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Amistad responsable. Sobre Hervás, Israel y Palestina

La celebración de los hervasenses de nuestro pasado judío contiene un mensaje universalista de solidaridad con todos los pueblos sojuzgados y una llamada al entendimiento entre individuos y culturas.
Jónatham F. Moriche | Para Kaos en la Red | 15-7-2008 | 278 lecturas | 1 comentario
www.kaosenlared.net/noticia/amistad-responsable-sobre-hervas-israel-palestina

"Si lloran, los matarán mientras lloran; si suplican, los matarán despreciándolos; si se arrodillan, los matarán de rodillas. Por eso los palestinos no lloran y no suplican; por eso se mantienen de pie."

Santiago Alba Rico


"Anoche, 11 de noviembre de 2002, mi hijo mayor, Niv, fue condenado a 28 días de cárcel militar por su negativa a incorporarse a su servicio de reserva del ejercito de Israel, en la franja occidental del rio Jordán, en la zona de Hebrón, territorios de la Autoridad Nacional Palestina. Educado en las básicas normas del amor, respeto e igualdad de hombres y pueblos, no podíamos esperar más de este muchacho, que sin ser un militante político, ni un amante del "otro lado" ni un "traidor a los suyos", se niega a realizar actos de represión que ofenden su sentir humano."

Igal Vega-García (madre de Niv Vega-García, sargento reservista del Ejército de Israel, nº de identificación militar 5101174)

 



Son muchas las formas y las ocasiones en que el pueblo y los vecinos de Hervás recordamos y celebramos nuestro vínculo histórico con el pueblo y la cultura judíos. Así sucede con el mimo y el orgullo con los que preservamos y mostramos al mundo nuestra antigua aljama o barrio judío, la ya tradicional representación teatral veraniega de Los Conversos en la que participan decenas de vecinos, el cultivo de las músicas sefardíes y otras formas artísticas del judaísmo hispánico o, incluso, la muy habitual elección de los hervasenses de nombres procedentes de la o­nomástica hebrea para sus hijos e hijas. Hervás es un pueblo que conoce y que está orgulloso de su Historia, y qué duda cabe de que hay mucho que elogiar en el singularísimo hecho de que lo que un día fue una dolorosa vivencia de prejuicios, persecución y destierro se haya convertido hoy en una reivindicación y una fiesta compartida de identidad cultural y memoria histórica: son pocos quienes, a la hora de conmemorar su pasado, se miran al espejo de un pueblo que fuera a su paso por estas tierras oprimido, proscrito y exiliado, y muchos más los que ceden a la fácil tentación de identificarse con los honores guerreros de algún siniestro matarife coronado o con alguna absurda y terrible batalla acaecida, sabe Dios cuándo y por qué motivos, en su término municipal.

Pero, ¡ay!, ninguna celebración del pasado (por muy remoto que este sea, nada menos que cinco siglos en el caso de nuestro pueblo) es, aún siendo del todo inocentes las intenciones de sus promotores, completamente ajena y separada de las realidades del presente histórico en que dicha celebración se produce. De esa inevitable interacción, entre el pasado celebrado y el presente histórico del que también inevitablemente se es parte, nace la cuestión (casi cabría decir la paradoja) ética de la revitalizada amistad del pueblo de Hervás con el pueblo judío. Porque, por un lado, el sujeto histórico concreto de nuestra celebración son los hombres y mujeres de religión judía que a finales del siglo XV vivieron en nuestro pueblo (y, o partieron de él en su viaje hacia el exilio tras la expulsión decretada por los Reyes Católicos, o permanecieron practicando secretamente su religión bajo una terrible persecución), y eso actualiza nuestra vinculación con el pueblo judío, y, a través del camino de la Historia, con quien hoy se ha erigido como su representante en el concierto de las naciones, el Estado de Israel (como además se ha reafirmado institucionalmente con los distintos actos celebrados en los últimos años por nuestras autoridades municipales con instancias políticas y diplomáticas israelíes). Pero por otro lado, el contenido de la historia que celebramos y su mensaje ético hacia el presente y el futuro es una denuncia universal del racismo, del prejuicio y del sojuzgamiento contra "el otro" racial, religioso o cultural, a la vez que una reivindicación del abrazo fraterno y cosmopolita entre los individuos, los pueblos, sus historias, sus creencias y sus tradiciones. Un mensaje ético universalista que es absolutamente contradictorio con la política racista, belicista y colonialista que hoy ejerce el Estado de Israel contra el pueblo palestino y contra el resto de sus vecinos árabes.

