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Colombia no es la excepción

Las luchas fratricidas, políticas y armadas, seguirán siendo el reflejo de órdenes socioeconómicos que, en aras de intereses sectarios, han convertido en odio el amor por el prójimo.
Roberto Cobas Avivar | Para Kaos en la Red | 5-7-2008 | 595 lecturas | 1 comentario
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En América Latina la historia está por rescribirse

Colombia no es la excepción

La liberación de la ex candidata a la presidencia de Colombia, retenida por las FARC desde hace más de 6 años, junto a tres ciudadanos norteamericanos y otros colombianos ha develado, como muy pocos otros acontecimientos desde el golpe de estado al Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela en el 2002, el calado de la contienda política que se libra en América Latina.

Las fuerzas enfrentadas son las mismas que ha dejado la herencia colonialista en Nuestra América. Pero la imposición impune de los intereses de las oligarquías criollas de todos y cada uno de los países latinoamericanos hizo crisis con la vuelta de tuerca del afán neoliberal establecido en connivencia con los intereses de Washington.

La correlación de fuerzas sociales se desplaza hacia más cuotas de participación popular. Esa participación que ha llevado a establecer gobiernos de inspiración progresista en varios países sureños. La redistribución del ingreso emerge como objeto de lucha y viene a caracterizar las políticas de los nuevos gobiernos de tendencia de izquierdas. La repercusión obliga a los gobiernos de derechas a replantearse políticas con fachadas de mayor inclusión, obligados por un creciente cuestionamiento social de las ignominias del orden económico capitalista. La paralización de la ley de privatización de la empresa estatal de petróleo PEMEX en Méjico y la resistencia a que se materialice el fraude con la minera CODELCO en Chile, así como la derrota de las oligarquías fascistas de Argentina, opuestas a la redistribución social de los ingresos de los monopolios sojeros, todo ello habla hoy del cambio de escenarios políticos generalizado en la región.

La inclusión de Venezuela en el MERCOSUR y, tal como he expuesto en otro análisis, la inclusión con ello de la impronta de determinaciones políticas en la integración económica regional es un hecho. Así lo declara ahora  públicamente el propio Hugo Chávez. Las sinergias que en el nuevo proceso de integración ha creado el surgimiento de UNASUR y el avance de la modelación de un esquema de integración cooperativo con el ALBA cambian las perspectivas políticas de la participación social.

El rediseño de una arquitectura financiera para las nuevas visiones políticas de la integración latinoamericana ha creado una plataforma de contradicciones dialécticas de profundo impacto. La propuesta del Banco del Sur y del Banco del ALBA, ambos proyectos puestos en movimiento con destacable celeridad y consensos, corre a rellenar el vacío de la bancarrota económica y política del FMI y del BM en la región. Mientras que al mismo tiempo ello le dibuja una contrapartida al poderío económico y financiero de las oligarquías brasileñas, aliadas de primera importancia para los EEUU.

La dinámica de los acontecimientos lleva el sello que se le imprime desde la Revolución Bolivariana de Venezuela. Para las fuerzas revolucionarias y el pensamiento de izquierda no puede caber absolutamente dudas que la derrota del proyecto socialista venezolano daría al traste con el cambio de época que se gesta en América Latina.

No es nada casual que sea Colombia el objeto de deseo llamado a ser convertido en la quinta columna de los procesos de emancipación que se contornean en la región. Desde Washington conocen que la situación política interna de Colombia es el escenario propicio y único en estos momentos para la desestabilización regional. Reforzar el poder político de las oligarquías colombianas y sus fuerzas militaristas es palabra de orden para los intereses estadounidenses. Sin embargo, los EEUU saben igualmente que el escenario político está profundamente minado por la combinación del desplome del estado colombiano y del conflicto armado interno. El problema del narcotráfico se hace inmanejable en dicho escenario, puesto que en otras condiciones, siempre podría ser controlado en interés propio por los EEUU como hoy hacen con el negocio de la heroína bajo su dominio militar en Afganistán.

