Se ha dicho un millón de veces: no hay nada que “celebrar” el 12 de Octubre. En cambio sí hay que testimoniar todas las veces que haga falta sobre el horror de la colonización, y en esto nos puede ayudar una revisión de La misión. 
      Resulta especialmente curioso que al compás de los discursos sobre la modernidad, la postmodernidad y todo lo demás, de las normativas del “pensamiento –casi- único” sobre los anacronismos de las ideas emancipadoras desde la Ilustración, pero sobre todo del socialismo, la Santa Madre Iglesia reafirme sus pactos con los poderosos que requieren de sus servicios en la medida en que estos sigan teniendo su peso social y militante, y que en ciudades y pueblos la feligresía siga activa mientras que las entidades sociales languidecen…
    Así que mientras que hasta Pablo Iglesias parece un santo del neolítico al que se ofrenda por aquello de la tradición, la Santa Casa prosigue con su desaforada política de beatificaciones y santificaciones, al mismo tiempo que declara improcedentes que los “rojos” asesinados en las cunetas merezcan ni tan siquiera  lo que ellos llaman “cristiana sepultura”. Negativa que, por cierto, también puede considerarse como una “santa tradición” ya que no hace tanto, la Iglesia, como dueña y señora de los capos santos, podía negar sepultura a aquellos a los que el párroco del lugar estimaba como “indignos”. A pobres de solemnidad, a suicidas, rojos, herejes y protestantes.
      No hay que decir que esta modernidad santificadora llegaría hasta la colonización, y entre los últimos sanos consagrados se encuentra Fray Junípero Serra, un mallorquín que personificaría en mucho tiempo la penetración española en lo que es ahora California. Fray Junípero fue una de las estrellas del V Centenario, evento que la Iglesia empleó con la sabiduría que la caracteriza, o sera ocultando los horrores al tiempo que exaltaba a clérigos que en su día representaron la parte más noble, aunque en este caso los  presuntos beneficiarios del famoso fray, de los indios, salieron al paso y lo acusaron de haber sido es, un conquistador más. Alguien que precedía con las buenas palabras la llegada de las tropas expeditivas. En este asunto, las autoridades “socialistas” se movilizaron lo suyo, se convirtió en un tema del Ministerio de  Asuntos Exteriores e incluso desde el entonces gobierno autonómico mallorquín,  estuvieron moviendo piezas para conseguir del Vaticano una beatificación a la que –inusitadamente- puso ciertas reticencias. Así, Fray Junípero fue hasta una de las estrellas invitadas en el magno viaje que sus majestades realizaron el año pasado a los Estados Unidos, donde fueron recibidos nada menos que por Loretta Young —una de las famosas más “carca” de Hollywood-, todo con la sana intención de que los norteamericanos se enteraran que Franco ya había muerto y que todo había quedado en buenas manos.
      Aunque dado el percal, en plena apogeo de beatificaciones de “víctimas del terror rojo” que hicieron causa con el militar-fascismo, no había motivos para que Fray Junípero tuviera mayores dificultades, de manera que el final feliz no tardó en llegar, y en el momento de su consagración la Plaza de San Pedro se puso hasta los topes. Junto con los peregrinos, y con una amplia representación de víctimas de este mundo que esperan su consuelo en el Gran Druida del Vaticano, asistieron personajes de alto rango de la administración socialista…Y ante tanta modernidad, los medias si tuvieron un rincón para contar algo en favor de los indios perseguidos. Ellos contaban con la ayuda de los investigadores que la labor misionera de Fray Junípero radicó sobre todo en convencer a los nativos para que se convirtieran dócilmente en mano de obra barata. Así sería en los casos de los cahuillá y los cherokees. Cierto es que, en muchas ocasiones, frente al trato despiadado de los conquistadores, los indios encontraron en las misiones un trato más humano, pero desde allí no se organiza ninguna resistencia ni nada parecido, desde allí se le plantea el dilema de mantenerse dentro como si fuera en “campos de concentración”, o caer bajo las hordas europeas.             
