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Candidato Barack Obama

Obama encarna el pacto entre una porción de los notables del Imperio y la multitud de sus plebeyos para desbancar el horror de la tiranía bushista.
Jónatham F. Moriche | Para Kaos en la Red | 5-9-2008 | 524 lecturas | 3 comentarios
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"No es tiempo para planes pequeños", proclamó el senador demócrata Barack Obama en su aceptación de la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos de América. Fue una de las mejores ideas-fuerza de un discurso extraordinario, una pieza vibrante y conmovedora que sin duda ocupará, con el tiempo, su lugar en la historia de la oratoria política desde Cicerón hasta nuestros días. Millones de norteamericanos, y millones de habitantes de todos los husos horarios del planeta, escuchamos con atención y emoción a este hombre de voz clara y mirada serena, que a lo largo de 50 minutos describió, paso a paso, su propuesta para escapar de la pesadilla que han supuesto, para los iraquíes, para los norteamericanos y para el conjunto de la Humanidad, los dos mandatos de George W. Bush y su séquito neoconservador.

El presidente de los Estados Unidos es el líder de un imperio que, como cualquier otro imperio de la Historia, ha tenido, tiene y tendrá siempre en el ejercicio arbitrario de la fuerza uno de los más inequívocos rasgos de su identidad. El presidente de los Estados Unidos ha sido, es y será invariablemente elegido con el apoyo de amplios sectores del gran capitalismo norteamericano y la aquiescencia de los generales del Pentágono. El presidente de los Estados Unidos jamás será, como tampoco lo fueron nunca ninguno de los emperadores de Roma, un santo, un pacifista o un revolucionario. Aunque, recordemos, Roma fue gobernada en un tiempo por Nerón, pero también en otro por Marco Aurelio. Y tanto se parecen los mandatos gemelos de Nerón en Roma y de Bush en Washington, que no es de extrañar que el mundo mire a los ojos de Barack Obama buscando, como la buscábamos los millones de espectadores de su discurso de Denver, la esperanza de un nuevo tiempo de Marco Aurelio.

Tras aceptar la candidatura presidencial, Obama desgranó un programa de gobierno en dirección a la serenidad y la sensatez. Habló de una sociedad más equitativa y del compromiso con sus miembros más desfavorecidos. De defensa de los ciudadanos frente a las grandes corporaciones. Tuvo palabras de respeto hacia los homosexuales, reivindicó la igualdad entre hombres y mujeres y los derechos fundamentales de los inmigrantes. Reiteró su compromiso de retirarse de Iraq. Es muy cierto que también se refirió a Estados Unidos en términos severamente imperiales, resaltó su compromiso con el mantenimiento de la hegemonía militar planetaria, con la defensa de Israel y con la "guerra contra el terror" en Afganistán. Pero lo hizo con serenidad y sin fanatismo, con un pie en la razón del poder, pero con otro en el poder de la razón, muy lejos de las mesiánicas fantasías militaristas de la propaganda bushista, del apocalipsis purificador de los teo/neo/conservadores y su sangrienta cruzada mesopotámica... Obama no llamó a los ciudadanos del Imperio a la guerra, sino a la paz. Y ahí radica su diferencia. Una diferencia radical.

¿Puede ser justa la paz del Imperio? Muy probablemente, no. Ni el mismo Marco Aurelio pudo presumir de semejante hazaña. Pero George W. Bush ha llegado tan lejos a la hora de demostrar la potencia destructora contra la civilización de un imperio desbocado y fanatizado, que si Barack Obama logra embridar al imperio americano en su propio derecho nacional y las leyes internacionales, tras ocho años en los que la Casa Blanca no ha hecho sino profanar una y otra vez su propia Constitución y la Carta de las Naciones Unidas, si es capaz de devolver al ejército imperial a los cuarteles y sofocar los infiernos bélicos que Bush y sus aliados han encendido desde 2001, entonces se hará, y no sólo por el color de su piel, con un lugar entre los héroes de los libros que narran la historia de las civilizaciones humanas.