Todos los recursos materiales y financieros invertidos por los EEUU en el Plan Colombia tienen justo el interés de inclinar de manera sostenible (subrayo sostenible) la correlación estructural de fuerzas a favor de sus intereses geopolíticos. El único impedimento político son precisamente las FARC (y eventualmente el ELN). El problema no son las fuerzas opositoras de distinto signo que asumen el juego de la democracia burguesa dentro de Colombia. Aún cuando dichas fuerzas ponen en evidencia pública la inviabilidad de las actuales estructuras de poder oligárquico, su eficiencia política está mediatizada por las violentas presiones de un estado que no reconoce las propias normas del derecho burgués en que se sustenta. Las profundas raíces del paramilitarismo coaccionan los más mínimos resquicios de la propia democracia.

Eliminar definitivamente de todo escenario político a las FARC es el objetivo a alcanzar por los representantes del estado colombiano. De ahí el delicado y complejo replanteamiento de la proyección del Presidente de Venezuela con respecto al factor FARC en la región. Puesto que, ambos factores, el par Colombia-FARC, y la Revolución Bolivariana, definen las reorientaciones políticas en la región. El carácter de los giros y los meandros que enfrenta el proceso de integración regional de nuevo tipo enfrentan las trayectorias del factor FARC y las canalizaciones de la Revolución Bolivariana. Es por ello que, más allá de la sensación de improvisación de las posiciones del presidente Hugo Chávez con respecto a la situación de las FARC - que han ido desde proponer su reconocimiento como fuerza beligerante hasta exponer en poco tiempo después la sin razón del movimiento insurreccional armado -, es imperativa la preocupación por contrarrestar la proyección estratégica de la subversión usamericana en la región. Las dificultades de los gobiernos de Bolivia y Ecuador hacen que el Gobierno Bolivariano no cuente con muchas posibilidades en la región para tejer un frente político de sólida orientación anti imperialista. La excepción es Cuba. Y es allí donde se han concertado a todas luces los criterios para deshacer el entramado político que intenta imponer Washington. La idea fuerza es una: desactivar el factor táctico que ha desbocado la contra-ofensiva estadounidense y puede minar el terreno de las influencias que ha perdido los EEUU en la región.

La activación de la IV Flota norteamericana y su presencia en el entorno latinoamericano, el apoyo directo y sin tapujos de los EEUU en las operaciones de reducción de las FARC con la ejecución de su segundo al mando y el supuesto rescate de los ciudadanos estadounidenses en primer término de importancia, así como la desesperada puja dentro del Congreso para que se apruebe el TLC con Colombia, son indudables señales de hasta dónde están decididos a marchar los EEUU sobre su patio trasero ante un escenario general que no les he favorable.

Pero abogar por la eliminación incondicional de la insurgencia armada en Colombia deviene una espada de doble filo para los intereses progresistas que buscan sumar a Colombia a la corriente de cambios políticos integracionistas en la región.

El Presidente Hugo Chávez ha perfilado la idea de la desactivación de las FARC durante su comparencia ante la Cumbre sobre Comunicación del MNOAL en marcha en Venezuela (04.07.2008). La propuesta ha sido crear un grupo de países mediadores que faciliten un entendimiento entre el Gobierno colombiano y las FARC para poner fin a la beligerancia militar. El Presidente ha expresado que tal proceso debía garantizar la integridad y los intereses de las partes. Es decir, la necesidad de que las FARC se puedan incorporar con garantías jurídicas a los procesos políticos en el país. La perspectiva de unas FARC convertidas en actor pleno de derechos dentro del juego político interno resulta de suma importancia. Con ello se desactiva la situación de vulnerabilidad a cualquier intervención directa usamericana; se quedarían sin asideros los planes para el despliegue de bases militares en Colombia o Perú (en sustitución al desmantelamiento de la Base de Manta en Ecuador); y se lograría la presencia en la escena política colombiana de un actor fogueado en su lucha contra el régimen colombiano y poseedor de un programa político de claros principios antisistema.