    De estas y otras cosas va el argumento de La misión (The Mission, 1986), una producción “británica” con capital norteamericano, concretamente de la productora Goldcreest, y realizada para superar el desastre económico producido por su aventura anterior: Revolution, del olvidado Hugh Hudson, el “escarizado” autor de Carros de fuego, cima de la filmografía thatcheriana…En esta ocasión, el autor sería Roland Joffé, responsable de la ambigua y exitosa Los gritos del silencio…Todo un montaje animado por actores del calibre de Jeromy Irons (magnífico), Robert de Niro, Aidan Quinn y un joven Liam Nelson, y orquestado por una música sinfonista del maestro Ennio Morricone que se empleo a fondo. El guión venía escrito por el prestigioso Robert Bolt, el guionista preferido de David Lean y autor de Un hombre para la eternidad, que antes de ser la película de Fred Zinnemann era una obra teatral suya de poderoso aliento crítico a través de una evocación de la condena y muerte de Tomas Moro, cuya Utopía tuvo poderosas connotaciones con algunas de las experiencias más idealistas que siguieron al viaje de Cristóbal Colon; no hay que decir que con sus defectos, La misión queda muy por encima del gran evento cinematográfico del V Centenario: 1492: El descubrimiento… A estos trazos habría que añadirle otro: el de la vertiente crítica que el Hollywood liberal y protestante siempre hizo gala con la historia española marcada por una “leyenda negra” no menos cierta que la que jalonaría la conquista anglosajona, todavía si cabe más exterminadora.
        Ésta no era una película más al uso, se trataba de un producto cuidado resume la historia de lo que se ha convenido en llamar "República jesuita del Paraguay", aunque ésta nunca fue un Estado reconocido como tal y aunque la localización del fenómeno se extendiera sobre una zona mucho mayor que el actual Paraguay, englobando a parte de Uruguay y una amplia zona de la Argentina actual, particularmente la provincia que aún se llama Misiones.  Como siempre sucede, la película se toma libertades con la historia; pero ésta fue tan prodigiosa que la realidad del pasado supera ampliamente la ficción actual. Aunque los jesuitas no trepasen descalzos las prodigiosas cascadas de los ríos, solos y armados con una simple flauta, no por ello fue menos heroica su evangelización, sembrada de mártires y... utilizando la música como medio de seducción.
        Al margen de sus valores fílmicos, lo cierto es que la trama de La misión enfoca de manera bastante fehaciente las diversas características dei inicio de la colonización de América no son...socialmente puras". Se puede distinguir cuatro fuerzas entremezcladas y tres sistemas…Una historia poca conocida ya que fuera de los centros de estudios especializados, no existen muchas posibilidades para que los legos -los espectadores-, pueden tener aunque ea una somera idea de lo que significaron las “Misiones" o "Reducción" del Paraguay agruparon a cientos de miles de personas, organizadas en comunidades agrícolas y artesanas que vivían en grandes burgos, autoprotegidos, armados y entrenados, en los que se llegó a fabricar cañones. También es difícil imaginar que sus tropas acudieron a liberar a los españoles cercados por los portugueses en la desembocadura del río de la Plata en 1680. Pero cuando, en 1750, España y Portugal firmaron un tratado dejando al segundo el territorio situado al este del Uruguay donde había siete "reducciones" los jesuitas hicieron oídos sordos a las órdenes del rey de España de abandonar estas misiones y retirarse con sus indios, unos treinta mil, al otro lado del río. Seis años más tarde, dos ejércitos, uno español y otro portugués, entraron en el país para hacer ejecutar el tratado. Se encontraron frente a ellos a indios y jesuitas, en fortificaciones provistas de cañones. Estos fueron vencidos, quemaron las “reducciones" y pasaron a la guerrilla, llamando a la confraternización a los auxiliares indios de las tropas reales, lo que supuso muchas deserciones, huelga de porteadores, talas masivas de árboles. Las tropas portuguesas debieron retirarse y, cuatro años después, el acuerdo de fronteras fue revocado, devolviendo el territorio a España.
      La extraña verdad es que los jesuitas realizaban allí una colonización pacífica, única en su género, que merece recabar la atención de militantes e historiadores.
