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Carr reseña El profeta desarmado, de Isaac Deutscher

Como decíamos hace unos días, la célebre trilogía que Deutscher dedicó a Trotsky se puede encontrar en librerías a petición. Está editada por Lum en Chile pero está siendo distribuida entre nosotros
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 22-12-2008 | 683 lecturas | 5 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/carr-resena-profeta-desarmado-isaac-deutscher

Editada en Gran Bretaña en 1959, traducida al castellano diez más tarde, y en catalán por las mismas fechas, dicha trilogía venía precedida por Stalin. Una biografía política (editadas en la misma editorial ERA de México, Edició de Materials de Barcelona)…Desde el primer momento, tanto una obra como la otra fue objeto de un fuego cruzado. Desde el área del movimiento comunista oficial fue considerada como “un ataque al socialismo”, en tanto que desde la derecha liberal y socialdemócrata, en la que se podían encontrar muchos excomunistas, se venía decir que se trataba de una apología camuflada del estalinismo. Tanto unos como otros –aunque por motivaciones diferentes-, confundían socialismo o “comunismo” con lo se vendría a llamar “socialismo real”…

Desde entonces, la obra de Deutscher fue editada pródigamente en castellano, parte de ella en ediciones de bolsillo (Herejes y renegados, Ariel, 1970), y otras, en la misma editorial ERA. Su influencia en la generación de los años sesenta-setenta fue muy considerable, y solamente neoestalinistas más estrechos se atrevían a cuestionar sus análisis que, por lo demás, tuvieron un influencia muy considerable en sucesivas generaciones de historiadores. Entre ellos, en Edward Halleat Carr, quien, al escribir estas reseñas que ahora ofrecemos, iniciada una evolución hacia el marxismo, pero que por entonces se encontraba lejos de la dialéctica de Deutscher. Será después de la muerte de éste que Carr acentuará su aproximación, y le rogará a Tamara Deutscher que trabajara con él como lo había hecho con Isaac. Fruto de esta colaboración sería la última parte de la magna obra de Carr, un punto y aparte en la historiografía de la URSS, y que todavía sigue teniendo una valide fundamental al margen de tal o cual rectificación, necesaria dada la ampliación de la base documental que ha significado la apertura de los archivos soviéticos.     

Lo mismo se puede decir de Isaac Deutscher, aunque ambos están muy por encima de historiadores más recientes que carecen de su capacidad analítica. Hubo un encuentro entre ambos que se inicia en estas reseñas, situadas entre las más completas del a época, aunque estaría bien recuperar las que hicieron en su día camaradas como Joseph Hansen o Pierre Frank, que desde luego no enfocaron su crítica en la defensa de una presunta ortodoxia trotskista que todavía se percibe en la introducción que Pierre Broué izo de su propio e igualmente monumental Trotsky.

Me gustaría recordar que a finales de los años sesenta, el que escribe acordó con Higini Clotas,  el responsable de la colección Conocer a de Dopesa, la preparación de una biografía de Deutscher para la misma colección en la que ya había aparecido Conocer a Trotsky y su obra. A tal efecto me puse en contacto con Tamara Deutscher, ella en Inés y yo en castellano, ayudándome en la traducción la camarada Elizenda Illamolas  que nos dejó trágicamente poco después. El proyecto no despegó porque lel consorcio relacionado con el diario “Mundo” se fue al diablo de un día para otro, tanto fue así que un minuto después de para por una Caixa a cobrar el Trotsky, me llamó el mismo empleado para enseñarme un cablegrama en el que se de ordenaba pagar nada relacionado con el diario o la editorial.

Después, el destino de la bibliografía castellana de Deutscher sufrió un duro golpe con la crisis del peso mexicano y el pase del fondo de ERA a los libros de saldos. En el tiempo que siguió, hubo otro intento de edición e la trilogía por parte de Bruguera que acababa de editar una larga serie de volúmenes sobre la Historia del marxismo, pero sucedió lo mismo: hubo un cierre cuando el proyecto estaba despegando…ulteriormente, la idea y el deseo de reeditar la trilogía se planteó en diversas ocasiones, aunque las más de mil páginas comportaba un riesgo que pocas editoriales estaban disientas a asumir, habían cambiado los tiempos pero no tanto. Las últimas conversaciones fueron con José Mª Esparza, de Txalaparta, y se contaba que la Fundación Andre Nin pudiera echar un cable; también la Fundación Viento Sur. Finalmente, se ha optado por algo más sencillo. Por ampliar la exportación.

