La piedra ha bajado de nuevo, anteriormente fue después de una derrota militar exterminadora, y con un corte generacional brutal, pero con muertes, cárceles y exilios, la antigua clase obrera sería fundamental para comenzar de nuevo allá por principios de los años sesenta, con Comisiones Obreras que dejaba a tras las divisiones históricas, y se planteaba las alternativa en clave de presente…La piedra actual es también producto de la anterior, el nuevo sindicalismo  acaba de levantar cabeza cuando se vio “atrapado” por la política de pactos sociales y de “normalización  democrática”. La integración se hizo con la idea de que ya existía un “Estado del bienestar” para el que se necesitaba “culos de hiero” para negociar, así lo decía Rosa Montero cuando todavía era un poquitín de izquierdas.
          Esta ilusión se ha mantenido gracias a los logros de los logros de los sesenta-setenta, y con el espejismo de unas nuevas generaciones arrodilladas ante el individualismo y el consumo. Pero la historia solo va hacia delante cuando se la empuja desde abajo. De ahí que la suma de derrotas “negociadas” están dejando cada vez más en evidencia lo que se ha ido perdiendo, algo tan concluyente como que las nuevas generaciones trabajadoras cada vez lo tienen peor, cada vez son  menos autónomas y más dependientes. Objetivamente pues, hay razones para apostar por un nuevo sindicalismo que surgirá de un cruce entre la vieja clase obrera que no ha claudicado, y los jóvenes que hayan aprendido la lección.
          Cuando decimos que lo tienen peor, no nos referimos “a todo”, hay cosas que son más asequibles. En los sesenta-setenta no era fácil encontrar vías para el debate como las que hoy tenemos al alcance de la mano, y al decir esto pienso especialmente en una de ellas: el cine-forum. Hace unos días que se pasaba por TV2 y a altas horas de la madrugada Recursos humanos (Recours humains, Francia, 1999), una película perfectamente asequible por VHS, DVD o por emule, y perfecta para tener una buena discusión sobre un tema de plena vigencia. No en vano el mismo Sarkozy que hablaba de enterrar el mayo del 68, le echa ahora toda la culpa a la reivindicación de las 35 horas, un caballo de batalla abandonado por los sudichos sindicatos antes de montar.
          La película del incesante Laurent Cantet plantea un problema alrededor de unos empresarios que tratan de abordar la exigencia  de las treinta y cinco horas, para su propio provecho. Viejos zorros, hartos de robar gallinas impunemente, buscar algunos puntos de negociación con los sindicatos y encontrar un cierto equilibrio en el reparto de la jornada laboral. Este punto de partida nos puede hacer pensar que Laurent Cantet no hace más que confrontarse con un tema de actualidad para observar desde la ficción las contradicciones que este tema conlleva en la distribución de determinadas formas de vida. Sin embargo, el objetivo de Laurent Cantet no es el de realizar una película didáctica, ni el de actualizar los esquemas de un determinado modelo de cine militante. Los problemas que conlleva la reducción de la jornada de treinta y cinco horas es la excusa para plantear un problema mas grave: el problema del relevo generacional y Ias contradicciones que la filiación social provoca en el interior del orden laboral.
            En la parte   final de la trama, después de que el hijo/economista ha tomado conciencia de que su proyecto de implantación de la jornada de treinta y cinco horas se traduce en una política de despidos, siente el peso de la frustración porque su padre, un obrero fiel al orden empresarial, no desea hacer huelga. El momento puede hacernos pensar en una transposición de los clásicos conflictos obreristas que fueron puestos en escena en un determinado cine italiano mediante productos como La clase obrera va al paraíso, de Elio Petri, sobre la que habrá que volver aunque solo sea para tratar el 68 italiano. No obstante, Laurent Cantet va más lejos y nos muestra cómo el hijo reprocha al padre de haberle transmitido la vergüenza de su propia condición de obrero sumiso al patrón; de haber estado negando toda su vida su existencia mediante el trabajo alienante en la cadena para conseguir que estudiara y llegara a ser lo que él nunca pudo ser; para que se convierta en empresario y acabe humillando a los de su propia condición social.
          La cuestión de las cuestiones   que explora Recursos humanos es la  constatación de las vejaciones morales que ha acompañado el paso del proletariado a pequeña burguesía, algo que aquí es de lo más común, no es otra cosa lo que ha ocurrido con Comisiones o Izquierda Unida. Laurent Cantet interroga a la generación de unos padres que durante su vida han vivido, de forma sumisa en el interior e a empresa, negando muchas veces su conciencia de clase, para conseguir que sus hijos acaben : transformándose en representantes de esa misma clase que los ha , explotado y los ha humillado. Al cuestionar el servilismo de los padres, Cantet también pide responsabilidades a esos hijos que abandonaron su medio social para ocupar determinados puestos directivos y alimentar su narcisismo social a costa del sacrificio del padre.
            Se puede decir que Laurent Cantet, reprende, desde una perspectiva ficcional, el problema de la visibilidad del mundo del trabajo mientras sienta las bases de un nuevo modelo de cine social, alejado de las diferentes ortodoxias y preocupado por desvelar las múltiples contradicciones de una sociedad postindustrial en la que el mundo del trabajo se ha convertido en un tabú y sus humillaciones forman parte de esa normalidad aceptada, además como parte de un juego política que establece que las luchas obreras son “desestabilizadoras”. La posición de Laurent Cantet en Recursos humanos entronca con uno de los momentos fuertes del cine moderno, cuando Ingrid Bergman en Europa 51 de Roberto Rossellini decide entrar en la fábrica para sustituir una obrera enferma y vivir -a la manera de Simone Weill-la condición obrera, cuatro nombres y dos títulos –Bergman, Rossellini, Weill, La condición obrera-  sobre los que hay que llamar la atención. Junto a la cadena de montaje, Ingrid Bergman acaba reconociendo que el paraíso en la tierra no puede forjarse a partir de la dignificación del mundo del trabajo, porque el trabajo es el infierno. La precariedad sin embargo, es peor.