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La Arqueología Social del siglo XXI.

Prospección preliminar a las interrogantes del futuro.
Amilkar Feria Flores | Para Kaos en la Red | 20-5-2008 | 409 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/arqueologia-social-siglo-xxi
(ilustración del autor)

Ninguna rama del conocimiento se erige desde la nada, sobre la nada. Para el cimiento común de las formas de conciencia social, con sus continuos roces y desencuentros, más atinados cuando confluyen, no debería existir otro pináculo que el de la agudeza indivisible de propósitos, si se quiere llegar a lo más alto posible. Por tratarse, en principio, de un proyecto subjetivo, la multiplicidad de propuestas cognitivas en nuestros días resulta ilimitada.

He aquí el paradigma sempiterno de la Torre de Babel. La construcción de la sociedad humana parece, a ratos, detener sus operaciones; pero solo virtualmente. Cada escaño de la cultura, ladrillo a ladrillo; o revolucionariamente, de piso a piso, es continuamente revisado por quienes cuestionan la estabilidad de la empresa a nivel social; aunque, en efecto, el tropel de ideas, antes que de lenguas, demoran la erección por tratarse de la torre de todos.

Es gracias a la obsesiva propensión humana de transgredir, y a la que parecemos estar destinados, a quien debemos nuestra estatura tecnológica: hace relativamente poco tiempo, el primer mensaje registrado sobre soporte físico acaba de abandonar los presuntos límites del Sistema Solar, a bordo de un ingenio espacial. La primera pedrada (cargada de pecados, de que otra forma podría ser), ya recorre las inconmensurables vastedades siderales, procurando dar en el blanco de lo más avanzado de cualquier otra torre, en cualquier otra latitud del universo, cuando todavía cargamos el pesado fardo de la inequidad históricamente acumulada.

Salvar un río o estrecho marítimo, sin mojarse los pies, ni acudir a vehículos flotantes, fue el primer esbozo de todas las variantes posibles de puentes. Tenderlo, en primera instancia, es un soberano ejercicio de libertad e imaginación. Todavía hoy, pasados los primeros milenios, desde que el tronco de un árbol sirviera para tales objetivos, hasta las actuales estructuras (que solo eran concebibles en las páginas de Ciencia Ficción), el desempeño del arqueólogo reconoce en los pilotes de arranque su objeto de estudio.

Atrás quedaron las pueriles incursiones de “buscadores de tesoros”, a quienes debemos otros accidentales hallazgos que, con el tiempo, se perfilaron como el microlocalizado propósito de este perfil científico.

La lógica más elemental apunta a un solo futuro que puede resultar infinito y lineal; aunque las más recientes hipótesis en el terreno de la física cuántica, lo fragmenten en la “Teoría de las cuerdas”. Transcurrido el siglo XX, pletórico de encontronazos y progresiones, es ufano y hasta retrógrado negarnos el nuevo cauce del conocimiento humano. Sin dejar de lado las fantasiosas lucubraciones de una tarde de siesta, cada arista de la conciencia colectiva comienza a percatarse de su rol en la consecución de una meta cada vez más definible, y algo más madura (como casi siempre). Todo el pasado humano cabe en el prisma de la Arqueología, cada vez con mayores aciertos reconstructivos; lo que la conduce, de hecho, hacia el futuro. Si prestáramos mejor atención a este asunto, en lugar de arrancarle la cabeza a quien mejor puede validar, por oposición, nuestras ideas; hoy mismo, en el tacho de basura a la vuelta de la esquina, en la tumultuosa programación televisiva, o en los inmediatos progresos infocibernéticos, podríamos hacer un pronóstico de lo que sucederá mañana, como contenido de estudio de la Arqueología. Esta idea no es nueva; ya alguien la ha llevado a la práctica, al menos en parte y experimentalmente.

¿Seguirá siendo la Arqueología, exclusivamente, quien nos mantenga de cabezas buscando respuestas del pasado en el presente, o viceversa?

Cada vez, con más frecuencia, esta ciencia encuentra razones lo suficientemente rotundas como para vaticinar en que acabarán los grandes imperios de nuestros días, a la luz del pasado persa o romano. Del mismo modo, el arte contemporáneo se encuentra mucho más identificado con su pasado remoto, que con las tendencias de hace apenas unas décadas atrás: ¿El hombre sobre sus propias pisadas? Evidentemente, pero con más recursos a su favor: para vivir, o para desaparecer definitivamente de su propio programa de expansión espiritual.

¿No podría arrojar la Arqueología (como cierto fenómeno psicológico nombrado “Ya visto”) algunas pistas de lo que parece suceder con menor intervalo de tiempo, sobre un pasado cada vez más inmediato? ¿Garantizaría esto nuestra sobrevivencia del modo más saludable y éticamente posible? Más lejos aún: ¿Podría ser la Arqueología, viviendo el presente que un día será pasado, quien se ocupe de los aciertos o descalabros de los hombres de mañana; o habrá que esperar a mañana para que cobre sentido su objeto de estudio?