De haberse podido editar aquí, habríamos escrito un prólogo dejando constancia de algunas críticas realizadas por autores tan minuciosos como Pierre Broué, y por testigos tan memoriosos como Joseph Hansen y sobre todo por Jean Van Heijenoort del que está en trámite una nueva edición castellana de su magnífica obra, "Sept ans auprès de Léon Trotsky". Se habría señalado además que Deutscher trabajó mucho menos el tercer volumen que los otros, además se implicó como actor, y no siempre con la misma ecuanimidad. El caso de la guerra española es significativo de estas deficiencias...

Aunque habría mucho que hablar de esta época, y ahí está el libro de Broué Comunistas contra Stalin  (Sepha, Málaga, 2008) para de demostrarlo, y habría también que hacerlo sobre el punto de vista de Carr. Sin embargo, por más reparos que se le puedan hacer se trata de palabras mayores. De autores de cabecera que hay que respetar y estudiar.             

2. El vencido.

La primera entrega de la biografía de Deutscher, publicada hace cinco años, comprendía el período ascensional de su protagonista e interrumpía el relato en la primavera de 1921, estando Trotsky en el pináculo de la gloria y de su fama. La guerra civil en cuya victoria desempeñó un papel tan activo, había concluido. Lenin se hallaba en plenas facultades, con su salud intacta. Los nombres de Lenin y Trotsky iban por todas partes unidos como los artífices y héroes —o los villanos— de la revolución, y sus respectivos papeles considerábanse complementarios. Podían haber tenido divergencias en ocasiones anteriores, y continuaba habiéndolas, pero nadie dudaba de lo inquebrantable de su mutua confianza.

El descenso se inicia en esta época. Rejuvenecido por las glorias de la revolución y de la guerra civil, Trotsky nunca se sintió muy a gusto en la pedestre y a menudo descorazonadora empresa de la reconstrucción: la lucha contra la escasez, la apatía y la desorganización. La primera enfermedad de Lenin, contraída en la primavera de 1922, y su total incapacitación sobrevenida un año más tarde, le privaron del sólido puntal sobre el que habían descansado su destacada posición y categoría en el partido, mucho más de lo que él mismo sospechara. El segundo volumen de Deutscher abarca el período de la caída y concluye con su obligada salida de Rusia, sufriendo el exilio en medio de la vergüenza y el descrédito.

Si consideramos una tragedia la carrera política de Trotsky en su conjunto, y realmente adquirió dimensiones trágicas, este período fue el núcleo de la tragedia. Ahora bien, es éste un período difícil para el biógrafo. El héroe ya no es siempre una figura creadora. El “quid” de la caída de Trotsky estriba en que siempre estuvo situado a la defensiva y condenado a la pasividad. Se vio súbitamente asaltado por fuerzas que lo aturdieron, cuyo alcance tardó mucho en saber apreciar. O bien resistía denodadamente, o se entregaba; entonces, cuando ya desesperado se decidía a actuar, resultaba que lo había hecho equivocadamente. Desde luego, es cierto que Trotsky halló en Stalin un táctico político consumado, y que la capacidad intelectual y las grandes dotes de gobierno y organización de Trotsky no incluían la perspicacia política, el tacto para saber desenvolverse entre la gente y en cualquier situación, que es parte necesaria de las facultades de todo estadista o político de éxito. En este aspecto, la tragedia de Trotsky puede estimarse como una cualidad, o defecto, personal, y su desenlace como una simple lucha por el poder entablada entre fuerzas desiguales.

Pero Deutscher no es ese tipo de biógrafo que cae en la tentación de reducir la historia a un juego que combine un poco de suerte con algo de maña y cuyo resultado dependa de las aptitudes de cada jugador y de la suerte de las cartas. Es un escritor extraordinariamente brillante, con un estilo muy acusado y con esa apasionada y gran compenetración hacia su personaje que lo convierte en un biógrafo de primera fila. Cuenta asimismo con la pasión analítica del verdadero historiador, la eterna búsqueda a la pregunta ¿por qué? Y sus respuestas siempre se basan en amplios conocimientos y en aguda observación. En su historia de la vida de Trotsky se hallan estrechamente ligados los factores personales, políticos y económicos. La biografía del hombre se convierte en un análisis de la sociedad.

