Días atrás he vuelto a revisar la antigua adaptación fílmica de Rebelión en la granja, y aparte de algunas objeciones parciales, se puede decir que se trata de un clásico de los dibujos animados que ha resistido la prueba del tiempo.
            Tal como expresaba genialmente Lewis Carroll en Alicia, quien determina el significado de las palabras es el que manda, y esto resulta especialmente cierto en el caso del concepto de “comunismo”. En principio, esta palabra señala un lejano ideal, y en el terreno partidario fue retomado por Lenin para subrayar su oposición radical al de socialdemócrata que el mismo había hecho suya durante casi dos décadas. No obstante, al final de todo, la palabra quedaría presa de la experiencia “comunista” rusa, y sería empleada como sinónimo de estalinismo tanto por los estalinistas como por los anticomunistas, amalgamando en ambos casos una experiencia que cuenta con fase muy diferentes (sobre entre el antes y el después de la guerra civil de 1919-1921), así como expresiones políticas muy diversas, todas ellas (trotskistas, consejistas, socialistas de izquierda, libertarias), consideradas como “heterodoxas” cuando –paradójicamente- cuando el estalinismo fue cualquier cosa menos “ortodoxo”. Su principal característica fue la de doblegar las ideas según sus conveniencias coyunturales, de manera no muy diferente a lo que ha hecho el Vaticano con su cristianismo de de fe ciega y de conveniencia.
              Algún día habrá que escribir sobre el significado “religioso” del ideal comunista (y quien quiera “hacer boca” que se lea los primeros capítulos de La fe que vino de Rusia, de Juan Avilés Farré, Biblioteca Nueva.Uned), pero creo que esta clave del lenguaje que hay que interpretar lo que dice sobre Orwell Niall Bins, poeta y ensayista autor de La llamada de España. Escritores extranjeros en la Guerra Civil (Ed. Montesinos), en una entrevista para Mundo Obrero. Binns declara que descubrió España por Orwell y otros escritores, y añade más adelante: “…el gran escritor consagrado del bloque capitalista, George Orwell, tiene en esta guerra el germen de su postura. Orwell dice que Rebelión en la granja y 1984 surgen de su experiencia del estalinismo en España. El vino como antiimperialista y antifascista; salió de España como antiimperialista y anticomunista. Luego, el Reino Unido y Estados Unidos supieron manipular sus textos para convertirle simplemente en un escritor anticomunista, convirtiendo sus textos anticomunistas en parte del programa básico educativo. Pero nunca llegó a ser un defensor del capitalismo” (1).  
              Esta película es un buen ejemplo de esta tentativa que “la CÍA financió y distribuyó por todo el mundo” como parte de una campaña general de empleo sistemático de las dos últimas obras de Orwell para sus propios fines. Que se trataba de un   empeño importante lo demuestra el hecho de que se otorgara la   producción al documentalista Louis de Rochemont, y que se pusiera en sus manos toda una industria como puesta por ochenta dibujantes que producirían 750 escenas con 300.000 dibujos en color. Al frente del equipo figuró la empresa británica Halas and Batchelor Cartoon Films Ltd, y todo ellos tenían unos límites establecidos, sobre todo desdibujando los subrayados anticapitalistas que Orwell además personalizaba en la persona de Wiston Churchill, el “gran hombre” que en los años treinta no había negado sus simpatías por Mussolini y Hitler, ni su apoyo encubierto a Franco, y que durante la Guerra Mundial pactaría con “el diablo” o sea José Stalin. Para los amantes de los detalles históricos añadamos que en el conflicto Stalin-Trotsky, consideró al primero como el mal menor aunque llegó a creer que el exilio de Trotsky era un pérfido montaje comunista.           