        La colonización 'feudal" pretende esencialmente extraer riquezas (metales preciosos sobre todo) para servir a los objetivos estratégicos europeos y se basa en atribuir feudos (las encomiendas) a sus soldados, con la propiedad al mismo tiempo sobre, tierras y habitantes, más como esclavos que como siervos. Desde el principio, esta forma de colonización está mezclada con la "burguesa", de modo inextricable. De hecho, sin la burguesía, entonces esencialmente comercial, se puede decir que el descubrimiento de América no habría sucedido tan pronto. Pero como la colonización coincide con el auge de las monarquías centralistas, llamadas absolutas, la burguesía opera bajo su protección y las diversas formas de servidumbre y esclavitud son practicadas a la vez por señores burgueses y feudales.    En las márgenes de esta colonización principal indiferenciada, hay una vanguardia y una retaguardia, en sentido militar. Por delante, la chusma, los bandidos de todos los bajos fondos de Europa, nobles y plebeyos, saqueadores y asesinos, mercaderes de esclavos. Puede dominar, como en la provincia brasileña de Sao Paulo, en una cuasi independencia, obtenida ante el soberano del pequeño Portugal. Sus bandas reciben el nombre de "mamelucos", ya que, en la fantasía popular, los turcos eran la encarnación suprema de la ferocidad. Estos "mamelucos", o "paulistas", serán los enemigos número uno de los jesuitas de las misiones, que se verán obligados a armar y adiestrar a sus indios para defender su obra.
      Los últimos en llegar fueron los religiosos, dominicos y después jesuitas, en principio como auxiliares ideológicos de los colonizadores; pero entre ellos va a haber numerosos hombres que toman en serio su apostolado evangélico, considerando a esta India occidental como tierra apartada de la Revelación, a diferencia de África, habitada por los "hijos de Cam". En su primer viaje, Colón, de quien se puede decir que llevaba en sí estas tres colonizaciones, desarrollaba esta idea. Pero el más célebre de los primeros evangelizadores sinceros es el Padre Bartolomé de las Casas, que mereció el nombre de Apóstol de los Indios y luchó durante toda su vida contra las atrocidades de la colonización, por lo cual se convirtió en una suerte de maldito para la Iglesia realmente existente, lo cual no ha sido obstáculo para que el Vaticano lo haya utilizado como sí hubiera sido el más representativo de sus clérigos.
      Ahora puede sonar a extraño que los reyes de España concedieran durante mucho tiempo, aunque con altibajos, su apoyo a los evangelizadores. Pero América estaba lejos y ellos muy por encima de sus complejas realidades; por eso pretendían .tener al mismo tiempo la mantequilla y el dinero de la mantequilla, es decir los tesoros de las Indias y la salvación eterna. Isabel la Católica, fue la primera que rechazó la esclavización de los indios, incluidos los caribes antropófagos con los que Cristóbal Colón proponía hacer una excepción. Pero los reyes no actuaban sólo como creyentes. La actitud de los jesuitas fue muy diferente, pero el hecho fue que en aquel entonces, la Compañía de Jesús no es una orden como las demás: es un extraño ejército-partido. Estos "soldados de Cristo" ocultan bajo una obediencia formal al Papa, una autonomía secreta al servicio de un grandioso y desmesurado objetivo político: realizar la unidad cristiana de todo el mundo bajo su dominio teocrático. Hay que decir que su utopía rebasa ampliamente lo que van a realizar en el Paraguay. Pero sólo tendrán éxito en Paraguay, antes de que este éxito americano de la señal para su calda en Europa y, a partir de ello, el comienzo de su declive mundial.
        La misión muestra correctamente, aunque de forma sucinta, el abandono que la colonización jesuita sufrió por .parte del Vaticano -incluso por la dirección de la propia Compañía- para intentar salvar su causa en el centro vital, Europa, donde controlaban a los reyes confesándolos y mandando asesinar a los que pretendían írseles de las manos (desde Henri IV de Francia hasta el rey de Portugal en 1758). Pero ya no podían abandonar parte para no perder todo. En Europa se realizó una alianza de facto entre sus más encarnizados enemigos, desde el ministro de Portugal Pombal, representante maquiavélico del poder político "absoluto" del estado monárquico, hasta la corriente anticlerical filosófica de las "luces" y el Parlamento francés, ”jansenista”, galicano; todos ellos violentamente hostiles entre sí, pero coaligados frente al poder cosmopolita con pretensiones teocráticas de la Compañía.  La colonización jesuita duró siglo y medio, de 1609, fecha en que Felipe III de España otorgó a los jesuitas el derecho de "conquista espiritual" de los 150.000 indios de Gaira, a 1767, fecha del comienzo de la destrucción de Misiones.