La biografía del Trotsky de esta época comprende tres secciones. En la primera, incluso antes de la desaparición de Lenin, deriva paulatinamente hacia una postura de aislamiento respecto al grupo dominante. Concede gran importancia a su rechazo de la oferta formulada por Lenin en 1922, dos veces repetida, para ser designado vicepresidente del Sovmarkom y supone que este gesto de Lenin se encaminaba a designar a Trotsky como su principal lugarteniente, y para contrapesar la designación de Stalin como secretario general del partido. La conjetura no es del todo convincente. La idea de equilibrar una designación del partido mediante una designación estatal, parece impropia; y, si Lenin hubiera deseado hallar la forma de aumentar el poder de Trotsky para hacerle su «segundo en el mando», no se habría limitado a convertirle en uno de los tres o cuatro vicepresidentes. Es absolutamente evidente que la firme negativa de Trotsky al plan se debía a su renuncia a verse situado en un plano de igualdad con Rykov, Tsyrupa y Kámenev. Pero la negativa aumentó la distancia entre él y los demás líderes, y cuando Lenin acabó desapareciendo de la escena por causa de su última enfermedad, resultó mucho más fácil para Zinoviev, Kámenev y Stalin constituir un triunvirato que excluyó a Trotsky. A partir de aquí, el triunvirato, recurriendo a tácticas que alternaban el halago con la intimidación, acabó apartando a Trotsky, no sólo de ellos, sino de sus potenciales defensores. Hacia el mes de enero de 1925 era un hombre derrotado, privado de sus cargos estatales, aunque no de los del partido y reducido a la impotencia más absoluta.

La segunda sección abarca el año 1925 y la primera parte de 1926, durante la cual Trotsky permaneció políticamente inactivo, desempeñando el papel de un miembro del partido leal y obediente dedicado a funciones públicas de segunda importancia. Luego, durante la primavera de 1926, se sumó a la entonces derrotada oposición de Zinoviev y Kámenev y se reanudó la lucha, esta vez en el interior del partido. Esta lucha se prolongó unos dieciocho meses, durante los cuales Trotsky, sus partidarios y sus nuevos aliados fueron paso a paso desposeídos de sus varios cargos en el partido, y en el quince congreso del partido, a finales de 1927, expulsados del partido mismo. Zinoviev y Kámenev se retractaron. Trotsky y sus más arriesgados seguidores escogieron el camino del exilio a apartados lugares de la Unión Soviética. Durante el año siguiente el hogar de Trotsky fue Alma-Ata, en los lejanos límites del Kazajstán. Luego, a fin de eliminar el peligro de que se convirtiera, incluso por correspondencia, en el foco de una nueva oposición, fue deportado del país. Al final del volumen lo encontramos embarcado en Odessa, con destino a Prinkipo.

En el plano personal la tragedia de Trotsky durante esos años reside en que, a diferencia de su primer período, cesó casi completamente de ser un hombre de acción. En los días heroicos de la revolución y la guerra civil había sido el dirigente. Ahora era el dirigido. En los choques de los años inmediatos la iniciativa no partiría de él: el campo de batalla y el momento de entablarla no los eligió él, sino sus adversarios. En el otoño de 1923, cuando el triunvirato lanzó la primera campaña contra él, permitió que lo tentaran con una apariencia de compromiso, desautorizó a los que le habían apoyado, y permaneció inerme ante sus asaltantes. Un año más tarde se volvía a repetir el mismo hecho. Cierto que la ocasión de la reanudación de la lucha fue la publicación del ensayo de Trotsky Lecciones de Octubre. Pero la historia deja bien sentado que fue el triunvirato quien decidió considerarlo como la señal para el comienzo de la batalla, y que Trotsky no enarboló su ensayo para comenzarla. Como antes, Trotsky fue cogido de improviso y desprevenido ante la furia del ataque. En aquellos dos otoños su salud se vio quebrantada por el esfuerzo. Sucumbió ante una «misteriosa» enfermedad de imposible diagnóstico y se retiró bajo consejo médico al Cáucaso, para reaparecer recuperado cuando la crisis había concluido.

