La Revolución Rusa no es un fenómeno que podamos explicar única y exclusivamente con las propuestas y el trabajo de los bolcheviques. Las raíces de la misma se encuentran en 1914, cuando tres años antes de que la Revolución se llevase a cabo, el ejército ruso era derrotado por los alemanes en la I Guerra Mundial.
Las huelgas y manifestaciones, la oposición al zar Nicolás II, estaban a la orden del día en el Imperio ruso, que recurrió a la declaración de guerra a Alemania para unir a su pueblo, con la esperanza de que, al tiempo, la industrialización que había tenido lugar en los años 90 diese sus frutos.
Sin embargo, aquella I Guerra Mundial fue demasiado moderna para el ejército ruso, que mal pertrechado sufrió sucesivas derrotas. La preocupación de los rusos paso entonces a ser el fin de la guerra, sangrienta guerra para el pueblo, que provocaba la sublevación ante las levas masivas.
No vamos a dar aquí una clase de historia. Lo cierto es que, con la situación agravándose día tras día, llegamos a 1917. Acomienzos de este año los burgueses e intelectuales rusos se plantean el necesario cambio de régimen, pues el crédito del zar Nicolás II ya había sido totalmente dilapidado. Su propuesta era el paso de la autocracia a la monarquía constitucional, para lo cual se inspiraban en modelos occidentales.
El 23 de febrero, pese a la falta de coordinación y propuesta de las organizaciones y sindicatos, las mujeres recorren las calles de Petrogrado. La Revolución de febrero es un hecho: la bandera roja se iza en el palacio de Invierno y un Soviet negocia con la Duma un Gobierno provisional.
El Gobierno provisional adoptó varias medidas para contentar a la población rusa: la amnistía a los presos políticos, militares y religiosos. Permitió la libertad de prensa y se dio a los trabajadores el derecho a huelga y sindicación. Pero no se hizo eco de las dos grandes peticiones de la población rusa: el fin de la guerra y el reparto de las tierras.
Los bolcheviques, sin embargo, prometieron al pueblo ruso lo que este necesitaba: la paz, el reparto de las tierras y el poder a los soviets. Finalmente, en octubre, los bolcheviques se hicieron con el poder, y acto seguido mostraron al pueblo de Rusia que las palabras prometidas serían realidad. Así lograron mantenerse en el poder y construir la primera experiencia socialista de la historia. No fue, por lo tanto, su propuesta política, o al menos, no solo ella, la que les permitió lograr el poder.
Pero el de Rusia es solo un ejemplo. En la misma Revolución cubana, el objetivo de los barbudos era derrocar el régimen títere de Batista. La población cubana necesitaba un cambio, y aquellos guerrilleros estaban dispuestos a llevarlo a cabo. Sin embargo, el carácter socialista de la Revolución llegaría más tarde.
En Bolivia, con el gobierno de Sánchez de Lozada la población pedía la nacionalización de los recursos naturales. Aquel gobierno no les quiso escuchar. Más tarde llegó Carlos Mesa. Tampoco resolvió el conflicto. Así pues, Evo Morales logró el poder y, si lo conserva, pese a la resistencia de algunos sectores izquierdistas, es porque su voluntad es la de servir al pueblo, y no la de decir a éste lo que necesita o deja de necesitar.
Estos son algunos ejemplos de cómo en distintas realidades y contextos la Revolución es fruto de la correcta canalización de las demandas populares, y no tanto de las propuestas revolucionarias radicales, que pueden parecer un tanto ajenas a las personas y su realidad. Tanto Lenin como Fidel Castro o Evo Morales, en distintos tiempos, han logrado el poder con sabiduría y paciencia, sabiendo escuchar antes que hablar.
Así pues, nos tendríamos que preguntar qué quieren los pueblos de España, cuales son sus preocupaciones. Si somos capaces de dar una alternativa, entonces, nos permitirán tomar el poder y preparar y transitar el laborioso camino del socialismo. Porque para poder construir el socialismo necesitaremos generaciones educadas en otros valores. No basta con una propuesta abstracta de “República y socialismo”, aunque nosotros sepamos muy bien qué significa eso. Hemos de hablar con los pueblos de elementos más cotidianos, más sencillos, lo cual no significa que sean más simples: hemos de aprender a escucharlos y, como fuerzas populares, ofrecerles soluciones que les satisfagan.