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El “caso Comorera”: 1. Una introducción

Resulta sorprendente que después de las declaraciones de Joan Saura sobre el estalinismo y el PSUC y que tomaban como referente el “caso Comorera”, no hayan suscitado mayores comentarios.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 30-8-2008 | 892 lecturas
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Joan Comorera Pepe Gutiérrez-Álvarez 

            El “caso Comorera”: 1. Una introducción. 

            Resulta sorprendente que después de las declaraciones de Joan Saura sobre el estalinismo y el PSUC y que tomaban como referente el “caso Comorera”,  no hayan suscitado mayores comentarios. Como si todo esto fuese simplemente “agua pasada”. 

            Sin embargo, esta amnesia generalizada no puede ocultarnos la importancia del personaje, central en el PSUC hasta su muerte, con una historia que acaba de una manera trágica, alguien escribió que “casi shakesperiana”.

          Hasta los ochenta, el “caso” fue una página en blanco, a lo más un trágico error reconocido sotto voce. Un cambio en esta situación lo marca la biografía escrita por Caminal  en tres gruesos volúmenes , en un trabajo académico irreprochable aunque, ni que decir tiene, no podía dar por cerrado un debate que además se amplificaba por toda su significación de fondo, por su ligamen con la historia del comunismo digamos prosoviético.

            Dicha biografía fue sugerida en su momento por Rafael Ribó, el último secretario general del PSUC, y formaba parte de una tentativa de ajustar cuentas con la propia historia. Caminal orientó su minucioso trabajo hacia el reconocimiento, de hecho, el mismo que ha expresado Joan Saura al situar a Comorera entre los grandes políticos catalanes del siglo XX. Se reconocía que el último Comorera, el maldito, fue un artífice en la reconstrucción del partido, que protagonizó un notable esfuerzo por desplazar la actividad el interior, y marcó en cierta medida el camino hacia una  renovación durante los años sesenta y setenta poniendo en primer plano las exigencias inmediatas y organizando una extenso movimiento pluralista sobre la base de sus propias exigencias sindicales, vecinales, estudiantiles. Con la ayuda de un contexto que hacía que todo antifranquista fuese considerado como comunista, del prestigio que alcanzó la URSS por lo menos hasta emergió en la legalidad como “el Partido” antifranquista por excelencia. Había hecho esta reconstrucción bajo el signo clasista y nacionalista, y con un esquema que había aceptado muy bien Comorera: primero había que unir a toda la oposición y por lo tanto, había que crear las condiciones para que la burguesía “democrática” se incorpore a la lucha. Para eso se creó la Asamblea de Cataluña, una vez lograda esta etapa, ya bajo una normalización democrática, el movimiento obrero y su partido, el PSUC, trabajarían para crear las condiciones de la marcha al socialismo.

          Como es sabido, cuando se cumplió la primera etapa, la burguesía --inédita como tal en la lucha desde abajo contra el régimen-- tomó la iniciativa y la democracia apareció como una concesión desde arriba a cambio de que el movimiento obrero no desestabiliza la democracia exigiendo reivindicaciones imposibles bajo una crisis económica. La clase obrera había servido de “coholí” bajo el régimen y ahora debía de resignarse. El movimiento obrero no tuvo canales para desbordar esta vía, pero no tardó en desengañarse de sus resultados. Detrás del reflujo del movimiento vinieron las crisis y el declive del PSUC…Será en este contexto donde tendrá lugar la publicación de los tres volúmenes  de Caminal así como una serie de trabajos sobre el personaje que, empero, no tuvieron continuidad. No se trataba de un caso de fácil digestión por motivos obvios, de manera que a pesar de esta tentativa inicial, la operación no dio para más, sobre todo porque el espacio social del PSUC que tanto empeño militante había costado, se fue desintegrando como parte de la desintegración del “comunismo”, y en nuestro caso, con el añadido de la devaluación inopinada del movimiento obrero que quedaba en manos de unas burocracias sindicales que renegaban hasta del más moderado reformismo. No ha sido hasta este verano que Joan Saura ha vuelto a afrontar la cuestión para decir que Comorera había ya empleado los métodos de los que fue víctima, y al tiempo retomar lo que ya Caminal había dicho, a saber que se trataba de uno de los políticos más importantes de la Cataluña del siglo pasado.

          Esta recuperación tardía -sobre todo teniendo en cuenta que el “revisionismo” histórico surge inmediatamente después del XX Congreso del PCUS-, nos acercaba a un personaje con una rica y larga trayectoria política cuyos orígenes se remontan a las barricadas de la Semana Trágica de 1909, a un largo exilio argentino como socialista, y cuyo fin se inserta en una variación catalana de los años más oscuros de la “guerra fría”.      Raro es el acercamiento biográfico sobre Comorera que no empiece, de una manera u otra, partiendo de su último acto político cuando, ironías de la historia, tuvo que “refugiarse" en la España de Franco donde, no lo olvidemos, todavía se fusilaba a los comunistas, con la intención de restablecer algo tan elemental como su honor militante y posiblemente su vida.

        Situado en el ojo del huracán de la historia comunista, es imposible abordar el “caso Comorera” evadiendo la controversia. Su trágico final --excomulgado y denunciado por su propio partido-- nos remite, irreversiblemente a unos tiempos, y a unos métodos estalinistas  que una antigua comunista como Teresa Pámies definiría ya por entonces como de “expulsiones, excomuniones, detenciones, fusilamientos y gulags”. Métodos con los cuales Comorera hizo escuela. Su estudio nos plantea, nada más y nada menos, saber si estos métodos pueden disociarse de su praxis política.