Tras el intervalo de dieciocho meses de inactividad, Trotsky se sumó a la lucha en junio de 1926, coaligado ahora con Zinoviev y Kámenev; pero como dice Deutscher, «la batalla fue comenzada en parte a instancias de Stalin». La historia de esta última lucha que duró hasta noviembre de 1927, está narrada por Deutscher con riqueza de detalles y observaciones muy atinadas. Sólo en una o dos ocasiones se halla uno tentado a formular reparos sobre algún punto secundario. En pleno debate de Moscú, se publicó en el New York Times una traducción del texto completo del famoso «testamento» de Lenin. Max Eastman, que había sido el responsable de su publicación, dijo a Deutscher que recibió el texto de Souvarine (un miembro de la oposición que se hallaba en París, y al que Trotsky había desautorizado), con el ruego de que se publicara; y Deutscher admite como «indudablemente cierta» la «suposición» de que el ruego procedía de Trotsky. No se cita ninguna prueba en apoyo de semejante conjetura. Es bastante improbable que Trotsky no pudiera publicar el «testamento» en un periódico americano, o que hubiera recurrido a Souvarine como intermediario para tal propósito. Y a uno le gustaría contar con alguna prueba de la afirmación de que Zinoviev y Kámenev «en el catorceavo congreso habían formulado nuevamente la petición de que se publicara su última voluntad, y que la repetían en cualquier oportunidad». Puede que sea cierto; pero parece bastante dudoso.

Es significativo en esta lucha desigual que, conforme la posición de Trotsky se iba haciendo más desesperada, creciera su fortaleza moral. En octubre de 1926, la oposición llevó a cabo otro intento fallido de retractación y compromiso que, de acuerdo con el precedente de la vieja táctica de Stalin, no llevó a una tregua, como Trotsky y Zinoviev esperaban confiadamente, sino tan sólo a un enardecimiento del combate. Pero éste fue el último de los actos de inútil y voluntaria sumisión de Trotsky. En 1927 se produjo la aparición de Trotsky en el Ejecutivo de la Internacional Comunista (el último debate público contra sus acusadores, y la primera incalificable e incondicional quema pública de sus naves), y la redacción de «el programa de la oposición» que rápidamente se convirtió en un documento prohibido que circulaba en la clandestinidad. En la crisis final, durante la que Zinoviev y Kámenev volvieron a desdecirse, Trotsky se mantuvo firme y desafiante, refutando el razonamiento (que él había utilizado repetidamente durante los tres años anteriores y que había frustrado toda su actividad) de que «el partido no puede equivocarse». Ahora proclamaba abiertamente que «era él y no el partido quien llevaba la razón». En el preciso instante en que su libertad de acción comenzó a verse amenazada, recuperaba su libertad de pensamiento.

El año transcurrido en Alma-Ata en incómodo y lejano retiro fue, pues, para Trotsky un período de reexamen y en cierto sentido de rehabilitación y autojustificación. En ininterrumpida correspondencia mantenida con otros miembros de la oposición exilados en otras partes de la Rusia oriental y Siberia —especialmente con Rakovsky, Preobrazhenski y Radek— pudo afirmar sin lugar a equívocos la postura que no había logrado defender con firmeza durante los azarosos años de Moscú. La correspondencia tiene sus momentos de futilidad. Sometida a las duras condiciones del exilio y del aislamiento, la oposición comenzaba a cuartearse, dividida por discusiones que representaban el primer anticipo de las disputa escolásticas entre las diversas sectas trotskistas, que iban a caracterizar los años treinta. Pero por regla general las cartas del período de Alma-Ata —publicadas ahora por primera vez gracias
al rico depósito de los Archivos Trotsky en Harvard— son magnífico ejemplos de la poderosa inteligencia de Trotsky en acción, libre de los compromisos y respetos de mediados de los años veinte inmersos en la compleja problemática de la revolución. Por el mismo motivo, es un campo que depara grandes satisfacciones al biógrafo. El último capítulo del libro de Deutscher es el más sólido y convincente, así como el más original. Sacado del material no publicado de los archivos, ha realizado un memorable análisis del dilema de Trotsky y de la revolución.

