente luego en el curso histórico de los demás países, incluyendo los poderosos Estados Unidos. Señalemos simplemente que entre 1918 y 1923 tienen lugar en Alemania tres crisis revolucionarias, y que en un año –1921- el Partido Comunista alemán llega a cambiar su dirección  mediante el debate hasta en cinco ocasiones...

          Este impulso revolucionario horizontal se haría sentir todavía a lo largo de los años veinte, a pesar de los estragos de la guerra, del cerco internacional, de las penurias derivadas de la destrucción de los principales soportes industriales, del atraso secular, y se respira a través de las tentativas pioneras en el ámbito de las transformaciones en las formas cotidianas de vida: en las reformas escolares y pedagógicas, y el desarrollo de una legislación familiar claramente feminista, en la invención artística, gráfica, teatral y cinematográfica, en la ebullición de proyectos, de recitales callejeros, y en los debates políticos cuya riqueza y trascendencia  se nos quiere escamotear como si con las escobas que barrieron a Stalin o Ceaucescu pudiera servir para todas las voces que durante el “siglo corto”  lucharon o hicieron suyas las promesas de Octubre, y la aplicaron siempre “a su manera”, obviamente  como el punto de partida –y no como el final- de algo nuevo.

        Nombres como los de Alexander Block, André Bretón, Simone Weil, André Gide, Federico García Lorca, Dashiel Hammett, Panait Istrati, Henriette Roland-Holst, Walter Benjamin, Brecht, y así en una lista interminable para la que faltarían páginas en este libro, y cuyo lugar en la cultura internacional es y será muy superior al de tantos mandarines mimados por los que Manuel Sacristán llamaba “los deshacedores de la tierra”, y la verdad es que las van a deshacer como no lo impidamos. Nombres famosos, emblemáticos, pero también otros anónimos, decenas de miles de hombres y mujeres que fueron comunistas porque estaban contra la injusticia y el capitalismo y que fueron mejores que nosotros porque lucharon en condiciones especialmente adversas.

          Y los había. Un día le pregunté al comunista almeriense instalado en Terrassa, Juan Martínez, como era que seguía luchando después de las torturas y las cáceles por las que su mujer y sus hijos pasaban tantas fatigas. Y me respondió con toda la naturalidad del mundo: “Porque habían otros camaradas que lo habían hecho antes que yo”.

 
 
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Comentarios (5)

#1.- Buen artículo

Manugorri|15-09-2008 23:51

Muy bien señor Pepe, así se escribe, domina muy bien usted el tema. Bueno la cuestión: ante tanta mierda el ser comunista es un imperativo moral de primera instancia, así que animo a todos y todas a ser comunistas generosos y no mezquinos consumidores, por lo menos, ante la ruína del planeta, pongamos con  un pequeño esfuerzo personal el impedirlo. Gracias.

Saludos y Agur

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#3.- ¿Y Kronstadt? ¿y Makhno?

Jango|16-09-2008 13:42

A mi me gusta mucho leer a Pepe Gutiérrez, pues por lo general escribe seriamente. Aunque a veces se le olvidan nombres -Volin o  Avrich  entre los historiadores de la revolución rusa por ej- o hechos:como el aplastamiento del "orgullo y gloria" de la revolución en Kronstadt en marzo de 1921; o el aplastamiento de los majnoístas en Ucrania en 1921...A mi juicio es en estas problemas -por supuesto sin dejar de lado la ruptura entre Marx y Bakunin o las críticas de Luxemburgo a varias decisiones de Lenin y Trotski...- donde hemos de buscar la gestación de  los dramas del "socialismo sin libertad" sin hacernos trampas al solitario. De cualquier es de agradecer el aporte de Pepe e inentar el diálogo

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#4.- De acuerdo con Jango, pero....

Lucca Toni|16-09-2008 18:29

a pesar de todo la Revolución de Octubre fue algo más que un simple golpe de Estado de los Bolches. Fue apoyada por la Izquierda SR,muchos anarquistas... y por una gran parte de la clase obrera revolucionaria y el campesinado. Por eso creo que es reivindicable con críticas y hay que salir al paso de todas las calumnias de la burguesía. La burguesía liberal habla mucho de la "sociedad abierta", pero calla toda la explotación, en la metrópolis y en las colonias, toda la sangre que ha corrido para generar esta "sociedad abierta". Incluidas las cabezas de reyes que cayeron en la "fase revolucionaria" de la Burguesía, que ahora preferirían olvidar, aunque la estatua de Cromwell se mantenga con honor al lado del parlamento.

No obstante, tenemos que mantener la mente serena y analizar como demonios se llega del Octubre Rojo a la represión de Kronstadt o la "Makhnovschina". Ahí, haría una llamada a la reflexión y autocrítica a los troskos y a Pepe en particular. No creo que a estas alturas sea coherente la "leyenda rosa" de la época leninista, contrapuesta a la "negra" de la estalinista. Evidentemente, el stalinismo es una culminación, un punto de inflexión, pero no hay porqué seguir defendiendo la infalibilidad de Lenin y Trotsky ("Amicus plato, sed magis amicus veritas")

Un saludo revolucionario a todos.

PD.Que estos debates nos sirvan para arrojar un poco de luz y no se conviertan en debates "futboleros", sobre Lenin, Trotsky, Makhno etc...

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#5.- MARXISMO LENINISMO SI!!! (izquierdismo enfermedad infantil del comunismo)

GARIBALDI|16-09-2008 21:35

va...

antes de Lenin ya habia una revolución en marcha, los soldados abandonaban el frente, los trabajadores se hacian cargo de las empresas, los campesinos ocupaban las tierras de los feudales y el zar estaba fuera de combate. 

La incognita era saber quien se haria con el poder. la burguesia, liberal? democratica? capitalista? centralismo o nacionalismo? la muy debil burguesia rusa

socialismo y de que tipo.... existen tipos inviables como el anarquismo no ha triunfado en ningun lado... han hecho el ridiculo absoluto incluido españa, revolución del 36 POR NO ASUMIR EL PODER POR NO HACER LO QUE HIZO LENIN.

Lenin lo que hizo fue despejar la incoginita y ocupar el y los bolcheviques el poder del estado (fue una union sovietica sin soviets). Los procesos politicos con incognitas... claro que uno puede imaginarse una rusia sin triunfo de la revolucion rusa o una francia sin triunfo de los ideales de la revolución francesa o unos ee.uu bajo dominación britanica como el canada hasta el siglo XX.

DESDE LUEGO UNO PUEDE IMAGINARSE LAS CONSECUENCIAS SOCIALES, HISTORICAS Y POLITICAS DE TODO ELLO...

por el marxismo leninismo y el fin de la unidad de españa y sus complices reales, judiciales, politicos y desmas escoria. 

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#6.- Lucca, estoy de acuerdo contigo

Jango|17-09-2008 12:47

Lucca, estoy de acuerdo contigo, la revolución rusa no fue un golpe de estado de los bolches, sino una de las revoluciones más importantes del siglo XX. En lo que me es personal leo mucho a Lenin y Trotski, pero no creo que podamos comprender que ocurrió, es decir porqué se burocratizó la URSS primero y porqué se hundió después -arrastrando por cierto con ella el catecismo marxista-leninista- sin estudiar a fondo el anarquismo soviético en su interacción trágica con el bolchevismo como teoría y práctica. Por cierto que tampoco creo que podamos entender la derrota de la revolución española sin la profundamente errónea accion del PCE y los socialistas.

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