No es posible cuestionar que un escenario como el expuesto beneficiaría a la sociedad colombiana, a sus más amplios sectores populares, puesto que la transformación estructural del actual estado entraría en una nueva etapa de maduración política. Tales condiciones encajan en el proceso de cambios progresistas en la región.

Sin embargo, es fácil deducir que por todas esas mismas razones los intereses de las oligarquías colombianas, en su maridaje carnal con los intereses de las oligarquías estadounidenses, combatirán a fondo una proyección de semejante naturaleza. Esas son las posiciones abiertas de todos los altos representantes del estado colombiano. El derrumbe del estado amenaza con arrastrarlos a todos y sólo en la beligerancia ven la posibilidad de una legitimación ante los ojos descreídos de la sociedad.

Por ello, es racional pensar que el Gobierno colombiano no estará interesado en garantizar la desmovilización de las FARC en un proceso de paz mutuamente concertado. Tampoco lo estarán los EEUU. Es totalmente presumible que el instrumento del paramilitarismo (aún activo) y su connivencia con el estado colombiano podría dar cuenta de los miembros de las FARC de igual manera que lo hicieron ya con los casi 5 000 miembros de la Unión Patriótica que fueron asesinados impunemente al calor de una desmovilización como la que se produciría ahora. Mientras tanto, abogar por el desmantelamiento incondicional de las FARC bajo el argumento de que el tiempo de los fusiles ya pasó,  reconociendo sólo ahora  que los términos de la lucha armada los define la desesperación de la beligerancia del enemigo de clase (a la falta de este reconocimiento ya este autor había  aludido en un trabajo anterior), no sólo deslegitima todo el sentido histórico del conflicto armado en Colombia, sino que fortalece las posiciones políticas de un estado claramente represivo y corroído hacia su interior.

Diáfana expresión de lo anterior se tiene hoy con el episodio del supuesto rescate del grupo retenido por las FARC. Pocas veces se ha podido observar una guerra mediática tan totalitaria como la orquestada por los medios de comunicación masiva al servicio de los poderes oligárquicos nacionales y mundiales. La creación de un símbolo anti guerrillero y el alineamiento iso facto del mismo con el estado y el gobierno colombiano una vez puesto ante las cámaras y micrófonos, no dejan dudas sobre cuáles son las determinaciones que definen los intereses capitalistas y burgueses en juego en la región.

La otrora  candidata a la presidencia de Colombia, decantada como una crítica a las falencias estructurales del estado colombiano, ha tenido ahora el cuidado de legitimar al estado oligarca militarista y a uno de los gobiernos más devaluados en la historia del país, y al mismo tiempo, relegar a los gobiernos de Venezuela y Ecuador al papel de mediadores que busquen la confraternización (sic) en la región con el Presidente Álvaro Uribe Vélez. Para acto seguido dejar claro que no existen ya condiciones para un canje humanitario (una vez ella misma liberada), que la única salida es la entrega unilateral del resto de los retenidos por las FARC y, como colofón, una desmovilización incondicional del grupo insurgente que no le dé “impunidad” a los mandos del movimiento guerrillero. Tales declaraciones de una vocero ya confeso del régimen colombiano, que ha sido elevada a icono de la libertad ante la percepción adocenada de las multitudes, encajan perfectamente en el diseño que las oligarquías colombianas y el gobierno de los EEUU han hecho sobre el curso que deben  de tomar los acontecimientos inmediatos y mediatos en Colombia.

Colombia necesita de salidas políticas y pacíficas a las convulsas contradicciones internas que la carcomen y que diezman a su sociedad. De la influencia destructiva de tales contradicciones no escapa nadie. Ni las propias elites burguesas pueden disfrutar con sosiego los beneficios del orden oligárquico que las favorece. Las FARC – no hay que ser historiador para verlo con toda claridad – son resultado de un proceso de expropiación violento de las clases populares y del campesinado. Ese proceso no ha tenido freno a lo largo de su historia más reciente. Tal expropiación del estado burgués colombiano contra su propia sociedad, ha dado lugar igualmente al surgimiento de las más violentas y eficaces organizaciones de tráfico de drogas que se conocen. Un río revuelto azuzado por un estado privado hereditario. Ese mismo estado hereditario característico de las llamadas democracias en América Latina, sobre el que agudamente llamaba la atención el sociólogo de la Escuela de Altos Estudios Sociales de la Sorbona de París, Jerzy Sach. Un estado de cosas que se observa, como lo puede hacer todo ojo informado, cuando se camina por las calles de Bogotá, Medellín o Cartagena y se escudriñan los contrastes que la agobian o lo disimulan.