      Las críticas de la película han recordado ampliamente las que hicieron los filósofos franceses sobre esta colonización. La verdad es más compleja. Voltaire probablemente el más firme enemigo de los Jesuitas, es al mismo tiempo quien más serenamente hace justicia a la colonización del Paraguay, en su Ensayo sobre las costumbres: “Las conquistas: de México y Perú son prodigios de audacia; las crueldades realizadas, el total exterminio de los habitantes de Santo Domingo y de algunas otras islas son excesos horrendos: pero el establecimiento en el Paraguay de los jesuitas españoles solos, parece en ciertos aspectos el triunfo de la humanidad; parecen expiar las crueldades de los primeros conquistadores”. No obstante, matiza: “En realidad los jesuitas se sirvieron de la religión para quitar la libertad a los pueblos primitivos del Paraguay: pero los civilizaron; los hicieron industriosos, y consiguieron gobernar un vasto país, como en Europa se gobierna un convento. Parece que los primitivos fueron más justos y los jesuitas más políticos”.
          Más adelante sigue explicando el comienzo del " asunto: “Estos misioneros penetraron poco a poco en el interior del país a comienzos del siglo XVII. Algunos salvajes, cogidos: de pequeños y educados en Buenos Aires, les sirvieron de gulas e intérpretes. Sus fatigas, sus penalidades, igualaron a las de los conquistadores del Nuevo Mundo. El coraje religioso es al menos tan grande como el guerrero. Nunca desfallecieron, y finalmente, consiguieron triunfar (…) Bueyes, vacas y corderos, traídos desde Europa a Buenos Aires, se habían multiplicado espectacularmente; tomaron consigo gran cantidad de ellos; hicieron cargar carros con todos los instrumentos de labranza y de arquitectura, sembraron en algunas llanuras todas las simientes de Europa y dieron todo a los salvajes, que fueron domesticados como los animales capturados con cebo. (...) Fue preciso que los misioneros (...) les enseñaran a sembrar, labrar, cocer la arcilla, tras bajar la madera, construir casas; rápidamente estos hombres fueron transformados y pasaron a ser súbditos de sus bienhechores. Si bien de entrada no adoptaron el cristianismo, que no podían comprender, sus hijos, educados en esta religión, se hicieron totalmente cristianos (…) Si alguna cosa puede dar una idea de esta colonia, es el antiguo gobierno de Lacedemonia. Todo es común en la comarca de las misiones. Cercanos al Perú, no conocían el oro ni la plata. La esencia de un espartano era obedecer las leyes de Licurgo, y la esencia de un paraguayo era hasta ahora obedecer las leyes de los jesuitas: todo se parece, salvo que los paraguayos no tienen esclavos para sembrar sus tierras y talar sus bosques, como los espartanos; son esclavos de los jesuitas”.
        Voltaire insiste en el carácter formal del vasallaje de los jesuitas al rey de España en su "República", este "gobierno único en la Tierra ", dice de ellos "son dueños absolutos en lo espiritual, y no menos en lo esencial". Diderot va aún más lejos, escribiendo que "el soberano sólo era un testaferro ".
        Bougainville, que en el preciso momento en que tenía lugar la liquidación de las misiones se hallaba bloqueado en el río de la Plata al inicio de su viaje alrededor del mundo, habla sobre el asunto, en un tono de objetividad diplomática, equilibrando críticas y homenajes: “Los jesuitas entraron al tajo con el coraje de los mártires y una paciencia realmente angélica. Ambos eran necesarios para atraer, retener, plegar a la obediencia y al trabajo a hombres feroces, volubles, aferrados tanto a su pereza como a su independencia. Los obstáculos fueron infinitos, las dificultades renacían a cada paso; pero el celo triunfó sobre todo, y la dulzura de los misioneros puso finalmente a sus pies a estos ariscos habitantes de la selva. En efecto, los reunieron en viviendas, les dieron leyes, introdujeron entre ellos artes útiles y agradables; en definitiva, de una nación bárbara, sin normas ni religión, hicieron un pueblo afable, civilizado, puntual observador de las ceremonias cristianas. Estos indios, hechizados por la persuasiva elocuencia de sus apóstoles, obedecían de buen grado a hombres a quienes veían sacrificarse por su felicidad. (...) Es una sociedad que vive en una tierra fértil, bajo un clima afortunado, cuyos hombres son laboriosos y en la que nadie trabaja para sí; los frutos de los cultivos comunales se llevan fielmente a almacenes públicos, desde donde se distribuye a cada uno lo que necesita para su alimentación, vestido y mantenimiento de su familia. (...) Las casas particulares son cómodas y los edificios públicos bellos; se sigue el culto uniforme y escrupulosamente; este pueblo feliz no conoce ni rangos, ni condiciones y está tan a cubierto de las riquezas como de la indigencia”.