La base del dilema, como sucede en todo problema de la revolución rusa, reside en la contradicción entre su programa y los medios disponibles para llevarlo a término. El programa de los bolcheviques incluía la industrialización y la democratización de Rusia (que en los demás países había sido obra de la revolución liberal o burguesa), como preludio a la creación de una nueva sociedad sobre la base de una economía y una democracia socialistas (que todavía no se había conseguido en ninguna parte); la debilidad de la burguesía y la quiebra del liberalismo ruso condujeron a un acortamiento de los dos procesos. La misma revolución había sido puesta en práctica por la acción de los obreros industriales de petrogrado, en parte en forma espontánea en parte organizada por el pequeño pero hábilmente dirigido partido bolchevique; pero su éxito no hubiera sido más que fugaz si Lenin no se hubiese apresurado a unir sus destinos con las ansias de tierra del campesino, añadiendo a su programa una redistribución de la tierra por medio de la expropiación.

Pero este fue sólo el comienzo de las dificultades. El virtual hundimiento de la economía y el gobierno bajo la presión de la guerra, junto con el desencanto general, tornaron más fácil la toma del poder, pero infinitamente más arduo su ejercicio. La guerra civil, a la que vino a sumarse la intervención extranjera, completó el proceso de desintegración. Bajo tales circunstancias, ¿cómo iba «la dictadura del proletariado» o «el estado obrero» a funcionar y sobrevivir? Los primitivos líderes bolcheviques, y en primer lugar Lenin y Trotsky, sólo tenían una respuesta. Invocaban el deus ex machina de la revolución mundial. Los proletariados de los países industriales más avanzados harían su revolución y vendrían en ayuda de sus hermanos rusos combatientes. La revolución rusa no podía pensar en asegurar su supervivencia de otro modo.

Hacia 1921 las perspectivas de la revolución mundial, de la revolución europea, de la revolución alemana (considerada siempre como el principal y primer eslabón de la cadena), iban esfumándose. El régimen revolucionario ruso demostró en medio de dificultades aparentemente insuperables, su capacidad de supervivencia. Pero ¿cómo había sobrevivido y cómo podía Seguir superviviendo? La original debilidad del proletariado había aumentado aún más al verse sumergida en el proceso general de desintegración económica; petrogrado, el principal núcleo de la industria rusa, decaía. Como apuntaba Deutscher en el capítulo final de su primer volumen, «la clase obrera rusa se había mostrado incapaz de ejercer su propia dictadura». Sin embargo, era inconcebible que habiendo vencido los bolcheviques en la revolución y la guerra civil, abandonaran y confesaran su fracaso apenas lograda la victoria El partido, que se había presentado siempre como la vanguardia de la clase obrera, tenía que seguir al frente. Pero sin representar, aunque ningún bolchevique lo admitiera ni aún para
sus adentros, un proletariado existente: sería el depositario del proletariado del futuro. La senda a que apuntaba el partido bolchevique conducía al socialismo proletario a través de la industrialización.

