Porque, si bien los socialistas ganaban las elecciones europeas en Extremadura con una ventaja global superior al 4%, algo menos de 20.000 votos, esta ventaja pasaba a depender casi exclusivamente del ámbito rural y sus pequeños nucleos de población, mientras que la tendencia a favor del PP en los grandes núcleos se acentuaba donde ya goza de mayorías municipales y se extendía a otras localidades de mayoría tradicionalmente socialista, hasta abarcar la totalidad de los municipios mayores de 15.000 habitantes de la región.
El desplazamiento a la derecha del mapa político extremeño se hace más que evidente a la vista de las cifras de estas grandes ciudades. En Badajoz, donde ya gobierna el PP, la brecha en su favor alcanza los 20 puntos. En Cáceres, donde gobierna una compleja coalición entre el PSOE, IU y el Foro Ciudadano (una escisión local del PP, de corte marcadamente populista y personalista), la distancia en favor del PP es de 15 puntos. Por añadidura, la formación populista y ultraderechista Unión, Progreso y Democracia supera el umbral del 4% y se convierte en la tercera fuerza política en ambas capitales provinciales. En Mérida, sede de las instituciones autonómicas y gobernada por el PSOE, la diferencia a favor del PP es de 6 puntos, mientras UPyD e IU mantienen un empate técnico en la liza por la tercera posición. En el resto de las localidades de más de 15.000 habitantes se dan distancias importantes (como en Navalmoral de la Mata, con más de 14 puntos de ventaja de la derecha) y también otras más discretas, pero no menos significativas (por ejemplo, en Villanueva de La Serena, donde la ventaja de unas pocas décimas obtenida por el PP contrasta con la aplastante mayoría socialista municipal). En estas poblaciones de menor tamaño UPyD tiene un crecimiento menos explosivo que en las capitales de provincia, pero resulta igualmente notable y se acerca, iguala o supera a IU en algunas de ellas (Zafra, Villafranca de los Barros...).
Sin duda que son muchos los factores que matizan la proyección de los resultados de unas elecciones europeas sobre la el mapa político regional y municipal extremeño, como la abultada abstención (48,5%), la menor eficacia de los llamamientos al voto útil y la mayor ligereza en el uso del voto de castigo. Una mayor participación puede aminorar el alcance cuantitativo de este fuerte escoramiento hacia la derecha del electorado extremeño. Pero ese escoramiento existe, y difícilmente puede ya ser soslayado en el análisis político de la región. ¿Está en riesgo la hegemonía socialista en Extremadura? ¿Podría Extremadura cambiar de signo político en las próximas elecciones autonómicas y pasar el testigo de gobierno al Partido Popular? No es probable, aunque sí posible. El 58% de la población extremeña vive en nucleos de menos de 15.000 habitantes, en los que el PSOE mantiene una clara hegemonía y de las que se nutre la diferencia favorable que le mantiene en el gobierno regional. Pero su desplome en las ciudades puede potenciar tanto el vuelco a la derecha del 42% de población urbana regional que ponga en riesgo el signo global de la ecuación electoral. La expectativa de un cambio de gobierno tras 26 años de hegemonía del PSOE puede animar una fuerte movilización de la derecha, que siga drenando votos por cientos o miles al electorado socialista de las grandes ciudades, hasta neutralizar la ventaja obtenida en el medio rural por los socialistas. Y por otro lado, la acusada tendencia a la desmovilización del voto socialista en este segundo mandato de Zapatero, que tan alta factura ha pasado a los socialistas en las elecciones autonómicas gallegas y las elecciones europeas, puede filtrarse hacia el campo extremeño, especialmente a través del electorado más joven. La concatenación de ambas tendencias puede resultar fatal para el PSOE extremeño, en el plazo de una o, más probablemente, dos elecciones autonómicas.
La dolorosa paradoja sobre la que se asientan el presente y el inmediato futuro político de Extremadura es que, siendo justificado e inevitable el cambio, no hay a la vista más cambio posible que un cambio a peor. ¿Por qué?
Quede para los historiadores discernir cuánto ha habido de destrucción programada y cuánto de autodestrucción masoquista y cainita en los últimos treinta años de historia del espacio político a la izquierda del PSOE en la región. Izquierda Unida, desangrada por una profunda e irracional crisis interna que ha tenido y tiene enormes costes humanos y políticos, se ha visto desalojada de la Asamblea y despojada de representación en muchos ayuntamientos. Respecto a los sindicatos, su fuerte imbricación con el aparato político y administrativo de la Junta de Extremadura les ha convertido en meros apéndices instrumentales del gobierno regional, tan desideologizados y desnaturalizados como quedaron retratados en sus insípidas movilizaciones del 7 de octubre en Badajoz contra las 65 horas y del Primero de Mayo regional en Mérida. Por último, los movimientos sociales han experimentado un fuerte repunte de actividad en los últimos años, pero de forma casi monotemáticamente medioambiental, mientras que las movilizaciones de temática específicamente sociopolítica apenas son perceptibles en la esfera pública regional y sus rutinas resultan tercamente autodestructivas. La pobre y efímera andadura de la Asamblea Anticapitalista contra la Crisis de Extremadura ha sido la última demostración de la absoluta incapacidad de la izquierda radical extremeña para, más allá de las cuestiones medioambientales, articular sus prioridades y estrategias en un empeño común significativo y duradero, ni siquiera ante el acicate de la formidable crisis sistémica que atravesamos y sus pavorosas secuelas sociales.