Obama ha citado una y otra vez al presidente Franklin Delano Roosevelt como ejemplo inspirador. Impulsando el "new deal", FDR apartó la tentación totalitaria (quizás un totalitarismo como el descrito por Philip Roth, a medio camino entre la farsa novelesca y la historia contrafactual, en La conjura contra America, una de sus mejores obras), a la que la depresión de 1929 pudo fácilmente arrastrar a los Estados Unidos. Hay mucho de bueno, de sabio, de hermoso, de emancipador, en la historia americana, desde la revuelta campesina  de Shays en pleno proceso de independencia a finales del XVIII o el vigoroso movimiento obrero del siglo XIX hasta la heroica lucha por la emancipación y la igualdad racial de los afroamericanos que se prolonga hasta nuestros días. Y FDR, sin dejar de ostentar, como cualquier otro presidente norteamericano, un mandato imperial, prestó oídos a la voz de esa otra Norteamérica y la convirtió en guía de su gobierno, obrando con decisión, serenidad y sensatez, construyendo codo con codo con su pueblo una salida democrática a una devastadora crisis económica y cultural. FDR fue, posiblemente, el último Marco Aurelio que recuerda el imperio norteamericano. Por desgracia, no hubo también otro FDR para Alemania, azotada por una crisis aún mayor, en 1933. Por eso hubo un lugar para Hitler, para el nazismo y para todo lo que vino después. En noviembre de 2000, pocos meses antes de la matanza de las Torres Gemelas y la profunda y devastadora crisis de identidad del pueblo norteamericano que aquella provocó, la "opción FDR" que encarnaba Albert Gore, frente a la crisis de legitimidad en que concluyó la presidencia imperial de William Clinton, fue tramposamente apartada del poder por los seguidores de (continuando con la referencia a la novela de Philip Roth), la "opción Charles Lindbergh": un liderazgo populista y anti-racionalista, enardecedor de los peores instintos y los mayores disparates de la cultura y la sociedad norteamericana: la imbecilidad infantiloide de los creacionistas, el amor enfermizo por las armas de fuego, el atavismo tribal de la pena de muerte, la inquisitorial intolerancia de homófobos y anti-abortistas... Pero fue el impacto del 11-S lo que otorgó a la grotesca parada neoconservadora de los monstruos las fuerzas y la iniciativa para lanzarse a la reconstrucción del mundo conforme a sus fantasías ideológicas y geopolíticas; la narración de esta odisea de destrucción, de esta monstruosa colusión de catástrofe y voluntad de poder, ha sido ya descrita y razonada con precisión forense por observadores tan lúcidos de la realidad norteamericana como Gore Vidal y Norman Mailer.

Hoy, ocho terribles años después, y respaldado con sonora unanimidad por las fuerzas democráticas que también están presentes desde su mismo origen en la forma de ser del imperio norteamericano, Barack Obama tiene la oportunidad de renovar la hazaña de FDR y, apoyado en lo mejor de su pueblo, de su cultura y de su Historia, apartar a su imperio de la senda de la barbarie absoluta, de la nuda y desacomplejada variante hitleriana de dominio imperial adoptada con entusiasmo homicida por la administración Bush. Todo esto y nada menos que esto es lo que significa change.

Pero más allá de esa innegable tendencia hacia el cambio, un cambio que no puede ser sino radical, porque radical es aquello de lo que se aleja, el programa de gobierno de Obama sigue todavía, a estas alturas, demasiado genérico, demasiado abstracto... Muchas son las interrogantes concretas que se abrirían al día siguiente de una victoria de Barack Obama: ¿Retirará las tropas de Iraq con inmediatez y abrirá un diálogo multilateral para devolver la paz al país? ¿Cerrará los campos de exterminio de Guantánamo y otros tantos similares cuyo nombre aún desconocemos? ¿Concluirá Libertad Duradera y pondrá sus tropas en Afganistán bajo la jurisdicción de las Naciones Unidas? ¿Descartará las amenazas bélicas contra Siria e Irán? ¿Condicionará su apoyo a Israel a avances en el proceso de paz y la constitución de un Estado palestino soberano? ¿Derogará el embargo contra Cuba? ¿Cesará los manejos subterráneos contra Venezuela y el resto de democracias progresistas de América Latina? ¿Firmará el Protocolo de Kyoto y tomará medidas efectivas contra el cambio climático? ¿Dedicará esfuerzos y recursos a la reforma de la sanidad y la educación públicas de EEUU? ¿Garantizará a las mujeres norteamericanas su derecho al aborto? ¿Devolverá la ciencia y apartará la superstición de las escuelas? El propio Obama contestó en su discurso, aunque de un modo oblicuo, a todas estas preguntas: "El cambio al que nos referimos", dijo al público de Denver y de todo el planeta, "no se refiere a mí, sino a vosotros". Y tenía toda la razón. La movilización de las multitudes contra la guerra, en EEUU como en el resto del globo, han sido claves para el éxito de su candidatura, frente a las presiones del aparato del Partido Demócrata y muchos de sus grandes financiadores corporativos. Y la acción de la sociedad civil norteamericana y mundial también será, más allá de su victoria electoral, clave para que la presidencia imperial de Barack Obama signifique no sólo el desalojo de Bush y la retirada de Iraq, sino un viraje genuinamente democrático a la gobernancia imperial, tras el enloquecido paréntesis de la contrarrevolución tiránica de Bush y sus aliados. Obama no representa la voluntad de la multitud, pero sí encarna el pacto entre una porción de los poderosos y notables del Imperio (los "multilateralistas" Gore, Clinton, Annan, Lula, Kirchner, Zapatero...), de un lado, y la multitud de sus plebeyos, por el otro, para desbancar el horror de la tiranía bushista. Ese pacto no convertirá a Obama en un emperador del pueblo ni transfigurará el imperio en democracia. Pero si la multitud inmensa y diversa de los plebeyos de la globalización es capaz de hacerse oir y mantenerse firme en sus demandas, Obama será un emperador, además de elegido con la aprobación del pueblo global, condicionado en tanto dure su mandato por su unánime e inequívoca conditio sine qua non de la paz.