            La escritura de Rebelión en la granja es tan neta, funciona tan suavemente la conjunción de personajes y la evolución de la trama que todo lo que no se acomode a ese patrón va en contra de la película que sin embargo se enriquece por la calidad de los dibujos. No se sabe si por exceso de confianza en el la historia o por propia incapacidad, la puesta en escena de la película resulta a veces poco convincente, como en el momento en que Napoleón toma el poder. Todo sucede de manera muy anecdótica.    El centro del problema esta en el uso que hace Orwell de los animales. Son meros símbolos de categorías humanas y la facilidad con la que se les puede poner rostro es tan grande que a pesar de tener cerdos, caballos o perros delante, en todo momento vemos trabajadores. Nadie que lea la obra podrá olvidar la indignación que late en la granja animal contra la explotación, ni en la claridad con que el anciano cerdo enuncia lo que han de ser los principios de una civilización del trabajo o sea del socialismo.
  Otra cosa es que, por supuesto, la fábula de Orwell, como toda fábula, obtiene sus virtudes por su capacidad de establecer un parangón con una realidad más o menos cercana, pero que en ningún momento puede ser confundida con ésta. Por otro lado, quien diga que Rebelión en la granja es una sátira de la revolución, es que no la ha leído.
  Salvando mas manipulaciones señaladas que no tenían nada que ver con la intencionalidad de Orwell, la adaptación mantuvo una cierta fidelidad en el original salvo en la parte final, un cambio que da para una buena discusión, aunque de hecho, la película no hace otra cosa que parcializar el contenido, algo que ya –como ya habíamos señalado-  se había dado en las interpretaciones conservadoras de la obra.  Resulta que mientras que –como hemos señalado más atrás- en la obra de Orwell, los cerdos burócratas y los capitalistas no se diferencian, mezclándose unos y otros en una misma charca de podredumbre (“Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro), en la película está simetría fue eliminada de tal manera que el estallido final de los animales (cuya descripción general denota el alto aprecio que tenía Orwell por los trabajadores conscientes), se rebelan contra los usurpadores.
  Así pues, los ricachones que rodeaban al señor Jones, pierden casi todo su papel, y al final  ni tan siquiera aparecen. Por lo tanto, no se reproduce el momento del banquete de los cerdos con los enemigos de la especie animal (la condición obrera), los astutos y crueles “seres humanos”, sus amos y maltratadores, explotadores de su fuerza de trabajo. Empero, los espectadores vieron un desenlace mucho más optimista ya que al final, los animales irrumpen en la casa imponiendo su revolución, de ninguna manera se puede decir que prefieran al Sr. Jones. Demuestran que son capaces de volver a organizarse y de luchar contra unos líderes que le han traicionado. Por otro lado, la película quedará para la historia del cine como un auténtico clásico que todavía se emite, se reedita  y se vuelve a ver como un clásico a pesar de todo, y con ella, el debate sobre su interpretación permite perfectamente reconocer la alegoría de una revolución antiburocrática.
  Entre las diversas peculiaridades de la película, vale la pena subrayar los encuadres utilizados para exhibir lo que sucede, como los pies de los humanos acercándose a la granja, con fuertes pisadas levantando polvo, presentándolos como una turba enfurecida, o cuando los animales, coléricos, ven fugazmente por la ventana a los cerdos opresores transformándose en el malvado granjero, representando que los marranos se han convertido en lo que antes odiaban. Se subraya como desde el poder se puede transformar un ideal en algo completamente contrario, cómo los principios van siendo cambiados para  subyugar al pueblo trabajador. Y por más que sus responsables trataran de evitarlo o menguarlo, también se expresa lo que podría ser una denuncia del capitalismo. De hecho, la crítica a la burocracia distingue claramente lo que buscaba esta, más poder para gozar de mayores privilegios. No fue otra cosa lo que funcionó en la URSS estalinista.