          Para tratar el “caso Comorera” hay que situarse en todo el acontecer del PCE-PSUC en la época. Nos traslada a una coyuntura histórica determinada por su vinculación al “partido padre”, el PCUS, que no permitía entonces la menor veleidad autónoma. La derrota del Eje nazi--fascista estaba todavía muy reciente cuando las contradicciones antagónicas de los Aliados se hicieron evidentes. Mientras que los EE.UU abandonaba con Truman toda la presunta 'ingenuidad' del periodo Rooselvelt, y comienza en Hiroshima una terrorífica escalada hegemónica que pasa por el restablecimiento y fortalecimiento del capitalismo en Europa --Plan Marshall--, la creación de un cordón militar anticomunista -Pacto Atlántico-, todo acompañado por una oleada de anticomunismo militante que expulsa a los comunistas de todas las responsabilidades que habían conquistado como fruto de su lucha en la Resistencia. Pasivo en un primer momento, Stalin reacciona a su manera. Los países del Este conocen sus revoluciones por arriba y controladas, se cierran las filas entorno al Kominform (1947), aumentando de esta manera la subordinación política del movimiento comunista que regresa al esquema de 'ciudad sitiada” después de las orientaciones con más “aperturas” del VII Congreso de la Internacional Comunista y de la Resistencia.

          El cisma de Tito (que como Mao, había hecho su revolución en contra de las órdenes de Stalin)    da pie a una serie de procesos en el Este que se prolongan, por otras vías, en los partidos comunistas que se encuentran en la oposición bajo el capitalismo. Los retrocesos y los fracasos se atribuyen a las "desviaciones internas", cualquier discrepancia se convierte en un crimen.

          En este contexto el PCE-PSUC sufren de unos problemas bastante graves. Franco ha sobrevivido la II Guerra Mundial y las diversas tentativas estratégicas del partido --la Unión Nacional de 1942, el movimiento guerrillero-- acaban en fracasos y tensiones, en algunos casos en terribles depuraciones. En 1949 el gobierno francés prohíbe sus actividades y el partido por arriba se refugia en los países del Este y por abajo se integra bajo el manto del PCF. En estas condiciones las crisis que van a amargar la vida de los grupos políticos de exiliados resultaron agravadas en el caso del PCE/PSUC por la continuidad de los métodos inherentes al estalinismo.

          Remitido al cisma internacional titoista, el caso de Comorera tiene en realidad una vertiente mucho más nacional ya que se trata del tipo de relaciones que debían de existir entre el PCE y el PSUC, o sea entre las dos secciones de la Internacional Comunista que habían coexistido -excepcionalmente- en un mismo Estado. Estas relaciones tenían un amplio antecedente, ya que no hay que olvidar que Comorera representó en la primera mitad de los años treinta  la vertiente catalanista de la socialdemocracia que no se reconocía en el PSOE no tanto por su estrategia política gradualista sino por su centralismo que no concebía el “fet” nacional catalán…

              Detrás de la tragedia personal había por lo tanto un grave conflicto político.  
Comorera no era un militante tradicional del movimiento comunista, forjado, como se decía entonces, “con el temple estaliniano”. Tenía tras de sí una larga trayectoria como republicano catalanista y sobre todo como socialista dentro de la Unión Socialista de Cataluña, formación gracias a la cual había ocupado cargos ministeriales en la Generalitat como el “toque socialista” de la Esquerra. Su campo de acción era Cataluña y su medio de acción privilegiado el parlamento y las instituciones. Poseía estudios universitarios y poseía una personalidad propia que le llevaba a mantener su capacidad de movimiento incluso cuando más aparecía como un “bolchevique” a la usanza del Komintern de aquel entonces.

        Estos rasgos encuentran su expresión política desde el mismo comienzo, dio paso a la que se consideraba como la única política posible para garantizar la victoria, a saber: la reconstrucción de la legalidad de antes del levantamiento, de la hegemonía burguesa, y hacía coincidir su contradicción social con la corriente revolucionaria con las exigencias marcadas por el estalinismo, por lo cual su política pasaba por la liquidación del POUM y 'de paso, de la hegemonía anarcosindicalista en el movimiento de masas, El PSUC hizo la guerra como el partido de la 'gente de orden', desarrollando su inserción en los medios sociales ajenos a lo que había constituido la vanguardia del movimiento obrero y utilizando una capacidad política y militante de la que carecían los populistas de la Esquerra que circunscribían su actuación a las alturas. Cuando este esquema político se impuso comenzó de una derrote que llegaría en Cataluña de manera muy parecida a como había llegado en Francia bajo el gobierno de otro Frente Popular.

        La desarticulación del proceso revolucionario no fue una simple reducción de una minoría; en Cataluña la respuesta al levantamiento se había hecho bajo el entusiasmo revolucionario, a cuyo servicio dijo que se colocaba Companys que reconocía el peso decisivo de la CNT-FAI. La derrota del anarcosindicalismo que siguió a la represión del POUM conllevó también el fin de la autonomía catalana, y el enfrentamiento afectó a amplios sectores del movimiento obrero y popular perplejos por una situación que no estuvo muy alejada de una edición menor de otra guerra civil. Esto creó un sentimiento de malestar muy generalizado que se manifestaba en una hostilidad creciente hacia los comunistas. 

 
 
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