        Pero había otra cara de la moneda: “Los indios tenían hacia su cura una sumisión tan servil que no sólo se  dejaban castigar a latigazos como en el colegio, sino que ellos mismos acudían a solicitar el castigo de sus faltas de pensamiento”. Bougainville concluye más adelante: “Así se ve que los indios carecían completamente de propiedades y estaban sujetos a una uniformidad de trabajo y reposo cruelmente monótona». En suma, la utopía realizada es tan inhumanamente robótica como la utopía de las obras de Thomas More, Campanella, Louis Sébastien Mercier y... Sade”.
        Con todo, no cabe la menor duda de que, entre sus hermanos de las selvas y los asesinos esclavistas de Sao Paulo, los indios de las misiones prefirieron su suerte y defendieron su "Estado" hasta las últimas energías. Antes de destruir las misiones a sangre y fuego los representantes de España utilizaron la astucia; cuenta Bougainville: “El gobierno se decidió a contemporizar y se contentó con escribir a las misiones que le enviaran en el acto al corregidor y al cacique de cada población para comunicarles cartas del rey. Envió esta orden con gran celeridad para que los indios estuvieran ya en camino y fuera de las reducciones antes de que llegaran a ellas la noticia de la expulsión de la sociedad. De este modo cubría dos objetivos: procurarse rehenes, lo que le aseguraría la fidelidad de las poblaciones cuando retirase a los jesuitas, y ganarse el afecto de los indios principales a través de los buenos tratos que les serían prodigados en Buenos Aires, teniendo tiempo para instruírselos sobre el nuevo estado en que entrarían cuando, no viviendo ya en la miseria, gozaran de los mismos privilegios y de la misma propiedad que los demás súbditos del rey”.
        Bougainville no vio el fin del asunto. Arrestados los jesuitas en la colonia española en una sola redada, los de las misiones resistieron. Si bien los jesuitas eran conocidos por su obediencia, se trataba en primer lugar de obediencia a su general y, más allá, al principio más elevado de su causa. Algunos se sometieron. Pero la película no miente al mostrar a otros, la mayoría sin duda alguna -y ciertamente más numerosos que en el caso particular que nos muestra el cineasta-, combatiendo y muriendo con sus indios. “Los Padres vencidos fueron tratados con extrema crueldad, escribe Pierre Dominique. Los indios, engañados, divididos y desarmados, fueron esclavizados. Las tropas que reemplazaron a los jesuitas se deshonraron con actos de vandalismo que parecen haber sido ordenados y ejecutados de forma metódica a juzgar por la suerte reservada, en todas partes a las bibliotecas fundadas por los misioneros”. Aunque esta colonización no era ideal -y no podía serio, por definición-, al menos no se mataba, y de este comunismo primitivo, paternalista, moralista y burocrático habría podido nacer un porvenir original para los pueblos autóctonos. Su innoble destrucción, bien mostrada por la película, es una de las páginas, por des gracia innumerables, del salvajismo colonial europeo que, en este cas particular, perdía la máscara de Ia ideología religiosa, ya que los indio masacrados eran cristianos. Muy pocos de los indios de las misione volvieron a la "vida salvaje"...
          Aunque el cine trató antes y volvería a tratar algunas de todas estas cuestiones, dando lugar a una cierta filmografía en la que destacan títulos como Aguirre o la cólera de Dios, en su mayor parte son títulos poco conocidos, sobre todo cuando fueron producidos en el ámbito sudamericano. El autor de estas líneas pudo en la época del bochornoso V Centenario grabar algunos títulos, sobre todo mexicano –por ejemplo, la historia de Cara de Vaca, con Juan Diego-, y alguna que otra española como La marrana, de José Luís Cuerda, pero lo cierto es que, entre todas, La misión quedó como la más asequible para montar una buen cine-forum,  como la más completa y atractiva. No estaría de más pues, montar un buen cine-forum con ella. Y sí es así, valgan estas notas como una breve presentación.           
#1
09-10-2008 15:32
pues la usaremos en un cineforum!
Valoración: 1
| Avisar provocación
#2
09-10-2008 21:37
la idílica sociedad misional de la jesuíticas que retrata la película es una auténtica patraña. Trascribo un relato sobre las reducciones en el Paraguay:
"Ese gobierno es una cosa admirable;... está dividido en treinta provincias. Los Padres lo tienen todo, y los pueblos nada; es la obra maestra de la razón y la justicia"
Cándido, de Voltaire
Valoración: 1
| Avisar provocación