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¿Crisis? ¿Qué crisis?

El mundo occidental -y no sólo España- está metido en un buen lío; un buen lío económico, y, derivado de él, un buen lío social.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 3-7-2008 | 317 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/crisis-que-crisis

  Pero es claro que no se puede querer todo ni abarcar demasiado sin poco apretar; está claro que no se puede decir misa y repicar, y que si se está al plato no se puede estar a las tajadas. No puede haber “desa­rrollo” en el sentido que se emplea y no labrar nuestra desgracia, la desgracia general de la humanidad. Está claro que el desarrollo es una cosa y la hinchazón otra. Y las sociedades occidentales (y aún más la española en la que es crónica y severa la desatención sobre el I+D) están hinchadas y quieren hincharlas más hasta que explo­ten...

  La cuestión es, ¿se quiere un mundo, una sociedad, un sistema destartalado? ¿o se quiere un mundo, una sociedad, un sistema equilibrado? Porque si lo que se quiere es no ya un mundo justo -una ingenuidad-, o igualitario -una fantasía-, sino un sistema que no nos lleve a devorarnos entre no­sotros después de haber fa­gocitado a otras culturas, lo que hay que plantearse no es el creci­miento mate­rial medido en li­bros de teneduría o plasmado en gráfi­cos ma­nipula­dos; ni siquiera el creci­miento en términos de ese au­toengaño, esa trampa, esa creti­nez llamada "desarrollo sostenible". Pues el desarrollo sostenible sólo es po­sible a duras penas en la in­dustria maderera, en la tala de bos­ques que incluye la reposición de los ár­boles talados y que sólo se mima en pocos países. En todo lo de­más, el único desarrollo soste­nible que cabe es el saneamiento (ya im­posible aunque sólo sea por la magnitud de la degradación) de ríos, lagos y mares...

  Lo que hay que plantearse y decidir de una vez -decía- es la regre­sión: la austeridad, la frugalidad, la sobriedad, la tem­planza y la me­sura. Esa es la única filosofía económica y social que cua­dra a unas sociedades que llevan camino del desastre, al desplome estrepitoso de cada economía nacional. Unas sociedades cada vez más inter­dependientes en la medida que devasta la globalización, y en las que por no haberse cuidado en lo posible la autarquía (la autosufi­ciencia económica), el efecto do­minó está garantizado.

  Lo que un economista sagaz e independiente (que no está ni en las filas de los conservadores ni de los progresistas -que no está en definitiva) proclamaría es: alto al crecimiento material, adelante con el creci­miento moral en clave de la filosofía adecuada para contra­rrestar la ansiedad y la desesperación por no poder salir de vacacio­nes más que cinco días o por no poder comprar jamás un todote­rreno.

  Está muy claro que un individuo puede desarrollarse por su talla creciendo en estatura, o desarrollarse por volumen aumentando el peso. De igual manera una sociedad o conjunto de sociedades no puede ni debe intentar crecer sin límite, indefinidamente, “hacia arriba”, produ­ciendo más y más de todo: más coches, más maquina­ria, más aviones, más televisores, más lavadoras... y, además, para los mismos consumidores. (Esto lo saben los supersabios y las think tanks y los estudiosos mentalistas. Pero los que no so­mos sabios somos los que sa­bemos en cambio, por ejemplo en materia de inmi­gración, que se miente al de­cir que no "queremos" más inmigrantes. Se les reclama porque son con­sumidores poten­ciales; eso es lo que se busca desesperadamente, consumidores. Y por eso mismo se hacen guerras es­tratégicas. No sólo para llenar los bolsillos de los administradores petroleros, sino también para en­sanchar los merca­dos extenuados de productos superfluos. Lo pri­mero que se hace en la conquista moderna es poner un chiringuito mcdo­nalds con su co­rrespon­diente coca cola).

En resumen, llaman crisis a la reducción de beneficios. Como el sector inmobiliario español que tuvo la desfachatez de exigir miles de millones de euros al gobierno para paliar "su" crisis. Pero lo cierto es que, calculado el desarrollo individual por las medidas in­sensatas al uso, y la desaceleración por el empobrecimiento y la es­trechez generalizados la inmensa mayoría de los ciudadanos del mundo oc­cidental y sobre todo españoles, vive en crisis perma­nente...

  Lo que hay que hacer, lo que debieran hacer estos gober­nantes occidentales carroñeros y mendaces es dar un golpe de ti­món. Si no a planteamientos económicos que no tienen ya remedio (pues no habrá economista, a menos que sea heterodoxo y perseguido, que los avale), sí a una pedagogía de urgencia que llame a rebato a la austeridad colectiva aunque los opulentos no la padezcan y sean siempre los mismos los que paguen las conse­cuencias de la esca­sez, que al final es la escasez principalmente de carburantes; carburantes  que hace mucho podrían y debieran haber sido reemplazados... Lo que es me­nester es que la escasez no afecte a la nutri­ción ni a la sanidad ni al acceso a la vivienda. En lo demás, la cri­sis es una atroz in­vención, una artificiosidad más de las muchas que asfixian a es­tos pueblos.

  Porque en este momento la humanidad tiene un reto definitivo a su vista: o retrocede en producción de basura telúrica, o se hundi­rá por el peso de la ambición. Los únicos productos que hay que garantizar a los ciudadanos son los alimentarios y el te­cho poniéndolos al al­cance de todas las fortunas. Y a ellos se debe consagrar cada go­bierno. Todo lo demás, llegado a ciertos límites como a los que se está llegando, podría decirse tranquilamente que sobra. Sobra todo lo accesorio. Y la crisis se resuelve, ante todo no creando necesida­des no sentidas. Así es cómo se sale adelante, sin neuraste­nias.

  Sólo potenciando lo colectivo, el transporte, la enseñanza, el en­tretenimiento o la contemplación; sólo haciendo llegar a cada indi­vi­duo por separado el provecho del progreso tecnológico a condición de que no deje graves secuelas medioambientales podríamos respi­rar un poco más tranquilos. Pues habríamos dejado una mar­gen mucho más ancho a la esperanza en el retraso de las hecatombes. Y por ese ca­mino de la moderación, por esa filosofía y psicología de la conten­ción de la que incluso emocionalmente podría sacarse par­tido, po­dríamos aca­riciar la idea sublime del desarrollo verdadera­mente inte­ligente. Hacernos más juiciosos equivale a abandonar el color de la realidad para vivir en el gris y, si no, en blanco y negro: la única manera de superar "la crisis" y de vivir mucho mejor.

 
 
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