Es más que seguro que sin el escándalo de pedofilia que salpicó hasta los cimientos de la Diócesis Católica de Boston, y con ella, a toda la Iglesia norteamericano, todavía seguiríamos como ayer: ante la más absoluta impunidad. A raíz de entonces, se hizo notorio que aquello no era más que la pequeña punta de un inmenso iceberg. Estudios recientes aseguran que un 0,3% del clero estadounidense podría practicar la pederastia, pero está claro que esta estadística no es ninguna exclusiva. Cualquier persona que haya tenido un poco de relación con la Iglesia –y bajo el franquismo eso era poco menos que obligatorio, especialmente para los niños- sabe que estos casos no son en absoluto extraño.
                No hace ni dos semanas que tuve ocasión de conocer un caso en una persona conocida, católica de toda la vida. Afortunadamente su hijo le había dado a conocer una tentativa, e inmediatamente se plantó ante el personaje, concretamente el director de un colegio. En la discusión él le recordó que en un tema de tribunales iba a ser su palabra contra la de un niño, y que la pensaba demandar por difamación. De paso le recordó todo el peso social que tenía detrás. La persona en cuestión se limitó a retirar su hijo del colegio, y también a reconsiderar su relación con la Iglesia –porque el colegio era de la Iglesia-, pero tuvo miedo de dar un paso más adelante. Temió quedarse sola ante la “nomenklatura eclesiástica”…
              Este personaje sabe que la Santa Madre Iglesia está llena de señores de la estirpe de Bernard Law, arzobispo de Boston (Estados Unidos), quien fue finalmente "dimitido" en diciembre de 2002, más de un año después de que en su archidiócesis estallasen cientos de casos de delitos sexuales contra menores cometidos por sacerdotes y encubiertos por el cardenal Law con plena conciencia y voluntad de proteger a los delincuentes con desprecio de sus víctimas.
            Sin duda él tenía sus razones para creer que todo quedaría como siempre, pero de todos los casos conocidos hasta la fecha, los tribunales estipularían que ha sido el que mayor número de delitos ha encubierto y ha propiciado (buena parte de los sacerdotes que encubrió volvieron a delinquir en numerosas ocasiones, cosa que pudieron hacer gracias a la protección continuada que les facilitó el cardenal). Al igual que sus colegas, prelados delincuentes sexuales por acción (agresores ellos mismos) o por omisión (encubridores y cómplices). Por lo demás, el personalmente nunca ha llegado a ser juzgado por un comportamiento delictivo que ha protagonizado durante décadas, y luego siguió contando con la protección del Papa Wotyla, el mismo cuyo fallecimiento cubrió nuestra TV pública en un grado muy superior al que en su día recibió el Caudillo. Además, entonces no hubo ningún “informador” que llegará a decir cosas como que en tal momento se estaría sentando a la diestra del Dios padre, aunque en aquel 23-N algunos abogaron por lo de “santo súbito”.
            Desde entonces comenzó a salir a la luz una relación que sin pretender resultar exhaustiva, podía entenderse como una primera entrega que en su momento obligó a la  Archidiócesis de Nueva York ha entregar al fiscal del distrito de Manhattan una lista sobre los sacerdotes católicos que han sido relacionados con abusos sexuales de menores en lo que supone un cambio radical en su postura. Frente a su pasada reticencia a colaborar en el esclarecimiento de los asuntos turbios de algunos de sus miembros, la institución, acosada por el escándalo se comprometió a informar a la Policía de cualquier acusación si existían causas razonables. Si estas no fuesen mucho más de lo que se sabe, y los medias no hubieran abierto una brecha que ante tenían herméticamente cerrada, Ratzinger jamás se habría sentido obligado a pedir perdón con la benevolencia que caracteriza la Iglesia cuando habla de sus pecados.
          Recordemos sin ir más lejos que con ocasión del V Centenario de la “Evangelización” de las Américas, casi se limitaron a relucir uno de los pocos ejemplos presentables que tenían en medio de un océano de horror. Sacaron del armario al Padre Las Casas que tantos problemas tuvo en su día con su propia Iglesia.
          Pocos días después de que el cardenal Law fuera trasladado al Vaticano, el diario estadounidense The New York Times acusó sin medias tintas al Vaticano y al Papa de ignorar el problema dejándolo en manos de la jerarquía local, Juan Pablo II enviaba un comunicado convocando a Roma a los cardenales estadounidenses. La decisión de Karol Wojtyla podría haber sido provocada no sólo por la naturaleza del escándalo, sino por los efectos devastadores que está teniendo en la jerarquía local, con varios arzobispos presionados para que dimitan. Wotyla ya tenía una amplia experiencia en fregados con la justicia, recordemos el olvidado caso Marcinkus (que los cinéfilos recordaran escenificado en la tercera entrega de el Padrino, seguramente la más incisiva ya que llega hasta el mismísimo “capo di capos”, o sea hasta Andreotti). También supo atar las manos del cardenal Romero para que pudiera ser asesinado
            Secreto de confesión (Our Fater, USA, 2005), tiene el mérito de ofrecer una visión bastante ajustada y entretenida de todo el entramado de la Iglesia para que sus miembros no puedan ser juzgados como los demás mortales. Sería uno de los últimos títulos de Dan Curtis, un cineasta que acaba de fallecer, y que en los años setenta suscitó ciertas esperanzas a partir de una apreciable película con casa embrujada, Pesadilla diabólica (1976), que ha acabado siendo su mejor película, en parte gracias a sus dos protagonistas, Bette Davis y Oliver Reed. Luego se convirtió en un esmerado director de productos para la TV, en miniseries como esta que podría ser caracterizada como “película de investigación”. Parte de un hecho público y tratado en los tribunales, y ofrece una reconstrucción entretenida y ajustada con la ayuda de una serie de profesionales probados como Christopher Plummer, Brian Dehenny, Ted Danson, Ellen Burstyn, y otros. Aunque la trama está centrada en el abogado defensor (Danson), un típico perdedor que se crece ante la indignación que le produce el caso y lo que acaba sabiendo (el modelo podría ser la magistral Veredicto final, de Sidney Lumet con Paul Newman), lo más interesante son las víctimas, una parte crucial, la determinante. La víctima está presa de la vergüenza que le produce lo que han hecho con él, y está prisionera de la maraña educativa en la que la han envuelto. Es una lástima, pero en este caso estos personajes no están tan tratados como lo están en Sleepers, una película clave sobre la cuestión sobre la que ya escribí hace tiempo.
            Con todo, se trata de un buen ejemplo de cine de televisión que resulta impensable por estos andurriales. Que yo recuerde, el asunto solamente tuvo un tratamiento en una lejana Noche Temática que ofreció unos documentales tan interesantes como olvidados. En uno de ellos se describía algo que ponía el cabello de punta, a saber como una comunidad de fieles franceses se prestaba a disculpar un caso concreto que había resultado condenado por los tribunales. Eran un ejemplo sobre como una entidad tan falsa y corrupta como la Iglesia puede mantenerse como un socio indispensable para los que mandan.