Como entendieron los 200.000 europeos que le recibieron en Berlín, no hace falta tener derecho a voto en EEUU para que esta alianza nos implique muy directamente. Vivamos donde vivamos, Barack Obama estará, si gana las elecciones, al timón de este frágil guijarro en el cielo en que todos navegamos. La noche del 4 de noviembre, el mundo y la entera tribu humana que lo habita cruzarán los dedos y elevarán una plegaria, religiosa o laica, en favor de este hombre de mirada serena y palabra sensata, apostando porque la balanza de la Historia desdeñe la vesania de Nerón y sus secuaces y se incline del lado de un Marco Aurelio, cuya justicia imperial podrá distar en muchas ocasiones de ser justa, pero del que al menos podemos albergar la esperanza de que sea capaz de comprender el concepto de justicia y prestar oídos al pueblo que la demanda. Y aunque nuestros horizontes éticos y políticos vayan mucho más allá de la "paz imperial" que nos ofrece, no podemos desdeñar el papel histórico extraordinariamente benéfico que Barack Obama puede desempeñar si se alza con la victoria en las urnas en noviembre. La presidencia imperial de Barack Obama no marcará ni mucho menos la hora de llegada de ese otro mundo posible que las clases motoras de la Historia persiguen desde el origen mismo de los tiempos humanos. Pero si ese otro mundo mejor es de veras posible, podemos estar seguros de una cosa: no será con los herederos de George W. Bush en la Casa Blanca, sino después de su derrota. Escribió Antonio Negri: "la paz es una condición indispensable para la revolución". Quizás la causa de la revolución global, la lucha por ese otro mundo posible de relaciones más justas entre las clases, los pueblos y las naciones, de respeto al medio ambiente y la diversidad cultural, de prevalencia de los derechos de los ciudadanos frente al capital y de la democracia frente al capitalismo, tengamos que librarla muchas veces en los próximos años contra la presidencia imperial de Barack Obama. Pero la causa de la paz quiza debamos ahora librarla, al menos durante estas primeras millas del difícil tramo de la Historia que encaramos, leal, decidida y esperanzadamente de su lado.

Jónatham F. Moriche, Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, septiembre de 2008

http://jfmoriche.blogspot.com | jfmoriche@gmail.com

 
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Comentarios (3)

#1

05-09-2008 20:56

alucina:

"Fue una de las mejores ideas-fuerza de un discurso extraordinario, una pieza vibrante y conmovedora que sin duda ocupará, con el tiempo, su lugar en la historia de la oratoria política desde Cicerón hasta nuestros días"

repugnante, el obama es un monigote como lo es bush, a ver si se cree el autor que los estados unidos van a cambiar en algo por la eleccion de este producto fabricado por los real-politicos americanos.

el autor del articulo se ha creido la publicidad ... repugnante y triste.

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#2.- Objs Concretos

Patricio|05-09-2008 21:49

para ver si obama es un monigote es necesario conocer sus propuestas y ver si logra realizarlas. Promete un cambio y hasta su eleccion debemos seguir en esa promesa.

Sin ponerme en ninguno de los 2 lados, el tiempo mostrará quien miente...

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#3

05-09-2008 21:59

no he escuchado a obama hablar sobre la nacionalizacion de la economia americana ni ha propuesto ningun cambio hacia un estado socialista, obama es un neoliberal que solo piensa en engañar a pardillos para potenciar el enrriquecimiento de la clase privilegiada, la misma clase privilegiada que lo ha colocada en esa pantomima que algunos creen que es democracia y que solo es un show para teleadictos, en fin

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