Además de la inercia bipartidista que siempre favorece alternativamente a los dos grandes partidos mayoritarios, esta estructural debilidad y fragmentación de la izquierda extremeña la ha dejado fuera de la pugna por los votos perdidos por el PSOE, votos esencialmente "destituyentes", emitidos para cerrar el prolongado ciclo de hegemonía socialista: un afán destituyente que la izquierda no ha sabido dotar de contenido propositivo con sus valores progresistas. Al contrario, la más que justificada indignación ante el interminable reguero de irregularidades y escándalos protagonizados por cargos políticos y representantes públicos del PSOE (el entramado familiar Junta de Extremadura-Grupo Gallardo que impulsa la refinería petrolera de Tierra de Barros, la denuncia por edificación ilegal del alcalde de Villanueva, la accidentada asignación de las licencias de la TDT, etc...) se está materializando, no conforme el modelo de movilización inequívocamente progresista de Galiza Non Se Vende o el movimiento en defensa de la sanidad pública de la Comunidad de Madrid, sino conforme a un extraño y enfermizo modelo de movilización impregnado de argumentos y formas profundamente reaccionarios, que tiene su espejo en la movilización neoconservadora y amarillista auspiciada por la cadena COPE, el diario El Mundo o la Conferencia Episcopal a escala estatal contra el gobierno Zapatero. Se da la tristísima circunstancia de que, ya sea por carencia de un suficiente fundamento ideológico, por ingenuidad moral o por simple desesperación tras casi tres décadas de omnímodo gobierno del PSOE, incluso sectores muy significativos de la militancia progresista no ha tenido escrúpulo en dar por buena la camaradería con estas fuerzas de ultraderecha, en pos del objetivo común de la denuncia de las prácticas caciquiles del PSOE y su desalojo del poder local y regional. ¿Un cambio desde el modelo Juan Carlos Rodríguez Ibarra al modelo Esperanza Aguirre es el cambio que merece Extremadura? ¿Puede seguir llamándose izquierda a una izquierda capaz de confundir sus propios deseos de cambio con los afanes revanchistas de la ultraderecha? ¿No es un sinsentido nefasto confundir unas y otras motivaciones, unos y otros descontentos, unas y otras expectativas?
No cabe duda de que el PSOE extremeño es el principal, por no decir único responsable de esta situación. Es el PSOE el que impulsa una refinería de petroleo en Tierra de Barros y varias centrales térmicas en Mérida, apuesta por mantener abierta la central de Almaraz y concede licencias de prospección de minerías de uranio por toda la región. Es el PSOE el que no toma medidas significativas ni siquiera ante los escándalos más vergonzantes en sus filas, como los protagonizados por el clan Gallardo o por el alcalde de Villanueva de La Serena. Es el PSOE el que privatiza los servicios públicos y ampara el desembarco de voraces multinacionales en los municipios que gobierna. Es el PSOE el que somete a una mordaza de hierro a los medios de comunicación públicos y privados de la región. Es el PSOE el que, después de años de chanchullismo, imprevisión y descontrol, carece de un modelo económico viable para la región ante el horizonte de la progresiva retirada de los fondos al desarrollo de la UE y el reequilibrio de las balanzas fiscales en el Estado español. Pero, por desgracia, no hay ni un nuevo modelo de región, ni un sujeto político capaz de impulsarlo, desde el espacio socio-político a la izquierda del PSOE, que sirva como alternativa. Si nada lo remedia, el destino de la región es cambiar un estado de bienestar insuficiente, negligentemente gestionado y escasamente transparente por la jungla neoliberal, el integrismo neoconservador y el populismo berlusconiano que hoy se exhibe hasta el hartazgo en Madrid, Valencia u otras comunidades gobernadas por el Partido Popular. ¿El PSOE es el problema? Sin duda. Pero el PP no puede ser la solución. Cualquier ilusión de la derecha como alternativa aceptable o soportable, cualquier posicionamiento aparentemente constructivo del PP (como fue su efímera oposición al proyecto de refinería), entra inevitablemente en conflicto con sus intrínsecos intereses ideológicos y de clase, y tiene como fecha de caducidad su acceso al gobierno regional. ¿Merece el PSOE perder el gobierno extremeño? Sin duda. Pero, ¿merece ganarlo el PP? ¿Cuál es la posición del PP ante la energía nuclear y la economía petróleo-dependiente? ¿Qué propone el PP en materia de protección social, derechos laborales y cobertura al desempleo? ¿Qué interpretación de la realidad nacional española y qué cultura cívica y democrática difunde el PP? ¿Qué puede mejorar en materia de abuso y caciquismo con el partido de Camps, de Fabra, de Aguirre, de