    Resulta curioso que para los que hemos leído y releído el original de Orwell, esta obra adquiere un significado que concuerda en no poca medida con su contenido natural, y que sin embargo, paradójicamente, pudiera ser instrumentalizada en un sentido anticomunista. Para lograr algo así, la derecha había conseguido que la URSS fuese identificada como un sistema dictatorial y burocrático. En casos así, todo depende de la mirada. Un buen ejemplo lo podemos encontrar en lo que sucedió en Bangkok a principios de los años sesenta. Según contaba el corresponsal de Le Monde, la dictadura había permitido el estreno de la película de Joseph Losey sobre el asesinato de Trotsky, pero llegó un momento que la  mandó retirar abruptamente. Y es que se estaba percibiendo que los estudiantes la estaban asimilando como el testimonio de que existía otro comunismo.
              Esta posible lectura trotskiana (o anarquista) de una revolución contra la burocracia ya no aparece en la siguiente adaptación de Animal Farm (Reino Unido, 1999), la producida por las cadenas Hellmark y Lakeshore, y que fue dirigida por John Stephenson con la ayuda de la empresa Jim Henson´s  Creatura Shop, responsable de los animales parlantes de Babe, el cerdito valiente (George Miller, 1996), y cuyo referente seguramente ha tenido más peso entre sus creadores que el propio texto de Orwell. Aquí el interés político queda relegado por el despliegue de unos animatronics que permiten sustituir el método artesanal de los dibujos animados por un sistema presuntamente más realista en el que pueden coexistir actores profesionales como el más que notable Peter Postlethwaite (como el Sr. Jones claro), con unos animales que al decir de su director “cuando veíamos las tomas de trabajo, a veces no éramos capaces de decir sí se trataba de un caballo de verdad o de uno de mentira”. Sin embargo, sí algo funciona en esta película es el personaje de carne y hueso, un nauseabundo rastrero capaz de conducir a los animales a la autodestrucción  pero que ya no pretende personificar a una clase burguesa que, al decir luminoso de Pasolini, más que una clase social es una enfermedad. El reparto animal está más preocupado por hacer su número para el público infantil al que va destinado que a cualquier otra cosa, y la mezcla entre los falsos y los auténticos  no deja de molestar en una adaptación más o menos fiel pero que desde luego, no ocupara ni un asterisco en la historia del cine.
  Sí acaso cabría reseñar en esta versión la presencia de la televisión como aleladora de la conciencia, como un instrumento ideal para todo el establo se den de coces entre ellos para verla como tantos y tantos adictos, mientras que la realidad opresiva va creciendo fuera.  Un apunte de lo más importante, sobre teniendo en cuenta la utilización que se ha efectuado en las televisiones más “amarillas” sobre el referente de “El Gran Hermano”, una serie de programas que se ha reproducido en casi todos los países casi como un fenómeno social y cuyo significado no puede ser más repulsivo, el propio de un medio en el que todo se trivializa, y en el que “el pueblo” convertido en un público pacato y sumiso, dispuesto a aplaudir a una señal todo lo que le echen.
  Detrás de la huella de la fábula animalista orwelliana, se pueden percibir sus influencias en otros muchos filmes de animación que inciden sobre la explotación social utilizando el símil de la situación de los animales que ahora ya ni tan siquiera gozan de las ventajas de una granja. Ahora viven solamente amontonados en unas delirantes granjas industriales donde los hacen comer y comer para engordar y sacrificar en una pesadilla que ya ha provocado no pocas enfermedades alucinantes. Sin duda la más cercana sería Evasión en la granja  (Chicken Run, USA, 2000) que viene a ser una explosiva y divertida combinación entre Animal Farm y La gran evasión (The great escape, USA, 1963), la muy notable, dinámica y célebre película de John Sturges sobre una cadena de evasiones de soldados aliados de campos de concentración nazis, espectro que se podría ampliar a otras variantes en la que se plantea el conflicto entre el individuo y la colectividad en un sentido crítico y liberador como puede ser Antz (Hormigaz), la encantadora e incisiva fábula  producida por la Dreamworks Pictures.
---Nota
---(1) Binns anota en las mismas líneas que Neruda dedujo otra lectura de su experiencia republicana: “En la guerra matan a su mejor amigo. Ese hecho le marca para siempre, incluso cuando se aleja del estalinismo, él nunca renuncia al comunismo”.