He aquí, en fin, la paradoja moral que emerge en la celebración de nuestro pasado judío: que celebrando hoy a las víctimas de un sojuzgamiento de ayer, establecemos en el presente (sin duda que de un modo inocente por nuestra parte, pero no por ello ausente de importantes connotaciones éticas sobre las que no podemos ni debemos dejar de reparar) un vínculo, que sin duda desborda lo meramente protocolario, con los responsables del brutal, insoportable y actualísimo sojuzgamiento del pueblo palestino a manos del Estado de Israel. Porque nuestra presente celebración de nuestro pasado judío es, aunque evoca un pasado muy remoto, radicalmente contemporánea de una tragedia, la del pueblo palestino, que no puede ser calificada sino como un monstruoso e insoportable Holocausto. El "laberinto de islotes e islas fortificados en un mar de pobreza y humillación" (en palabras del escritor y arabista Juan Goytisolo) que constituye la Palestina fragmentada y cercada de hoy, es, además del escenario de constantes matanzas indiscriminadas de civiles y masivas violaciones de Derechos Humanos, "el centro penitenciario más grande del mundo" (como escriben Teresa González y Pierre Micheletti, presidentes de Médicos del Mundo de España y Francia), una franja de 40 kilómetros de largo por 10 de ancho en la que viven hacinadas 1,5 millones de personas y de cuyo menguante territorio han sido exiliados otros 5 millones, muchos de los cuales han vivido en campamentos de refugiados en Jordania o Líbano (hasta los que a menudo también han llegado los bombardeos israelíes) durante décadas o durante toda su vida, tras haberse despedido de sus hogares y sus campos con la misma mirada llorosa y con el mismo dolor del alma con que hace cinco siglos los judíos de Hervás marcharon al exilio, víctimas de la avaricia de los Reyes Católicos y la intolerancia de la Santa Inquisición.

¿Cómo escapar de esta paradoja ética, o mejor aún, cómo desentrañarla y enfrentarla, para hacer de nuestra amistad con el pueblo de Israel una amistad ética e históricamente responsable?

La respuesta puede quizás encontrarse esenciada en unas sorprendentes imágenes recogidas por un fotógrafo británico en una manifestación en solidaridad con el pueblo palestino celebrada en Londres. En ellas, aparece un grupo de rabinos ortodoxos ataviados al modo más tradicional que, portando banderas palestinas y pancartas ("los portavoces sionistas no representan al mundo judío", "los sionistas han robado Tierra Santa al pueblo palestino"), participan en la manifestación recibiendo el abrazo y el aplauso de la multitud. Son parte de una corriente de interpretación del judaísmo que considera una blasfemia insoportable que el pueblo judío haya arrebatado por la fuerza de las armas a otro pueblo, a otros seres humanos, los palestinos, aquella tierra que sólo debería poseer cuando Yavhé asi lo dispusiese pacíficamente y sin expolio de nadie. Y es que, por mucho que sus sectores más desorbitadamente fundamentalistas y militaristas se hayan pretendido erigir en sus únicos portavoces, el judaísmo como religión es mucho más amplio y diverso que la obscena manipulación que hacen de él los políticos del Estado de Israel y los colonos extremistas que pretenden reconstruir el Israel de hace 2000 años con una metralleta UZI en la mano. Y lo mismo puede decirse de la tradición no ya específicamente religiosa, sino más extensivamente social y cultural de la población israelí. La enfermedad moral colectiva que ha convertido a un pueblo víctima de dos mil años de diáspora y un Holocausto en un pueblo racista, imperialista y militarista, culpable a su vez de otra diáspora y otro Holocausto, el palestino, no ha afectado ni a todos los judíos, ni a todos los israelíes, y puede decirse con moderado optimismo que es una enfermedad que, lenta y laboriosamente, empieza a dar signos de remisión. Cada vez son más los ciudadanos de Israel que individual o colectivamente alzan la voz contra la guerra infinita con los Estados vecinos y contra el sojuzgamiento interminable del pueblo palestino: ciudadanos que se manifiestan por la paz y la convivencia, intelectuales que reflexionan en voz alta, periodistas que informan ecuánime y verazmente, artistas que se expresan con libertad, reclutas que desertan, militares que desobedecen...