Las FARC constituyen un actor político insurgente contra ese estado de cosas. Todo el movimiento paramilitar es la expresión fehaciente de ese Estado hereditario oligarca colombiano. La insurgencia guerrillera es la oposición armada y política a dicho Estado. Más de cuarenta años de insurgencia armada pueden haber contaminado métodos de lucha en una guerra civil generalizada de más alta que baja intensidad. Máxime en condiciones dónde la violencia económica y política del Estado no ha dejado alternativas sustentables para la inclusión social. La omnipresencia de la industria y la violencia del narcotráfico han enrarecido los escenarios de enfrentamientos ideológicos y de la propia beligerancia armada. Pero nada de ello autoriza al reduccionismo interesado en definir a la insurgencia armada como grupos terroristas. No lo entendían así los propios gobiernos colombianos que en momentos dados aceptaron (recientes incluso) a las FARC y al ELN como interlocutores, es decir, como fuerzas insurgentes. No se entendía así en el mundo justo hasta que la administración de G.Bush declaró su guerra antiterrorista contra todo el que no estuviera de su parte, luego de los atentados del 11-S.

La historia de las contradicciones antagónicas en Colombia - simbolizada crudamente ya con el asesinato de E.Gaitán - indica que la concertación de la paz podrá lograrse sólo sobre la renuncia a la violencia económica, social y militar del Estado contra su propia sociedad. Se trata de la violencia de fuertes y arraigados grupos de poder que se han hecho históricamente con las riendas del Estado. La transformación estructural del estado colombiano está en las bases de la construcción de una sociedad incluyente. Mucho indica que ese caminó tendrá que asimilar la participación de las FARC y su herencia política como un actor de importancia paritaria.

El adiós a las armas es un llamado a las partes beligerantes y no el sacrifico de una de ellas. Se trata de una multifacética guerra fratricida, cuyos caminos se han agotado como vías para una paz estable y una reconstrucción sociopolítica de la nación que le permita su legítima integración en el actual concierto de los pueblos latinoamericanos. Los colombianos tienen la última palabra.

 
 
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Comentarios (1)

#6.- LA SEMILLA DEL PUEBLO NO MUERE.

Guillermo Castaño Arcila|06-07-2008 22:39

Todo nos queda claro, es el supuesto golpe de Jaque al pueblo Colombiano, es el; no se que numero de Jaque, que la elite lacaya y criminal que ha manejado este pais ( no nacion) le da al Pueblo. Desde que me conozco el pueblo colombiano ha luchado, tratando de que por lo menos se le reconozca sus mas minimos derechos. Pero siempre se le a tildado de revoltoso,  mason, comunista, rojo, guerrillero y ahora ultimo de terrorista. Siempre he vivido  el odio  -por parte de la elite lacaya y criminal-  contra quienes se han atrevido a desafiarla y tambien  la glorificacion de los traidores, que han entregado las esperanzas que el pueblo un dia deposito en ellos. Desde que me conozco hace 60 años -dejo 5 a la infancia  sin memoria- Mentira, saña, corrupcion, crimen, persecusion, desplazamiento, tortura y muerte, nos deja cada vez que ocurre un Jaque de la elite criminal y lacaya contra el pueblo. Traidores pagados y sacados al exterior, traidores nombrados en los mas altos cargos. Pueblos perseguidos, para " acabar hasta con sus semillas" esto  lo decia desde el poder, la misma  elite actual,cuando yo era un niño- una semilla-. Pero siempre, leanlo bien señores traidores, la semilla vuelve a reventar y a dar vida y con ella la esperanza y la certeza inmensa del triunfo final del Pueblo.

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