Nada pesa, oprime, asfixia tanto como el tiempo. A Juan Ramón Jiménez le dieron un premio Nobel de literatura y murió poco después en Puerto Rico, exiliado allá en las Américas, de su "Platero y yo" tuvimos ocasión de hartarnos (hasta película tuvo) y de su poesía conocíamos aquello de "a la minoría siempre" que siempre ando malinterpretado, porque es evidente que Einstein pudo poner la misma dedicatoria en la introducción a su teoría de la Relatividad y nadie se hubiese echado nunca las manos a la cabeza.
Fue Juan Ramón Jiménez quien trajo, junto a Zenobia Camprubí su esposa, al idioma castellano, la obra de R. Tagore, y Losada, el buen editor, el que fue dando sus traducciones al público de lectura española. El rey y la reina. El asceta. Ofrenda lírica. Entre muchos más títulos. Con la traducción de R. Tagore, Juan Ramón Jiménez abría la puerta del idioma español a la literatura de la India, al menos abría una rendija, que no es poco mérito el que acumuló a medias con su mujer. Estoy seguro de que su karma lo llevó a aquel lejano país.
Y es que cuando se intenta ver, con la distancia del tiempo, el mérito de cada cual, a veces es lo menor de un autor lo que se impone como su contribución más preciosa. Aparte su obra lírica, Juan Ramón Jiménez era poeta verdadero, diferente y seguro en su valer (Max Aub muestra en su historia de la literatura española la deuda del 27), creo que la traducción (demostrando que traducir puede ser una tarea puente entre pueblos) de R. Tagore, estableciendo un pasarela a la cultura inmensa de la India, no se le ha reconocido. Cuando es tan fácil, pues está muerto.
Sin embargo donde tantas cosas se olvidan también se olvida que nuestra lengua es otra más del tronco indoeuropeo, y que la India, un subcontinente que deriva contra la placa asiática, es otra Europa pegada a Asia o Europa una India que tarda más en descubrirse como unidad. Es otra verdad contra el tiempo que Juan Ramón Jiménez fue el primer escritor español en escribir como un hindú.