Ya existen otras ramas “científicas” para lucubrar sobre lo que sucederá a la vuelta de unos años: la Futurología, por ejemplo. Pero, ¿son lo suficientemente rigurosos sus estudios del pasado, como para establecer un criterio sensato de lo que debe ser mañana, sin antes contar con nuestro desastroso presente?

La perenne convalecencia del mundo, como resultado de numerosos conflictos armados, devastaciones ecológicas, trastornos económicos de alarmante desigualdad, y otros percances contemporáneos, ha coincidido causal y efectivamente con la vertiginosa fragmentación en las parcelas del conocimiento. Paradójicamente, en un mundo globalizado, dominado por los designios del mercado, todos están enterados, por la misma razón, de buena parte de la ilustración de nuestros días: pero en función de seguir depredando. Tratándose de un sector “no productivo”, por ejemplo, muchas campañas arqueológicas pudieran estar potencialmente financiadas con fondos salidos de la sobreexplotación forestal, petrolera, o de la mano de obra barata en naciones subdesarrolladas (en las que, ocasionalmente y con los mismos recursos reinvertidos, también se practica la arqueología).

¿Qué pesa más, éticamente hablando, los muertos de la historia, o las generaciones que están por nacer? Nuestros descendientes nos pedirán cuentas; las mismas cuentas que ya estamos empezando a pedirles a nuestros antecesores. Todo es importante: el pasado y el futuro, lo que sucedió y lo que está por suceder. Pero me inclino a pensar que, de ahora en adelante, físicamente inevitable (hasta donde sabemos), importa más el futuro. Si no ¿Sobre que bases se sustentará la ciencia arqueológica de mañana, cuando no exista un mañana, humanamente, quiero decir?

La Arqueología, claro está, seguirá siendo la vertiente científica que se ocupe del estudio del pasado; ya se trate del pasado anterior a los registros históricos, o de ayer por la mañana en el lugar donde nadie pudo guardar la noticia, y al que hay que volver para recavar información sobre lo que nadie sabe y se quiere saber. Los procesos de “Larga duración” (acumulados por los imponderables del devenir humano), rara vez recogidos como hechos históricos, de los cuales serían casi su antítesis, son espacios ciegos de la historia que se reconstruyen a través de otras ciencias afines como la Antropología y la Etnología. La Arqueología, herramienta indispensable de todas las anteriores, es quien juega el rol preponderante en las averiguaciones; por lo que, desde la punta de una picoleta, cavando en cualquier pasado, mediato o inmediato, pudiera aportar muchos más ingredientes aplicables al devenir desde la revisión de nuestros cimientos. Ello implicaría un mayor comprometimiento social, y una apertura de miras en su toma de decisiones para la construcción de “mañana”. Es obvio que reorientar el perfil investigativo de una especialidad tan concisa, equivaldría a la anulación o dispersión de la misma. Todo está en que otras esferas del conocimiento se sirvan de modo más profundo y sistemático de sus aciertos.

Cualquiera podría pensar que estas palabras resultan vagamente fuera de contexto, si intentáramos aplicarlas a cualquier esfera específica de utilidad práctica, cuando en realidad se proponen llamar la atención sobre el rol que cada neurona del mundo debería poner al servicio de su mejor entendimiento. La Arqueología, más allá de constituir una rama de las Ciencias Sociales, o Históricas, es paradigma (y no metáfora) del pasado en el futuro; máxime cuando el universo comienza a colapsar desde dentro de nuestras propias sociedades, desarticuladas y autofágicas, donde una civilización (regularmente más avanzada en términos tecnológicos) engulle a su vecina menos desarrollada. ¿Cáncer? Todo cabe de una disciplina en otra, tratándose de reflejos simultáneos de un mismo fenómeno.

Hay arqueología en todo, hasta en la voluntad psicológica de subsanar nuestros errores personales del pasado. Esclarecer, implica reconocer causas; y las causas (que no me desmienta la física esta vez) casi siempre están en el pasado. Lo que sabemos, nace de la interpretación cronológica que hacemos de la realidad, incluso, tomando en cuenta la engorrosa anarquía evolutiva de los mercados contemporáneos, las políticas ingerencistas, así como de la aplastante sombra de las grandes corporaciones supranacionales.

¿Llegaremos a utilizar en toda su extensión el puente-torre de la espiritualidad universal? Primero cabría responderse: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Que resultan cuestionamientos indispensables para llegar a la médula de los cuestionamientos: ¿Quiénes somos?

anmonite01@gmail.com

 
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