Más que ningún otro, Trotsky se vio comprometido en esta empresa. Más que ningún otro entre los líderes aceptó la industrialización como la clave indispensable. En 1903 había denunciado ardorosamente la aceptación por parte de Lenin de la idea jacobina de liderazgo ejercido por una minoría honesta e ilustrada. Ahora la aceptaba sin discusión y aparentemente sin percatarse de
su incongruencia. Respaldó sin reserva alguna las medidas adopta da a instancias de Lenin por el congreso del partido en marzo de 1921, destinadas a reforzar la disciplina del partido y a prohibir la formación de facciones y grupos en el seno del partido —medidas inspiradas en parte por el reciente sobresalto del motín de Kronstadt, así como por la creencia de que la distensión
de la dictadura económica bajo la NEP, aunque necesaria para lograr la recuperación, expondría al partido y al régimen a nuevo riesgos políticos. A lo largo de los seis años siguientes, no
sólo se sintió cohibido por su afirmación de que «el partido no podía equivocarse», sino por su lealtad a una prohibición que le impedía constituir una oposición. Ni siquiera atacó nunca directamente la legitimad de la prohibición. Hasta el final no se pudo unir a los centralistas democráticos, o cedemistas —los últimos residuos de una primera oposición— que se hallaban en desacuerdo concretamente sobre las bases de la organización del partido En el período más crítico de la lucha, Trotsky siempre atacó a Stalin por seguir políticas erróneas, nunca por aplicar falsos principios de disciplina del partido que sirvieran para imponer las. Incluso en Alma-Ata persistía el dilema. Antes del golpe final,
Trotsky se había visto obligado a denunciar la persecución de sí mismo y de sus partidarios, los métodos poco escrupulosos empleados por Stalin, y «el estrangulamiento del partido» por la burocracia de Stalin. Pero esto era secundario dentro del ataque fundamental a la política de Stalin, por su apoyo a la China de Chiang Kai-Chek, su alianza con los dirigentes sindicales británicos representada por el Consejo Sindical conjunto Anglo-soviético, la línea del «socialismo en un solo país», y sobre todo por la tolerancia del kulak. Cuando, no obstante, inmediatamente después del exilio de Trotsky en Alma-Ata, Stalin arremetió contra los kulaks y dejó bien sentado que se hallaba en desacuerdo con el ala derecha del partido dirigida por Bujarin y Rikov, Trotsky todavía se vio más asaltado por las dudas, y ello se reflejó en las filas de sus partidarios.

Para un hombre con la honestidad y la pasión intelectual de Trotsky por el análisis político, el dilema de si había que combatir a Stalin o apoyarlo no podía ya resolverse con un simple «sí» o «no». Si Stalin había pasado ahora a defender la línea que siempre había defendido la oposición —de resistir al kulak e impulsar hacia adelante la industrialización y la planificación— mientras Bujarin y Rikov continuaban defendiendo la tolerancia del kulak, a uno no le quedaba más que apoyar el curso «izquierdista» de Stalin sin dejar de montar la guardia. Por otro lado, había que seguir combatiendo a Stalin sobre la cuestión de la libertad dentro del partido y la democracia proletaria, cualquiera que fuese el sentido exacto que Trotsky atribuyera a esas frases. Tal era la «doble actitud» que Trotsky aconsejaba por carta a los miembros dispersos y exilados de la antigua oposición, y no se trataba tan sólo de la réplica de lo que Deutscher denomina «flexibilidad dialéctica» a una «situación ambigua». Era el reflejo de esta dramática incompatibilidad entre fines y medios, que constituye el eterno problema del estadista y del historiador. La línea de Stalin iba encaminada, consciente o inconscientemente a «desarraigar la barbarie por medios bárbaros». Trotsky quería desarraigar apasionadamente la barbarie: una Rusia modernizada, occidentalizada le parecía una meta esencial de la revolución, una condición esencial del socialismo. Pero retrocedió ante los medios, aunque en el pasado parecía haberlos apoyado por considerarlos los únicos medios al alcance. Y no podía rechazar aquella meta.

Estas vacilaciones y matices que tan poco servían para la puesta en marcha de una política práctica, eran poco atractivas para la masa de los miembros de la oposición en el exilio. No sólo los cedemistas pedían una política de «todo o nada», considerando que si se quería combatir a Stalin de manera efectiva había que atacarlo simultáneamente en todos los frentes y con cualesquiera aliados, sino que también estaban los que adoptaron el enfoque contrario y confiaban a pesar de todo en que el giro
de Stalin hacia la izquierda era el preludio de una reconciliación con la oposición, cuya ayuda necesitaba en la lucha contra la derecha bujarinista. Es probable que el propio Stalin se aprovechara
de esta idea: semejante maniobra iba de acuerdo con su carácter y antecedentes. Pero en la práctica demostró fuerza suficiente para no tener necesidad de recurrir a una amnistía general de la oposición, y se contentó con sobornar a algunos miembros de la oposición, o a pequeños grupos de ésta, de forma que, a la vez   que los humillaba, los plegaba a sus propósitos.