Trillo, de Bárcenas, de Lamela...? ¿Hasta tal punto ha llegado la desmoralización de la izquierda extremeña, que con tal de ver arrancada la región de las manos del PSOE, está dipuesto a colaborar (tanto da activa que pasivamente) a ponerla en las manos de semejante derecha? En la ciudad de Badajoz y amparándose en su holgada mayoría municipal, el PP oculta las tapias del cementerio en el que en 1936 fueron brutalmente asesinados cientos de demócratas pacenses, y emplea la Ley de Memoria Histórica para retirar de las calles los nombres de los héroes de la defensa republicana frente a las jaurías fascistas. Conociendo al PP, lo siguiente bien podría ser devolver los cuerpos de nuestros muertos a las fosas comunes de las que recién fueron rescatados. En el manifiesto No se puede esconder el pasado, los historiadores Francisco Espinosa, Ian Gibson, Julián Casanova, Josep Fontana, Paul Preston y otros, escriben sobre las decisiones del gobierno municipal de Badajoz: "El Tercio, los regulares y los fascistas, al servicio del avance del ejército de África, habrían logrado ahora, más de setenta años después, una nueva victoria si desapareciese la memoria de lo ocurrido y los engarces del recuerdo". Es una advertencia que la clase que se dejó tanta sangre en las tapias y las cunetas de Extremadura no debería tomar a la ligera. ¿Puede ser el retorno al nacional-catolicismo la alternativa de la izquierda extremeña para escapar del cortoplacismo, la mediocridad y el caciquismo del PSOE? ¿Debe dar por bueno la izquierda extremeña, siquiera como fatalidad histórica, este cambio desde lo malo hacia lo igualmente malo, cuando no hacia lo muchísimo peor? ¿Es este el cambio que demandan y merecen los extremeños? No. Por supuesto que no.
Pero, ¿cómo plantar cara a esta fatalidad? Sin duda que parte de esta lucha pasa por devolver a la izquierda transformadora a la Asamblea de Extremadura y a los ayuntamientos, en número suficiente para, allá donde el PSOE lo pida y lo merezca, componer mayorías locales y regionales de progreso y plantar cara a la derecha, a la vez que imponiendo significativos cambios a mejor sobre el modelo actual. No es un camino fácil, como demuestra la experiencia del gobierno municipal tripartito en Cáceres: el filo entre el impulso hacia la izquierda y la subordinación al statu quo es en ocasiones terríblemente fina, y terriblemente alto el riesgo de que, en la construcción de estas mayorías progresistas, la izquierda transformadora se vea arrastrada en la caída libre moral y política del PSOE extremeño. La inteligencia táctica a la hora de poner en valor las aritméticas electorales debe ser atemperada por el más exigente rigor moral. Una tarea titánica que la Historia de nuestra región hace recaer sobre los hombros del ejército hoy desmoralizado y en desbandada de sus izquierdas.
¿Por dónde empezar? En primer lugar, teniendo bien presente que la defensa frente al crecimiento de la derecha y el empuje por un cambio progresista en Extremadura no es sólo cosa de campañas electorales y conteos en las urnas. La semilla del voto y la representación política de la izquierda se siembra en un sustrato cultural y social progresista que hoy aparece profundamente arrasado en nuestra region. En buena medida debido a la tarea de desgaste y el uso fraudulento de valores progresistas como la sostenibilidad o la protección social por parte del PSOE extremeño y sus gobiernos locales y regionales, pero también por el inagotable fraccionalismo, el anquilosamiento analítico y la parálisis práctica de la izquierda extremeña. Los votos rojos no llegan sólos, se conquistan con decencia, con coherencia, con tesón, con coraje y con iniciativa. Para estar en condiciones de dar la batalla en las urnas y las instituciones, hay que detectar, comprender y dar expresión cultural y política progresista a los profundos malestares sociales que, en caso contrario, alimentarán las calderas de una contramovilización resentida y reaccionaria. Hay que hacerse presentes y significativos ante la ciudadanía. Hay que meditar, debatir y difundir extensamente qué otra Extremadura es deseable y posible. La izquierda extremeña necesita un ánimo y una inteligencia nuevos para gestar esas ideas y encarnar esos valores. Ningún mezquino interés personal o fraccional debería ser obstáculo para un empeño que sólo tiene sentido si es a la vez antagonista y armónico, plural y compacto, diverso y solidario, capaz de poner en marcha a las multitudes productivas de la región y conmover la conciencia personal de cada ciudadano extremeño. Sólo una izquierda así será capaz de hacer frente al doble adversario de un presente amargo y un futuro sin expectativas.
Ahora, Extremadura y su izquierda tienen la palabra.