Pero es claro que no se puede querer todo ni abarcar demasiado sin poco apretar; está claro que no se puede decir misa y repicar, y que si se está al plato no se puede estar a las tajadas. No puede haber “desarrollo” en el sentido que se emplea y no labrar nuestra desgracia, la desgracia general de la humanidad. Está claro que el desarrollo es una cosa y la hinchazón otra. Y las sociedades occidentales (y aún más la española en la que es crónica y severa la desatención sobre el I+D) están hinchadas y quieren hincharlas más hasta que exploten...
  La cuestión es, ¿se quiere un mundo, una sociedad, un sistema destartalado? ¿o se quiere un mundo, una sociedad, un sistema equilibrado? Porque si lo que se quiere es no ya un mundo justo -una ingenuidad-, o igualitario -una fantasía-, sino un sistema que no nos lleve a devorarnos entre nosotros después de haber fagocitado a otras culturas, lo que hay que plantearse no es el crecimiento material medido en libros de teneduría o plasmado en gráficos manipulados; ni siquiera el crecimiento en términos de ese autoengaño, esa trampa, esa cretinez llamada "desarrollo sostenible". Pues el desarrollo sostenible sólo es posible a duras penas en la industria maderera, en la tala de bosques que incluye la reposición de los árboles talados y que sólo se mima en pocos países. En todo lo demás, el único desarrollo sostenible que cabe es el saneamiento (ya imposible aunque sólo sea por la magnitud de la degradación) de ríos, lagos y mares...
  Lo que hay que plantearse y decidir de una vez -decía- es la regresión: la austeridad, la frugalidad, la sobriedad, la templanza y la mesura. Esa es la única filosofía económica y social que cuadra a unas sociedades que llevan camino del desastre, al desplome estrepitoso de cada economía nacional. Unas sociedades cada vez más interdependientes en la medida que devasta la globalización, y en las que por no haberse cuidado en lo posible la autarquía (la autosuficiencia económica), el efecto dominó está garantizado.
  Lo que un economista sagaz e independiente (que no está ni en las filas de los conservadores ni de los progresistas -que no está en definitiva) proclamaría es: alto al crecimiento material, adelante con el crecimiento moral en clave de la filosofía adecuada para contrarrestar la ansiedad y la desesperación por no poder salir de vacaciones más que cinco días o por no poder comprar jamás un todoterreno.
  Está muy claro que un individuo puede desarrollarse por su talla creciendo en estatura, o desarrollarse por volumen aumentando el peso. De igual manera una sociedad o conjunto de sociedades no puede ni debe intentar crecer sin límite, indefinidamente, “hacia arriba”, produciendo más y más de todo: más coches, más maquinaria, más aviones, más televisores, más lavadoras... y, además, para los mismos consumidores. (Esto lo saben los supersabios y las think tanks y los estudiosos mentalistas. Pero los que no somos sabios somos los que sabemos en cambio, por ejemplo en materia de inmigración, que se miente al decir que no "queremos" más inmigrantes. Se les reclama porque son consumidores potenciales; eso es lo que se busca desesperadamente, consumidores. Y por eso mismo se hacen guerras estratégicas. No sólo para llenar los bolsillos de los administradores petroleros, sino también para ensanchar los mercados extenuados de productos superfluos. Lo primero que se hace en la conquista moderna es poner un chiringuito mcdonalds con su correspondiente coca cola).
En resumen, llaman crisis a la reducción de beneficios. Como el sector inmobiliario español que tuvo la desfachatez de exigir miles de millones de euros al gobierno para paliar "su" crisis. Pero lo cierto es que, calculado el desarrollo individual por las medidas insensatas al uso, y la desaceleración por el empobrecimiento y la estrechez generalizados la inmensa mayoría de los ciudadanos del mundo occidental y sobre todo españoles, vive en crisis permanente...
  Porque en este momento la humanidad tiene un reto definitivo a su vista: o retrocede en producción de basura telúrica, o se hundirá por el peso de la ambición. Los únicos productos que hay que garantizar a los ciudadanos son los alimentarios y el techo poniéndolos al alcance de todas las fortunas. Y a ellos se debe consagrar cada gobierno. Todo lo demás, llegado a ciertos límites como a los que se está llegando, podría decirse tranquilamente que sobra. Sobra todo lo accesorio. Y la crisis se resuelve, ante todo no creando necesidades no sentidas. Así es cómo se sale adelante, sin neurastenias.
  Sólo potenciando lo colectivo, el transporte, la enseñanza, el entretenimiento o la contemplación; sólo haciendo llegar a cada individuo por separado el provecho del progreso tecnológico a condición de que no deje graves secuelas medioambientales podríamos respirar un poco más tranquilos. Pues habríamos dejado una margen mucho más ancho a la esperanza en el retraso de las hecatombes. Y por ese camino de la moderación, por esa filosofía y psicología de la contención de la que incluso emocionalmente podría sacarse partido, podríamos acariciar la idea sublime del desarrollo verdaderamente inteligente. Hacernos más juiciosos equivale a abandonar el color de la realidad para vivir en el gris y, si no, en blanco y negro: la única manera de superar "la crisis" y de vivir mucho mejor.