Los intelectuales que en la primavera de 1928 comenzaban ya a propugnar la conciliación con Stalin se engloban en dos categorías. La primera estaba representada por Preobrazhenski, siempre
más teórico que político, un hombre de acción, el más original y agudo pensador de la economía que el régimen produjera, quien en 1924 había comenzado a analizar la doctrina de «la acumula ció socialista primitiva» y a demostrar que la industrialización bajo las condiciones rusas implicaba la explotación de la economía campesina. Preobrazhenski argüía que la oposición, con su superior perspicacia, había sido el verdadero y consciente intérprete de la necesidad histórica. Stalin se había sometido ahora a esta necesidad, aunque sin duda en forma falseada. Pero la oposición también erró en el pasado exagerando el peligro proveniente de la derecha y el compromiso personal de Stalin con ésta. Preobrazhenski quería conseguir el permiso oficial para una conferencia de la oposición en el exilio, con la intención de modificar su programa de acción.

En la segunda categoría, Radek era el representante más eminente. Radek, y al igual que él muchos otros que no eran principalmente pensadores ni teóricos, halló en el aislamiento y la inactividad del exilio un tedio intolerable, y ahora que Stalin gravitaba hacia la línea tanto tiempo proclamada por la oposición, se aferraba ávidamente a esto con el pretexto de hallar una forma de la reconciliación que los devolviese a la vida política activa. Pero era inconcebible que Stalin y sus seguidores de Moscú fuesen reemplazados por la oposición fuera de la ley, y se convirtieron en ejecutores de su política pero prescindiendo de ellos. De aquí que un sector de la oposición se mostrase ya impaciente en el verano de 1928 y se hubiesen sembrado las semillas de una futura retractación. Trotsky se opuso a Preobrazhenski y Radek, sufriendo las críticas de ambos, aunque fue a la vez culpado por los irreconciliables de no denunciar en términos suficientemente enérgicos las traidoras propuestas de parlamentar con Stalin. Mientras Trotsky permaneció en Alma-Ata y tuvo libertad para mantener correspondencia con sus partidarios, se las arregló para mantener unidos a los exilados, o cuando menos, para evitar una ruptura abierta; y sólo se produjeron defecciones aisladas durante este primer año. Pero Stalin censuró la correspondencia en octubre de 1928, cortando los vínculos con sus seguidores; y tres meses más tarde se dictó y ejecutó la sentencia de expulsión de la Unión Soviética. Una vez más Trotsky se había convertido en el lobo solitario, adentrándose en el período de su vida que Deutscher narrará en un tercer volumen, The Prophet Outcast.

El subsiguiente curso de la vida de Trotsky, con sus intermitentes e infructuosas tentativas de reconstruir una oposición coherente y organizar una política coherente, tan sólo subrayaba el dilema sin hacer nada por solucionarlo. «El monopolio bolchevique del poder, tal como lo habían establecido Lenin y Trotsky (escribe Deutscher como conclusión), halló en el monopolio de Stalin su afirmación y su negación; y cada uno de los dos antagonistas insistían en un aspecto distinto del problema». Y: «El dominio de una sola facción constituía ciertamente un abuso, así como la consecuencia del dominio de un solo partido». Mientras Stalin introdujo un marxismo distorsionado por «todo lo que había de primitivo y arcaicamente semiasiático en Rusia», Trotsky permaneció fiel al «marxismo clásico», que le había traicionado sólo a causa de «los fracasos del socialismo en el Oeste». No es menos cierto que en el comienzo de su carrera, Trotsky predijo con claridad «la consecuencia del dominio de un solo partido», y que lo aceptó cuando llegó la ocasión como el medio indispensable de lograr bajo determinadas condiciones el objetivo de la revolución. En este sentido se sometió a la necesidad histórica del estalinismo, al menos en su fase inicial.

Al cabo, Trotsky no sólo se vio obligado a afirmar el derecho a llevar razón frente al partido, sino incluso frente a la historia. Trotsky se consideró muy a menudo el portavoz de la historia, condenando en su nombre a sus oponentes derrotados. Ahora la historia se había vuelto contra él, y Stalin podía invocarla a fin de desacreditarle y relegarlo al olvido. Al final de su autobiografía, Trotsky cita, acompañada de excusas por el «leve regusto de elocuencia eclesiástica», una carta de Proudhon proclamando su reto al «destino». Deutscher, con una justificación similar por la tendencia subyacente de un «romanticismo subjetivo», acude a Nietzsche. Si quieres una biografía, no busques una con la leyenda «Fulano de Tal y su época», sino aquella en cuya portada pueda escribirse «Un luchador contra su tiempo»... Afortunadamente la historia también mantiene vivo para nosotros el recuerdo de los grandes «luchadores contra la historia», es decir, contra el ciego poder de lo actual.
«Hermosas palabras», dice Trotsky. «Magníficas palabras», dice Deutscher. Pero este recurso a Proudhon y a Nietzsche, ¿no indica acaso que nos encontramos con una categoría que el marxismo clásico no ha logrado explicar?