Pensemos, por ejemplo, en intelectuales israelíes como Yashayahu Leibowitz, Gilad Atzmon, Eva Stern o Amira Hass (y medios que difunden sus opiniones, como el periódico Ha'aretz o el sitio web Indymedia Israel), que con tanta crudeza han descrito la supuesta "única democracia de Oriente Medio" como una sociedad-cuartel persistentemente manipulada por sus dirigentes belicistas y que ya ni vive, ni siente ni respira para nada más que para hacer y padecer una guerra interminable, una sociedad a la que han convencido de que sólo puede existir con el fusil en la mano y las máscaras antigás para toda la familia en el armario de la cocina. ¿Puede imaginarse una dictadura peor que esa? Declara el científico y pacifista Leibowitz, que en su juventud tuvo que huir de la Alemania nazi para salvar la vida: si no cede territorios, alcanza la paz con los palestinos y comparte con ellos Jerusalén, "el Estado de Israel se convertirá en un estado fascista, con campos de concentración no sólo para los árabes, sino incluso para judíos como yo". O pensemos en Igal García-Vega y los demás cientos de "refuseniks", militares y reservistas que son condenados a penas de cárcel por negarse a disparar o bombardear a civiles palestinos o libaneses. O en el movimiento cívico de derechos humanos Betselem, que compara en sus informes la política racista de su gobierno con la ejercida contra los negros en la Suráfrica del "apartheid". O en las marchas pacifistas que congregan a los pies del Muro de la Vergüenza (y generalmente, bajo el gas lacrimógeno y las balas del Ejército de Israel) a centenares de árabes y judíos hermanados en un grito en dos lenguas distintas y un sentimiento común: paz ahora.

Como celebración de una comunidad que padeció el oprobio, la persecución y el exilio, la celebración de los hervasenses de nuestro pasado judío contiene impreso en su ADN un mensaje universalista de solidaridad con todos los pueblos sojuzgados y una llamada al entendimiento entre individuos y culturas. El muchacho cristiano y la muchacha judía (o viceversa), cuyo valor admiramos por haberse amado hace cinco siglos por encima de los muros invisibles de recelo y prejuicio entre sus comunidades, son hoy el muchacho judío y la muchacha palestina (o viceversa) que estrechan sus brazos por encima de medio siglo de sufrimiento, de los bloques de hormigón y el alambre de espino, y libran juntos su lucha contra la guerra. El trasfondo filosófico de nuestra celebración del pasado judío de Hervás alimenta por tanto, desde una perspectiva ética y con la fuerza de un mensaje decididamente universal, una actualización de nuestros vínculos con ellos, con los disidentes y pacifistas israelíes y con el pueblo palestino sojuzgado, no con el Estado de Israel sojuzgador.

Es en virtud de ese mensaje ético que nuestros representantes e instituciones locales deben (re)interpretar en el ejercicio de sus tareas la relación actualizada con el pueblo judío y el Estado de Israel, evitando siempre y tajantemente que esta pueda ser malentendida como silenciosa complicidad con el Holocausto palestino. La mejor y más contundente manera de hacerlo, en virtud de ese vínculo histórico actualizado de los hervasenses con el pueblo judío, a la vez que atendiendo al imperativo de su trasfondo ético, sería poniendo en cuarentena sus relaciones con el Estado de Israel, que aprisiona a la doliente población palestina tras un muro de cemento y fusiles y amenaza a sus vecinos con sus 400 bombas atómicas, a la vez que propiciando una relación preferente de nuestra comunidad con aquella creciente porción de la sociedad israelí que apuesta por la paz y por el entendimiento con la población y las naciones árabes, las organizaciones pacifistas y de defensa de los derechos humanos mediante las que se movilizan y los intelectuales que sirven de portavoces de sus demandas. Marcar esta diferencia, tomar este camino, sería hoy la manera más profunda y explícita de hacer de nuestra celebrada amistad con el pueblo judío una amistad de veras consecuente con su más profundo significado ético, a la vez que de veras responsable ante las problemáticas, pero insoslayables realidades del presente histórico en que esta amistad, tras tantos siglos de olvido, ha reverdecido.

 

Jónatham F. Moriche, julio de 2008

http://jfmoriche.blogspot.com | jfmoriche@gmail.com

[Este artículo se publicará próximamente en la Revista de Ferias y Fiestas 2008 de Hervás (Cáceres)]

 
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Comentarios (1)

#1.- en 2006

Hervás|16-07-2008 13:01

MANIFIESTO POR LA PAZ EN EL ORIENTE MEDIO Y PRÓXIMO

Hervás, Cáceres, Europa, Planeta Tierra, a 23 de agosto de 2006

Texto y fotos:

http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/271249/index.php

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