Hagámonos a la idea. Las clases acomodadas de Europa (como siempre las de Estados Unidos) se compactan a marchas forzadas. Esa es una de las tres razones para su dominio electoral y político, primero en la Francia de Sarkozy y ahora en la Italia del renovado Berlusconi. La segunda razón es la abstención de los escépticos, de los abúlicos y de tanto drogadicto. Y la tercera, las cien formas que puede tomar la trampa electoral; es decir, sin parecerlo o mediante coartada “legal”.
  Sea como fuere, los patricios de cada sociedad europea vienen reforzando su posición privilegiada ya sin disimulos desde este último lustro. Hasta ahora vacilaban un poco porque no había peligro de muerte. Pero ahora les parece verlo, para ellos, para sus intereses y para su causa de clase. La refuerzan, a despecho de la justicia social, de los abusos de la justicia a secas y de la descarada asimetría entre el trato dado por la justicia no ya a los ricos de siempre sino también a los enriquecidos de la noche a la mañana, y la dada a los desgraciados. La refuerzan frente a la sensibilidad humanista que fue norte hasta ayer. La refuerzan, en desprecio de los derechos humanos cuyos ataques sólo nos los recuerdan los medios de toda laya de tarde en tarde, cuando son conculcados en China o en Cuba o cuando, para disimular, Estados Unidos propala alguna denuncia interna por razones estratégicas y psicológicas.
  Hoy recuerda Javier Ortiz en su columna al populista ruso Gavrílovich, que escribió refiriéndose a sus compatriotas: "¡Pueblo de esclavos!Del primero al último, todos sóis esclavos!
  Bien, eran esclavos porque la esclavitud es ordinariamente vista en la posmodernidad como la veía Gavrílovich: como no sólo la ausencia de libertades formales sino también como dependencia férrea del Estado. Se nos sigue haciendo ver así que sólo eso es esclavitud. Pero es otra trampa de los políticos, de los jueces, de los ricos y enriquecidos, y de los bien situados que integran la clase de los patricios que nos venden libertad.
  Me canso de repetirlo. La libertad empieza con la autonomía y la autarquía personal. Porque un ciudadano amarrado al duro banco de una hipoteca y de un empleo que depende de la voluntad de un patrón que sólo cambia eventualmente de cara, no es más que otro esclavo del banco y del patrón. No sólo lo eran los esclavos de Gravílovich. Es más, lo mismo que es tan dramático perder la libertad en el presidio que sentirla grave y persistentemente amenazada (por quienes amenazan de golpismos, por ejemplo), para muchos millones en el mundo nos resulta mucho peor ser esclavo de dos o más "compatriotas" (banquero y patrón) que del Leviatán (el Estado).
  El caso es que la burguesía, que en la práctica siempre dominó en la sociedad tradicional europea, se ha apoderado de las pocas cuotas de poder que podía quedar sueltas. Todo el poder (el económico, el político, el institucional, el industrial, el empresarial, el bancario, el clerical y el funcionarial) está en sus manos. De una manera definitiva y se diría irreversible. Entre otras cosas, porque el estamento sindical no hace más que seguir el juego a esta falsa democracia en la que el pueblo llano no cuenta para nada salvo como ocasional consumidor.
  Con Sarkozy, Brown, Merkel y ahora Berlusconi, preparémonos aquí en las próximas elecciones para gritarnos unos a otros: ¡sálvese quien pueda!
#1.- Unidad
paidud|16-04-2008 15:41
¿Alguien todavía tentado a imitar a Refundazione? ¿Satisfechos con la abstención? ¿Están las contradicciones a puntito? Los ricos y enriquecidos -como dice Jaime- saben lo que tienen que hacer. ¿Y los subalternos? ¿Jaleando el cuanto peor mejor?
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