 
 
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Comentarios (5)

#1.- Una pequeñisima puntualización

Iskra|22-12-2008 14:28

Estimado señor Pepe, una vez más he de decirle que la Editorial editora de la Trilógia sobre Trotsky se llama LOM y está en Chile, como pueden comprobar:

Editorial LOM Chile

Saludos.

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#2.- La edición masiva en castellano fue de EDITORIAL ERA, S.A. de México.

Esto de LOM habrá sido después de ERA, S.A.|22-12-2008 16:00

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#3.- FUE EXACTAMENTE ASÍ COMO DICE PEPE. Y ESO ME LLEVA A DECIR QUE YA ESTÁ BUENO DE VIUDAS IDEOLÓGICAS : A LOS PUEBLOS NO LES INTERESA QUIEN TUVO RAZON

EXACTAMENTE ASÍ COMO DOCE PEPE|22-12-2008 16:10

Trotsky se consideró muy a menudo el portavoz de la historia, condenando en su nombre a sus oponentes derrotados. Ahora la historia se había vuelto contra él, y Stalin podía invocarla a fin de desacreditarle y relegarlo al olvido.

FUE EXACTAMENTE ASÍ COMO DICE PEPE. Y ESO ME LLEVA A DECIR QUE YA ESTÁ BUENO DE VIUDAS IDEOLÓGICAS : A LOS PUEBLOS NO LES INTERESA QUIEN TUVO RAZON EN LOS AÑOS 20 DEL SIGLO 20.

EXACTAMENTE : ASÍ FUE. ASÍ ES.

BASTA YA DE "VIUDAS IDEOLÓGICAS" DE UNO y DE OTRO.



GANÓ STALIN.

BASTA YA.

HAGAMOS NUESTRAS REVOLUCIONES NOSOTROS :

http://images.google.com/imgres?imgurl=http://vulpeslibris.files.wordpress.com/2008/08/stalin_clown.jpg&imgrefurl=http://vulpeslibris.wordpress.com/2008/08/05/introducing-stalin/&usg=__vxT1s7vgDY7uULkGsnxkn8aJroE=&h=402&w=468&sz=22&hl=es&start=66&tbnid=eLQLDESqcqFEsM:&tbnh=110&tbnw=128&prev=/images%3Fq%3Dstalin%26start%3D60%26gbv%3D2%26ndsp%3D20%26hl%3Des%26sa%3DN

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#4.- Sí, había ganado...

Bafaluy|22-12-2008 17:57

Sí, Stalin había ganado, por eso no era necesario fusilar a los viejos bolcheviques, ni organizar los tétricos "Procesos de Moscú", pero lo hizo.

Sí, Stalin había ganado, por eso tampoco era necesario mandar asesinar a Trotsky, no era necesario clavar un piolet en su cráneo, pero lo hizo.

De acuerdo, miremos al futuro, a la actual crisis capitalista y a la actual lucha por el socialismo. Pero cuando tantos comentarios en esta misma página acaban con un "Viva Stalin" acaba siendo necesario que alguien recuerde nuestra historia, con sus claroscuros, para no repetirla.

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#5.- Para-lelismos

Bafaluy|22-12-2008 18:22

Por cierto, los mismos argumentos utilizados por el # 3 son los que utilizan aquí los franquistas para enterrar la memoria histórica, se puede comprobar cambiando sólo los nombres:

"A los pueblos no les interesa quién tuvo razón en los años 30 del siglo 20.
Así fue. Así es.
Ganó Franco.
Basta ya."

Ahora tendría que poner una foto del dictador haciendo una gilipollez como la de Stalin en la foto que tu mandas, y quedaría todo igual que en tu mensaje.

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